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¿Seguridad para quién en el Delta del Níger?

Nigeria y sus debilidades

Fuentes: Revista Pueblos

Cuarenta y ocho años han transcurrido desde la independencia del imperio británico y la mayoría de los nigerianos sigue sin percibir el bienestar que presuntamente los abrigaría al verse envueltos en un Estado-nación soberano. A pesar de ser una de las tres grandes potencias regionales africanas, o quizás precisamente debido a ello, la mayor parte […]

Cuarenta y ocho años han transcurrido desde la independencia del imperio británico y la mayoría de los nigerianos sigue sin percibir el bienestar que presuntamente los abrigaría al verse envueltos en un Estado-nación soberano. A pesar de ser una de las tres grandes potencias regionales africanas, o quizás precisamente debido a ello, la mayor parte de su población vive hoy en la miseria. En el país que ha sido durante décadas el principal productor y exportador de petróleo del continente se da un ejemplo claro de la denominada «paradoja de la abundancia», que se concreta de un modo exagerado en el Delta del río Níger. Allí entran en combate abierto la «seguridad energética global» y la «seguridad humana» local: Estado nigeriano, empresas locales y multinacionales, gobiernos y consumidores del Norte frente a unas decenas de millones de africanos. No resulta complicado imaginar quién ha ganado siempre y por qué. Como ha revelado la convulsa historia política de la Nigeria independiente, las costuras de este abrigo hoy lleno de remiendos venían ya con defecto de fábrica.

«En el nombre del mercado, ellos necesitaban rehenes de los pantanos y del cieno antiguo que superasen los axiomas de los sabios en busca de un delta que fluye y confluye» (Odia Ofeimun, poeta nigeriano)

Si los lagartos no nos obstaculizasen el paso en las aceras olvidaríamos que nos encontramos en medio de la sabana africana. Jardines, hoteles de lujo con enormes salas para congresos y multitud de centros comerciales monopolizados por las firmas extranjeras, un paraíso para venir a hacer negocios. Comenzó a ser construida en el año 1976 con la idea de sustituir a Lagos como capital en 1991; su situación en pleno centro del territorio le otorgaría un carácter de neutralidad y unidad nacional que ésta no podía asegurar. Hoy Abuja presume de ser la ciudad mejor planificada de África pero, sobre todo, se enorgullece de ser la imagen inmaculada del petrocapitalismo nigeriano.

Apenas diez kilómetros más allá el paisaje se llena de contrastes. El petróleo, símbolo de la modernidad, fluye a 100 kilómetros por hora en enormes camiones cisterna por la excelente carretera que une la capital con Kaduna, una de las principales ciudades del Norte. En paralelo, aldeas de construcción tradicional, inmensos suburbios superpoblados y kilómetros de mercado improvisado: pequeñas gasolineras con infinidad de propietarios distintos alternan con puestos de frutas, alfombras, miel, ganado y aceite de palma. En algunos cruces, patrullas combinadas de militares y policías controlan a los conductores en un ambiente tranquilo, de rutina.

Si estuviésemos viajando en la dirección contraria probablemente la situación sería distinta. Nos dicen que a medida que uno se aleja de la capital hacia el sur la seguridad no está garantizada. El grado de militarización, violencia y criminalidad aumenta al acercarse a una de las zonas más calientes de África subsahariana: el Delta del río Níger. La crisis integral que sufre hoy esta región, de donde se extrae el 90 por ciento del crudo nigeriano, es una ilustración clara de que el binomio petróleo- pobreza suele cumplirse en aquellos territorios ricos en este recurso, y de que aquél es también un catalizador idóneo para el emerger de la violencia.

La «paradoja de la abundancia» en el Delta

La frustración, la impotencia y una rabia cada vez más difícil de contener cargan el ambiente de una de las zonas más ricas en petróleo del planeta. Según la lógica de quienes experimentan esta mezcla de sentimientos en ebullición la posesión de este codiciado recurso debería haberles proporcionado ya el bienestar que presuntamente se le asocia. A finales de la década de 1950 se esperaba en Nigeria que la suma independencia + petróleo se concretaría en esa idea de progreso que el colonizador les había vendido. Más de cincuenta años después ha quedado claro que esa idea ha sido tan sólo un espejismo para la mayoría de los nigerianos, sobre todo para aquellos «bendecidos» con las tierras ricas en esta materia prima estratégica.

Al alcanzar la independencia de los británicos en el año 1960 existían en Nigeria altas expectativas de que el país «iba a ser posiblemente el bastión de la democracia (y el capitalismo) en África» [1]. El descubrimiento de yacimientos petroleros en el Delta del Níger cuatro años antes por parte del consorcio anglo-holandés Shell BP había alimentado estas esperanzas. Pero la colonización había provocado cambios dramáticos en las estructuras políticas, las relaciones económicas y los modos de producción locales. Las dislocaciones sociales derivadas de la conducción de los asuntos públicos por parte del colonizador se convertirían en el caldo de cultivo idóneo para que la Nigeria independiente despertase económicamente dependiente, políticamente inestable y socialmente convulsa.

En el año 1996, en su primer Informe de Desarrollo Humano dedicado específicamente a Nigeria, el PNUD señalaba que «las enormes disparidades regionales son el talón de Aquiles» del país, «la fuente primaria del conflicto perenne, la inestabilidad política y el malestar social» [2]. Estas disparidades, que encuentran su origen en el legado colonial, se han agudizado a medida que la Nigeria independiente se ha ido construyendo como un Estado petrocapitalista.

El país se ha erigido durante décadas como el principal productor y exportador de petróleo del continente; pero el porcentaje de los beneficios derivados de la extracción petrolera reinvertidos en el desarrollo de las comunidades productoras es mínimo. El área que más contribuye a la configuración de Nigeria como potencia económica africana se ha visto gradualmente excluida de los beneficios derivados de dicha contribución. Por paradojas de la abundancia el 75 por ciento de su población vive hoy bajo el umbral de la pobreza. Allí, por donde fluyen ríos de oro negro, sus habitantes carecen de las infraestructuras básicas y deben importar petróleo refinado para realizar sus actividades productivas, mientras sufren el hostigamiento cotidiano de las fuerzas públicas y privadas de seguridad encargadas de custodiar las instalaciones petroleras, auténticos enclaves sobreprotegidos. Es la desventaja de formar parte del llamado Triángulo Petrolero Africano, la rica región del Golfo de Guinea, crucial en la estrategia de «seguridad energética global» liderada por los Estados Unidos.

La crisis en contexto

En abril de 2007, por primera vez en la historia de esta federación, un presidente elegido democráticamente sustituía a otro civil en el Gobierno nigeriano. En su discurso inaugural del mes de mayo, Umaru Musa Yar’Adua, actual presidente de la República, afirmaba: «la crisis en el Delta del Níger demanda nuestra atención urgente. Terminar con ella es un asunto de importancia estratégica para nuestro país. Usaré todos los recursos que estén en mi mano, con vuestra ayuda, para gestionar esta crisis con un espíritu de imparcialidad, justicia y cooperación» [3]. En respuesta a este compromiso, el MEND (Movement for the Emancipation of the Níger Delta), principal resistencia armada de la región, le concedía en junio un alto el fuego temporal al Gobierno, que se rompería apenas dos meses después. Desde entonces hasta hoy Yar’Adua ha lanzado varias iniciativas encaminadas a contener la violencia en esta región petrolera, que por el momento no han servido para aliviar el descontento de las comunidades que habitan en el Delta y que, consiguientemente, no han frenado la actividad militante en la región. Es más, los militantes activos denuncian que estas iniciativas no sólo siguen siendo insuficientes para paliar los devastadores efectos que cinco décadas de extracción petrolera han tenido sobre sus comunidades, su territorio y su medioambiente, sino que éstas se convierten en amenazas directas a su propia supervivencia al estar fundamentadas en la gestión de la crisis como un mero problema de criminalidad. Según estos grupos, los sucesivos gobiernos, tanto civiles como democráticos, han respondido a esta situación con la fuerza. Los planes de desarrollo gubernamentales se han llevado a cabo siempre en un clima de militarización y represión, contribuyendo así a la agudización de la crisis. La política del «palo y la zanahoria» se ha revelado ineficiente para una población cansada de promesas y necesitada de respuestas contundentes.

La base social de estos grupos aumenta día a día, pues en 8 años de gobierno civil no se ha percibido en la región una mejora en las condiciones de vida de sus habitantes. Las reformas económicas de la era democrática no han logrado paliar los efectos de la corrupción institucional característica de la militar: de hecho, Nigeria sigue siendo hoy uno de los países con un índice de corrupción más elevado del mundo.

Estado débil, violencia privatizada

Allí donde el Estado sólo se hace presente para llevarse su trozo del pastel, la política está dominada por elites locales, empresas multinacionales, redes criminales y resistencias sociales que, de un modo u otro, tratan de capturar el bienestar derivado del control sobre las rentas petroleras. En este contexto, otra idea de seguridad se hace crucial: el Gobierno central y las empresas extranjeras trabajan mano a mano para proteger la industria petrolera de las amenazas a sus actividades. Me comentan que en el Delta es común ver a soldados montando guardia en las calles y en los alrededores de las instalaciones. Todos los niveles de la fuerza pública están insertados en la protección de los intereses petroleros, y estas mismas fuerzas de seguridad se ven a menudo implicadas en actividades criminales. El caso más conocido es el de la Mobile Police (Mopol), una especie de fuerza paramilitar llamada popularmente «Kill and Go», muy temida entre la población.

Además, la debilidad institucional ha servido como acicate de la privatización de la violencia en manos de nuevos actores informales encargados de prestar servicios de protección, lo que está contribuyendo a socavar aún más las capacidades estatales. El sector de la seguridad privada en Nigeria tiene una enorme fortaleza y se ha convertido en una parte fundamental de la economía nacional: se calcula que existen entre 1.500 y 2.000 compañías privadas de seguridad. Las zonas residenciales y las áreas petroleras se están convirtiendo en verdaderos búnkeres gracias a sus servicios. Pero además, en los enclaves petroleros, estas compañías, contratadas por las multinacionales del sector, trabajan de la mano de las fuerzas públicas. Dado que al personal de las compañías privadas de seguridad no se le permite llevar armas de fuego, estas propias compañías subcontratan a personal de la Nigerian Police Force y la Mobile Police (ambos, armados hasta los dientes) para acompañarlas en sus tareas. Además, las multinacionales cuentan también con los Spy Police, oficiales entrenados por la Nigerian Police Force para prestarles servicios de seguridad. Shell cuenta en este momento con 1.200 de estos oficiales, incluida una unidad de inteligencia, Exxon-Mobil con 700 y Chevron-Texaco con 250. Shell, además, recibe la protección de un equipo de 700 Mopol y 700 oficiales de la Armada y la Marina [4].

La sociedad civil del Delta denuncia que la propia estructura de seguridad se ha convertido en el principal elemento potenciador de la inseguridad en la región. Junto a los ataques a las instalaciones petroleras y los secuestros de trabajadores extranjeros llevados a cabo por los grupos militantes armados, el bunkering, como se conoce al robo de petróleo en el país, es una de las actividades que estas fuerzas de seguridad dicen combatir con contundencia, dado su profundo impacto en los beneficios petroleros. Afirman algunas fuentes consultadas en Abuja que ésta no es más que una estrategia de legitimación de la represión, pues en el contrabando de petróleo hay jugadores más grandes que los que finalmente acaban recibiendo el castigo: una población que siente que es ella la que lleva siendo víctima de un robo demasiado tiempo.

«¿Cuando alguien coge lo que es suyo está robando?», me pregunta retóricamente un activista del Delta, y se explica: «Se supone que cuando un país tiene recursos éstos deben ser explotados para el bienestar de su gente y no para meterlos en el bolsillo de unos pocos o en los bancos suizos. La gente se está muriendo, así que ¿no tiene derecho a coger lo que es suyo?». Me cuenta que la situación allí no podría estar peor. Por eso, si hablamos de futuro, dice estar convencido de que si la resistencia sigue fortaleciéndose como hasta hoy, tarde o temprano los «rehenes de los pantanos» sobre los que poetizó Ofeimun volverán a ser mujeres y hombres libres…

Redacción Pueblos. Este artículo ha sido publicado en el número 35 de la Revista Pueblos, diciembre de 2008.

Notas

[1] Ihonvere, Julius O. & Shaw, Timothy M. (1998): Illusions of Power, Africa World Press Inc. p. 31.

[2] Nigeria Human Development Report 1996, citado en UNDP (2006): Níger Delta Human Development Report, p. 11.

[3] Citado en Nigerian National Petroleum Corporation (2008): Corporate Nigeria. The Business, Trade and Investment Guide 2008, Corporate Guides International, p.18.

[4] Abrahamsen, R. and Williams, M. (2005): «The Globalisation of Private Security: Country Report: Nigeria», University of Wales, Aberystwyth.