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Libia

Noticias de un país que no existe

Fuentes: Rebelión

Hace ya quince años que Libia ha dejado de existir. El que fue el país más desarrollado del continente, tras 42 años de los continuos esfuerzos del gobierno del coronel Muammar Gadafi, se consumió en unos pocos meses tras una operación conocida como Primavera Árabe, pergeñada por el Departamento de Estado y ejecutada por Naciones Unidas, la OTAN, la Unión Europea y las monarquías del Golfo, que financiaron miles de mercenarios que se encargaron de sumir a esa nación en lo que es hoy, un engendro incalificable con dos cabezas, Trípoli y Benghazi, y un solo corazón: el petróleo.

La primera, pequeña y deforme, se dirime entre un gobierno de funcionarios puestos a ojo por la ONU, con el visto bueno de Washington, conocido como Gobierno de Unidad Nacional (GUN), encabezado por el primer ministro Abdelhamid Dabaiba, que disputa con poca suerte el poder efectivo a un cúmulo de facciones armadas que controlan con la misma pericia diferentes barrios, clubes de fútbol, el tráfico de drogas, de personas y el contrabando en general, que puede ir desde cigarrillos Marlboro más o menos originales a armamento falsificado y de combustible robado a medias de mujer.

La otra cabeza, aunque formalmente está dirigida por un poder ejecutivo con sede en Benghazi liderado por Osama Hamad, primer ministro interino del Gobierno de Estabilidad Nacional, aunque el verdadero hombre fuerte de la región es Khalifa Haftar, un antiguo general de Gadafi, quien tras fugarse a los Estados Unidos y servir a la CIA por cerca de 20 años volvió en 2011 para hacerse cargo de una de las milicias que despedazaban el país y que en la actualidad gobierna junto a sus dos hijos, Saddam y Khaled, intentando establecer una dinastía que más temprano que tarde también borrará el desierto.

Si bien tanto Trípoli como Benghazi se presentan como bandos opuestos desde la guerra que los enfrentó hace más de seis años, y a pesar de que Haftar con su ejército, ahora rebautizado Fuerzas Armadas Árabes Libias, estuvo a las puertas de la antigua capital por semanas, hasta que algo más que la resistencia de las milicias tripolitanas lo obligó a desistir de la victoria y replegarse, fundamentalmente por la presencia de Ankara, que había decidido resguardar Trípoli con una importante misión militar a finales de 2019 frente al avance del mariscal Jalifa Haftar.

Desde entonces Hafther se dedicó a afirmar su control del este y olvido de Trípoli, mientras estrechó sociedades con Egipto, renta parte de territorio para que milicias sudanesas del Grupo de Apoyo Rápido, junto a mercenarios de varios países, se entrenen antes de dirigirse a la guerra civil de Sudán (Ver. ¿Quién alimenta la guerra de Sudán?)

En vista de las necesidades del Departamento de Estado norteamericano, que ha decidido volver a África después de casi dos décadas de abandono, Donald Trump pretende concretar el plan de reunificación de Libia trazado por su principal asesor para el continente, el empresario y a la vez su consuegro Massad Boulos. En el que se estipula que Saddam Haftar asumiría la presidencia de un ejecutivo unificado, cuya sede se establecería en Sirte, con un gran peso simbólico, ya que ha sido cuna y muerte del coronel Gadafi y que en estos momentos se encuentra bajo el control de los Haftar, mientras que Abdelhamid Dbeibah seguiría fungiendo como primer ministro.

En este contexto de reordenamiento del continente, Hafther, para no quedar náufrago en el cambio de corrientes, se suma a los esfuerzos turcos para que su antiguo enemigo, el presidente Recep Erdogan, se convierta definitivamente en la cabeza o al menos en la voz del mundo sunita. Quien ya habría dado un gran paso en esa dirección con la concreción junto a Pakistán y Arabia Saudita del Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, firmado el pasado 7 de agosto, al que muy posiblemente se integre pronto Egipto y del que ni Estados Unidos ni Israel tienen nada de qué preocuparse.

Mucho que ver con el Acuerdo tiene la reciente visita a la Libia de Haftar del ministro de Asuntos Exteriores turco, Hakan Fidan, quien llegó a Benghazi nada menos que desde Trípoli, donde se había reunido con el primer ministro Abdelhamid Dbeibah y otros funcionarios de la administración del GUN, al tiempo que también se reunió con funcionarios del área de seguridad y visitó la misión militar turca.

En Benghazi Fidan fue recibido por Saddam Haftar, subcomandante en jefe del ejército de su papá, Quien unas horas después recibió al enviado de Erdogan, que seguramente tendrá como misión, antes de cualquier otra cosa, alisar las asperezas provocadas por la advertencia de Erdogan de no entrar a Trípoli en 2020.

La visita se produce apenas unos días después de que el jefe de la inteligencia de Halffter y comandante de la región de Sebha, Fawzi al-Mansouri, muriese producto de un atentado por intermedio de una bomba adherida a su auto a la salida de una mezquita en una zona residencial de Benghazi el lunes 11 por la noche.

Más allá del peso específico del general al-Mansouri, es importante recordar que esta es la primera muerte de un jefe de esa talla en la región, en más de una década. Khaled Haftar, el otro hijo de su papá, denunció que el atentado posiblemente haya sido realizado por “yihadistas”, los que también desde hace tiempo no tienen presencia en el sector. Más tarde se conoció que una célula que preparaba otro atentado en Benghazi había sido neutralizada, sin que hasta ahora se pudieran establecer vínculos con el asesinato del jefe de la inteligencia, ni a qué organización respondían.

Sin duda el exitoso atentado deberá ser profundamente investigado, si el clan Hafther así lo considera, ya que es muy poco probable que alguien haya podido llegar hasta el vehículo del jefe de la inteligencia para adherir explosivo para que detone en el momento oportuno y la escolta del ahora difunto general no haya podido evitar esa muerte que provoca muchísimas preguntas.

¿Quién apuesta a la violencia?

La opinión de los observadores locales del asesinato de Fawzi al-Mansouri se encuentra dividida, ya que algunos señalan que directamente pretende impedir el plan de Boulos, mientras otros insisten en que la pretensión es acelerarlo. Quizás en alguna de esas direcciones también se puedan apuntar los ataques con drones que desde el día 8 han comenzado a producirse contra diferentes blancos cercanos a Trípoli.

El más contundente se registró el día 12 contra la segunda refinería más importante del país, en la ciudad de Zawiya con una capacidad de producir unos 120.000 barriles al día, a unos 50 kilómetros al norte de Trípoli, donde además se afectaron una planta desalinizadora y una central eléctrica, que dejó sin energía a gran parte de sus 250.000 pobladores. Otro dron suicida dio contra un tanque que contenía 4,5 millones de litros de combustible, a consecuencia de lo que se produjo un violento incendio.

Zawiya también acaba de ser escenario del enfrentamiento de milicias rivales por el control de la principal vía terrestre del oeste de Libia, que conecta Trípoli con Túnez. Zawiya tiene además una refinería de petróleo. El enfrentamiento ha dejado varios civiles muertos y daños en barrios residenciales de la ciudad.

Nadie se ha hecho responsable de la muerte del general al-Mansouri ni del ataque contra la refinería, lo que agrega una cuota de mayor inestabilidad al ya complejo panorama libio.

Lo que da mayor dimensión a la visita del jefe de exteriores turco, cuya nación tiene importantes intereses geoestratégicos en apaciguar los ánimos en la región, de allí su presencia en Somalia, los intentos mediadores en la guerra de Sudán y también en Libia, donde es un jugador con una larga trayectoria, acaba de ofrecer a Haftar su cooperación en materia de inteligencia, vigilancia fronteriza y entrenamiento militar.

Saddam Haftar ya había firmado un acuerdo con una empresa de seguridad turca en julio pasado para integrar un sistema de gestión de fronteras terrestres de unos 280 kilómetros, que él mismo monitorearía, como parte del esfuerzo de su padre para combatir el tráfico de armas y drogas, el tráfico de personas, para un país que ya sabemos todos que no existe.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.