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Obama, el Nobel innoble

Fuentes: Público.es

Según el testamento de Alfred Nobel, el premio de la Paz que lleva su nombre debe otorgarse a quienes se distingan en la promoción de los procesos de paz, la abolición o reducción de los ejércitos y la fraternidad entre las naciones. El comité del Parlamento noruego que lo concede ha dado variadas muestras de […]

Según el testamento de Alfred Nobel, el premio de la Paz que lleva su nombre debe otorgarse a quienes se distingan en la promoción de los procesos de paz, la abolición o reducción de los ejércitos y la fraternidad entre las naciones. El comité del Parlamento noruego que lo concede ha dado variadas muestras de que no siempre se atiene a esos principios. Hay dos especialmente escandalosas: la concesión del galardón a Menajem Beguin, un antiguo terrorista, y a Henry Kissinger, maquiavélico urdidor de golpes de Estado antidemocráticos e inspirador de bombardeos masivos sobre la Península Indochina para «detener la expansión del comunismo» en plena Guerra Fría. Salvando las distancias, a estos disparates flagrantes puede unirse el de Barack Obama, que estos días última los detalles para bombardear Siria sin esperar siquiera al dictamen de los inspectores de Naciones Unidas.

En el caso de Beguin, la coartada del Comité Nobel fue que se reconoció la importancia de un logro concreto: el acuerdo de paz con Anuar el Sadat (también premiado) que permitió además la devolución de la península del Sinaí a Egipto. Otro tanto ocurrió con Kissinger (y con su interlocutor vietnamita, Le Duc Tho, que rechazó el galardón), ya que aún estaba fresca la tinta con las que firmaron los acuerdos de París que, en teoría, iban a terminar con la guerra de Vietnam, aunque millones de bombas norteamericanas siguieron alfombrando la región y causando una tremenda mortandad todavía durante dos años más.

Con el Nobel a Obama tan solo se premió la esperanza, algo insólito y sin precedentes, el deseo, no basado en hechos tangibles, de que el primer presidente negro de la historia de Estados Unidos trajese al mundo una nueva era de concordia que aplastase la herencia envenenada de George Bush. Fue un absurdo voto de confianza con el que un puñado de ilusos pensaron, tal vez, que podrían reforzar el supuesto deseo de Obama -el «Yes, we can»-  de convertirse en un líder a la altura de Abraham Lincoln, pero con una proyección global, y no solo interna.

A la vista de lo que Obama ha hecho desde que accedió a la Casa Blanca, no cabe duda de que el Comité Nobel se columpió estrepitosamente, y su ya imparable decisión de castigar al régimen de Bachar el Asad por su supuesto uso de armas químicas para combatir la insurgencia no hará sino consagrar el error.

Lo que demuestra Obama con esta iniciativa y con el conjunto de su gestión es que se trata de un presidente más, tal vez no de los peores -aún le salva la comparación con su predecesor-, pero no uno capaz de marcar un cambio de tendencia, de señalar un nuevo camino, capaz de superar los obstáculos estructurales que condicionan y determinan la política exterior de Estados Unidos.

Las diferencias entre republicanos y demócratas en este campo no lo son tanto de principios e ideología como de estrategias para conservar el poder o arrebatárselo al rival. Es en este contexto, y en la fijación del precio que haya de pagar el presidente, donde se sitúa la resistencia de algunos sectores republicanos para avalar el ataque a Siria, aunque apenas hay dudas de que se impondrá el sacrosanto principio de la defensa de la seguridad nacional o, dicho de otra forma, de los intereses geoestratégicos de Estados Unidos.

O sea, que se prepare El Asad para la que le va a caer encima. Y no es que lo sienta por él -a fin de cuentas un tirano- sino por las víctimas, colaterales o no, que a buen seguro causarán los misiles Tomahawk, y por las consecuencias de todo tipo que puede acarrear el ataque, desde la desestabilización de Oriente Próximo al fortalecimiento de los grupos yihadistas que tienen una influencia creciente en la oposición al régimen.

Más que como un estadista, Obama se enfrenta a la crisis siria como un político, pensando más en la coyuntura que en la historia. Y, como han hecho casi todos los presidentes antes que él cuando han emprendido aventuras exteriores, no se somete a otra autoridad que la suya propia. La decisión de bombardear Siria está tomada, y poco importa si el Consejo de Seguridad de la ONU la avala o no. Mejor dicho, parece tan claro que Rusia y China no darán el visto bueno, que Obama busca otro tipo de legitimidad, en forma de apoyo de sus aliados, aunque el único de peso que ha logrado hasta ahora ha sido el de la Francia gobernada por el socialista François Hollande. Sin embargo, ante decepciones tan estruendosas como la del amigo británico -por culpa de un Parlamento díscolo-, ha preferido buscar el aval del Congreso, que, aunque con reticencias, se lo otorgará. Cuestiones de forma, en realidad, pero no de fondo.

Quedan en el aire factores sustanciales. Como los siguientes:

– Está lejos de ser una verdad indiscutible que la responsabilidad del bombardeo químico recaiga en el régimen de Damasco, como cuestionan datos recogidos en recientes artículos en publico.es de Nazanín Armanian y Eugenio García Gascón.

– Siria es uno de los cinco países que no han suscrito la convención de la ONU contra el uso de armas químicas, con el argumento de que su principal enemigo, Israel, es una potencia nuclear.

– Estados Unidos almacena cantidades ingentes de armas químicas, y no dudó en emplearlas masivamente en la guerra de Vietnam.

– El informe de los inspectores de la ONU llegará probablemente cuando las bombas estén ya cayendo sobre Siria, y puede que determine que se han utilizado armas químicas, pero sin aclarar quien lo ha hecho.

– A los más de 100.000 muertos por la guerra les importaría poco, de seguir vivos, si les envenenó el gas sarín o les destripó un obús. Para las víctimas no existen líneas rojas como la trazada con las armas químicas por el mismo Obama que se ha cruzado de brazos ante la mucho más mortífera utilización de armamento convencional.

– Nadie ha dado licencia a Estados Unidos para convertirse en el policía del mundo.

– Una reacción a la desesperada de El Asad, por ejemplo un ataque a Israel, incendiaría toda la región.

– No puede descartarse el riesgo de otra Guerra Fría con una Rusia que se resiste a perder su principal cuña en Oriente Próximo.

– De poco servirá un ataque temporal y limitado para cambiar el rumbo de la guerra si el objetivo no es destronar a El Asad. Obama defiende todavía la vía negociadora para que termine el conflicto.

– Aunque quede debilitado, la sangría continuará hasta que uno de los dos bandos gane o el país se parta.

– Ni siquiera la victoria de la insurgencia garantizaría la estabilidad en una Siria dividida según líneas confesionales, étnicas, económicas y de privilegios de poder, controladas hasta ahora por la existencia de una autoridad central fuerte.

– La intervención militar norteamericana perjudicará a El Asad casi en la misma medida que fortalecerá al principal enemigo de EE UU: Al Qaeda.

– Tras el fiasco de Egipto y las turbulencias en Túnez, ha quedado en agua de borrajas la cruzada de Obama a favor de la democracia en el mundo árabe, aunque eso suponga que los islamistas alcancen el poder a través de las urnas. Cuesta creer que algún día exista esa opción en una Siria desangrada por la guerra-

– En este conflicto no hay buenos y malos. Solo malos y peores. Y es difícil distinguirlos.

– Se puede saber como comienza una guerra, pero no como terminará.

A la vista de todo esto, queda claro el patinazo del comité del Parlamento noruego que premió a Obama, un Nobel innoble.

Fuente: http://blogs.publico.es/elmundo-es-un-volcan/2013/09/06/obama-el-nobel-innoble/