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Obama frente a los escombros

Fuentes: Le Monde Diplomatique

Traducido para Rebelión por Caty R.

La entrada en funciones de Barack Obama confirmará una triple ruptura

1) En primer lugar, una ruptura política. Es la primera vez desde 1965 que un presidente demócrata aborda su mandato en un contexto de debilidad, incluso de derrota, de las fuerzas conservadoras. En 1977, James Carter los venció en primer lugar (justamente) gracias a su promesa de una renovación ética («Yo no os mentiré nunca») tras el escándalo del Watergate; su mandato estuvo marcado por una política monetarista y por las primeras grandes medidas de desregulación; En 1993, William Clinton se presentó como el hombre que «modernizaría» el partido demócrata asumiendo para sí numerosas ideas republicanas (la pena de muerte, el cuestionamiento de la ayuda social o la austeridad financiera)

2) Después, una ruptura económica. El neoliberalismo al estilo de Reagan no es defendible ni siquiera por sus partidarios. Durante su última conferencia de prensa como presidente, el lunes 12 de enero, George W. Bush ha «admitido voluntariamente»: «Yo dejé de lado algunos de mis principios liberales cuando mis asesores económicos me informaron de que la situación que estábamos viviendo podría llegar a ser peor que la Gran Depresión (la crisis de 1929)». «Peor», de todos modos, es un poco exagerado teniendo en cuenta que la crisis de 1929 hizo fermentar las «uvas de la ira» y la quiebra puso al país al borde del caos.

Sin embargo, 2008 se ha cerrado con una pérdida de 2.600.000 empleos en Estados Unidos, 1.900.000 de ellos sólo en los últimos cuatro meses del año. Es el peor resultado desde 1945, en otras palabras, una caída libre. Podría pasar si el país tuviera las cuentas equilibradas y una posibilidad ilimitada de relanzamiento por el endeudamiento. Pero eso está lejos… El déficit presupuestario va a llegar este año a 1,2 billones de dólares y el 8,3 del PIB. Una cifra impresionantemente mala que no sólo supera el peor resultado de la era Reagan (6% en 1993), sino que además marca que el déficit se ha multiplicado por tres de un año para otro.

3) Una ruptura diplomática. Nunca, sin duda, desde la Segunda Guerra Mundial, la imagen de Estados Unidos en el mundo había estado tan degradada. La mayoría de los países consideran que la superpotencia estadounidense desempaña un papel negativo en los asuntos del mundo, a menudo en una proporción abrumadora. Iraq, Oriente Próximo, Afganistán: El statu quo aparece insostenible, tan costoso y mortífero al mismo tiempo. Después de todo, fue invocando la necesidad de una retirada de Iraq como Obama comenzó su campaña en 2007 y ha sido gracias a su insistencia en este punto como venció a Hillary Clinton -su futura Secretaria de Estado…- en las primarias. Sin embargo, el calendario de dicha retirada parece que enfrenta al presidente electo (muy impaciente) con los militares (más «prudentes» (1)). Pero la impaciencia del primero no se explica en absoluto por una posición pacifista. La retirada, en primer lugar, conlleva la voluntad de Obama de reasignar en Afganistán una parte de las tropas retiradas de Iraq. Sin embargo no es cierto que las perspectivas de hundimiento sean menores en Kabul que en Bagdad.

Políticamente, el nuevo presidente tiene las manos libres. El paisaje de escombros que hereda va a obligar a una cierta contención a sus adversarios políticos. Su amplia victoria se ha beneficiado del impulso de las fuerzas vivas del país, especialmente los jóvenes. Y además están los sugerentes reportajes especiales, a menudo hagiográficos, que la prensa del mundo entero ha dedicado a Obama. La esperanza que suscita su entrada en la Casa Blanca es inmensa; y eso no se explica únicamente por el hecho de que el presidente de Estados Unidos sea negro. De un golpe, la «marca de América» se recuperó. Algunas decisiones de alto valor simbólico relativas al cierre de Guantánamo y la prohibición de la tortura han reforzado ese sentimiento de nueva era. «Debemos poner el mayor cuidado en reafirmar nuestros valores y en proteger nuestra seguridad», ha declarado el nuevo presidente.

Después vienen los problemas. No es suficiente irrigar la economía estadounidense de liquidez para que la máquina económica y el empleo recuperen el movimiento. La inquietud de la población en cuanto al futuro es tal, que lejos de dedicarse a consumir, ahorra más que nunca (2). La tasa de endeudamiento de las familias, que no había dejado de crecer desde 1952, ha conocido su primer retroceso en el tercer trimestre del año pasado. Así, algo que seguramente es deseable a medio y largo plazo, pone en peligro el relanzamiento rápido a través del consumo y la inversión que espera el nuevo equipo de la Casa blanca. «Si no hacemos nada, esta recesión podría durar años» ha advertido Obama, deseoso de que su programa de gastos suplementarios de 775.000 millones de dólares, compuesto de gasto público y rebajas de de los impuestos, sea adoptado rápidamente por el Congreso. ¿Será suficiente? Algunos economistas demócratas, como Paul Krugman, consideran que es insuficiente y está mal planeado (3).

La situación internacional tampoco parece prestarse a un resultado inmediato. Deliberadamente o no, los dirigentes israelíes han colocado a su gran aliado ante un hecho consumado -una guerra especialmente impopular en el mundo árabe- y obligan al nuevo presidente a hacerse cargo de un asunto minado que no constituía en absoluto su prioridad. La parcialidad en este asunto tiene el peligro de demostrar que Estados Unidos ya no podrá defender nunca una posición equilibrada en Oriente Próximo, y esto podría empañar muy deprisa su popularidad en el ámbito internacional.

Pero todo no se resume en un hombre, aunque sea nuevo. Sobre todo porque la novedad es mucho menos sorprendente cuando se examinan las actuaciones de Obama en cuanto a su gabinete. Por una ministra de Trabajo próxima los sindicatos, Hilda Solis, que promete una ruptura con las políticas anteriores, nombra a una ministra de Asuntos Exteriores, Hillary Clinton, cuyas orientaciones diplomáticas rompen menos con el pasado, y a un ministro de Defensa, Robert Gates, claramente heredado de la administración Bush. En cuanto a la diversidad del equipo, seguramente no es de naturaleza sociológica. Veintidós de los treinta y cinco primeros nombrados de Obama son diplomados de una universidad de élite estadounidense o de un encopetado colegio británico… Esto recuerda un poco la vuelta a la «competitividad» de los «best and brightets» (los mejores y más brillantes) de la administración Kennedy-Johnson. La prepotencia que caracteriza a este tipo de individuos a menudo los conduce a alardear de su poder y convertirse en fabricantes de catástrofes mundiales, como se observó durante la guerra de Vietnam. Pero Estados Unidos, en los tiempos que corren, está más bien en el abatimiento «centrista» que en la audacia del «Yes, we can«, que constituiría la amenaza más temible.

(1) «Timetable for Iraq too slow for Obama» (Calendario de Iraq demasiado lento para Obama) International Herald Tribune, 15 de enero de 2009.

(2) «Hard-Hit Families Finally Saving Aggravating Nation’s Economic Woes» (Las familias más afectadas al final serán la solución de los crecientes problemas económicos de la nación) The Wall Street Journal, 6 de enero de 2009.

(3) Paul Krugman «The Obama Gap» The New York Times, 8 de enero de 2009.

Texto original en francés: http://www.monde-diplomatique.fr/carnet/2009-01-16-Obama-investiture

Serge Halimi es periodista de Le Monde diplomatique y autor del libro Les Nouveaux Chiens de Garde (Los nuevos perros guardianes), Raisons d’agir, 2ª edición, 2005.