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Día decimonoveno del pueblo tunecino

¿Quién gobierna Túnez?

Fuentes: Rebelión

Foto de Ainara Makalilo

Hoy en Túnez han ocurrido algunas cosas terribles:

Han quemado el instituto más grande del Bardo, uno de los barrios de la capital.

Han asaltado el restaurante hebreo Mamie Lily en la Goulette.

Han secuestrado en una escuela de la Ariana al hijo de un general.

Han incendiado la sinagoga de Djerba.

Han evacuado todas las escuelas de la ciudad.

Han pedido a los medios extranjeros que abandonen el país.

Hoy no ha ocurrido ninguna de estas cosas en Túnez. Pero ha ocurrido -y es un verdadero suceso- que se ha dicho que todas estas cosas han ocurrido y el rumor, por los mismos medios con los que se combatió la censura, ha circulado, volado, infectado a miles de personas y generado el mismo clima de inseguridad y terror que si estas cosas hubiesen sucedido realmente. Los mismos que podrían llegar a hacer estas cosas, los mismos que siguen recorriendo las calles, de día y de noche, intimidando y asustando, los mismos que asaltaron locales e instituciones ayer en Qasserine, lanzan noticias antes de lanzar bombas y con el mismo propósito. ¿Los mismos? ¿Quiénes son?

La policía se ha declarado hoy en huelga en Sfax y protesta en otras ciudades por lo que consideran un trato injusto; quieren, dicen, recuperar la confianza de su pueblo. Lo cierto es que no hay policía. En muchas de las ciudades y pueblos de Túnez no hay policía. Es bonito que no haya policía. Pero lo que podría considerarse una conquista popular mientras los barrios estaban organizados, ahora deviene una fuente de inquietud. Los pequeños asaltos y las enormes mentiras comienzan a minar la serenidad de la gente. No han evacuado las escuelas, no, pero sí es cierto que muchos alumnos han vuelto a casa o han sido recogidos por sus padres antes de que finalizara el horario lectivo. Los de Bizerta, donde nos encontrábamos a las 15 h., porque tenían miedo después del incendio, que nunca ha ocurrido, del instituto del Bardo; los de Túnez porque tenían miedo después de los tiroteos, jamás acaecidos, en los colegios de Bizerta. Es impresionante la velocidad con que circulan las verdades; es aún más impresionante la velocidad con la que circulan los rumores. Y si la verdad no admite exageración, pues dejaría de serlo, el rumor exige -como toda emoción imperiosa- una expresión mayúscula. No se puede añadir nada a la verdad; todo el mundo quiere añadir algo de su cosecha a una fábula.

¿Está intentando la policía recuperar la confianza de la gente generando inseguridad en ciudades desprotegidas? Es posible. Pero también es cierto que el nuevo ministro del Interior ha confirmado que ayer el ministerio fue asaltado por cientos de personas, en lo que califica como «un complot contra la seguridad del Estado». ¿Está intentando el gobierno ganarse la confianza de los que no quieren creer en la discontinuidad proclamada a los cuatro vientos? También es posible. Pero no menos cierto es que las milicias recedistas, junto a mercenarios sacados de las cárceles en los días posteriores al 14 de enero, permanecen a la espera, bien organizadas y financiadas, asestando dentelladas en la oscuridad.

El caso de Bizerta, la bella ciudad portuaria del norte del país, es significativo. Con la mayor concentración de cuarteles y militares de Túnez -de las tres fuerzas-, vivió durante una semana los más duros combates del país tras la fuga del dictador. Muchos de esos milicianos que trataron de asaltar las bases y apropiarse de las armas del ejército siguen ocultos en el bosque de Nador y desde allí amenazan a la población. Anoche volvieron los intercambios de disparos y esta mañana, poco antes de nuestra llegada, los soldados detuvieron a dos miembros de las milicias. Con el helicóptero sobrevolando nuestras cabezas y una masiva presencia de soldados en las calles, la atmósfera es pesada en Bizerta. Se espera que de un momento a otro ocurra algo tan grave como indeterminado y un amigo de Mohamed nos aconseja, en efecto, regresar lo antes posible a la capital.

Pero no ocurre nada. O sólo una pequeñez ilustrativa: encontramos un cadáver. Asaetados a través del teléfono por noticias sin confirmar, caminamos agitados hacia la calle 26 de Marzo cuando Ainara ve delante de nosotros un joven que arroja un bulto al otro lado de un muro y sale corriendo. Al pasar buscamos con los ojos, llevados por la curiosidad, a través de los calados abiertos en la pared. Y de pronto vemos algo que no relacionamos en principio con el gesto del fugitivo. Es un cuerpo. Está tumbado bocabajo entre la hierba, completamente inmóvil. Viste unos pantalones vaqueros negros y una chaqueta gris de lana con capucha. No está en la postura de alguien que se ha quedado dormido ni tampoco parece verosímil que nadie haya escogido ese lugar y esa hora para una siesta. Es evidente que está muerto.

Decidimos rodear el muro, que ciñe el recinto de una modesta urbanización, y avisar al guardián. Con él nos dirigimos, un poco sobrecogidos, hasta el cuerpo semiescondido en el jardín. Allí está. No se mueve, no respira. El guardián lo toca con el pie.

– Pero, ¡si es un maniquí!

Un maniqui, en efecto. Enseguida lo comprendemos todo. El joven fugitivo había robado el maniquí de alguna tienda cercana y lo había arrojado por encima de la pared pensando en volver luego a recogerlo sin peligro. Le hemos arruinado la operación. El alivio, se comprende, se convierte en hilaridad. Y nos alejamos riendo mientras el guardián acompaña del brazo al muñeco hasta su pequeño garito, contento también del hallazgo.

Pasamos la tarde en Burjaluf, un pueblo de 7.000 habitantes a las afueras de Bizerta, en casa de la familia de Mohamed. Allí conocemos a Mohamed Ali, soldador, y a Qais, albañil, los dos en paro, los dos muy activos desde que comenzó la revolución. Nos cuentan su experiencia como miembros de los comandos de autodefensa durante los diez días de temprano toque de queda y combates en los cuarteles próximos. Todos participaron en estos piquetes compuestos de 25 personas que se comunicaban entre sí y con el ejército a través de los teléfonos móviles. Las mujeres, reunidas en grandes grupos en las casas, les proporcionaban té y comida.

Hablamos de la necesidad de convertir ese impulso defensivo y solidario en alguna forma de organización permanente que se ocupe no sólo de la seguridad sino de gestionar la vida cotidiana en sustitución de la célula del partido y de una municipalidad al mismo tiempo incompetente y cómplice. Y de si es posible construir esa nueva institución bajo un gobierno que no es revolucionario y que, aún más, sigue controlado en la sombra por las mismas fuerzas oscuras.

– De hecho -dice Mohamed Ali- no es ni siquiera Ghanoushi el que gobierna. No hay que obsesionarse con él. Son otros, detrás de su sillón, los que dan las órdenes.

Pero la discusión del día gira en torno a si realmente se puede hablar de revolución. ¿Qué es una revolución? ¿Un gran movimiento de masas, con independencia de si alcanza sus objetivos? ¿La subversión completa de un orden y de un sistema? ¿Basta derrocar un tirano? ¿Hay que derrocar la tiranía?

Mohamed Ali da una definición que horas antes, curiosamente, había adelantado nuestro amigo Mario, profesor de la Universidad de la Manuba, en el pequeño restaurante donde habíamos comido con Mohamed:

– Sólo se puede hablar de revolución si hay un momento en el que todo el pueblo sale a la calle a hacer una gran fiesta. Las victorias se festejan y si no se festejan es que no hay victoria. No hemos podido festejar nada en la calle, ni siquiera la expulsión de Ben Alí. Y eso quiere decir que aún no hemos vencido.

La paradoja de los medios occidentales es que se han vuelto de pronto marxistas. No dejan de insistir en que las causas de las revueltas tunecinas tienen que ver con el pan y con el paro o, como leo en El Mundo al volver a casa: «las revueltas tienen un envoltorio de libertad pero un corazón económico». Hay un patente eurocentrismo en este tipo de análisis; la libertad y la democracia son un invento europeo y los pueblos que Europa desprecia y ha contribuido a encadenar -¡en nombre de la libertad y la democracia!- son incapaces de pensar en otra cosa que en su estómago (o en ese estómago alargado que es el fútbol y el centro comercial). No soportan que los árabes se tomen en serio lo que ellos han usado tan mal. No sabemos si en Túnez ha habido, hay, está habiendo, habrá una revolución, pero en estos días los tunecinos (y los egipcios) no hablan de comida sino de política.

Comisaría central de la policía de Bizerta, quemada por los ciudadanos el día 15 de enero

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso de la autora mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR