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Refugiados: Una explicación de Ceuta

Fuentes: Rebelión

Quizás para entender las razones de la reciente invasión de la playa ceutí de Tarajal, más allá del aliento dado por la corona marroquí (Ver Ceuta: Despojos en la playa) a los miles de africanos que desde Marruecos, al igual que los que intentan llegar a Europa cruzando el Mediterráneo desde distintos puertos del Magreb, denota que si bien la situación sucede desde hace décadas, la crisis, tanto económica como de seguridad, se profundiza al punto de producir estos desbordes, obligando a millones de desangelados a saltar al mar o a abordar intratables pateras para zambullirse en una aventura que como ya ha sucedido a unas cuarenta mil almas puede terminar en el lecho del Mediterráneo.

Mientras Francia y Estados Unidos, junto a decenas de naciones y organismos internacionales presionan al Comité Nacional de Salvación del Pueblo (CNSP) malí y a su líder el coronel Assimi Goïta, que el pasado 25 de mayo desalojaron de su puesto al presidente Bah Ndaw y al primer ministro Moctar Ouane (Ver: Mali, la inestabilidad como forma de gobierno) para el retorno a la hoja de ruta post golpe 2020, que desembocaría  en las elecciones presidenciales de 2022, cuestión de la que, por lo menos formalmente, el CNSP no se ha desdicho, Occidente no hace lo mismo con el Chad, que prácticamente se encuentra en la misma situación, ya que tras la muerte del presidente Idriss Déby (Ver: Chad, la tormenta perfecta) asumió el poder, su hijo, el general Mahamat Déby, que junto a su camarilla militar anuló la constitución vigente, cerró el Parlamento y ni palabra de posibles elecciones.

En este marco de situación Occidente solo parece interesado en enseñar “buenas maneras democráticas” a los coroneles malíes que al parecer no podrían controlar; quizás por la formación de varios de ellos, incluso el coronel Goïta, en academias militares rusas, mientras no opina sobre las denuncias constantes acerca de la violación del “Estado de derecho” y los derechos humanos en Chad y del resto del continente que se incendia.

De manera diaria vamos viendo que el terrorismo wahabita gana más y más terreno en todo el continente, incluso quebrándole el brazo a estados poderosos como el nigeriano, donde el presidente Muhammadu Buhari está a punto de perder el estado nororiental de Borno a manos del Estado Islámico de la provincia de África Occidental (ISWAP), que acaba de sellar su victoria en la guerra interna con Boko Haram con la muerte, hasta ahora no confirmada, de su líder Abubakar Shekau (Ver La nueva muerte de Abubakar Shekau) desmalezado su caminó de “hermanos”, ahora puede y está dispuesto disponer todos sus recursos contra Abuja.

Más allá de la agónica situación del Sahel occidental, el resto del África no deja de incrementar las crisis de seguridad. El desgaste político del presidente somalí, Mohamed Farmajo Abdullahi, que sigue escamoteando la fecha de las elecciones generando tanta inestabilidad como lo sigue haciendo hace más de una década el grupo integrista al Shabbab, que abiertamente ya opera en la región costera de Kenia, no solo como lo hace desde años con esporádicos ataques y atentados, sino presentando combate al ejército keniata, lo que agrava la crisis hasta ahora diplomática entre Nairobi y Mogadiscio. En el mismo Cuerno de África la guerra de Tigray (Etiopia) que comenzó en noviembre pasado, más allá de la derrota de los rebeldes ha disparado el número de refugiados internos perseguidos por las tropas de Eritrea, rechazados por las tropas etíopes y sin lugar en los campos de refugiados que se levantaron a lo largo de la frontera con Sudán, (Ver: Etiopia a la hora de los muertos) lo que hace que miles de personas, a siete meses del conflicto, se encuentren en un angustiante limbo de seguridad física y protección legal sin que ninguna organización de peso se haya puesto a trabajar para resolver la crisis.

Las acciones terroristas del pasado mes de marzo de Ahlu Sunnah Wa-Jamaa (Seguidores del Camino Tradicional o Defensores de la Tradición), tributarios del Dáesh, contra la ciudad de Palma (Mozambique: La guerra incendia el norte) en la norteña provincia mozambiqueña de Cabo Delgado, el pasado 24 de marzo, no solo congeló las operaciones de la Total francesa con una inversión de más de 4.000 millones de dólares, sino que la crisis de seguridad está lejos de finalizar. Miles de vecinos de Palma han dejado la ciudad y se niegan a retornar, mientras el verdadero saldo de muertos y desaparecidos no se conoce y por lo que se observa, dado el éxito obtenido, el grupo está preparando un nuevo asalto seguramente bastante antes de fin de año.

En Egipto la guerra contra el terrorismo que prácticamente ha blindado la península del Sinaí sin que se conozca claramente que está sucediendo en el interior. Las constantes sangrías producidas en lo profundo de la República Democrática del Congo, donde todos los días nos desayunamos con docenas de muertos causados por los ataques de grupos insurgentes de toda laya y terroristas vinculados al Dáesh. Y Darfur en Sudán, donde se han vuelto a producir matanzas en el interior de los campos de refugiados. Además de Libia en su crónica guerra civil, lejos todavía de finalizar, son otros focos de expulsión de personas que sin duda buscarán escapar a cualquier precio.

Burkina Faso, la perla del terror

Si el panorama trazado más arriba es inhóspito, la actual situación del Sahel occidental y particularmente de Burkina Faso no deja dudas de que la crisis de seguridad se ha instalado en África y proyecta permanecer en ella ad infinitum. Si bien la crítica situación con el terrorismo en el norte de Mali, Níger y Chad es agobiante, desde 2015 Burkina Faso se ha convertido en la perla del terror. Su norte devastado y prácticamente abandonado por sus habitantes no deja de ser golpeado por los grupos terroristas que se mueven por las fronteras como lo que son, un simple trazo en un papel sin importancia.

Durante la noche del último viernes al sábado se produjeron ataques contra dos aldeas de la provincia de Yagha, próxima a la frontera entre Burkina Faso, Malí y Níger. El primero contra aldea de Tadaryat, en el que murieron unas quince personas y el otro en Solhan, a unos 15 kilómetros de Sebba, la capital provincial, donde los muertos superarían los 160, entre ellos 20 menores. Según fuentes locales el primero de los ataques se realizó cerca de las dos de la mañana contra un puesto de los Voluntarios para la Defensa de la Patria, (VDP) una fuerza de autodefensa conformada por civiles con poca o nula experiencia militar. Vencido el primer obstáculo los muyahidines se desplazaron al centro de la aldea procediendo a la matanza, seguida del saqueo e incendio de viviendas.

Estos ataques suceden apenas a una semana de otros dos ataques en la misma área en los que murieron otras cuatro personas. Entre el 17 y 18 de mayo 15 aldeanos y un soldado murieron en el área a pesar de que el 14 de mayo el ministro de Defensa Chériff Sy, quien se había trasladado a Sebba, había asegurado que la situación había vuelto a la normalidad tras numerosas operaciones del ejército. A consecuencia de una serie de ataques terroristas en el distrito de Foutouri en el este del país, en los que el Dáesh asesinó en la aldea de Kodyel, el pasado tres de mayo, a unos 15 miembros del VDP y otros tantos efectivos del ejército y 20 civiles resultaron heridos.

Según cifras demasiado oficiales, desde el 2015, año en que comenzaron a operar en Burkina Faso, tanto el Grupo de Apoyo para el islam y los musulmanes (GSIM) pertenecientes a al-Qaeda y el Estado Islámico en África Occidental (EIAO) franquicia del Daesh global, habrían muerto unos 1.400 civiles y los desplazados alcanzarían el millón. De los que muchos pasarán a engrosar las columnas de migrantes decididos al lanzarse al mar antes de que el infierno que dejan atrás los alcance.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.

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