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Congo

Seis años de guerras devastadoras de 1997 a 2002 (5/6)

Fuentes: El Clarín de Chile

En 1997, los telespectadores son sorprendidos por las imágenes de columnas de jóvenes soldados, mirada taciturna, calzando gruesas botas, que en poco tiempo desmantelan los campos de refugiados hutus en Kivu, al este del Congo, y prosiguen su marcha hacia el interior del país. En siete meses atraviesan la vasta jungla, derrotan los escasos intentos […]

En 1997, los telespectadores son sorprendidos por las imágenes de columnas de jóvenes soldados, mirada taciturna, calzando gruesas botas, que en poco tiempo desmantelan los campos de refugiados hutus en Kivu, al este del Congo, y prosiguen su marcha hacia el interior del país. En siete meses atraviesan la vasta jungla, derrotan los escasos intentos de resistencia del ejercito de Mobutu y de sus grupos mercenarios e irrumpen sobre Kinshasa. El decadente dictador emprende la fuga a Marruecos.

A la cabeza de la victoriosa Alianza de las fuerzas democráticas por la liberación del Congo, aparece el viejo guerrillero Laurent-Désiré Kabila, ahora proclamado Presidente del Congo, pero la realidad del poder reside en los ejércitos ruandés y ugandés, verdaderos pilares de la Alianza.

Mientras el malogrado país recupera su nombre histórico, aparece por un momento un futuro promisorio para el mismo.. Kabila intenta reorganizar el Estado, casi inexistente, y promete elecciones en dos años. Sin embargo, la relativa bonanza durará sólo un año y medio. Los poderes del nuevo presidente son exiguos, no sólo a causa de la ruinosa situación del país. Las tropas ruandesas y ugandesas ocupan virtualmente el este del Congo y se precipitan sobre las importantes riquezas naturales allí existentes. Además, persiguen sin piedad a los refugiados hutus ruandeses, sospechosos de haber participado en el genocidio de 1994, que se negaron a retornar a Ruanda. Las matanzas dejan centenares de miles de víctimas.

En agosto de 1998, Kabila rompe con sus escabrosos aliados y despide a todos los consejeros ruandeses y ugandeses, instalados en la capital. Sin embargo para ambos gobiernos el dominio sin contrapeso del este del Congo es de primera importancia. Replican organizando una nueva invasión, esta vez contra Kabila, llamada la Segunda guerra del Congo, contando para ello con la anuencia de las grandes potencias, hartas del ex guerrillero que no se comporta como un aliado seguro. Nuevamente, la invasión de Kinshasa parece inevitable, ya que el Congo casi no dispone de fuerzas armadas.

La supervivencia del Gobierno de Kabila depende de los aliados que pueda encontrar la región. Laurent-Désiré solicita ayuda a José Eduardo dos Santos y a Sam Nujoma, presidentes correlativos de Angola y de Namibia. Se dirige enseguida a Robert Mugabé, jefe de Estado de Zimbabue, (ex Rodesia del sur) y líder de la guerra de independencia. Todos aceptan enviar, con urgencia, tropas al Congo.

Al sur-oeste, el régimen de Angola, surgido de la independencia en 1974, continúa una antigua y cruenta guerra contra la guerrilla de la UNITA, en otras épocas armada por Estados Unidos, que aún conserva un importante arsenal. Las tropas angoleñas parten al Congo con una doble misión: además de defender al gobierno de Kinshasa, buscan atacar desde el Congo los territorios angoleños controlados por la UNITA. Así lo harán, y conseguirán su objetivo.

La llegada al Congo de unos 4.000 angoleses, 2.000 namibianos y 12.000 zinbabuenses, sumados a las tropas congolesas que ha podido organizar Kabila, detienen la ofensiva y consigen conservar la Capital y otras ciudades importantes. Esta intervención consigue impedir que el oeste Congo zozobre en la barbarie, como ocurre al este, y garantiza la continuidad de la nación.

No obstante, el balance de la primera ofensiva es pavoroso. A comienzos de 1999, el Congo está fraccionado, ocupado, y es sistemáticamente saqueado por varios ejércitos extranjeros. Dos grupos «rebeldes» controlan el Este: el Encuentro congolés por la democracia, dirigido en realidad por Ruanda, y el Movimiento por la liberación del Congo, apoyado por Uganda, y liderado por Jean-Pierre Bemba, un próximo de Mobutu. En los territorios controlados por el Gobierno, las tropas aliadas, también «toman» sus partes para remunerarse, aunque sin duda de forma menos destructora que los ejércitos de ocupación.

En agosto 1999, todas las partes implicadas en la guerra firman en Lusaka, la capital de Zambia, un acuerdo que coloca al gobierno de Kinshasa en el mismo plano que las otras fracciones «rebeldes» y proyecta el retiro de las tropas extranjeras. En realidad, casi nada de esto se cumple y las guerras continúan.

Las zonas ocupadas se han transformado en verdaderos hoyos negros jurídicos, sin Estado ni ley, donde la población está a merced de los explotadores de diamantes, cobalto y coltán, asociados a bandas armadas que con frecuencia se baten entre ellas. Muy pocos creen que el Congo saldrá integro de esta crisis y en círculos internacionales se habla de transformar en nuevos estados las zonas ocupadas por cada bando.

La crisis llega al paroxismo cuando Laurent-Désiré Kabila es abatido por uno de sus guardaespaldas en enero 2001, 40 años después del asesinato de Lumumba. Nunca se ha sabido por cuenta de quién actuó el hechor. Se trata sin duda de un golpe organizado, donde por un tris, se evita el derrumbe de lo que queda de Estado. Mientras los contingentes angoleses y zinbabuenses instauran un férreo control en la Capital, Joseph, un hijo de Kabila, de 29 años, entonces comandante del Ejercito, es llamado de urgencia a tomar las riendas del poder.

Como su padre, Joseph Kabila habla bien el francés y el swahilí, el idioma del Este, pero se expresa difícilmente en lingala, la lengua de uso común en la Capital. De pocas palabras, Joseph intenta una reconciliación con las grandes potencias, acepta que tropas de la ONU ocupen posiciones en las zonas de conflicto y concierta un diálogo con las fracciones rebeldes que ocupan algo más de la mitad del territorio.

El cambio ocurrido en la política estadounidense después de los atentados del 11 de septiembre 2001, en cierto sentido ayuda a la sobrevivencia del Congo. Hasta esa fecha, la Casa Blanca parecía consentir, o al menos cerrar los ojos, ante la desaparición del Estado en algunas regiones, lo que permite explotar recursos naturales a costos muy competitivos. Pero esas regiones en la que impera el no-derecho pueden también albergar a grupos terroristas. Y Estados Unidos pasa un susto. Los servicios franceses detectaron en Paris a congoleses ofreciendo en el mercado negro barras de cobalto enriquecido, robadas de una mina, que podrían servir para construir una especie de pequeña arma atómica. Ante esa realidad, Washington propende por la existencia de un gobierno que controle de verdad el territorio.

En 2002 se abre un «dialogo intercongolés» entre el gobierno y todas las fracciones «rebeldes», llevado a cabo en el balneario de Sun City, una especie de Las Vegas sudafricana. Concluyen en ese encuentro un acuerdo «global e inclusivo» que abre un período de transición. Joseph Kabila comparte el poder con cuatro vicepresidentes: los dos jefes rebeldes, un dirigente de la oposición desarmada y un próximo de Kabila. Promulgan una Constitución de transición y las fuerzas extranjeras emprenden la retirada. Mientras menguan las guerras el Gobierno de transición proyecta organizar elecciones libres, por segunda vez en la historia.

Fuente: http://www.elclarin.cl/index.php?option=com_content&task=view&id=3844&Itemid=800