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Somalilandia: la muerte del derecho internacional

Fuentes: Rebelión

El 26 de diciembre de 2025 no fue un día de Navidad geopolítica, sino la cremación pública del último velo que cubría el ropaje del capitalismo global: su pretensión de legalidad.

Cuando Israel reconoció a Somalilandia, no estaba adaptándose a un entorno de seguridad cambiante; estaba ejecutando lo que Marx predijo hace siglo y medio: la fase en que la acumulación ya no se contenta con expropiar al productor, sino que debe reconfigurar la propia forma del Estado para seguir expandiéndose. El derecho internacional no murió. Fue asesinado. Y el arma fue la necesidad de reproducir el capital en un planeta donde cada espacio ya ha sido mercantilizado.

Durante más de treinta años, Somalilandia existió como un Estado funcional sin reconocimiento, una herejía silenciosa en un continente saturado de Estados fallidos formalmente soberanos pero materialmente tutelados. Tenía instituciones, elecciones, moneda, control territorial, algo que ni Somalia ni muchos otros Estados reconocidos podían exhibir. Sin embargo, permaneció invisible. No porque violara el derecho internacional, sino porque no servía aún a los intereses estratégicos dominantes. El dogma de la inviolabilidad de las fronteras coloniales —defendido con un celo casi litúrgico por la Unión Africana y tolerado por las potencias— nunca fue un principio moral, sino un mecanismo de congelamiento histórico. Era la versión africana del orden de Yalta: estabilidad a cambio de inmovilidad, paz formal a cambio de dependencia estructural. Igual que en la Europa de la Guerra Fría, donde se aceptaron Estados amputados y soberanías limitadas mientras no alteraran el equilibrio entre bloques, África fue condenada a una cartografía heredada del reparto imperial de Berlín en 1885.

La autodenominada República de Somalilandia no es un movimiento de liberación nacional, sino una opción de inversión que maduró durante tres décadas hasta convertirse en activo rentable. Los ejecutores de este IPO geopolítico no son pueblos, sino consorcios: el Estado de Israel como brazo armado de sus oligopolios logísticos; los Emiratos Árabes Unidos a través de DP World, transformando el puerto de Berbera en un nodo blockchain del comercio marítimo; y el Pentágono, jugando al wait-and-see mientras sus halcones calculan el retorno de inversión de desplazar Camp Lemonnier de Djibouti. La distinción histórica entre Somalilandia británica e italiana no es un argumento jurídico, sino un balance de activos coloniales. La unión fallida de 1960 fue una fusión corporativa que no generó sinergias, sino unidades improductivas: el genocidio de Siad Barre contra el clan Isaak no fue un conflicto étnico, fue la destrucción de capital humano que hizo inviable la filial somalí. La declaración de 1991 no fue restauración de soberanía, fue un management buyout: los administradores locales decidieron que liquidando la sociedad matriz podrían crear una nueva entidad con mejor rating crediticio. Y así construyeron el sueño neoliberal: constitución aprobada por referéndum, moneda propia, fuerzas de seguridad, y lo más importante: un portafolio de concesiones portuarias.

El reconocimiento de Somalilandia por parte de Israel no es una anomalía diplomática ni una excentricidad ideológica de un gobierno concreto; es la expresión descarnada de una verdad histórica que el sistema internacional intenta ocultar desde hace décadas: el orden mundial nunca se ha sostenido sobre el derecho, sino sobre la correlación de fuerzas que garantiza la circulación del capital. Cuando esa circulación se ve amenazada, las normas se reinterpretan, las fronteras se flexibilizan y los principios se archivan. Ocurrió en Suez en 1956, cuando Francia, Reino Unido e Israel decidieron que la soberanía egipcia era secundaria frente al control de una arteria comercial vital; ocurrió en Vietnam, cuando la “defensa del mundo libre” justificó una guerra total para impedir que un territorio periférico alterara el equilibrio estratégico del capitalismo global; ocurrió en Argelia, donde el derecho de autodeterminación fue negado durante más de un siglo hasta que el costo político y militar de sostener el imperio francés se volvió insostenible. Somalilandia se inscribe en esa misma genealogía: no como causa, sino como síntoma.

Pero el capitalismo no tolera dogmas cuando sus arterias vitales están en juego. El estrecho de Bab el-Mandeb es hoy lo que el Canal de Panamá fue para Estados Unidos a comienzos del siglo XX o lo que el Golfo Pérsico se volvió tras la Segunda Guerra Mundial: un punto donde la geografía se transforma en poder. Cuando los hutíes demostraron que podían interrumpir el tráfico marítimo y poner en jaque las líneas de comunicación del comercio global, el mensaje fue inequívoco. La historia enseña que, en esos momentos, la legalidad se subordina a la seguridad. Así ocurrió cuando Estados Unidos derrocó al gobierno de Jacobo Árbenz en Guatemala en 1954 para proteger los intereses de la United Fruit Company; así ocurrió en Irán en 1953, cuando la nacionalización del petróleo por Mossadegh fue respondida con un golpe de Estado orquestado para restaurar un orden favorable al capital occidental. Somalilandia entra en escena cuando el mercado exige garantías armadas, no resoluciones multilaterales.

El reconocimiento israelí es, en este sentido, una operación clásica de realismo imperial adaptado al siglo XXI. No hay invasión, no hay desembarcos, no hay ocupación formal. Hay algo más eficaz: legitimación selectiva. Berbera no es un puerto africano más; es una plataforma desde la cual vigilar, disuadir y proyectar poder sobre una de las rutas marítimas más sensibles del planeta. La alianza con los Emiratos Árabes Unidos recuerda a las viejas compañías coloniales, desde la Compañía Británica de las Indias Orientales hasta las concesiones petroleras en Oriente Medio en el período de entreguerras: entidades económicas respaldadas por fuerza militar que convertían la infraestructura en dominación. Cambian los actores, no la lógica. Donde antes ondeaba la bandera imperial, hoy operan consorcios logísticos y acuerdos de seguridad “técnicos”.

La Unión Africana no negó el reconocimiento por principio, sino por riesgo sistémico: reconocer que una unión postcolonial puede disolverse abre la puerta a que cada contrato social poscolonial sea renegociado. Y eso es lo que Israel-Emiratos acaban de hacer: forzar una renegociación coercitiva del mapa africano en función de la seguridad del 12% del comercio mundial que pasa por Bab el-Mandeb. La Doctrina de la Periferia no es una estrategia de seguridad, es una teoría de portafolio de riesgo geopolítico. Ben-Gurión la ideó cuando Israel era una startup socialista; Netanyahu la ejecuta cuando Israel es un fondo de inversión con ejército. Reconocer Somalilandia no es reacción a los hutíes; es la monetización de una vulnerabilidad. Los misiles hutíes sobre Eilat no son una amenaza existencial, son el riesgo operativo que justifica la adquisición de un activo estratégico: 850 kilómetros de coast line. Y aquí los Emiratos no son socios, son minority stakeholders con poder de veto. DP World no invirtió cientos de millones en Berbera por filantropía, sino porque Somalilandia es un trust offshore con ejército propio. El eje Israel-EAU-Somalilandia no busca estabilidad, busca convertir el Golfo de Adén en una zona Franca corporativa donde las leyes son términos de servicio escritos por consultoras de Dubai. Djibouti, con sus bases estadounidenses y chinas demasiado cerca, es un mercado regulado; Somalilandia es el Wild West del capital logístico.

La reacción airada de Somalia y de parte del mundo musulmán no altera este cálculo. Al contrario, lo confirma. Como en Palestina desde 1948, como en Irak tras 2003, la dimensión moral del conflicto es instrumentalizada, no resuelta. Vincular Somalilandia con la causa palestina no busca justicia histórica, sino repolitizar una derrota estratégica y trasladarla al terreno identitario y religioso, allí donde el conflicto se vuelve interminable y funcional a la gestión de la violencia. El sistema ha aprendido esta lección desde Afganistán en los años ochenta: la guerra ideológica desgasta sociedades enteras sin poner en riesgo real las estructuras globales de poder.

Turquía, por su parte, descubre los límites del imperialismo tardío. Invirtió en Somalia como Francia invirtió en Indochina o Estados Unidos en Vietnam del Sur: creyendo que la combinación de asistencia militar, infraestructura y retórica civilizatoria bastaría para asegurar una esfera de influencia. Pero la historia es clara: ningún monopolio geopolítico es eterno. Cuando surgió una ruta alternativa que eludía Mogadiscio, el edificio se resquebrajó. Lo mismo ocurrió cuando Argelia hizo inviable el dominio francés, o cuando la revolución cubana desbarató el Caribe como lago estadounidense sin que una invasión directa pudiera revertirlo.

El llanto de Erdogan no es ideológico, es contabilidad. La relación de dependencia asimétrica que había construido en Mogadiscio es una posición de monopolio que ahora se quiebra. Somalilandia ofrece a Etiopía una ruta alternativa al mar, sí, pero sobre todo ofrece a corporaciones etíopes una vía para eludir las tarifas turcas. La narrativa del protector musulmán se hunde no porque Israel sea judío, sino porque el capital no tiene religión, solo tiene tasa de retorno. China, por su parte, es la única honesta: no se opone por principios, sino porque Somalilandia legitima la secesión como modelo. Y la secesión es la muerte del principio de Una China que es, en última instancia, el coloquialismo de una acumulación sin fisuras. Taipei-Hargeisa-Israel forman un eje de parias no diplomático, sino regulatorio: son Estados que sobreviven externalizando su soberanía a cambio de liquidez. China lo entiende perfectamente porque lo hizo primero con las Zonas Económicas Especiales. Lo que teme es que el modelo se inverse: que las corporaciones sean quienes reconozcan Estados, no al revés. Washington no está atrapado en una paradoja. Está ejecutando su estrategia más antigua: dejar que el capital privado tome el riesgo mientras el Estado reserva una call option.

China observa el caso con una inquietud que no tiene nada que ver con África. Para Pekín, Somalilandia es un precedente peligroso, como lo fue Kosovo para Rusia o Bangladesh para Pakistán en 1971. La fragmentación exitosa, cuando es legitimada, erosiona los pilares de los Estados multinacionales. Por eso China defiende la integridad territorial somalí con la misma vehemencia con la que defiende el principio de una sola China. Estados Unidos, mientras tanto, repite un patrón conocido desde la Guerra Fría: deja que otros asuman el costo inicial, observa, evalúa y actúa cuando el terreno ya ha sido preparado. Así lo hizo en Siria, así lo hizo en Libia, así lo hizo en Ucrania.

Camp Lemonnier en Djibouti está a 10 kilómetros de la base china porque el Pentágono quiere esa proximidad: es la excusa perfecta para una futura crisis de espionaje que justifique el traslado a Berbera, donde el alquiler es más barato y el gobierno más dócil. Trump dice no seguiré el ejemplo porque su función no es liderar, sino distraer mientras la maquinaria logística se reconfigura. El dilema que describen los analistas —adaptación vs statu quo— es falso. La nueva realidad ya es el statu quo del capitalismo financiarizado: la soberanía es liquidez. Los que no se adaptan no son obsoletos, son no rentables. El patrón es claro si miramos hacia atrás: cuando la Conferencia de Berlín de 1885 repartió África, lo hizo en nombre de la libre empresa y la civilización; cuando el Reino Unido creó Kuwait en 1961 separándolo de Irak, lo hizo para proteger los intereses petroleros; cuando Bangladesh se independizó en 1971 con ayuda india, fue para desestabilizar el eje pakistaní. Cada vez el pretexto humanitario o de seguridad ha sido más transparente.

Somalilandia es el caso donde ni siquiera se molestan en pintar la fachada. La guerra híbrida no es un riesgo, es el producto. La infraestructura portuaria solo genera plusvalía si hay una amenaza que justifique primas de riesgo, seguros marítimos caros, y contratos de seguridad militar. Los hutíes son el competidor perfecto: una amenaza asimétrica que nunca ganará pero siempre existirá, porque su existencia capitaliza el estrecho. Alfred Mahan escribió en 1890 que el control del mar es la clave del poder mundial; lo que no predijo es que el mar mismo se convertiría en un derivado financiero cuya volatilidad es el negocio.

El reconocimiento de Somalilandia no es el fin del derecho internacional. Es su perfección. El derecho colonial siempre fue un lenguaje para legalizar el saqueo. Ahora, en la fase terminal del capitalismo, ni siquiera necesita ese lenguaje: la necesidad de seguridad es la nueva legalidad. Israel no reconoció a Somalilandia; emitió una factura por servicios de seguridad que el mundo debe pagar en reconocimiento soberano. Los Emiratos no invirtieron; adquirieron una call option sobre la desintegración del Cuerno de África. Y Washington no titubea; valora su posición hasta que el mercado de la seguridad alcance el punto óptimo.

Somalilandia, entonces, no inaugura una era nueva; la confirma. Confirma que el mundo posterior a la Guerra Fría no es un orden basado en normas, sino un espacio de competencia permanente donde el derecho es una herramienta contingente. Confirma que las fronteras importan solo mientras no interfieran con puertos, estrechos y flujos de mercancías. Confirma, en definitiva, que el capitalismo global no ha superado la guerra, sino que la ha integrado como mecanismo de regulación. Como escribió Rosa Luxemburgo al analizar el imperialismo de su tiempo, la expansión del capital no es un accidente histórico, sino una necesidad estructural que, cuando encuentra límites, recurre a la violencia para superarlos. Somalilandia es hoy uno de esos límites atravesados. Mañana será otro territorio, otra frontera, otro pretexto. La historia no espera, pero tampoco olvida: cada “excepción” jurídica termina revelándose como la regla real del sistema.

La historia rara vez espera a los que dudan, como suele decirse. Pero no espera porque el capital no tiene tiempo: solo tiene depreciación. Somalilandia no es un estado fantasma que se vuelve real. Es un fantasma de capital que exige posesión. Y el peor horror no es que los muertos se levanten, sino que los vivos se presten a ser carne de su inversión. El Cuerno de África no se está balcanizando. Se está cotizando. Y cada bala, cada misil hutí, cada negación diplomática, es solo un spread en el precio de la soberanía por kilómetro de costa. El imperialismo ya no es, como decía Lenin, la fase superior del capitalismo. Es la fase única. Todo lo demás es relato para inversores distraídos.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.