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Tras los granos de cacao de Costa de Marfil: de la plantación al puerto de San-Pédro

Fuentes: Equal Times [Foto: De izquierda a derecha, Rodrigue, su padre Andrien y Dolu (HorsFormat/Paul Lemaire )]

Son las 20:40 y es noche cerrada. El viento sopla fuerte y se precipita sobre los grandes árboles sin vida adyacentes al techo que forman los árboles de cacao. Todo lo que sobrepasa ese tejado vegetal está abocado a la muerte; el resto se ha convertido en el arca de los tesoros para el cultivador. “En tiempos de mis ancestros, en esta zona había arrozales y un bosque […] Yo he plantado cacao aquí”, afirma Jean-Baptiste, un viejo cultivador guéré.

Nos encontramos en la región occidental de Costa de Marfil, en el bosque protegido de Goin-Débé, el nuevo ‘El Dorado’ del cacao en un país que registra una cuota del 40% de la producción mundial. Aquí, los grandes árboles quemados se extienden por los campos hasta desaparecer de nuestra vista, ya que el árbol de cacao, de cuatro metros de altura, no tolera que nada le haga sombra. Los cultivadores dejan todo el paisaje a la misma altura, quemando todo aquello que sobresale porque algunas costumbres prohíben la tala de árboles. “Cuando éramos jóvenes veíamos monos por todas partes. Ahora es inusual”, cuenta Jean-Baptiste. En 2018, las ONG Mighty Earth y Global Forest Watch ya alertaron de que el 90% del bosque primario marfileño había sido arrasado y que, a nivel mundial, su desaparición se aceleraba a un ritmo que solo superaba la deforestación en Ghana.

El siguiente campamento clandestino –al estar situado en una reserva forestal– está compuesto principalmente por cultivadores de origen burkinés. Boukary es el jefe del campamento. Su hermano y él fueron los primeros que abandonaron la región de Soubré, hace diez años, para instalarse aquí. Saben que los terrenos se están agotando y que dentro de 20 años los árboles de cacao ya no darán gran cosa. “Tal vez habrá que cultivar en otra parte, pero nosotros, en diez años, seremos negociadores”. Los dos hermanos afirman su ambición de subir escalones en la cadena de valor del cacao. Ya no contemplan la migración agraria.

Un trabajo arriesgado que también afecta a los niños

Su caso no es aislado: desde hace una decena de años, los cultivadores abandonan las otras regiones productoras de cacao para venir a la región occidental de Costa de Marfil. Las otrora tierras fértiles de Divo, Soubré o Sassandra son ahora menos interesantes a causa de la deforestación y el deterioro de las tierras por el uso de insumos nocivos.

El Gobierno todavía no ha legislado sobre los productos que contienen glifosato, por lo que las tiendas continúan vendiendo en grandes cantidades. “Sabemos que es peligroso, pero ¿qué quiere que hagamos? ¿Han encontrado una alternativa en Europa?”, se defiende un revendedor en la ciudad. La enfermedad del brote hinchado o, como se denomina localmente, el choumenchou es una enfermedad vírica mortífera de nombre exótico que diezma de forma particularmente violenta los cultivos este año. Los cultivadores no ven otra opción que rociar sus campos con productos químicos. “Quema más que la pimienta”, cuenta Boris, de 19 años, que vuelve de pulverizar el campo de su padre. “Estaba en la pendiente rociando el campo cuando el viento ha cambiado de dirección y todo me ha caído encima […] me va a picar 24 horas”, explica tosiendo. Tiene en la mano el equipo rudimentario que se utiliza para rociar: una máscara cuyos filtros no se han cambiado desde hace diez años, gafas ordinarias y una gorra.

Más lejos, en los campos, unos 15 burkineses en círculo abren mazorcas. Entre ellos hay un niño, Hamidou. No sabe su edad, pero parece que tiene 12 años. “Sus padres están en el campamento”, señala secamente el propietario del campo. En realidad, Hamidou es, como muchos otros, un esclavo infantil: su familia está en su país de origen. Probablemente traído de Burkina Faso, deberá trabajar cuatro años en el campo antes de recibir una parcela de tierra. “Todavía no tengo tierras”, se lamenta en un francés vacilante otro joven de 19 años que también ha pasado por este sistema.

Aunque el Gobierno ha prohibido oficialmente el trabajo infantil en los campos y ha impuesto la escuela obligatoria a partir de los seis años, la aplicación de estas medidas parece inverosímil por el ritmo vertiginoso con el que se instalan estos nuevos campamentos. “Ya han encontrado cultivadores burkineses en Liberia”, exclama un funcionario del ayuntamiento de Bloléquin que describe la migración hacia el oeste de los cultivadores.

A 150 kilómetros al este, en la región de Duékoué, los cultivos son más antiguos y la tierra está más castigada. Antes era una tierra húmeda y marrón; ahora la goma de los neumáticos rueda sobre un polvo rojizo y volador que termina cubriendo los pulmones de quien lo inhala. En medio de esta selva aparece Papadougou (“la ciudad de Papa”), otro campamento burkinés. Aquí la humedad ha acabado por evaporarse completamente. Es evidente que la tierra se ha quemado. “Aquí ya no se ven grandes árboles quemados, han acabado cayéndose”, cuenta Assan, uno de los propietarios de campos.

En los 40 años de existencia del campamento, convertido en aldea, se ha conseguido al menos instalar una escuela “permanente” por medio de la colaboración entre multinacionales del cacao, el Gobierno y ONG. La electricidad, sin embargo, todavía no ha llegado, pero los cultivadores pueden entretenerse con una película proyectada cada día en el pasillo de una tienda de la calle principal o, en el caso de algunos no musulmanes, con una botella de koutoukou (una destilación de vino). Cuando se agota el cacao, los cultivadores recurren a la siringa, el árbol del caucho, del cual, a cambio del agotamiento total de las tierras, se puede seguir extrayendo materia prima hasta 99 años. Sin embargo, el cacao sigue resistiendo y cuando produce, se seca y se vende. El cultivado obtiene una media de 0,92 dólares al día, según un estudio encargado por Fairtrade en 2018. Es una cifra que se encuentra por debajo del umbral de pobreza. A continuación, se mete en remolques y se lleva a grandes almacenes en las ciudades.

Encrucijada migratoria y rutas peligrosas

Si seguimos la senda comercial de los granos de cacao, llegamos a Man, la capital del distrito de Montagnes. Es uno de los puntos de convergencia de los cargamentos que llegan de la selva. Un almacén de una cooperativa de cacao deja entrever las primeras señales de una cadena mundial de suministro bien engrasada: un grupo de 16 malienses hormiguean metódicamente entre el camión y el cobertizo para descargar los sacos en la calma luminosa del depósito, en medio del cual se encuentra una montaña de granos tan alta como tres de los trabajadores que la construyen.

Cada saco llevado y vaciado en la cima se paga a 10 céntimos de euro y pesa 70 kilos. Estos trabajadores se ganan la vida un poco mejor que los cultivadores: entre 10 y 12 euros al día en temporada alta. “Hace mucho tiempo que estoy aquí. Era cultivador en Malí, pero aquí es más fácil”, explica Bahkary, de 50 años, el trabajador más veterano del grupo. Aunque él se queda en Man una vez terminada la temporada, no es el caso de todos sus compañeros.

A las 19:00 horas, Bahkary anuncia “¡akagne!” (“¡se acabó!”) para señalar el fin del trabajo y el comienzo de la oración. Los trabajadores desenrollan en dirección a la Meca el saco de lona de yute con el sello “Conseil-Café-Cacao” y se quitan los zapatos. Una vez terminados los cargamentos, los camiones partirán justo antes del alba hacia San-Pédro, el puerto más grande de cacao del mundo.

A las 5 de la mañana, Soumaru gira la llave de contacto de su camión y después de unos ruidos de motor, todo el mecanismo diésel de su Super Euro 5 se pone en marcha. Las 40 toneladas de cargamento absorben la sacudida bajo la mirada de los dos aprendices, que verifican que las cuerdas de la lona siguen bien amarradas. El acompañante, el hombre de confianza del transportista, se instala en la cabina. En total son una cuadrilla de cuatro personas donde cada función y cada puesto están bien definidos para este viaje de 450 kilómetros y cerca de 15 horas. Con un gran impulso, el camión sale de las montañas y atraviesa la selva hasta que el aprendiz detecta algo anormal: “Para, el freno echa humo”. La parada para repararlo durará una hora y el camión no llegará al puerto antes de que anochezca. Deberán parar en el camino y esperar a que se haga de día. “El cargamento es mi responsabilidad y prefiero no viajar de noche”, dice Soumaru.

La subida del precio del cacao a 1.000 francos por kilo no es el único motivo por el que han aumentado los robos en las carreteras; el contexto después de las elecciones presidenciales de octubre de 2020 también ha favorecido el bandolerismo, así que los transportistas son reticentes a enviar su mercancía por vía terrestre. “Cuando hay trabajo todo va bien, pero cuando escasea es sálvese quien pueda”, cuenta Soumaru, quien realiza su segundo viaje de noviembre, en comparación con los cuatro que realizó en la misma época el año pasado. Las condiciones de seguridad del periodo electoral han afectado mucho a los pequeños eslabones de la cadena del cacao. A pesar de los riesgos, el conductor solo gana entre 150 y 200 euros al mes.

El salario incierto de los estibadores del puerto de San-Pédro

Al día siguiente, con los primeros rayos de sol, el camión se abre camino entre los primeros aromas de cacao de San-Pédro, verdadero epicentro de los granos de cacao. Se entregan los sacos a los exportadores (Olam, Cargill, etc.), quienes posteriormente los confían a los especialistas en logística (Moovis, Bolloré, etc.) que los meten a bordo de grandes buques de carga. Es un mecanismo enorme bien adaptado a las idas y venidas de los granos. Las últimas pequeñas piezas esenciales son los 1.200 estibadores del SEMPA, la asociación de empresas encargadas de contratar a los jornaleros.

Los estibadores, que residen en su mayor parte en Bardot, antiguamente el barrio de chabolas más grande de África Occidental, deben recorrer varios kilómetros todas las mañanas para llegar a su lugar de trabajo. Aunque deben fichar obligatoriamente entre las 6:00 y las 6:30, no está garantizado que los contraten. Algunos se quedarán todo el día esperando a “montarse” (trabajar en los cargueros) para cubrir su transporte, que representa el 10% de un salario incierto.

La mayoría de ellos realizan otros trabajos para complementar sus ingresos. “Él es guarda de seguridad nocturno. […] Yo revendo ovejas”, cuenta Paré, un estibador de 50 años. Los jornaleros están cubiertos en caso de accidentes, pero las reglas no juegan a su favor: “Si la indemnización por un accidente de trabajo asciende a 100.000 francos CFA, el estibador solo recibirá un tercio”, añade preocupado.

Así, todos los días de octubre a junio, los estibadores vacían los sacos de granos en los muelles para llenar la bodega de los grandes cargueros, los últimos eslabones de una industria que representa el 15% del PIB de Costa de Marfil. Y, a imagen de este puerto animado que exporta implacablemente más de 1,8 millones de toneladas de granos por temporada, aún nada parece perturbar la dinámica del comercio lucrativo del cacao y el chocolate, ni siquiera la destrucción de los bosques ni las condiciones de trabajo que esconde la producción de estos granos tan preciados.

Este artículo ha sido traducido del francés.

Fuente: https://www.equaltimes.org/tras-los-granos-de-cacao-de-costa#.YGsorRLtY5l

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