En su discurso de asunción del jueves primero de enero, el alcalde Zohran Mamdani le aseguró a los habitantes de Nueva York que se terminó la era de las bajas expectativas respecto del gobierno municipal. Reproducimos aquí su intervención completa.
Conciudadanos neoyorquinos: hoy comienza una nueva era. Estoy aquí frente a ustedes, conmovido por el privilegio de prestar este juramento sagrado, honrado por la confianza que depositaron en mí y orgulloso de servir como su alcalde número 111 o 112. Pero no estoy solo.
Estoy junto a ustedes, las decenas de miles de personas reunidas aquí, en el Bajo Manhattan, templadas, pese al frío de enero, por la llama renovada de la esperanza.
Estoy junto a muchísimos otros neoyorquinos que nos miran desde cocinas estrechas en Flushing y barberías de East New York, desde celulares apoyados sobre los tableros de taxis estacionados en LaGuardia, desde hospitales de Mott Haven y bibliotecas de El Barrio que durante demasiado tiempo solo conocieron el abandono.
Estoy junto a los trabajadores de la construcción con botines de punta de acero y a los vendedores de carritos de comida halal, con las rodillas doloridas después de trabajar todo el día.
Estoy junto a los vecinos que le llevan un plato de comida a la pareja de ancianos de su pasillo, a quienes van apurados pero aun así ayudan a subir cochecitos ajenos por las escaleras del subte y a cada persona que elige día tras día, incluso cuando parece imposible, llamar hogar a esta ciudad.
Estoy junto a más de un millón de neoyorquinos que votaron para que este día llegara hace casi dos meses, y estoy con la misma firmeza junto a quienes no lo hicieron. Sé que hay quienes miran a esta administración con desconfianza o desprecio, o que ven a la política como algo definitivamente roto.
Y aunque solo los hechos pueden cambiar las opiniones, les prometo esto: si eres neoyorquino, soy tu alcalde. Más allá de que estemos de acuerdo o no, te voy a proteger, vamis a celebrar juntos, voy a acompañarte en el duelo y nunca, ni por un segundo, me voy a esconder si me buscas.
Quiero agradecerle a los dirigentes sindicales y de los movimientos que están hoy aquí, a los activistas y funcionarios electos que volverán a pelear por los neoyorquinos apenas termine esta ceremonia, y a los artistas que nos regalaron su talento.
Gracias a la gobernadora Hochul por acompañarnos. Y gracias al alcalde Adams, hijo de Dorothy, hijo de Brownsville, que pasó de lavar platos a ocupar el cargo más alto de nuestra ciudad, por estar también aquí. Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre me va a conmover que me haya elegido como el candidato a alcalde con el que más le gustaría quedarse atrapado en un ascensor.
Gracias a las dos titanes que, como asambleísta, tuve el privilegio de que me representaran en el Congreso: Nydia Velázquez y nuestra increíble oradora de apertura, Alexandria Ocasio-Cortez. Ustedes allanaron el camino para este momento.
Gracias al hombre cuyo liderazgo más busco emular y por quien estoy profundamente agradecido de que hoy me tome juramento: el senador Bernie Sanders.
Gracias a mis equipos: los que van desde la Asamblea a la campaña, la transición y ahora al equipo que me entusiasma tanto conducir desde el City Hall.
Gracias a mis padres, Mama y Baba, por criarme, por enseñarme cómo estar en este mundo y por traerme a esta ciudad. Gracias a mi familia, desde Kampala hasta Delhi. Y gracias a mi esposa, Rama, por ser mi mejor amiga y por mostrarme siempre la belleza de las cosas cotidianas.
Por sobre todo, gracias al pueblo de Nueva York.
Momentos como este son poco frecuentes. Rara vez tenemos una oportunidad tan clara de transformar y reinventar. Más raro aún es que sean las propias personas quienes tengan las manos sobre las palancas del cambio.
Y, sin embargo, sabemos que demasiadas veces en nuestro pasado momentos de enorme posibilidad se entregaron rápidamente a una imaginación pequeña y a una ambición todavía menor. Lo que se prometió nunca se persiguió; lo que podía cambiar permaneció igual. Para los neoyorquinos que más ansían ver transformada nuestra ciudad, el peso solo se volvió más pesado y la espera más larga.
Al escribir este discurso, me dijeron que esta era la ocasión para «reajustar expectativas», que debía aprovechar este momento para alentar a la gente de Nueva York a pedir poco y esperar todavía menos. No voy a hacer nada de eso. La única expectativa que quiero reajustar es la de las expectativas pequeñas.
A partir de hoy, vamos a gobernar de manera amplia y audaz. Puede que no siempre tengamos éxito. Pero nunca se nos va a poder acusar de carecer del coraje para intentarlo.
A quienes insisten en que terminó la era del Estado grande, escúchenme cuando digo esto: el City Hall ya no va a dudar en usar su poder para mejorar la vida de los neoyorquinos.
Durante demasiado tiempo recurrimos al sector privado en busca de grandeza, mientras aceptábamos la mediocridad de quienes sirven al público. No puedo culpar a nadie que haya empezado a cuestionar el rol del gobierno, o a alguien cuya fe en la democracia se haya erosionado tras décadas de apatía. Vamos a restaurar esa confianza recorriendo un camino distinto: uno en el que el gobierno deje de ser únicamente el último recurso para quienes están en dificultades, uno en el que la excelencia deje de ser la excepción.
Esperamos grandeza de los cocineros que manejan mil especias, de quienes pisan los escenarios de Broadway, de nuestro jugador base titular en el Madison Square Garden. Exijamos lo mismo de quienes trabajan en el gobierno. En una ciudad donde incluso los nombres de nuestras calles están asociados a la innovación de las industrias que las habitan, vamos a hacer que las palabras «City Hall» sean sinónimo tanto de determinación como de resultados.
Al iniciar este trabajo, avancemos hacia una nueva respuesta a la pregunta que se le hace a cada generación: ¿a quién pertenece Nueva York? Durante gran parte de nuestra historia, la respuesta desde el City Hall fue simple: pertenece solo a los ricos y bien conectados, a quienes nunca tienen que esforzarse para captar la atención de quienes detentan el poder.
Las consecuencias de esto ya fueron padecidas por la gente trabajadora. Aulas superpobladas y complejos de vivienda pública donde los ascensores permanecen fuera de servicio. Calles llenas de baches y colectivos que llegan media hora tarde, si es que llegan. Salarios que no suben y corporaciones que estafan por igual a consumidores y trabajadores.
Y, aun así, hubo momentos breves, fugaces, en los que la ecuación cambió. Hace doce años, Bill de Blasio estuvo donde estoy yo ahora y prometió «poner fin a las desigualdades económicas y sociales» que dividían a nuestra ciudad en dos. En 1990, David Dinkins prestó el mismo juramento que yo presté hoy, comprometiéndose a celebrar el «hermoso mosaico» que es Nueva York, donde cada uno de nosotros merece una vida digna. Y casi seis décadas antes que él, Fiorello La Guardia asumió con el objetivo de construir una ciudad «mucho más grande y más hermosa» para los hambrientos y los pobres.
Algunos de estos alcaldes lograron más cosas que otros. Pero los unía una convicción compartida: que Nueva York no le pertenecía sólo a unos pocos privilegiados. Y que podía pertenecerle a quienes hacen funcionar el subte y rastrillan nuestros parques, a quienes nos alimentan con biryani y empanadas de carne, picanha y pastrami en pan de centeno. Y sabían que esa convicción podía volverse realidad si el gobierno se animaba a trabajar con más fuerza para quienes más trabajan.
En los años que vienen, mi administración va a resucitar ese legado. El City Hall va a impulsar una agenda de seguridad, asequibilidad y abundancia, en la que el gobierno se vea y viva como la gente a la que representa, no titubee frente a la lucha contra la codicia corporativa y se niegue a achicarse ante desafíos que otros consideran demasiado complejos.
Al hacerlo, vamos a dar nuestra propia respuesta a esa vieja pregunta: ¿a quién le pertenece Nueva York? Bueno, amigos y amigas, podemos mirar a Madiba y a la Carta de la Libertad sudafricana: Nueva York «le pertenece a todos los que viven en ella».
Juntos, vamos a contar una nueva historia de nuestra ciudad.
No va a ser el relato de una sola ciudad, gobernada únicamente por el 1 por ciento. Tampoco va a ser la historia de dos ciudades, la de los ricos contra la de los pobres.
Va a ser la historia de ocho millones y medio de ciudades, cada una de ellas un neoyorquino o una neoyorquina con esperanzas y temores, cada una un universo, todas entrelazadas.
Los autores de esta historia van a hablar pastún y mandarín, yidis y criollo. Van a rezar en mezquitas, en sinagogas, en iglesias, en gurdwaras, mandires y templos. Y muchos no van a rezar en absoluto.
Van a ser inmigrantes judíos rusos en Brighton Beach, italianos en Rossville e irlandeses en Woodhaven, muchos de los cuales llegaron acá con nada más que el sueño de una vida mejor, un sueño que se fue marchitando. Van a ser jóvenes en departamentos estrechos de Marble Hill donde las paredes tiemblan cuando pasa el subte. Van a ser propietarios negros en St. Albans, cuyas casas representan un testimonio material del triunfo sobre décadas de trabajo mal pago y de redlining [discriminación estructural en el acceso a la vivienda y al crédito]. Van a ser neoyorquinos palestinos en Bay Ridge, que ya no van a tener que lidiar con una política que habla de universalismo y después los convierte en la excepción.
Pocos de estos ocho millones y medio van a encajar en casilleros prolijos y sencillos. Algunos van a ser votantes de Hillside Avenue o de Fordham Road que apoyaron al presidente Trump un año antes de votarme a mí, cansados de que el establishment de su partido los defraude. La mayoría no va a usar el lenguaje que solemos esperar de quienes detentan influencia. Celebro ese cambio. Durante demasiado tiempo, quienes dominan la «buena gramática» de la civilidad usaron el decoro para encubrir agendas de crueldad.
Muchas de estas personas fueron traicionadas por el orden establecido. Pero en nuestra administración, sus necesidades van a ser atendidas. Sus esperanzas, sueños e intereses se van a reflejar con transparencia en el gobierno. Van a moldear nuestro futuro.
Y si durante demasiado tiempo estas comunidades existieron separadas unas de otras, vamos a acercar esta ciudad. Vamos a reemplazar la frialdad del individualismo feroz por la calidez del colectivismo. Si nuestra campaña demostró que el pueblo de Nueva York anhela solidaridad, entonces que este gobierno la fomente. Porque, sin importar qué comas, qué idioma hables, cómo reces o de dónde vengas, las palabras que más nos definen son las dos que compartimos todos: somos neoyorquinos.
Y van a ser los neoyorquinos quienes reformen un sistema de impuesto inmobiliario roto desde hace décadas. Neoyorquinos quienes creen un nuevo Departamento de Seguridad Comunitaria para enfrentar la crisis de salud mental y permitir que la policía se concentre en la tarea que le corresponde. Neoyorquinos quienes enfrenten a los malos propietarios que maltratan a sus inquilinos y liberen a los pequeños comerciantes de las ataduras de una burocracia inflada. Y me enorgullece ser uno de esos neoyorquinos.
Cuando ganamos la interna en junio pasado, muchos dijeron que estas aspiraciones y quienes las sostenían habían salido de la nada. Pero la nada de uno es el algún lugar de otro. Este movimiento salió de ocho millones y medio de «algún lugar»: de playas de taxis y depósitos de Amazon, de reuniones de la DSA y partidas de dominó en la vereda. Quienes detentan el poder miraron hacia otro lado durante mucho tiempo frente a esos lugares, si es que alguna vez supieron de su existencia, y por eso los descartaron como «ninguna parte». Pero en nuestra ciudad, donde cada esquina de estos cinco distritos alberga poder, no existe ninguna parte ni nadie que no cuente. Solo existe Nueva York, y solo existen los neoyorquinos.
Ocho millones y medio de neoyorquinos van a darle existencia a esta nueva era con su propia voz. Va a ser ruidosa. Va a ser distinta. Va a sentirse como la Nueva York que amamos.
No importa cuánto tiempo lleves llamando hogar a esta ciudad: ese amor moldeó tu vida. Sé que moldeó la mía. Esta es la ciudad donde a los doce años batí récords de velocidad en mi monopatín Razor. Los cuatro cuadras más rápidas de mi vida.
La ciudad donde comí donas azucaradas en el entretiempo de partidos de fútbol infantil de la AYSO y entendí que probablemente no iba a llegar a profesional; donde devoré porciones gigantes en Koronet Pizza, jugué al cricket con mis amigos en Ferry Point Park y tomé la línea 1 hasta el Bx10 para igual llegar tarde a Bronx Science.
La ciudad donde hice una huelga de hambre justo afuera de estas rejas, donde me senté claustrofóbico en un tren N detenido apenas pasada Atlantic Avenue y donde esperé con terror silencioso a que mi padre saliera de 26 Federal Plaza.
La ciudad donde llevé por primera vez a una mujer maravillosa llamada Rama a McCarren Park y donde presté un juramento distinto para convertirme en ciudadano estadounidense, en Pearl Street.
Vivir en Nueva York y amar Nueva York es saber que somos custodios de algo sin igual en el mundo. ¿Dónde más podrías escuchar el sonido del steelpan, disfrutar el olor del sancocho y pagar 9 dólares por un café, todo en la misma cuadra? ¿Dónde más un chico musulmán como yo podría crecer comiendo bagels con salmón todos los domingos?
Ese amor va a ser nuestra guía mientras avancemos con nuestra agenda. Acá, donde nació el lenguaje del New Deal, vamos a devolver los vastos recursos de esta ciudad a los trabajadores que la llaman hogar. No solo vamos a hacer posible que cada neoyorquino vuelva a poder costear una vida que ame; vamos a superar el aislamiento que sienten demasiadas personas y a reconectar entre sí a la gente de esta ciudad.
El costo del cuidado infantil ya no va a desalentar a jóvenes adultos a formar una familia, porque vamos a garantizar cuidado infantil universal para las mayorías gravando a las minorías más ricas.
Quienes viven en viviendas con alquiler regulado ya no van a temer el último aumento, porque vamos a congelar los alquileres.
Subirse a un colectivo sin preocuparse por un aumento de tarifa o por si se va a llegar a destino a tiempo va a dejar de ser un pequeño milagro, porque vamos a hacer que los colectivos sean rápidos y gratuitos.
Estas políticas no se tratan solo de los costos que eliminamos, sino de las vidas que llenamos de libertad. Durante demasiado tiempo en nuestra ciudad, la libertad perteneció solo a quienes podían pagarla. Nuestro City Hall va a cambiar eso.
Estas promesas llevaron a nuestro movimiento hasta el City Hall, y nos van a llevar de las consignas de campaña a las realidades de una nueva era política.
Hace dos domingos, mientras caía suavemente la nieve, pasé doce horas en el Museum of the Moving Image, en Astoria, escuchando a neoyorquinos de cada distrito contarme cuál es la ciudad que sienten como propia.
Hablamos de los horarios de obra en la autopista Van Wyck y de la elegibilidad para la EBT, de vivienda asequible para artistas y de redadas del ICE. Hablé con un hombre llamado TJ, que me dijo que un día, hace algunos años, se le partió el corazón al darse cuenta de que nunca iba a salir adelante aquí, por más que trabajara. Hablé con una tía pakistaní llamada Samina, que me dijo que este movimiento había generado algo demasiado raro: ternura en los corazones de la gente. Como dijo en urdu: logon ke dil badal gaye hai («los corazones de la gente cambiaron»).
Fueron ciento cuarenta y dos neoyorquinos de ocho millones y medio. Y sin embargo, si algo unía a cada persona sentada frente a mí, era el reconocimiento compartido de que este momento exige una nueva política y una nueva forma de entender el poder. No vamos a ofrecer nada menos mientras trabajemos cada día para que esta ciudad pertenezca a más gente que el día anterior.
Esto es lo que quiero que esperen de la administración que esta mañana se mudó al edificio detrás mío. Vamos a transformar la cultura del City Hall de una del «no» a una del «¿cómo?». Vamos a rendir cuentas ante todos los neoyorquinos, no ante ningún multimillonario u oligarca que crea que puede comprar nuestra democracia.
Vamos a gobernar sin vergüenza ni inseguridad, sin pedir disculpas por aquello en lo que creemos. Fui elegido como socialista democrático y voy a gobernar como socialista democrático. No voy a abandonar mis principios por miedo a que me llamen radical. Como dijo una vez el gran senador de Vermont [Bernie Sanders]: «Lo que es radical es un sistema que les da mucho a muy pocos y les niega las necesidades básicas de la vida a muchísimas personas». Vamos a esforzarnos cada día para garantizar que ningún neoyorquino quede excluido de ninguna de esas necesidades básicas.
Y en todo ese proceso vamos a estar, en palabras de Jason Terrance Phillips, más conocido como Jadakiss o J to the Muah, «afuera», porque este es un gobierno de Nueva York, por Nueva York y para Nueva York.
Antes de terminar, quiero pedirles a todos ustedes, si pueden, estén aquí hoy o mirando desde cualquier otro lugar, que se pongan de pie conmigo. Les pido que estén con nosotros ahora y cada día posterior. El City Hall no va a poder cumplir solo. Y así como vamos a alentar a los neoyorquinos a exigir más de quienes tienen el enorme privilegio de servirlos, también los vamos a alentar a exigirse más a ustedes mismos.
El movimiento que empezamos hace más de un año no terminó con nuestra elección. No va a terminar esta tarde. Vive en cada batalla que vamos a dar juntos; en cada tormenta de nieve y cada inundación que vamos a atravesar juntos; en cada desafío fiscal que vamos a superar con ambición y no con ajuste, juntos; en cada forma en que vamos a impulsar cambios en favor de la gente trabajadora y no a su costa, juntos.
Nunca más vamos a tratar la victoria como una invitación a apagar las noticias. Desde hoy en adelante, vamos a entender la victoria de manera muy simple: como algo con el poder de transformar vidas y como algo que exige el esfuerzo de cada uno de nosotros, todos los días.
Lo que logremos juntos va a recorrer los cinco distritos y va a resonar mucho más allá. Hay muchos que van a estar mirando. Quieren saber si la izquierda puede gobernar. Quieren saber si los problemas que los afectan pueden resolverse. Quieren saber si es correcto volver a tener esperanza.
Así que, de pie juntos, con el viento del propósito a nuestras espaldas, vamos a hacer algo que los neoyorquinos hacemos mejor que nadie: vamos a darle el ejemplo al mundo. Si lo que dijo Sinatra es cierto, demostremos que cualquiera puede triunfar en Nueva York, y en cualquier otro lugar también. Demostremos que cuando una ciudad le pertenece a su gente, no hay necesidad demasiado pequeña para ser atendida, ni persona demasiado enferma para no ser cuidada, ni nadie tan solo como para no sentir que Nueva York es su hogar.
El trabajo continúa; el trabajo perdura; el trabajo, mis amigos, recién empieza.
Zohran Mamdani: Alcalde de Nueva York.
Traducción: Pedro Perucca


