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Zimbabwe: El G-8 contra Mugabe

Fuentes: Insurgente

En los años ochenta estuve en Zimbabwe y, al comentar la necesidad de adquirir ciertos artículos, un lugareño me aconsejó: «Vaya al barrio negro». Quede tan perplejo como si en Beijing me hubieran sugerido ir al barrio chino o en Oslo al de los blancos. Entonces conocía otros países africanos y había entrado en contacto […]

En los años ochenta estuve en Zimbabwe y, al comentar la necesidad de adquirir ciertos artículos, un lugareño me aconsejó: «Vaya al barrio negro». Quede tan perplejo como si en Beijing me hubieran sugerido ir al barrio chino o en Oslo al de los blancos.

Entonces conocía otros países africanos y había entrado en contacto con el colonialismo y el neocolonialismo, con la pobreza y con las deformaciones estructurales que les impiden salir del subdesarrollo y, por experiencias, estudios y por acompañar a Fidel y aprender de él, comprendía que, mientras no se descubra otra cosa, la opción más eficaz y disponible para lidiar con semejante desgracia se relacionan con la autenticidad, la competencia y la capacidad de convocatoria de los lideres.

En Africa donde no se han fomentado estructuras económicas idóneas, no existen instituciones civiles apropiadas para el ejercicio del poder y donde la sociedad civil está anulada por la ignorancia y la exclusión, el papel de los líderes es de enorme trascendencia. Para bien y para mal, mucho depende de ellos. Entonces escribí que proponerle el pluripartidismo a los africanos era lo mismo que sugerirles vivir en tribus a los suizos. Todavía pienso que, al menos allí, la autenticidad y la consagración de los líderes son más importantes que la formalidad electoral.

En 1980, después de un complicado proceso y de una intensa lucha armada, catorce años antes que Nelson Mandela saliera de la cárcel, en medio de la guerra en Angola, se proclamó la independencia de Zimbabwe y Robert Mugabe, un negro, en representación de los negros, asumió la presidencia en uno de los dos países gobernados por blancos en Africa Negra, alma gemela de Sudáfrica.

En Zimbabwe y en Sudáfrica, holandeses y británicos dieron al colonialismo una perspectiva diferente. El oro y las riquezas eran tantas que se requería otro paradigma de dominación. Allí, como antes había ocurrido en Norteamérica, los colonos concibieron la idea de asentarse para siempre y, en lugar de colonias o factorías, fundaron países para ellos y sus descendientes, dejando de ser colonos para ser africanos. Además de la riqueza, se apropiaron de la identidad. La diferencia de enfoques determinó la actitud ante la población nativa.

Mientras los españoles, que aunque mediante la esclavización, las mitas y las encomiendas, integraron a la población autóctona a su modo de producción, los británicos y holandeses en Sudáfrica y Rhodesia, como antes hicieron en Norteamérica, decidieron prescindir de los pueblos originarios. Para unos concibieron las reservaciones indígenas y, para Sudáfrica y Rhodesia los bantustanes y el apartheid.

La perversa idea que provocó la rebeldía de los nativos, concitó además la crítica y la oposición de sectores de la opinión pública europea, incluso de la elite de poder británica. No obstante, en 1923 los gobernantes de la colonia proclamaron la «autonomía» y, en 1965 un fascista, llamado Ian Smith, la «independencia». Su única promesa fue que: «Los negros no gobernarían el país ni en mil años». Se equivocó.

No fueron la ONU, Gran Bretaña ni el G-8 quienes echaron a los racistas del poder, sino la lucha armada de dos movimientos de liberación, uno liderado por Joshua Nkomo y otro por Robert Mugabe, que en 1976 se unieron para crear el Frente Patriótico que en 1980 proclamó la independencia.

En medio de las turbulencias que afectaban el Africa Austral, bajo la dirección de Mugabe se avanzó en el generoso e inteligente empeño de convertir un país que practicó el apartheid en una sociedad multirracial en la cual los blancos conservaron sus propiedades, sus privilegios, su dignidad e incluso participaron en el gobierno, a la vez que con políticas económicas y sociales apropiadas, la población negra lograba impresionantes avances.

En una década se obtuvieron enormes avances sociales y culturales, se redujo la mortalidad infantil a 60 por mil nacimientos y se alcanzó un promedio de vida de más de 50 años, un prodigio para el Africa de entonces y se avanzó en la lucha contra el hambre y la pobreza. Por esos resultados, en 1981 Mugabe recibió el Premio de Derechos Humanos de la Universidad Howard de Washington.

En los años noventa, la reestructuración de las relaciones políticas internacionales derivadas de la desaparición de la Unión Soviética se dejó sentir sobre la región, que además afrontó varios años de intensa sequía que arruinaron la agricultura. El país no pudo sostener su modelo de desarrollo ni evitar que sobre la población recayeran los costos sociales de la crisis. No es extraño que Mugabe perdiera popularidad.

Tal vez actuando a la desesperada, Mugabe aplicó una reforma agraria inviable, porque no basta confiscar la tierra a los blancos y repartirla entre los pobres, sino que se necesitan semillas, agua, fertilizantes, herramientas, asesoría, créditos y maquinarias, circunstancia aprovechada por una oposición oportunista que nunca hizo nada por el país y ahora gime por los blancos y le mueve la cola a occidente.

Probablemente en Zimbabwe haya errores, cosa que en última instancia concierne a los zinbabwanos, a los que occidente no les tiró un cabo cuando Ian Smith los oprimía y los asesinaba. No recuerdo que Estados Unidos y las potencias europeas, ahora conocidas como G-8, hayan acorralado a Mobuto, a Bokassa o a Idi Amin, tampoco a Pinochet ni a Somoza, todo lo contrario.

Es difícil creer que Bush que no se interesó por los negros de Nueva Orleáns, lo haga por los de Zimbabwe. Tal vez lo que Washington y Londres quieren no es un Zimbabwe más democrático sino uno más servil para disponer de un cliente en las fronteras de Sudáfrica y Namibia. Cosas veremos.