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América Latina: ¿ONU o Estados Unidos?

Fuentes: Rebelión

El documento sobre Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (https://t.ly/QNMF9), su explícita posición hegemonista frente al mundo, las intimidaciones sobre Groenlandia y toda Europa, la amenaza del Corolario Trump contra América Latina, así como el ascenso de Rusia, China y los BRICS, han convulsionado los tiempos contemporáneos. Las instituciones y principios que condujeron a la creación de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) están en crisis y el presidente Donald Trump ha dejado en claro que el mundo basado en reglas está roto. Se trata de un cambio en el capitalismo de la segunda postguerra mundial: una potencia que ha perdido hegemonía no se sujetará a normas otrora internacionales ya que, simplemente, podrá imponer su poder. ¿Puede la historia ayudarnos a entender y desentrañar el contenido de esta nueva era en ciernes? Desde luego que sí. Los archivos de la Biblioteca Digital de la ONU (https://t.ly/0lLcc)* tienen una documentación que permite apreciar los ideales movilizados desde mediados del siglo XX y el papel que entonces tuvo América Latina.

Sin duda la Primera y, sobre todo, la Segunda Guerra Mundial, fueron literalmente sangrías humanas. Las potencias confrontadas en Europa quedaron devastadas. Y el peligro de un futuro igual debía prevenirse. El presidente Franklin D. Roosevelt (1933-1945) fue un visionario al hablar de “Naciones Unidas” para el mundo y “Buena Vecindad” con América Latina. Su Secretario de Estado, Cordell Hull impulsó la formación de esa nueva institucionalidad. También acogió las iniciativas el Primer Ministro británico Winston Churchill. En forma progresiva se lograron una serie de reuniones desde 1941 entre los “Cuatro Grandes”: EE.UU., Reino Unido, Rusia-Unión Soviética (URSS) y China, Ese proceso culminó en la Conferencia de San Francisco (duró dos meses), donde 50 naciones invitadas redactaron la Carta de las Naciones Unidas, suscrita el 26 de junio de 1945.

Las potencias mundiales estuvieron representadas por sus ministros de Asuntos Exteriores o diplomáticos de alto nivel. Harry S. Truman, como nuevo presidente de EE.UU. (1945-1953) debido al fallecimiento de F. D. Roosevelt, asistió a la clausura y pronunció el discurso final (https://t.ly/1BWeq). Sin embargo, 20 de los 50 países fundadores pertenecían a Latinoamérica. Solo hubo 4 países de África, continente donde 750 millones de personas (un tercio de la población mundial) vivía en territorios coloniales bajo dominio del Reino Unido, Francia, Bélgica, Portugal, España e Italia. También la mayoría de las islas del Caribe eran colonias o territorios dependientes.

Si bien Argentina no fue invitada inicialmente (entre 1944-1946 gobernó el general Edelmiro Julián Farrell) porque en EE.UU. y la URSS consideraron que tenía inclinaciones con el Eje, la presión latinoamericana logró que se incorpore una delegación encabezada por César Ameghino, Ministro de Asuntos Exteriores. En Ecuador gobernaba José María Velasco Ibarra (1944-1947) y la delegación (8 miembros) fue dirigida por Camilo Ponce Enríquez, Ministro de Relaciones Exteriores, quien años más tarde fundó el Movimiento Social Cristiano, pionero en proclamar la “Democracia Cristiana”, y llegó a la presidencia (1956-1960). También participó el liberal Galo Plaza Lasso, Embajador en EE.UU., luego presidente del país (1948-1952) y ejecutor de un incipiente “desarrollismo” favorecido por el despegue exportador del banano. Plaza llegó a ser Mediador de la ONU en varios conflictos y también Secretario de la OEA (1968-1975).

Aunque la Carta de las NN.UU. sentó principios e ideales para la paz y la solución pacífica y jurídica de las controversias entre naciones, las grandes potencias tenían en la mira, ante todo, sus propios intereses, lo cual condujo a crear el Consejo de Seguridad y acordar el derecho al veto. Mientras EE.UU. buscaba que la organización cuente con amplias competencias económicas y sociales, la URSS pretendía limitarla a las cuestiones de paz y seguridad, pues Stalin advertía la posible injerencia de los otros sobre la vía socialista. Sin embargo, fueron los países latinoamericanos los que esgrimieron decisivas posiciones que las grandes potencias inicialmente ignoraron o rechazaron cuando se discutían los borradores.

América Latina abogó para que la Asamblea General tuviera mayor peso frente al Consejo de Seguridad y para que se estableciera la Corte Internacional de Justicia. Además, países como Chile, Cuba, Panamá y México también promovieron una declaración de los derechos humanos que no logró incluirse completamente en la Carta, aunque su reiterada posición sentó las bases para la Declaración Universal de los Derechos de 1948. Igualmente, mientras algunas potencias defendían sus esferas coloniales, fueron países como Colombia, México y Uruguay los que plantearon la “igualdad de derechos entre naciones y la libre determinación de los pueblos” que quedó en la Carta (Art.1, párrafo 2). Es un tema que nació hace doscientos años, cuando Latinoamérica libraba sus procesos de independencia. También fue América Latina la que impulsó el reconocimiento de organismos regionales. Y dos delegadas: Bertha Lutz (Brasil) y Minerva Bernardino (República Dominicana) fueron pioneras en lograr que la Carta reconociera la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, confrontando la resistencia de delegaciones como las de EE.UU. y el Reino Unido.

El nacimiento de la ONU fundó principios y derechos de carácter universal, válidos para toda la humanidad. A pesar de ello, el ascenso del Tercer Mundo (apoyado por la URSS y por la República Popular China nacida de la revolución de 1949), a menudo fue combatido por las potencias occidentales y en África los pueblos que luchaban por su libertad afrontaron una violencia que ni la Carta pudo detener, como ocurrió en Argelia, Kenia, Congo, Angola o Mozambique. Además, bajo el manto de la Guerra Fría, América Latina fue víctima del derrocamiento de gobiernos y la instauración de criminales dictaduras anticomunistas, como las del Cono Sur. También fue forzada a alejarse de la URSS y los países socialistas, además de romper con Cuba y bloquearla, exceptuando México que no lo hizo. El intervencionismo permanente para subordinar la región al monroísmo tiene una amplia historia (https://t.ly/6_s74). El imperialismo es una realidad que no ha dejado de existir.

Al mismo tiempo, América Latina ha dado muestras de que puede no solo unir esfuerzos y movilizar los principios y derechos con los que se ha identificado desde la época de Simón Bolívar, sino para volverlos realidad. Instituciones como la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC, 2011), han recogido la tradición unionista, excluir a EE.UU. y proclamar a la región como “zona de paz” (2014). Son gobiernos progresistas, con causas comunes y bajo los principios de la Carta de las NN.UU., los que se impusieron en la VII Cumbre de las Américas (2015) para incorporar a Cuba, país soberano que, sin embargo, soporta el más escandaloso bloqueo del mundo contemporáneo, a pesar de las condenas que, en forma ininterrumpida, se han dado en las NN.UU. desde 1992.

Hoy, ante el peligro que representa el neomonroísmo del Corolario Trump, América Latina tiene la oportunidad para recobrar sus ideales movilizadores. Varios gobiernos progresistas, a cuya vanguardia se ha colocado México con la presidenta Claudia Sheinbaum, tienen la capacidad para revitalizar los conceptos históricos de la región sobre las relaciones internacionales, aunque resulte casi imposible contar, por el momento, con países como Argentina o Ecuador, cuyos gobernantes -Javier Milei y Daniel Noboa, respectivamente- se han alineado con Estados Unidos.

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