Han pasado quince años desde la última vez que los egipcios se levantaron contra el régimen militar que sigue gobernándolos. Ese levantamiento no fue un hecho aislado, sino parte de una larga secuencia de revueltas populares, desde la revuelta de Orabi y la revolución de 1919 hasta las protestas estudiantiles de principios de la década de 1970 y los disturbios por el pan de 1977, que culminaron en enero de 2011.
Lo que todas estas revueltas y revoluciones tienen en común es que la sociedad egipcia ha seguido planteando las mismas cuestiones fundamentales que surgieron hace más de un siglo sin encontrar respuestas.
Enero de 2011 no fue un momento fugaz de protesta. Fue un terremoto que sacudió las entrañas de las instituciones del Estado profundo, produciendo fracturas que aún no se han curado. Esto ayuda a explicar el nivel sin precedentes de represión ejercida por el actual régimen egipcio contra sus ciudadanos, especialmente aquellos que desempeñaron un papel activo en enero de 2011 o dejaron una huella clara en él.
Para el establishment militar de Egipto, enero de 2011 representó un peligro que podía despojarlo de su autoridad y conducir potencialmente a un gobierno civil, algo que teme, ya que domina la economía y ahora controla casi todo en el Estado egipcio.
En aquel momento, nadie en Egipto comprendía realmente este peligro, excepto la institución militar y la presidencia, que temían que el ejército pudiera tomar el poder. Mientras tanto, la oposición se perdía en sus consignas y fantasías de que «el ejército y el pueblo van de la mano».
Durante ese período yo era responsable del expediente de comunicación política en la Asociación Nacional para el Cambio. Los contactos con la presidencia eran continuos. Su círculo más cercano estaba haciendo gestiones, buscando una salida. Sin embargo, la posición de la asociación era de rechazo total a cualquier diálogo con el régimen hasta que Mubarak dimitiera.
Pero el mensaje más peligroso que recibimos en aquel momento, de Omar Suleiman, entonces vicepresidente y jefe de inteligencia de Egipto, fue este: si no había negociaciones en la mesa de diálogo para acordar una solución política, se produciría un golpe militar. En ese momento, la oposición no veía a la institución militar como una amenaza, sino como un aliado.
Cuando hablo de la oposición aquí, me refiero a la oposición egipcia en todas sus diferentes vertientes, desde la extrema derecha hasta la extrema izquierda, sin distinción, excepto aquellos que, desde el principio, se opusieron a la ecuación de libertad y democracia y trabajaron constantemente para socavarla, o que llamaron al uso de las armas y la violencia como herramienta para el cambio.
Me refiero aquí a violencia explícita y clara, no a la práctica del régimen de acusar a todo el mundo, incluso a quienes alguna vez estuvieron en su bando, de pertenecer a grupos que buscan socavar el Estado y derrocar el sistema de gobierno. Esa acusación está agotada y carece de pruebas.
Al final enero de 2011 no logró sus objetivos porque la oposición no pudo convertir el impulso revolucionario en un proyecto político compartido, con siete errores que describen cómo se perdió esa ventaja y se permitió que el régimen militar se reafirmara.
El momento perdido
La oposición egipcia juzgó mal la situación desde el primer momento en que estalló el levantamiento revolucionario en enero de 2011.
El primero de sus graves errores se produjo inmediatamente después de la dimisión de Hosni Mubarak, con la aprobación de un golpe de Estado blando contra el poder. Este error consistió en abandonar la plaza Tahrir sin acordar los pasos a seguir en el futuro y sin reconocer el valor y la eficacia de la propia plaza.
Desperdiciar ese valor equivalía a disparar la primera bala contra la revolución. Si la gente hubiera permanecido en la plaza sólo una semana después de la caída de Mubarak, todo habría sido diferente. El Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas no habría podido hacer frente a los millones de personas que habían obligado a Mubarak a renunciar al poder.
Todavía recuerdo, cuando era responsable de comunicación política en la Asociación Nacional para el Cambio, que durante varias reuniones las diferentes fuerzas políticas pedían evacuar la plaza e iniciar el proceso político sin ponerse de acuerdo sobre una visión de futuro.
La más destacada de ellas era la Hermandad Musulmana, seguida de otros partidos tradicionales históricamente aliados con el Estado profundo, aunque mi intención aquí no es señalar a ningún partido en concreto.
La clave es que esta postura reflejaba el oportunismo que caracterizaba a la oposición política, independientemente de su orientación, y su prisa por heredar el régimen de Mubarak y repartirse el botín entre ellos.
Esta fue una de las lagunas que aprovecharon quienes gestionaban el poder en aquel momento, que profundizaron las divisiones políticas y encendieron una guerra política entre todos los partidos. Esa división continúa hasta hoy, y el régimen se ha vuelto experto en explotarla para prolongar su supervivencia.
Ausencia de una visión compartida
El segundo error grave fue no formular un proyecto en el que todos pudieran sentirse involucrados, que ofreciera una visión para la era posterior a Mubarak. La oposición, representada por la Asociación Nacional para el Cambio, tenía un proyecto conocido como las Siete Demandas, las mismas que se plantearon al inicio de la revuelta de enero de 2011.
Sin embargo, tras la dimisión de Mubarak estas fuerzas se encontraron en un vacío intelectual, sin una visión para la nueva etapa.
Esto condujo al tercer error: el vacío en cuanto a objetivos y visión dio lugar a una concentración excesiva en la ideología como sustituto de un proyecto político. Todos se alejaron de cuestiones fundamentales como la democracia y la libertad, y construyeron sus visiones sobre bases ideológicas. Los izquierdistas vieron la solución en la ideología izquierdista. Los islamistas la vieron en la ideología islámica.
Las reivindicaciones fundamentales —libertad y democracia— desaparecieron del panorama como base del discurso político.
Esta ausencia, a su vez, condujo a un cuarto error: la falta de un discurso político capaz de persuadir a las masas. La ausencia de un proyecto significaba la ausencia de la estructura a partir de la cual se forma el discurso. Además, el cambio a un papel reactivo en lugar de proactivo hizo que el discurso dependiera de los acontecimientos inmediatos a medida que se producían.
Hasta el día de hoy gran parte de lo que surge de las fuerzas civiles no es más que una reacción a la creciente represión ejercida por el régimen. Se trata también de un discurso tradicional, carente de nuevos métodos creativos, basado en los mismos enfoques de siempre, conocidos y estudiados a fondo por el aparato de seguridad, lo que lo hace ineficaz.
Golpe contra la democracia
El quinto error fue formar alianzas con el Estado profundo para eliminar al «otro», el rival político. El Frente de Salvación Nacional desempeñó este papel con habilidad. No tenía ningún proyecto político más allá de derrocar a los Hermanos Musulmanes. La composición del Frente, que incluía a restos del régimen de Mubarak y aliados del Estado profundo, fue una de las razones de ello.
Esto supuso invitar una vez más al ejército a dar un golpe contra la democracia. Aquí sigue habiendo confusión entre los seguidores de los Hermanos Musulmanes, que siguen confundiendo el derecho a la protesta pacífica con el golpe llevado a cabo el 3 de julio de 2013 por el régimen militar. Las manifestaciones habían reclamado elecciones presidenciales anticipadas. Independientemente de las diferentes opiniones sobre esa demanda, el régimen optó por derrocar a todos y tomar el poder sin celebrar elecciones anticipadas, además de destituir al presidente electo, Mohamed Morsi.
El sexto error fue aceptar la dispersión de la sentada de Rabaa al-Adawiya sin oponerse a ella ni ofrecer la más mínima resistencia. En su lugar, se repitieron consignas como «los que los enviaron los mataron», y la oposición se sometió al discurso del régimen de que la sentada amenazaba la existencia del Estado, contrariamente a la realidad.
Si los Hermanos Musulmanes hubieran tenido tal poder, sus líderes no habrían podido ser destituidos. Esta propaganda no era más que un preludio para justificar la matanza masiva. La retransmisión en directo de la dispersión, ante los ojos y oídos de todos, allanó el camino para todos los futuros actos de asesinato que el régimen cometería contra cualquiera que se le opusiera o intentara situarse en el bando contrario, incluida la oposición pacífica.
Los efectos de la dispersión de Rabaa perdurarán durante mucho tiempo tanto en la sociedad como en el Estado. Tras ella, la violencia latente en la sociedad se acumuló con mayor intensidad y se extendió un estado de violencia gratuita, por utilizar la expresión de la Escuela de Frankfurt.
El séptimo error es la continua incapacidad de reconocer los errores y de universalizar la exigencia de libertad y derechos humanos, aplicándola a todas las personas independientemente de su posición política o ideológica. Esto requiere redefinir conceptos distorsionados durante los últimos cinco años, como la solidaridad política, que debe basarse en la igualdad, la libertad y la justicia para todos, en lugar de en la afiliación ideológica o política.
Durante los últimos cinco años la oposición ha contribuido a su propia derrota y a profundizar las divisiones políticas entre sus diversos componentes, divisiones que se han convertido en parte de su visión y su práctica.
Esto indica su incapacidad para superar su crisis interna o para reposicionarse en torno a cuestiones más amplias e inclusivas capaces de ofrecer soluciones a la crisis actual.
En el mismo contexto la oposición parece ignorar su necesidad de una nueva fase basada en la reconciliación nacional, es decir, el diálogo entre las diferentes partes que abogan por la acción política pacífica como herramienta para el cambio.
Sin un diálogo constructivo que conduzca a una visión compartida basada en la libertad y la democracia, la oposición no puede volver a presentarse como una alternativa a un régimen que ha violado todo para mantenerse en el poder.
Ni triunfo ni derrota
Todos estos factores, junto con otros, llevaron al fracaso de los objetivos de enero de 2011. Sin embargo, hay que destacar un punto: enero de 2011 no puede considerarse simplemente como un acontecimiento revolucionario con resultados limitados, sino como un revelador de las estructuras políticas y sociales.
El levantamiento puso de manifiesto la incapacidad de la sociedad para asimilar plenamente lo sucedido. Reveló una profunda brecha generacional, la ausencia de una clase media organizada y los espejismos de organización a través de las redes sociales.
También puso de relieve la disparidad geográfica entre los centros urbanos y las zonas rurales, así como la estructura psicológica profundamente arraigada del Estado, que permaneció intacta incluso después de las convulsiones revolucionarias.
Si se compara con las revoluciones de Europa del Este, la diferencia estructural resulta evidente. Allí, las élites organizadas y maduras poseían acumulación institucional, experiencia en la confrontación con el Estado y una visión de las consecuencias de la ruptura.
En Egipto, por el contrario, el impulso de la calle fue mayor, pero la acumulación institucional fue más débil. No se trató de un fracaso moral, sino de una diferencia en el contexto y en la composición de la sociedad política.
Por lo tanto, reducir enero a un binomio de éxito o fracaso es una simplificación engañosa. Consiguió romper supuestos eternos, devolver la política a la esfera pública y demostrar que el miedo no es una ley natural.
Sin embargo, no logró transformarse en un proyecto institucional sostenible, no sólo por sus propios errores, sino también por culpa de la sociedad y sus élites.
Quizás la verdadera tragedia es que enero de 2011 fue más honesto y más juvenil de lo que la realidad podía soportar. No fue derrotado por completo, ni triunfó como esperaban sus artífices. Permanece suspendido entre un momento histórico de ruptura y un tiempo aún no maduro, una pregunta persistente sobre la generación, el tiempo y los límites de lo que es posible en sociedades que avanzan lentamente mientras sus jóvenes sueñan a toda velocidad.
Taqadum al-Khatib es doctorando en la Universidad de Princeton y en la Universidad Libre de Berlín. Fue en su día el coordinador del dossier de comunicaciones políticas de la Asociación Nacional Egipcia para el Cambio.
Texto en inglés: Middle East Eye, traducido por Sinfo Fernández.


