La vida de Rambo es la única que vale para el mundo occidental, mientras que la vida de los iranies no vale nada. Este es el racismo y clasismo que caracteriza al imperialismo y al sionismo: unas vidas valen más que otras.
“Rambo también incorpora uno de los productos culturales más característicos de Estados Unidos: aquel héroe de historietas que parece un ser humano común y corriente, pero que en realidad posee poderes sobrehumanos que le permiten pelear como Superman, por ‘la verdad, la justicia y el American Way’, y encarnar también fantasías nacionales, como el Capitán América. No es para nada sorprendente, entonces, que Rambo pueda resistir, invulnerable, las miles de balas que le disparan, muchas de ellas a quemarropa, los enemigos de Estados Unidos”. (H. Bruce Franklin, Vietnam y las fantasías norteamericanas, Final Abierto, Buenos Aires)
“[…] completamente solo, Rambo demuestra ser capaz de acuchillar, agarrotar, electrocutar, hacer saltar por los aires y ahogar en el fango a un número prodigioso de enemigos, y todo ello sin perder su sentimiento de compasión de sí mismo. Cuando le preguntan al final de la carnicería ‘¿Qué es lo que quieres?’, él contesta con tono suplicante, con los ojos bañados en lágrimas: […] ‘Que nuestro país nos quiera como nosotros lo queremos’”. (Tom Engelhart, El fin de la cultura de la victoria. Estados Unidos, la Guerra Fría y el desencanto de una generación, Paidós, Barcelona)
Dios está con Rambo
La propaganda de los Estados Unidos, o el relato oficial de la Casa Blanca como hoy se dice, afirma que, en una acción heroica, de tintes hollywoodenses, las valientes e imbatibles tropas del Tío Sam recuperaron a un coronel que piloteaba un avión de guerra sobre territorio de Irán y que, luego de que el avión fuese derribado, se eyectó y anduvo vagando en territorio hostil y desconocido durante 36 horas. Aunque estaba herido, caminó sin descanso, trepó por una escarpada montaña y vía telefónica dio las coordenadas para que fuera rescatado sano y salvo por las tropas de asalto de los Estados Unidos. Estas procedieron a peinar el lugar, alejando a punta de metralla a los habitantes locales que pretendían capturar al piloto herido, pero, ayudados por Dios en pleno Viernes Santo, aquél logró salir indemne, para alivio del mundo occidental y de los cultores de la «pesadilla americana». Fue, en síntesis, el retorno triunfal del imbatible Rambo otra vez en el Medio Oriente. Es como si del celuloide hubiéramos pasado a la realidad sobre el terreno de guerra, o, dicho, en términos eruditos, cuando la “verdad ficcional” sustituye a la “verdad fáctica”.
Incluso, el secretario de Guerra, Pete Hegseth, que se presenta a sí mismo como un Rambo, con sus bíceps lustrosos en los que luce una estrella de cruzado, afirmó que el rescate del piloto, dado que aconteció un viernes santo, no solo es un milagro divino, sino la verdadera resurrección de Jesús. Explicó el “milagro”, el de la recuperación del piloto, en términos bíblicos: el F-15E fue derribado el viernes santos, el mismo día en que Cristo fue crucificado; el aviador se escondió en una cueva durante todo el sábado, lo cual recuerda la tumba de Jesús, excavada en una roca; el aviador fue rescatado el sábado, el día que los cristianos celebran la resurrección de Cristo y el piloto fue “sacado de Irán mientras salía el sol el Domingo de Pascua”; por todo ello, es “un piloto renacido, todos en casa y a salvo, una nación que se regocija” porque “Dios es bueno”. Y ese milagro fue posible porque el aviador, un oficial de sistemas de armas, se puso en contacto con tropas estadounidenses con un mensaje religioso “Dios es bueno”, lo que comprueba que “en ese momento de aislamiento y peligro brillaron su fe y su espíritu de lucha”. Es decir, estamos ante un Rambo sincronizado con las creencias de los cruzados evangélicos y sionistas que gobiernan a los Estados Unidos e Israel, para quienes Jesucristo es un santo celestial que irradia muerte y destrucción por todos sus poros, un machote, blanco, fornido, matón y expresión suprema del «modo americano de muerte».
Estamos ante el adelanto de un bodrio cinematográfico, típico de Hollowood, que, de seguro, pronto saldrá al público y llenará salas con miles de espectadores que derramarán lágrimas de cocodrilo, porque el personaje rescatado en Irán en la semana santa de 2026 es la imagen viva y real de Rambo, en pleno siglo XXI y en medio del pretendido renacer de la grandeza de Estados Unidos. El Rambo de ahora no es un protagonista de una novela sobre la guerra de Vietnan, de donde salió en 1972, ni de la serie de películas que sobre el personaje se han rodado desde 1982. No, ahora, en virtud de la magia de la narrativa Made in USA ‒replicada al pie de la letra por las loras mojadas de falsimedia occidental‒ hemos visto en acción a un Rambo del siglo XXI, expresión de la brutalidad benevolente de los buenos de siempre (por supuesto, los Estados Unidos) que, gracias a fuerzas divinas, se imponen sobre los malvados de Irán. Porque siempre, y esa es la enseñanza de la fábula, el bien se impone sobre el mal, y más cuando ese bien viene acompañado de un poder celestial que solo Cristo irradia, a través de sus mensajeros terrenales que ocupan el poder en Estados Unidos, encarnados en Donald Trump y en el secretario de Guerra, Pete Hegseth.
La reaparición de Rambo y la dura realidad del campo de batalla
El centro de esta fabula estriba en mostrarnos que Estados Unidos hace hasta lo imposible para evitar que uno de sus Rambos sea presa de los malvados iraníes, porque lo que está en juego es la lucha de la libertad contra la tiranía, y por eso no se escatiman esfuerzos para impedir que un Rambo Anti Iraní caiga en manos de los perversos ayatolas.
Como en las películas de Rambo este siempre sale triunfador. Exhibe su musculatura descomunal, que no es solo corporal sino mental, ya que, dando muestras de un espíritu de superación increíble, rebasa todos los obstáculos que le oponen los enemigos del “mundo libre”, a los cuales elimina sin compasión y al final no sufre ni un rasguño. Liquida a todos sus enemigos, uno a uno, y él solo enfrenta a decenas o centenas de adversarios que son aniquilados como moscas en un santiamén, ante la superioridad racial de Rambo, cuyas armas vomitan fuego a tal escala que nunca se agotan sus municiones. Para que no queden dudas de esto que estamos diciendo, solo fata citar una pieza antológica de estupidez informativa en la que se sostiene que el rescate del Rambo en Irán es una “demostración de superioridad moral y militar” de los Estados Unidos, cuando con un destemplado tono apologético sobre la pretendida grandeza de Occidente se afirma:
“En una operación que evoca los capítulos más heroicos de la historia militar, la administración Trump reafirma que ninguna vida estadounidense tiene precio. A pesar de la pérdida de dos aeronaves MC-130J valuadas en 100 millones de dólares cada una, el éxito del rescate de los tripulantes de un F-15E humilla al régimen de los ayatolás y marca un hito en la defensa de Occidente.
Este rescate no solo humilla la capacidad de detección de Irán, sino que envía un mensaje a todos los enemigos de la libertad: Estados Unidos tiene la billetera, la tecnología y, sobre todo, la voluntad inquebrantable de proteger a los suyos. Aquellos que no puedan entender por qué se gastan fortunas en rescatar a un par de pilotos probablemente nunca entenderán qué es lo que hace grande a la especie humana bajo el ala de la civilización occidental”[1].
Estupideces de esta índole inundaron los medios de desinformación del Occidente imperial y de sus vasallos periféricos en Nuestra América y otros lugares, reproduciendo simplemente al pie de la letra el estribillo dictado desde la Casa Blanca. Ese es el relato oficial para consumo interno del público de Estados Unidos y de las “democracias occidentales”. Es un cuento de hadas que nada tiene que ver con la realidad, porque lo que Estados Unidos presenta como un logro espectacular, ha sido una debacle estrepitosa, como va quedando claro en medio de la propaganda mediática.
Lo que aconteció fue diferente al cuento tipo guion hollywoodense. La defensa antiaérea de Irán derribó a aviones de Estados Unidos que se consideraban invisibles e indestructibles (entre ellos un F-35 y un A-10) y luego de esto les tendió una trampa a las tropas de rescate Estados Unidos, en las que estas cayeron sin mucha gloria.
En el fondo, esas tropas intentaban aprovechar el rastreo del Rambo-Coronel que estaba perdido en el sur de Irán, para llevar a cabo una operación encaminada a robar una parte del uranio enriquecido del que dispone Irán y para ello involucraron una gran cantidad de aviones, helicópteros, tropas de asalto, pero esa acción les falló en forma estrepitosa. La reacción de las tropas de Irán resultó sumamente costosa para los Estados Unidos, puesto que al final este país perdió once aparatos del aire, entre aviones, helicópteros y drones, avaluados en unos 400 millones de dólares, a lo cual se suma que varios de sus pilotos o fueron heridos o resultaron muertos (aunque eso es difícil de establecer por el silencio de El Pentágono al respecto) y, a la larga, quedó hecha añicos la imagen de invulnerabilidad de la fuerza aérea de los Estados Unidos.
Un solo Rambo vale más que cualquier iraní
Al margen de lo que realmente sucedió en los cielos y suelos de Irán el jueves y viernes santo, se plantea un asunto de fondo, que revela lo que son los Estados Unidos, el centro del capitalismo e imperialismo realmente existentes. Nos referimos al costo, medido en vulgares términos económicos, de un Rambo Made in USA. Y lo planteamos de esta manera, porque el capitalismo todo lo convierte en mercancía, que se tranza con dinero. Estados Unidos es el lugar del mundo en donde el paroxismo de la mercancía es llevado al extremo, porque allí se compra y se vende absolutamente todo. Allí es donde la vida humana se mide en términos monetarios, con dos axiomas indiscutibles: la vida de un ciudadano de los Estados Unidos vale más que la de los habitantes de cualquier otro país; y los ricos y poderosos si valen, mientras que los pobres tienen escaso valor y en muchos casos ninguno.
Acá se deriva el asunto de cuánto cuesta una vida humana para los Estados Unidos, una cuestión en sí misma detestable, porque, en términos morales, toda vida humana vale igual y ninguna debería tener un precio. Esto supone considerar que la vida humana tiene un valor intrínseco que no puede ni debería ser cuantificado en términos monetarios. Claro, al considerar esto se parte de criterios de respecto, dignidad y, sobre todo, igualdad, pero eso es mucho pedir al capitalismo, en el cual todo se ciñe por vulgares criterios mercantiles y monetarios.
En el capitalismo realmente existente no toda vida humana vale lo mismo, unas valen más que otras, y algunas no tienen ningún valor. Para Estados Unidos y el Occidente imperial es claro que la vida de sus habitantes vale más que cualquier otra, porque ellos proclaman ser superiores en términos raciales, culturales, científicos, tecnológicos y hasta religiosos. Con esos parámetros de proclamada grandeza no tienen valor de ninguna índole las vidas de millones de seres humanos de color oscuro (racismo), de procedencia humilde (clasismo) y mujeres pobres (sexismo). Eso lo demuestran los archivos Epstein en donde queda claro que las mujeres pobres, a las que se brutaliza, viola, tortura y mata son vistas como objetos sexuales de placer efímero, a las que se considera seres desechables, porque “no valen nada, son pura basura”, según las tiernas palabras de la aristócrata inglesa Ghislaine Maxwell, compañera de Jeffrey Epstein y coparticipe en sus crímenes.
Si tal desprecio por la vida humana es evidente en las entrañas de los Estados Unidos, en donde unas vidas valen más que otras (por ejemplo, la de los blancos “puros” con respecto a los migrantes de color cobrizo), que no decir de la concepción racista y despreciativa de las consideradas “razas inferiores” y “pueblos atrasados” de Africa, Asia y América Latina, que fueron colonizados y masacrados por “razas superiores”, ahora encarnadas en todos los Rambos de los Estados Unidos.
A partir de ese vulgar rasero mercantil, que supone que en Estados Unidos todo se cotiza en dólares, proteger a un soldado yanqui que mata y causa sufrimiento en el exterior, es una prioridad económica, porque esa es una vida que se evalúa a un precio elevado en el mercado, mientras que debe aniquilarse la vida de aquellos que para Estados Unidos y el Occidente imperial no valen nada, como la de los iranies, palestinos, libaneses, afganos, iraquíes, vietnamitas, colombianos, venezolanos, cubanos y un interminable etcétera… Y por eso, Estados Unidos ha matado a millones de seres humanos y lo sigue haciendo en la actualidad ante nuestros ojos.
Con esa lógica mercantil nos encontramos con que, volviendo a la guerra de agresión contra Irán, la vida de un habitante de este país, cualquiera que sea ‒empezando por la de sus altos dirigentes‒ no vale un comino y por eso son asesinados a la luz pública, como ha sucedido con el líder supremo de ese país, el ayatola Alí Jameneí, y 170 niñas en una escuela de Irán.
En sentido estricto, para Estados Unidos e Israel y en general el Occidente Imperial la pregunta no es cuánto cuesta la vida de un iraní, sino esta otra: cuánto se gasta para hacer posible su muerte. Y allí se contabilizan diversos costos: combustible invertido en el vuelo de aviones, misiles utilizados, mantenimiento de los soldados, gastos de alimentación, hospitalización… En la lógica mercantil del capitalismo e imperialismo, es más importante el costo económico de aquellos que cumplen el papel de asesinar que el valor de la vida de los que son asesinados. Para qué preocuparse y dolerse, entonces, con la muerte provocada de manera deliberada y a sangre fría de los funcionarios de Irán o de las niñas que fueron aplastadas por “bombas inteligentes” del binomio sionista e imperialista. Su vida no importa, lo que interesa es la vida de los asesinos que accionan las bombas con que los trituran. Es decir, los Rambos del mundo real, que son asesinos a sueldo y sin ningún tipo de escrúpulos ni principios morales.
Cuando la vida de un Rambo está en juego no importa el costo de recuperarlo, como lo demuestra lo acontecido hace pocos días en suelo de Irán. Según estimaciones de diversas fuentes, el costo de recuperarlo ascendió a unos 400 millones de dólares. Ese costo incluye los once artefactos derribados por Irán (cada avión cuesta 100 millones de dólares, un helicóptero Black Hawk cuesta 25 millones de dólares…).
Es bueno traer a colación que, justamente, lo que algunos denominan pretenciosamente la “ciencia de medir el costo de la vida humana” se forjó en los Estados Unidos en plena Guerra Fría y por instancias de la Fuerza Aérea. En rigor, “la Fuerza Aérea de los EE.UU. no quería saber el valor de preservar una vida, sino de acabar con ella. En esencia, esto era una contraparte macabra de determinar el valor de una vida: ¿Cuánto cuesta una muerte? Los estrategas querían saber cómo podían causar el mayor daño en un ataque nuclear de primer golpe a la Unión Soviética, dado su limitado presupuesto y un número limitado de aviones para lanzar las bombas. Así que en 1949 la Fuerza Aérea encargó el problema a la Corporación RAND. […] La estrategia ganadora, revelada en 1950, fue la de desplegar tantos aviones baratos como fuera posible, para volver el cielo soviético negro con antiguos aviones de hélice jugando al escondite con bombas atómicas para que los soviéticos no supieran a quién derribar. […] El enfoque teórico de juegos de RAND pudo haber vencido a la URSS, pero también maximizó el número de pilotos estadounidenses muertos y minimizó la razón de la Fuerza Aérea para comprar nuevos aviones a reacción.
RAND se disculpó y volvió a presentar su análisis de manera que permitió a la Fuerza Aérea comprar todos los juguetes que quería. Pero los analistas se dieron cuenta de que tenían lo que llamaron un ‘problema de criterio’. Una bomba o un paracaídas o un curso de entrenamiento tenía un valor monetario, pero ¿qué pasa con la persona que se benefició de los tres? Sabían cuánto valía un avión, pero no su tripulación”[2].
Como vemos, Estados Unidos se ha preocupado en forma simultánea en determinar cuánto cuesta una vida humana de ellos y, sobre todo, la de sus asesinos del aire, y en precisar cuánto cuestan las muertes que ocasionan. De allí se deduce que el objetivo es hacer más barato el asesinato y, si para completar, los que matan están seguros de no correr ningún peligro pues mucho mejor. Y eso es lo que se hace hoy justamente con los bombardeos asesinos que realizan Estados Unidos e Israel, y que dejan una estela de muerte y destrucción, como se observa en Gaza, Irán, Líbano…
Ahora bien, de forma más específica con respecto a la pregunta central de este escrito, sobre cuánto cuesta la vida de un Rambo para Estados Unidos, un expiloto de los Estados Unidos, llamado Jack Carlson, elaboró una tesis de Doctorado en la que “trató de ponerle un costo no a una vida, sino a salvar vidas, o no salvarlas. Carlson escribió que la USAF [Fuerza Aérea de los Estados Unidos] entrenaba a los pilotos sobre cuándo eyectarse de un avión dañado en vez de intentar aterrizarlo. La eyección salvaría al piloto, y el aterrizaje podría salvar el (costoso) avión”. A partir de allí:
“Carlson analizó los números de rescate contra el aterrizaje y encontró que el punto de inflexión implícitamente valoraba el salvar la vida del piloto en 270.000 dólares. En otro caso, Carlson señaló que diseñar, construir y mantener las cápsulas de eyección para la tripulación del bombardero B-58 costaría 80 millones de dólares y salvaría entre una y tres vidas al año. Haciendo explícito lo implícito: En sus cuentas, la Fuerza Aérea de los EE.UU. fijó la ‘valoración monetaria de la vida de los pilotos’ entre 1,17 y 9 millones de dólares”[3].

Como puede verse, en Estados Unidos son meticulosos no solo a la hora de medir lo que cuesta salvar a los asesinos del aire (que en tierra se convierten en Rambos) sino que han desarrollado sofisticadas investigaciones con sus respectivas aplicaciones técnicas, en las que invierten millones de dólares, para hacer posible ese salvamento. Y tienen un estimado del costo de salvar a un Rambo, entre 1,7 y 9 millones de dólares, unas cifras sensiblemente inferiores a lo que costo salvar al Rambo de Irán, cuyo costo estimado es de, por lo menos, 400 millones de dólares. Con ese dinero se podrían construir escuelas, universidades, parques, hospitales… pero claro eso que va a importar, si esos Rambos que matan y destruyen desde el aire son los mismos que arrasan con niños, profesores, médicos, periodistas, escuelas, universidades, hospitales…
En conclusión, lo significativo estriba en que ese Rambo que rescataron en Irán, al que exaltan como héroe, es un asesino consumado que bien puede haber participado en decenas de viajes en los que se masacró a población de Irán, incluyendo a las niñas asesinadas en la escuela. Él, ese Rambo, es el que vale para el mundo occidental ‒y eso explica toda la basura dicha y escrita sobre la “operación milagrosa” nunca vista‒, mientras que los iranies no valen nada. Es una clara muestra del racismo y clasismo que caracteriza al imperialismo y al sionismo y del criterio de que unas vidas valen más que otras, porque en el capitalismo no todos son iguales ni tienen los mismos derechos, y por eso gran parte de la humanidad ni siquiera se le reconoce el derecho a vivir.
NOTAS
[1]. Julián Sayago, El precio de la libertad: EE.UU. rescata a sus pilotos en Irán en una demostración de superioridad moral y militar, abril 6 de 2026. Disponible en: https://elliberador.com/index.php/2026/04/06/el-precio-de-la-libertad-ee-uu-rescata-a-sus-pilotos-en-iran-en-una-demostracion-de-superi
[2]. Adam Rogers, “¿Cuánto vale realmente una vida humana?”. Disponible en: https://www.notiexpresscolor.com/cuanto-vale-realmente-una-vida-humana/
[3]. Ibid.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


