La sesión abierta del Taller de Pensamiento Crítico de IU Latina celebrada el pasado 11 de junio contó con la participación del filósofo y sociólogo César Rendueles, investigador del CSIC y una de las voces más influyentes del pensamiento crítico contemporáneo en España. El encuentro, al que asistieron presencialmente alrededor de 40 personas, se desarrolló como una actividad especial dentro de un proceso formativo iniciado en enero por el taller, un espacio concebido para reflexionar colectivamente sobre los sesgos, las falacias, el dogmatismo y las posibilidades transformadoras del pensamiento crítico en la acción política.
La presentación corrió a cargo de Jordi Escuer, Coordinador de IU Latina, quien recordó el recorrido realizado durante estos meses por las personas participantes del taller. Desde la primera sesión, resumida en la idea de que “pensar críticamente es un acto político”, el grupo ha explorado cómo el aprendizaje es siempre un proceso bidireccional, basado en la escucha y el diálogo, y cómo el miedo a la incertidumbre puede derivar en actitudes conservadoras y autoritarias si no se afronta desde la curiosidad, la reflexión y la apertura al cambio. Ese marco resultó especialmente adecuado para una conversación con Rendueles centrada en la relación entre tecnología, democracia y emancipación social.
La humildad como punto de partida del pensamiento crítico
Rendueles comenzó expresando su desconfianza hacia la tendencia a trasladar directamente los debates universitarios al ámbito de la militancia política y los movimientos sociales. A su juicio, las grandes construcciones teóricas pueden ser útiles para abrir horizontes y aportar herramientas de análisis, pero también pueden generar divisiones artificiales y debates abstractos que dificultan la acción colectiva.
Más allá de esa cautela inicial, el filósofo planteó una reflexión sobre la evolución reciente del concepto de pensamiento crítico. “Uno de los fenómenos más llamativos de los últimos años ha sido la apropiación del lenguaje del pensamiento crítico por parte de sectores de la extrema derecha, el negacionismo y los productores de desinformación. Paradójicamente, quienes difunden teorías conspirativas o bulos se presentan a menudo como los auténticos pensadores críticos, mientras retratan al resto de la sociedad como una masa obediente y acrítica”, afirmó Rendueles.
Y señaló que esta operación cultural ha tenido éxito porque conecta con una idea “profundamente equivocada pero muy seductora: la creencia de que pensar críticamente consiste en sentirse más inteligente que los demás”. Esa visión convierte el pensamiento crítico en un ejercicio de superioridad moral o intelectual. Frente a ella, defendió una concepción basada en la humildad. Pensar críticamente no significa colocarse por encima del resto, sino reconocer que todos estamos atravesados por sesgos, prejuicios y limitaciones cognitivas. La tarea colectiva consiste precisamente en construir mecanismos que permitan corregir esas limitaciones mediante el diálogo, el contraste de argumentos y la escucha de quienes poseen conocimientos especializados.
El autor de “Sociofobia”, “Contra la igualdad de oportunidades” y “Comuntopía”, entre otros títulos claves, reivindicó la importancia de la comunidad científica, sin por ello convertirla en una autoridad incuestionable. “El pensamiento crítico”, insistió, “exige una combinación de confianza razonada y vigilancia democrática”.
De la utopía digital al pesimismo tecnológico
El núcleo de la intervención estuvo dedicado a analizar la evolución de la percepción social de las tecnologías digitales durante las últimas décadas, un tema que el autor aborda en su último título publicado: Redes Vacías.
Rendueles apeló a su propia experiencia generacional para explicar ese cambio. Quienes nacieron en los años setenta vivieron la transición desde un mundo completamente analógico hacia la expansión de internet y las tecnologías digitales. Esa generación conoció tanto las cabinas telefónicas y la televisión analógica como la llegada de la red y los teléfonos inteligentes. Por ello conserva una memoria muy diferente de la que tienen los jóvenes que han crecido en un entorno plenamente digital.
Durante años, recordó, internet fue presentada como una solución casi universal. La digitalización prometía mejorar la educación, democratizar el acceso a la información, facilitar la cooperación internacional, aumentar la participación política y resolver buena parte de los problemas económicos y sociales contemporáneos. Las tecnologías digitales aparecían asociadas a la innovación, la creatividad y la libertad.
Esa visión alcanzó su máxima expresión en acontecimientos como la Primavera Árabe, el movimiento Occupy o el 15-M, frecuentemente interpretados como ejemplos del potencial democratizador de las redes sociales. Internet representaba entonces la cara amable de la globalización neoliberal: un espacio abierto donde las personas podían colaborar, comunicarse y organizarse al margen de las estructuras tradicionales de poder.
Sin embargo, esa percepción ha cambiado radicalmente, y hoy predominan emociones muy diferentes, subrayó Rendueles. Las tecnologías digitales generan miedo, frustración, dependencia e incluso sensación de impotencia. Las redes sociales son vistas como espacios de polarización, agresividad y manipulación. Muchas personas afirman desear pasar menos tiempo conectadas, pero se sienten atrapadas.
El sociólogo describió este clima emocional como un universo de “afectos tristes”: emociones que paralizan y reducen la capacidad de intervención colectiva. Lo paradójico, subrayó, es que este pesimismo tecnológico mantiene una estructura mental muy parecida a la del viejo optimismo digital. “Antes se atribuía a la tecnología un poder casi mágico para resolver problemas; ahora se le atribuye una capacidad igualmente desmesurada para destruir la democracia y colonizar nuestras vidas”.
En ambos casos se incurre en un enfoque fetichista. La tecnología aparece como una fuerza autónoma, capaz de determinar el rumbo de la sociedad al margen de las relaciones económicas, políticas y culturales que la producen.
La IA como nuevo fetiche
La reflexión sobre la inteligencia artificial ocupó una parte central de la charla. Rendueles criticó la tendencia dominante a hablar de ella como si se tratara de una fuerza inevitable y omnipotente. Las preguntas fundamentales no son si las máquinas sustituirán a los seres humanos o si estamos ante una revolución tecnológica sin precedentes. “Lo verdaderamente importante es preguntarse quién posee esas tecnologías, quién las desarrolla, qué intereses económicos las impulsan y qué consecuencias tienen para el trabajo y la distribución del poder”.
Rendueles recordó que la inteligencia artificial no es una entidad homogénea, sino un conjunto muy diverso de tecnologías agrupadas bajo una misma etiqueta comercial. Además, sostuvo que nadie sabe con certeza cuál será su impacto real a medio plazo. Muchas innovaciones presentadas en el pasado como transformaciones históricas terminaron teniendo efectos limitados o muy distintos de los anunciados.
Lo que sí puede observarse ya, afirmó, es la existencia de una gigantesca burbuja especulativa en torno a la inteligencia artificial. También son visibles las amenazas de automatización utilizadas para disciplinar a los trabajadores y justificar el deterioro de las condiciones laborales. En muchos casos, señaló, el robot más barato sigue siendo un trabajador precario.
Desde esta perspectiva, el problema central no es la inteligencia artificial en sí misma, sino el poder económico y político concentrado en manos de quienes controlan estas tecnologías.
Los monopolios digitales y la nueva expropiación
Rendueles criticó los modelos de negocio dominantes en la economía digital.
Durante años, explicó, se construyó la imagen de los grandes empresarios tecnológicos como figuras innovadoras y casi filantrópicas. Personajes como Elon Musk, Mark Zuckerberg o Jeff Bezos aparecían en la cultura popular como genios excéntricos capaces de impulsar el progreso de la humanidad. Hoy esa imagen se ha deteriorado, pero persiste una idea igualmente problemática: la de considerarlos supervillanos dotados de capacidades extraordinarias. Los magnates tecnológicos son, simplemente, grandes capitalistas obsesionados con la acumulación de poder y riqueza.
Lejos de basarse en innovaciones milagrosas, sus modelos de negocio descansan sobre gigantescas estructuras monopolísticas. Empresas como Amazon, Uber o Airbnb operaron durante años asumiendo pérdidas para expulsar competidores y controlar mercados enteros. Una vez conseguido ese dominio, pueden imponer condiciones a usuarios, trabajadores y administraciones públicas.
El filósofo puso varios ejemplos de esta dinámica. Los libros adquiridos en plataformas digitales dejan de ser plenamente propiedad del comprador. Los programas informáticos se transforman en servicios sujetos a suscripciones permanentes. Incluso determinados vehículos incorporan funciones bloqueadas que solo se activan mediante pagos periódicos.
“Estamos asistiendo a una forma inédita de expropiación que afecta no ya a los medios de producción, sino a la propia propiedad privada de los consumidores. Las plataformas digitales convierten el acceso temporal en sustituto de la posesión y refuerzan la dependencia respecto a grandes corporaciones tecnológicas”, concluyó el autor.
Educación, tecnología y falsas preguntas
Rendueles cuestionó la forma en que suele plantearse el debate sobre los teléfonos móviles, la inteligencia artificial o las pantallas en las aulas.
A su juicio, muchas de estas discusiones desplazan la atención de problemas más profundos. Cuando se analiza el acoso escolar exclusivamente desde la influencia de las redes sociales, por ejemplo, se corre el riesgo de olvidar una cuestión fundamental: ¿por qué los centros educativos han sido históricamente espacios especialmente propicios para el bullying, incluso antes de la existencia de internet?
Algo similar ocurre con los trabajos escolares y la inteligencia artificial. Más que preguntarse cómo impedir que los estudiantes utilicen determinadas herramientas, tal vez convendría reflexionar sobre qué evalúan realmente los exámenes y tareas tradicionales. Si una máquina puede realizar ciertas actividades mejor que un alumno, quizá el problema no sea la máquina, sino el tipo de aprendizaje que se está evaluando.
La tecnología, insistió, puede servir para revelar limitaciones estructurales que ya existían previamente.
Imaginar usos emancipadores
César Rendueles afirmó que el pesimismo tecnológico ha llegado a ser tan intenso que muchas personas progresistas parecen incapaces de imaginar usos positivos de herramientas como la inteligencia artificial. Frente a esa renuncia imaginativa, propuso explorar aplicaciones orientadas al bienestar colectivo. Por ejemplo, sugirió la posibilidad de utilizar sistemas avanzados de análisis de datos para identificar automáticamente a todas las personas con derecho a percibir prestaciones sociales y garantizar que las reciban sin tener que enfrentarse a laberintos burocráticos.
Si los defensores del capitalismo digital se permiten fantasear constantemente con futuros tecnológicos extraordinarios, ¿por qué quienes aspiran a una sociedad más justa renuncian a imaginar alternativas emancipadoras?
Hacia un decrecimiento digital
La respuesta de Rendueles pasa por lo que denominó un “decrecimiento” o “poscrecimiento digital”. Partiendo de los planteamientos del ecologismo, defendió que el objetivo no debe ser rechazar la tecnología ni regresar a una supuesta “edad dorada analógica”, sino distinguir entre usos que amplían la autonomía humana y usos que generan dependencia, alienación o deterioro ambiental. Del mismo modo que el ecologismo no propone reducir toda actividad económica indiscriminadamente, sino transformar sus prioridades, también es posible construir una relación diferente con las tecnologías digitales.
Eso implica disminuir aquellos usos que fomentan la vigilancia, el consumo compulsivo o la concentración de poder, al tiempo que se fortalecen herramientas orientadas a la cooperación, la creatividad, el conocimiento compartido y los cuidados.
Un ecosistema digital público
Rendueles insistió en que público no equivale necesariamente a estatal. Existen numerosas instituciones, asociaciones, cooperativas, sindicatos y organizaciones sin ánimo de lucro que cumplen funciones públicas sin formar parte de la administración.
Un ecosistema digital democrático debería combinar distintos niveles de intervención. El Estado tendría que garantizar infraestructuras básicas y regular los mercados para evitar posiciones monopolísticas, al tiempo que se fortalecen iniciativas cooperativas, comunitarias y sociales capaces de ofrecer servicios digitales de interés general.
El objetivo no sería sustituir los monopolios privados por monopolios estatales, sino construir un espacio plural donde diferentes actores puedan participar bajo reglas democráticas. La propia situación actual demuestra, según Rendueles, que la supuesta diversidad del mercado digital es en gran medida una ilusión: utilizamos muy pocos sistemas operativos, muy pocas plataformas de comunicación y muy pocos motores de búsqueda. “La concentración ya existe; la cuestión es quién la controla y con qué fines”.
Un debate abierto sobre democracia y tecnología
El posterior coloquio amplió muchas de estas cuestiones. Las intervenciones abordaron temas como la destrucción de empleo asociada a la automatización, el impacto ambiental de los centros de datos, la concentración empresarial, la necesidad de romper monopolios tecnológicos o las posibilidades de utilizar herramientas digitales para impulsar formas más democráticas de organización.
Rendueles insistió en la necesidad de mantener una actitud crítica pero no fatalista. Rechazó tanto la adoración tecnológica como el catastrofismo paralizante. A su juicio, las tecnologías no constituyen fuerzas autónomas que determinen inevitablemente nuestro destino colectivo. Son productos sociales insertos en relaciones de poder concretas y, por tanto, susceptibles de ser transformados mediante decisiones políticas.
Recuperar la imaginación política
La principal enseñanza que dejó la sesión fue, quizás, una invitación a recuperar la imaginación política. Frente a la sensación de impotencia que caracteriza buena parte del debate contemporáneo sobre tecnología, Rendueles defendió la necesidad de volver a pensar alternativas concretas y realistas.
“Pensar críticamente no consiste en desconfiar de todo ni en sentirse intelectualmente superior. Tampoco en aceptar resignadamente que las grandes plataformas digitales constituyen un destino inevitable. Significa analizar las estructuras de poder que se esconden detrás de los discursos tecnológicos, reconocer nuestras propias limitaciones y abrir espacios de deliberación colectiva capaces de producir respuestas nuevas”.
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