Cada verano volvemos a rasgarnos las vestiduras mientras el planeta arde. No es ya un incendio con nombre y lugar: es la faz entera de la Tierra la que humea. En Alemania el calor derritió las juntas de las vías del tren; en una sola semana de junio, la ola de calor —que no es sino el cambio climático global— mató a diez mil personas en Europa.
Y sin embargo seguimos mirando el humo y no el fuego que lo enciende. Porque el bosque no arde solamente por accidente ni por maldad de nadie: arde como consecuencia de un sistema que solo sabe crecer, y que deja tras de sí la ceniza y el suelo raso donde, si acaso, levantar lo que nunca hizo falta. De ahí viene la sinrazón: un productivismo-consumismo insaciable que fabrica el Cambio Climático que luego pretendemos apagar con mangueras. Y ninguna manguera alcanza allí donde no se ha tocado la causa.
Otro verano más nos lamentamos y nos rasgamos las vestiduras fútilmente a causa de los incendios forestales. Y cada año el problema es más intenso y extenso. Este año no se ha limitado a algún incendio localizado, es el globo terráqueo el que está en llamas. Miles de incendios forestales se propagan por toda la faz de la Tierra. Nuestra prensa suele centrarse solo en los de España, que sí son terribles, pero no son los peores. En el resto de Europa, en la ciudad alemana de Leipzig, se han llegado a derretir algunas juntas de las vías del tren, y en varias autopistas se han dilatado y encorvado las placas de hormigón, formando escalones de cerca de un palmo. En Francia han tenido que desconectar varias centrales nucleares a causa del calor. Y solo la ola de calor (que en realidad es el cambio climático global) producida entre los días 22 y 28 de junio de 2026 en Europa (Alemania, Francia, Bélgica, España, Países Bajos, Suiza y Luxemburgo) dejó 10.000 muertes por golpe de calor. Además, en las últimas jornadas de ese mismo mes, en Turquía se llegó a registrar una máxima de más de 50 ºC.
Ya está investigado que las olas de calor (que, insisto, son el cambio climático global) aumentan exponencialmente el riesgo de incendios. Pero además está comprobado que más del 90 % de los incendios forestales son provocados para lograr un aumento constante del sagrado productivismo-consumismo insaciable; entre otras cosas, para levantar en las zonas incendiadas urbanizaciones en medio de un bosque que pronto dejará de existir, lo que a su vez es nueva fuente de calentamiento global e incendios.
En Canadá los incendios forestales son muy graves, pero tal vez el caso más extendido sea el del sur de África, que está ardiendo de forma devastadora.
Hay quien, como en un artículo que he leído, declara que está “hasta los bemoles del cambio climático” y admite que este Cambio no es más que un pretexto para justificar el abandono de las tareas de extinción. Pero lo cierto es que solo vemos los efectos —los síntomas— del cambio climático y el calentamiento global (entre otros más palpables, el insoportable calor y los incendios forestales) y no nos detenemos a considerar las causas, que es por donde hay que atacar el problema.
Porque en el suicida calentamiento global, y en los recurrentes incendios forestales, no debemos fijarnos exclusivamente en los efectos ni remediarlos a toro pasado: paliando el calor artificialmente, realizando ingentes labores de extinción, siempre bastante insuficientes y que a veces cuestan vidas humanas, o emprendiendo costosísimas técnicas de bioingeniería que, más que soluciones, generan sucios negocios de gran volumen, y otras acciones que no son más que tiritas al sistema. Debemos fijarnos, en cambio, en la causa fundamental del cambio climático, del calentamiento global y de los incendios forestales, casi la única: el productivismo-consumismo de productos innecesarios y contaminantes. Anulémoslo hasta convertirlo en simple producción-consumo de lo necesario. Esto es más importante que la extinción que, aunque en última instancia sea necesaria, con cierta frecuencia da escasos resultados y ante los incendios más virulentos se queda corta. Y no quiero que se interprete que la extinción no es necesaria: afirmo que es completamente necesaria. Tampoco debe olvidarse la gran labor de los bomberos, con su trabajo extenuante y a veces mortal.
Y aquí quiero destacar un caso especialmente sangrante: los potentes incendios forestales de finales de julio de 2026 en la Comunidad de Madrid, un caso de imperdonable descuido y de corrupción de la presidenta de Madrid, Isabel Díaz Ayuso. A raíz de estos incendios y de la reclamación de los bomberos madrileños, el Tribunal Superior de Justicia ha dictado sentencia firme por la que condena al gobierno de Ayuso por 37,8 millones de euros que deberían haberse destinado a mejorar el servicio de bomberos.
Y pese a todo, inexplicablemente, Ayuso sigue aumentando su número de votantes. Esto es una auténtica distopía.
Esto es, además, una razón más para fijarnos en las causas del incendio y no en sus desastrosos efectos. Con acciones a largo plazo es posible evitar tener que llegar a esa solución desesperada de último momento.
Con políticas de prevención a largo plazo podemos evitar los incendios y, con ello, ahorrar gastos económicos, sacrificios intensos, vidas humanas, animales, vegetales y suelos vivos.
En una palabra: es más económico y más efectivo prevenir que curar.
Pero, además, la prevención a largo plazo es en este caso, sobre todo, una forma de evitar el problema.
Lo importante es que con medidas preventivas podemos evitar tener que llegar a la extinción, o al menos reducirla al mínimo; y eso es posible si tratamos el incendio como una consecuencia del ataque humano al medio ambiente.
Evitar los incendios, o al menos reducirlos significativamente, solo llegará con medidas largoplacistas, como un cambio radical y global del modo de vida de las personas. Habría que conseguir, por parte de todos, todos, una vida mucho más austera en la que no se consuma una sola cosa que no sea justificadamente necesaria. Es decir, habrá que pasar del consumismo-productivismo innecesario a la producción-consumo necesario.
El productivismo-consumismo contamina, crea efecto invernadero y calentamiento global, que como consecuencia provoca y alientalos incendios forestales. Solo teniendo en cuenta la causa básica, que es la producción artificial del Cambio Climático, conseguiremos frenar este lento suicidio creado por el productivismo-consumismo y por el usar y tirar. Cuanto más siga aumentando el consumismo-productivismo, más aumentarán la intensidad y la extensión de los incendios.
Practiquemos la biomimética (o biomímesis): imitemos la sabia economía de los ecosistemas naturales, en los que sí existe consumo de nutrientes del suelo, de agua de lluvia y de energía solar, pero no existe ni un miligramo de consumismo. Un ecosistema natural es un ejemplo perfecto de funcionamiento de la economía.
Pero cuidado: hay nefastas interpretaciones de la biomimética, con resultados altamente destructivos. Podemos poner como ejemplo ese bombardero supersónico que, gracias a haber sido diseñado “biomiméticamente” con un perfil muy similar al del halcón, puede volar y matar más rápido; o esos monstruosos rascacielos de contaminante hormigón armado con forma de alguna planta[1].
Y dejemos de crear montes sin Ordenación de Montes y con especies resinosas de crecimiento rápido, según manda el sagrado cortoplacismo crematístico, porque con ello estamos provocando a priori los incendios forestales. Nada de repoblación monoespecífica:empecemos sistemáticamente con la restauración de ecosistemas forestales y se producirán menos incendios. Salvemos a la Pachamama, la biosfera, en la que se incluyen los suelos, los vegetales, los animales y, dentro de ellos, las personas. Todos, todos, con derecho a la vida.
¡No a la destrucción y la muerte! ¡Sí a la conservación y la restauración de la vida!
Conclusión
El problema de los incendios forestales no se solucionará con acciones cortoplacistas ni con la extinción de incendios, pues por muy potentes y eficientes que sean estas labores, cada año seguirá aumentando el calentamiento global y, en consecuencia, la potencia y la extensión de los incendios forestales.
Tengo la duda de si todo el esquema descrito forma parte únicamente de una quimera o si puede llegar a ser una utopía que nos salve de la ya iniciada distopía.
En resumen: todo lo expuesto se puede concretar en un paso desde la quimera a la utopía.
Nota:
[1] Por ejemplo, esos diseños de edificios inspirados en la filotaxis de las plantas.
Julio García Camarero es doctor en Geografía por la Universidad de Valencia, ingeniero técnico forestal por la Universidad Politécnica de Madrid, exfuncionario del Departamento de Ecología del Instituto Valenciano de Investigaciones Agrarias y miembro fundador de la primera asociación ecologista de Valencia, AVIAT.
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