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Memoria de marisabidillas, frívolas y peligrosas

Fuentes: La Marea

Se cumple el centenario del Lyceum Club de Madrid, un espacio que llegó a aglutinar a medio millar de socias. El libro de Rocío González Naranjo intenta escapar de la esclerotización de la memoria hacia la que resbalan a veces las conmemoraciones para presentarnos a unos personajes vivos, contradictorios y difíciles de encasillar.

Imagina a un grupo de mujeres en un tiempo convulso y lleno de cambios, de inquietudes. Quieren juntarse y hacer cosas: aprender en común, pensar políticamente, transformar la realidad en lo que esté al alcance de la mano. Conocerse, también, y disfrutar. Se les ocurre que para eso les hace falta un espacio y un poco de organización. Se ponen a ello. Lo sacan adelante. Podría estar hablando del pasado domingo, pero estoy hablando de 1926.

Las socias del Lyceum Club de Madrid posan en la biblioteca de su local para un reportaje aparecido en la revista Estampa, en 1928. Zapata / Biblioteca Nacional

Es posible que a lo largo de este año hayas oído hablar del Lyceum Club de Madrid: una institución pionera en la historia del asociacionismo de mujeres en España. En su centenario, el Ministerio de Cultura ha impulsado una celebración oficial con un programa de actividades destinado a recuperar la mucha memoria aún desconocida de este espacio que llegó a aglutinar a medio millar de socias. 

En esa misma línea se inscribe Marisabidillas, frívolas y peligrosas. El Lyceum Club Femenino de Madrid (1926-1936), un trabajo de Rocío González Naranjo recientemente publicado por Hoja de Lata. Fruto de una larga y exhaustiva investigación, fundamentalmente de archivo, de cuyos detalles dan cuenta casi cien páginas de anexos, el libro es un acervo de información que contribuye también, sobre todo, a sistematizarla, ordenarla y ponerla en diálogo con el presente. 

En el prólogo, la autora celebra y agradece la estela de investigaciones que ha ido permitiendo entender el alcance real de una iniciativa que durante mucho tiempo se presentó apenas como un espacio en el que mujeres burguesas ociosas se juntaban a tomar el té, y alumbrar distintos aspectos de su dimensión política. En particular, González Naranjo reconoce como predecesora la obra de Tània Balló, que es además la comisaria del centenario; y que consiguió que su categoría de Las Sinsombrero –acuñada en un libro y un documental– acercase al gran público a las mujeres de la Generación del 27 y las hiciese «sexis» para una lectura contemporánea. 

Marisabidillas
Editorial HOJA DE LATA

Así también esta obra intenta escapar de la esclerotización de la memoria hacia la que resbalan a veces las conmemoraciones para presentarnos a unos personajes vivos, contradictorios y difíciles de encasillar.

Tres años antes de que Virginia Woolf publicara su ensayo sobre la habitación propia, estas mujeres estaban intentando hacerse con una… pero en colectivo. En la llamada Casa de las Siete Chimeneas –que, curiosamente, forma parte hoy del edificio que alberga el Ministerio de Cultura– construyeron un espacio de reunión al que los hombres no podían pasar más allá de la sala de té. Allí desarrollaron una frenética actividad: casi 600 eventos en una década de vida. Cultura, arte, cursos, fiestas… en un espacio también de ocio y de encuentro, como se aprecia en las fotos incluidas en el libro, en las que casi parece a veces que se ven flotar en el aire las risas y las conversaciones.

Pero, sobre todo, el Lyceum Club quiso, en palabras de María Terea León, «adelantar el reloj de España». Fue un lugar de pensamiento y de organización para la acción. En principio, a través del trabajo social, con iniciativas como una casa de acogida para niñas y niños, una biblioteca en braille, u otras en favor de la salud pública o del bienestar animal. Pero también a través de luchas que la autora no duda en calificar de feministas, como su posición en contra de la violencia machista («uxoricidio», en términos de la época).

Aunque en un principio las fundadoras buscaron principalmente como socias a «mujeres casadas, honorables y solventes»,  para mantener una imagen respetable y evitar los ataques, la investigación muestra una apertura discreta a la libertad sexual y de costumbres. Las socias eran disidentes sobre todo en términos de resistencia a una normatividad que esperaba de ellas que fueran esposas y madres. Lesbianas y bisexuales –públicas o no–, solteronas, divorciadas antes de que el divorcio fuera legal –«decidieron ser libres antes de tiempo»–, madres solas… El club proporcionaba también una red segura que permitía a las mujeres construir un espacio mayor de libertad en sus propias vidas.

Una anécdota a modo de guinda para el diálogo entre tiempos:  en febrero de 1931, «el dueño del local de Infantas desahució a las socias (…) Quería expandir su negocio y comenzó a hacerles la vida imposible para que se fueran».  Es así como de su primera, histórica sede, tuvieron que mudarse a otra, en la calle San Marcos. Una nota de esperanza para estos tiempos de gentrificación: el Lyceum Club siguió su actividad casi exactamente igual en su nueva casa. Las habitaciones propias no dependen exactamente del lugar en sí. 

Más allá del protagonismo de sus integrantes más célebres –como las políticas y abogadas Clara Campoamor y Victoria Kent, Zenobia Camprubí, las escritoras Concha Méndez o Elena Fortún, la pedagoga María de Maeztu o la activista María de la O Lejárraga–, Marisabidillas, frívolas y peligrosas pone el foco sobre otras figuras. Esto permite conocer a algunos personajes extraordinarios: hay, por ejemplo, una página deliciosa en la que se enumera una relación de socias a las que une haber sido, cada cual, pionera en su disciplina. Las primeras en hacer algo, desde la oceanografía hasta la ópera. 

Su investigación rastrea sobre todo los vínculos, en un recordatorio de que una siempre llega a los sitios por las demás, con las demás: quién conoce a quién en casa de quién; qué se piensa al hilo de qué acto montado para qué. Cómo se organizan las secciones, las juntas directivas. Cuál es, al cabo, la logística y el mapa afectivo de lo que se consigue hacer.

Pero, sobre todo, esta panorámica de personajes le permite a González Naranjo insistir en la heterogeneidad del grupo. Las socias del Lyceum Club eran diversas en edad, ideología, fe religiosa (o no)… No así en términos de procedencia económica: eran mujeres de clases acomodadas, aunque la investigación destaca que sí eran mayoría las que se mantenían de manera autónoma con su profesión. 

Aunque no elude las escisiones internas –y sobre todo el efecto que tendrían a partir de los años previos a la guerra, cuando muchas de estas mujeres intensificaron su actividad política–, el foco de González Naranjo está en lo que estas mujeres lograron hacer juntas. Frente a la tentación habitual de arrimar la memoria a algún árbol del presente, Marisabidillas, frívolas y peligrosas pone de relieve precisamente el interés de que mujeres muy distintas entre sí fueran capaces de trabajar juntas durante una década por lo que sí tenían en común. 

Alumbrando, así, la pista de una memoria de encuentro que puede tener sentido recobrar como tal un siglo más tarde, a pesar de la dispersión causada por la represión, muerte y exilio de muchas de las socias, y la asimilación en el régimen franquista de muchas otras. La de un empeño compartido que, durante un rato, puso por delante de cualquier otra cosa la voluntad de avanzar en un camino de emancipación.

Fuente: https://www.lamarea.com/2026/08/08/marisabidillas-lyceum/