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Entrevista a Guadi Calvo, autor, periodista y analista internacional argentino

«En Burkina Faso, gracias al breve interregno de Sankara, se estableció una fuerte conciencia social»

Fuentes: Rebelión

“En África, desde hace unos pocos años se ha comenzado a librar una guerra geoestratégica y por el acceso a sus recursos naturales, de la que ni las potencias occidentales, incluidas en este caso Ucrania e Israel, ni Rusia, China e incluso Irán, están fuera del juego”

Guadi Calvo es un destacado autor, periodista y analista internacional argentino, reconocido por su profundo trabajo en el estudio de conflictos y dinámicas sociopolíticas en regiones frecuentemente marginadas por los grandes medios. Su labor se centra en África, Oriente Medio y Asia Central, áreas en las que aporta una mirada crítica y documentada, combinando el rigor periodístico con un compromiso por visibilizar realidades complejas y a menudo silenciadas.

Con una amplia trayectoria en el análisis geopolítico, Calvo ha colaborado de manera destacada con la Agencia Latinoamericana de Información (ALAI), plataforma que promueve el acceso a la información desde una perspectiva crítica y al servicio de los derechos humanos. Además, su trabajo ha sido difundido en numerosos medios alternativos y comunitarios, tanto de América Latina como a nivel global, consolidándose como una voz de referencia para entender las tensiones globales desde el Sur.

El enfoque de Guadi trasciende la mera descripción de eventos: aborda las raíces históricas, económicas y culturales de los conflictos, con especial atención a los efectos del colonialismo, la injerencia externa y las luchas por la autodeterminación de los pueblos. Esta perspectiva lo ha llevado a cubrir temas como las guerras en el Sahel, las resistencias en Oriente Medio, las dinámicas de poder en Asia Central tras la retirada de Estados Unidos de Afganistán, y el papel de potencias emergentes como China y Rusia en estos escenarios.

Calvo también se ha destacado por su compromiso con el periodismo independiente, defendiendo el acceso a la información como herramienta de transformación social. Su obra, difundida en artículos, ensayos y análisis multimedia, contribuye a desmontar narrativas hegemónicas y a amplificar las voces de comunidades afectadas por conflictos y desigualdades estructurales.

Más allá de su labor informativa, Calvo participa activamente en debates, promoviendo una mirada decolonial en el análisis internacional. Su trabajo refleja una convicción: entender el mundo requiere escuchar a quienes habitan sus fronteras más olvidadas. Por eso sigue siendo hoy un referente indispensable para quienes buscamos comprender las complejidades globales desde una óptica crítica, ética y profundamente humana. Guadi ha contestado todas nuestras preguntas. Todas sus respuestas son para ser compartidas con todos vosotros.

– Wilkins Román Samot (WRS, en adelante) – Guadi, tras las primaveras árabes, Burkina Faso vivió en 2011 una ola de motines y protestas que hirieron de muerte al régimen de Blaise Compaoré. ¿Cómo influyó ese clima regional en el despertar de la sociedad civil burkinesa frente a una autocracia de casi tres décadas?

– Guadi Calvo (GC, en adelante): No creo que pueda considerarse a la Primavera Árabe como un factor determinante para el inicio del proceso que iba a terminar con el régimen de Blaise Compaoré, quien gobernaba el país desde 1987, tal como sucedió en otros países del Magreb. El fuerte control que la dictadura mantenía sobre la población, gracias a una amplia red establecida por la inteligencia entrenada por Francia, consiguió ejercer por décadas un acuciante control social y político, por lo que cualquier variación en el humor de la población hubiera hecho saltar de inmediato los “relojes”. Sí creo que la Primavera Árabe fue leída con atención por sectores internos del gobierno y el establishment, que consideraron que la hora de asaltar el poder había llegado y conseguir un efecto de gatopardismo donde solo cambiaban nombres para que todo siguiera igual.

– WRS – En 2014, la «insurrección popular» logró lo que parecía imposible: la huida de Compaoré tras su intento de perpetuarse en el poder. ¿Podemos considerar este evento como el éxito democrático más puro, aunque tardío, de las primaveras árabes en el África subsahariana?

– GC – No hay que olvidar que en Burkina Faso, gracias al breve interregno de Thomas Sankara, se había establecido, como en pocos países africanos, una fuerte conciencia de organización social y gremial, de la que los estudiantes no estaban ausentes; de hecho, en las primeras movilizaciones en febrero de 2011 murieron varios estudiantes en momentos en que estaban siendo “custodiados” por la policía. El intento desesperado de modificar la constitución fue el punto de quiebre para que se iniciase el proceso que terminaría con el Gobierno de Campore, por lo que podríamos afirmar que la revuelta burkinesa respondió exclusivamente a contingencias internas que no alcanzaron a barrer con todo el establishment que siguió jugando a cambiar todo para que nadie cambie.

– WRS – La llegada al poder de Roch Marc Christian Kaboré en 2015 generó grandes esperanzas, pero su mandato se vio asfixiado por la expansión yihadista desde Malí. ¿Por qué el Estado burkinés fue tan vulnerable a la infiltración de grupos vinculados a Al-Qaeda y el Estado Islámico?

– GC – La llegada de Kaboré en 2015 coincidió con el comienzo de la gran expansión del terrorismo en el Sahel, fenómeno que está íntimamente ligado la caída del coronel Gadafi en Libia, que desde siempre había sido un factor de contención a estas expresiones extremas. Las que apenas fueron surgiendo fueron captadas o, cuando no, directamente organizadas y financiadas por la CIA. En este contexto, Burkina Faso no estaba preparada para contener esa expansión que comenzó a llegar desde Malí, que desde 2012, dada su inestabilidad política, todo el norte de ese país se había convertido en un reservorio del terrorismo. La llegada de Christian Kaboré, del que en un primer momento se sospechó que tenía acuerdos secretos con los muyahidines, pero enseguida aquello se demostró que no era tan así y desde entonces las khatibas de al-Qaeda y del Daesh comenzaron a extenderse por el norte del país, fenómeno que provocó el desplazamiento de cerca de dos millones de personas y el abandono de decenas de aldeas. Uagadugú carecía de recursos militares para el control de su territorio, por lo que literalmente abandonó muchas de las regiones más comprometidas a su suerte, principalmente las áreas fronterizas con Mali y Níger.

A esto se le suma la fractura del ejército burkinés, muy dañado por las luchas internas previas y posteriores al golpe contra Blaise Compaoré.

– WRS – Ante la incapacidad del Gobierno civil para frenar las masacres de soldados y civiles, el teniente coronel Damiba tomó el poder en enero de 2022. ¿Fue este golpe una consecuencia inevitable de la degradación de la seguridad o una ambición latente del estamento militar?

– GC – El golpe del teniente coronel Sandaogo Damiba, de enero de 2022, está directamente vinculado al fracaso de la estrategia de la guerra contra el terrorismo que desde el 2014 se libraba sin orden ni estrategia e incluso se llegó a considerar, tal como pasó en Mali un año antes, que los propios jefes del ejército burkinés vendían información y armamento a los terroristas. Lo que hacía imposible contener la invasión terrorista.

Las constantes derrotas y el elevado número de bajas del ejército regular eran la prueba palpable del desastre al que conducía la dirección de la guerra. Como ya dije, por las mismas razones un año antes se había producido en Mali un golpe, dentro del golpe del 2020, y también esas mismas razones condujeron al golpe de 2023 en Níger. Lo mismo sucedería al año siguiente. Para profundizar los planes del golpe que llevó al coronel Sandaogo Damiba al poder, una nueva asonada de jóvenes oficiales reinstalaría apenas ocho meses después al ejército de Burkina Faso en la senda trazada por el capitán Thomas Sankara.

– WRS – Solo ocho meses después, el capitán Ibrahim Traoré lideró un segundo golpe de Estado desplazando a Damiba. ¿Qué representa la figura de Traoré y su discurso soberanista para la juventud burkinesa y para el resto de la región del Sahel?

– GC – El capitán Ibrahim Traoré fue el emergente de última instancia en medio de un peligroso proceso en que la propia existencia de Burkina Faso como nación tenía serias posibilidades de disolución. Con gran parte de su territorio bajo el control del terrorismo wahabita y el resto convertido en un maremágnum de operaciones políticas y amenazas de golpes militares, se dirigía quizás a un proceso de balcanización, mientras que Francia, como exmetrópoli y de hecho un poder tras las sombras y no tanto, sin poder hacer pie. Quedó lugar para el surgimiento de un grupo de militares nacionalistas encabezados por Traoré, cuya figura y su discurso anticolonialista se catapultaron ya no solo a nivel nacional, sino continental, lo que de hecho lo convirtió en líder de la Alianza de Estados del Sahel (Burkina Faso, Mali y Níger) y un ejemplo a seguir para las juventudes del continente.

– WRS – Bajo el mando de Traoré, Burkina Faso ha roto drásticamente con Francia, exigiendo la retirada de sus tropas. ¿Cómo redefine este giro «neopanafricanista» el equilibrio de poder en una zona tradicionalmente bajo la influencia del Elíseo?

– GC – Sin duda el violento giro de la junta militar encabezada por Traoré lo hizo sobre un terreno ya desbrozado por el proceso que se había iniciado en Mali, la junta militar encabezada por el entonces coronel Assimi Goïta, quien junto a varios de sus camaradas había perfeccionado sus estudios en academias militares de Moscú, de donde trajo una visión fuertemente anticolonialista que alcanzó para impregnar a Traoré y sus compañeros. Sin dudas son las características personales del capitán Traoré, que además de sus compañeros ha hecho que lo sigan los coroneles malíes y también los generales nigerinos, quien aspira a reeditar el proyecto panafricanista tan anhelado por Nasser, Gadafi, Sankara y tanto otros líderes del continente, que como tantas veces es rechazado por las elites africanas y Occidente, por lo que hay que leer en ese registro el gigantesco apoyo que las monarquías del Golfo, articulado por Estados Unidos, Francia, Reino Unido, están dando al Grupo de Apoyo al Islām y los Musulmanes (al-Qaeda) y a Estado Islámico para el gran Sahara (Daesh)

– WRS – Paralelamente a la salida de Francia, hemos visto un acercamiento acelerado hacia Rusia y el despliegue de instructores militares rusos. ¿Qué busca realmente el Kremlin en Burkina Faso y qué precio está pagando el país por esta nueva alianza defensiva?

– GC – En estos contextos, nadie hace nada simplemente por solidaridad, empatía o afinidad ideológica. En África, desde hace unos pocos años se ha comenzado a librar una guerra geoestratégica y por el acceso a sus recursos naturales de la que ni las potencias occidentales, incluidas en este caso Ucrania e Israel, ni Rusia, China e incluso Irán, están fuera del juego. Respecto estrictamente a la presencia rusa en Burkina Faso, al igual que en al menos una media docena de naciones más en el plano militar del continente, hay que contemplarlo como una nueva versión de la Guerra Fría, que creo que en los próximos años se librará casi exclusivamente en ese continente.

– WRS – La creación de la Alianza de Estados del Sahel (AES) junto a Malí y Níger, y su salida de la CEDEAO, marcan un cisma geopolítico. ¿Estamos ante el nacimiento de un nuevo bloque regional que da definitivamente la espalda a las democracias liberales occidentales?

– GC – Sin duda es así. Como te decía en la anterior pregunta, son dos bloques que representan, con alguna sutil diferencia, los bloques de la vieja y ahora reeditada Guerra Fría. Los AES representan el alineamiento anticolonial, mientras que la Comunidad Económica de los Estados de África Occidental (CEDEAO) son las fuerzas prooccidentales. Recordemos que, tras el golpe anticolonial de Níger en 2023, la CEDEAO, encabezada por Nigeria y Costa de Marfil, estuvo al borde de invadir Níger con la excusa de reponer al expresidente Mohamed Bazoum, un agente prooccidental.

– WRS – El Gobierno ha movilizado a miles de civiles a través de los «Voluntarios para la Defensa de la Patria» (VDP). ¿Qué riesgos conlleva para el tejido social la militarización de la sociedad civil en un contexto de denuncias por ejecuciones extrajudiciales?

– GC – Los riesgos son los de siempre: que se arme a civiles, más allá de la pericia o no de los futuros milicianos, los que en muchos casos mueren o provocan accidentes en los primeros enfrentamientos. En sociedades tan segmentadas por etnias, clanes y religiones como sucede mayoritariamente en los países africanos, existe la posibilidad de que ese armamento se utilice con otros destinos, que, en el caso de Burkina, es luchar contra el terrorismo, abriendo la posibilidad de ajustes de cuentas, venganzas y simplemente abuso de autoridad, e incluso que ese armamento termine en manos de los terroristas, lo que ha pasado en infinidad de oportunidades, por lo que es muy importante el reto a las autoridades de las VDP para contener a sus milicianos en los márgenes de las funciones asignadas. Aunque también es cierto que cuando se apela a semejante estrategia es porque la situación ya ha llegado a un punto extremadamente crítico.

– WRS – Con más de dos millones de desplazados internos y una guerra de desgaste que no parece tener fin, ¿existe alguna salida política viable para Burkina Faso o el país está atrapado en una lógica de guerra total permanente?

– GC – En todos los escenarios en que se libra esta nueva Guerra Fría, que va de Ucrania a la guerra civil de Myanmar pasando por Medio Oriente y África, no veo que se pueda desescalar ninguna de manera diplomática, mucho menos en conflictos tan fuera de todo control como los del Sahel, que incluye obviamente a Burkina Faso. No veo a nadie sentarse a negociar con sinceridad. Los intereses de terceros que no participan directamente en los conflictos, más allá de los aportes de materiales militares, inteligencia y cierta representatividad o apoyo diplomático. ¿Cuántas sillas habría que poner en una mesa donde se discuta el fin de la guerra civil de Sudán? ¿Quiénes podrán sentarse a negociar un fin del conflicto en Burkina Faso? Que, si bien de hecho participan las dos grandes entidades terroristas, al-Qaeda y el Daesh, sabemos que ambas están conformadas por numerosas milicias que cada una en definitiva lucha por sus propios intereses, donde la religión o la ideología son secundarias, por lo que en ninguna mesa de negociación podrían caber todos.

Una última reflexión: los talibanes vencieron en una guerra que les llevó nada menos que 20 años, llegaron al poder en 2021 como una unidad sin fisuras, o al menos eso era lo que vendían para afuera; ahora, desde hace tres años, estamos presenciando que aquella unidad ha comenzado a desgajarse, Y me animaría a decir que no falta mucho para que una nueva guerra civil estalle en Afganistán. Y si revisamos cada uno de estos conflictos irresolubles, más encontraremos un mismo origen: el desastre que ha significado para estos pueblos el colonialismo.

Wilkins Román Samot, Doctor de la Universidad de Salamanca, donde realizó estudios avanzados en Antropología Social y Derecho Constitucional.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.