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China en África: entre la cooperación y el neocolonialismo

Fuentes: Revista Pueblos

Las discusiones sobre la presencia de China en África subsahariana por lo general se inscriben en dos corrientes: una que considera que se trata de una indiscutible forma de neocolonialismo y otra que reafirma que el gigante asiático ha reorientado y reforzado la relación Sur-Sur, basada en la solidaridad de acuerdo con la filosofía del […]

Las discusiones sobre la presencia de China en África subsahariana por lo general se inscriben en dos corrientes: una que considera que se trata de una indiscutible forma de neocolonialismo y otra que reafirma que el gigante asiático ha reorientado y reforzado la relación Sur-Sur, basada en la solidaridad de acuerdo con la filosofía del tricontinentalismo (África, Asia y Latinoamérica), que inspiró la Conferencia de Bandung en 1955.

En medio de esta diatriba, es un hecho que el resultado de la apuesta total de China por la globalización económica, desde 1978, fundamentada en un sistema mercantil socialista y que le ha traído como resultado un crecimiento del 10 por ciento sostenido en 30 años y del 11 por ciento tan sólo en 2007, ha generado la desconfianza y paranoia de Occidente, pese a que China aceptó seguir las reglas del comercio internacional tras su ingreso en la Organización Mundial de Comercio (OMC) en diciembre de 2001. Esta decisión, según el profesor Sami Naïr, habla de la agresividad y competitividad de China al aplicar el modelo ultraliberal y poner su sistema político totalitario al servicio de un salvajismo económico.

La preocupación y escepticismo de las potencias dominantes viene dada porque «China se convierte cada vez más en una potencia regional rival al polo Japón-Estados Unidos» [1] . Es decir, «China se encuentra a punto de adelantar a Alemania para convertirse en la tercera potencia económica mundial y se prevé que sobrepasará a Estados Unidos para convertirse en la mayor economía del mundo para 2030» [2].

Y es que parte de la preocupación por el crecimiento de China y su impacto a nivel global está en que el sistema económico mundial se fundamenta en el dólar, que depende del Tesoro norteamericano, que a su vez depende de los bonos de ahorro chino, por lo tanto EE UU no puede rechazar estos capitales procedentes de Asia.

Respecto al Viejo Continente, la Unión Europea (UE) ha variado su estrategia para abordar los asuntos económicos y comerciales con África, tras el avance chino, consolidando las «asociaciones» a través de una política de «igual-igual». Esto le permite asegurar un mercado que le garantiza el 85 por ciento de las exportaciones en rubros como frutas y hortalizas.

La estrategia para conquistar mercados

La estrategia pragmática y gradual de China se fundamenta en la aceptación de la globalización económica, el rechazo de la globalización política y la adopción selectiva y estratégica de la globalización jurídica para atraer a las inversiones capitalistas y proceder a la conquista de los mercados meridionales, como África, con el objetivo de satisfacer su excesiva demanda interna y asegurar su mercado. Para ello, China refuerza su política exterior y comercial con una estrategia indirecta que evita la confrontación, no la competencia, con EE UU y Europa Occidental, al contrario de Washington, que sigue fundamentando su concepción de las relaciones internacionales en las fuerzas militares, alianzas y la desconfianza hacia los organismos multilaterales, en particular hacia la ONU.

Por su parte, África tras perder su interés geopolítico con el fin de la Guerra Fría, recupera la atención internacional tras los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, no sólo por la amenaza que constituye su pauperización para el mundo desarrollado [3] , sino por su potencialidad en materias primas que necesitan las grandes potencias, y que dan al continente una nueva renta geopolítica y geoestratégica.

África tiene el 30 por ciento de reservas minerales mundiales, el 97 por ciento de reservas de cromo, el 80 de coltán, el 50 de cobalto, el 57,5 de oro, el 20 de hierro y de cobre, el 23 de uranio y de fosfatos, el 32,2 de manganeso, el 41 de vanadio, el 49 de platino, el 66 de diamantes, el 17,5 de bauxita y de zinc y el 14 por ciento de petróleo, materia prima estratégica.

China fortalece su presencia en África

Para analizar las relaciones entre ambos actores es necesario tomar en cuenta que el interés de China por África se remonta, con sus altibajos, hacia la dinastía Ming y tan sólo en el siglo XX tuvo otros momentos importantes durante la descolonización, en el contexto que supuso la Guerra Fría, y su influencia en el avance de algunos movimientos nacionalistas como la UNITA de Angola.

Lo que realmente cambió para que China intensificara su plan de conquista de África fue el olvido del continente por parte de Occidente, situación que fue aprovechada por Pekín que, a su vez, necesitaba suplir su necesidad energética y ampliar su influencia comercial. El Foro de Cooperación ChinaÁfrica, fundado en el 2000 con reuniones cada tres años, y el Libro Blanco publicado en enero de 2006, delinean las bases de acción de las nuevas relaciones entre China y África concebidas, en teoría, como una asociación estratégica que busca el beneficio mutuo.

Es allí donde la política externa de Pekín retoma la retórica tercermundista de los años 70 e insiste en los principios de no injerencia en los asuntos internos y de respeto a la soberanía de cada Estado, la no separación de poderes, la igualdad entre los ciudadanos y la mejora del mecanismo macroeconómico a través de la descentralización. Más allá de las buenas intenciones del gigante asiático, Ramón Tamales puntualiza que África tiene las materias primas que China requiere: «crudo de Angola, cobre de Zambia, maderas tropicales del Congo, hierro y oro de Sudáfrica y platino de Zimbabwe (…). Sería temerario no tener en cuenta la presencia china en África como segundo mayor consumidor mundial de energía, y que importa algo más del 25 por ciento del petróleo y del gas que necesita del África subsahariana» [4] ,desplazando a las grandes compañías estadounidenses instaladas en la región. Para conseguir sus objetivos en África, China se propuso lo siguiente:

• La creación de un comité conjunto de acción continua de las relaciones bilaterales China-África.

• La promesa en 2005 de conceder a los países africanos créditos preferenciales, muchos de ellos a ser pagados a partir de 2009.

• La promoción de la inversión de las grandes empresas chinas en África. Según Javier Santiso: «a principios de 2006, la petrolera estatal China National Offshore Oil Corporation (CNOOC) anunció la compra, por cerca de 2.300 millones de dólares, del 45 por ciento de un pozo en Nigeria, tras superar una segunda oferta de India.

• Asesoría y apoyo a las compañías comerciales y económicas chinoafricanas.

• Cooperación con países africanos en el área de recursos humanos.

• Fuertes inversiones en el sector hotelero y la agroindustria.

• Construcción de infraestructuras (carreteras, hospitales, escuelas, puertos, etc.). Se prevé una inversión de 14.000 millones de euros en apenas tres años.

• La condonación de las deudas de algunos de los países africanos más empobrecidos. Tan sólo para el año 2007, había cancelado 970 millones de euros en deuda africana y prevé cancelar 700 millones más.

• La donación de 5 millones de euros a la OMS para crear planes para combatir emergencias sanitarias.

• Bajas o nulas tasas de interés para los préstamos e inversiones.

• Visitas constantes y acercamiento directo de las autoridades chinas con las africanas.

• La desvinculación de los asuntos políticos de los intereses económicos con una sola condición: a Pekín le interesa que los Estados africanos no reconozcan a Taiwán.

• Apertura de centros culturales «Confucio» en varios países africanos, para la difusión de la lengua y cultura chinas.

• La indiferencia ante el matiz autoritario de algunos regímenes africanos donde Occidente no participa debido a diferencias y presiones políticas. El caso de Zimbabwe resulta emblemático porque ante la resistencia de una parte de la comunidad internacional por las políticas del Gobierno de Robert Mugabe, China ha llevado a cabo millonarias transacciones, incluyendo la construcción de un palacio para el cuestionado gobernante africano. Otro caso significativo es el apoyo diplomático que China otorga a Sudán a cambio de una amplia participación en sus campos petroleros y otras empresas.

Los resultados saltan a la vista: para otoño de 2006, China pasó a ser el tercer socio comercial en África detrás de EE UU y Francia.

Balance y oportunidad

Para Gill y Huang [5] el éxito de China en África es palpable en la medida en que el país asiático ha honrado los compromisos asumidos con el continente en la cumbre de 2006, lo que le ha permitido desarrollar a sus anchas su interés estratégico, comercial y económico en la región. Sin embargo, esta presencia en África tiene una lectura positiva y otra negativa. La política de China obvia lo relativo a la defensa y promoción de los Derechos Humanos y muestra de ello es el veto chino a todas las iniciativas y sanciones internacionales contra Sudán por los crímenes en Darfur. Desafía las políticas internacionales contra la corrupción al proporcionar ayuda incondicional a países con administraciones cuestionadas como Angola, descuida las normas medioambientales al satisfacer su amplia demanda de marfil y madera, vende armas a los distintos actores internos en conflicto, asfixia la producción local, copa el mercado laboral con sus empleados, no contribuye a la diversificación de la economía africana, su ayuda no siempre es hacia las regiones menos favorecidas, incrementará la deuda africana y está en duda saber exactamente en qué se basa la solidaridad, si en lo comercial o lo humano.

Sin embargo, los resultados de la presencia de China en el continente, por el momento, son satisfactorios para los africanos, que para 2007 alcanzaron un crecimiento del siete por ciento (imposible sin la ayuda de China). Cuentan con nuevas y modernas infraestructuras (hospitales, escuelas, puertos, aeropuertos, ferrocarriles etc.), acceso a la tecnología, asistencia técnica, inversiones, préstamos a bajo o nulo interés, condonación de deuda, posibilidades de remontar la pobreza y mejorar condiciones de vida, aumento de precios en los mercados internacionales de sus materias primas, intercambio académico y participación en operaciones de mantenimiento de paz.

De acuerdo con Yves Lacoste, China en África está compitiendo con las multinacionales occidentales dando a su población la oportunidad de elegir [6],privilegio que África no tenía en su relación con Occidente, ya que los PAE fueron impuestos como una receta única que lejos de fomentar el desarrollo en el continente produjo resultados como el debilitamiento del Estado, la desindustrialización, la dependencia, el exacerbo de los conflictos internos, la privatización de los servicios y la disminución de la esperanza de vida.

Aunque África se nutre de esta nueva relación económica y comercial con el gigante asiático, mantiene latentes las consecuencias derivadas de los problemas estructurales que han azotado al continente a lo largo de su historia. AChina, por su parte, se le critica por tener una doble moral en la cual la relación ganar-ganar sólo atiende a la necesidad de satisfacer su demanda de materias primas y ampliar su mercado.

En teoría, la relación China-África busca ser beneficiosa para las partes y eso ubica este intercambio en el marco de la cooperación Sur-Sur. Sin embargo, el interés de Pekín sobre el continente no dista de los intereses que por siglos ha tenido Occidente en la región. Además, la cooperación, por lo general, no es vista como un mecanismo de dominación política aunque lleve implícitos todos sus elementos.

La diferencia está en la forma de valerse del codiciado continente negro. China no tiene un pasado colonizador, lo que le permite fomentar un discurso basado en la igualdad y la reciprocidad sin inmiscuirse en la realidad africana y obteniendo el máximo de beneficios. Es esta diferencia la que descontextualiza la relación China-África de la cooperación Sur-Sur y la ubica en el terreno del neocolonialismo. Por el momento, las partes sólo son vistas como «nuevos socios» y será la propia dinámica de los hechos la que determinará hacia qué lado se inclina la balanza.

Iraxis Bello es licenciada en Comunicación Social, egresada de la Universidad Central de Venezuela, Master en Relaciones Internacionales y Comunicación (UCM), Master en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos UAM (en curso) y miembro del Grupo de Estudios Africanos (GEA) de la UAM. Este artículo ha sido publicado originalmente en el Especial de Verano «África Subsahariana», Julio de 2008.

Notas

[1] Hugon, P. (2006): «L’Afrique entre boom pétrolier et trappes à pauvreté et à conflits», en L’Année stratégique 2007, IRIS-Dalloz, París, p.381.

[2] Burke, C. (2008): «Lazos económicos emergentes entre China y África»; en África, la nueva frontera china, (coords. Guillermo Martínez y Christopher Burke), Casa África y Casa Asia, p.40.

[3] Brunel, S. (2004): L’Afrique. Un continent en réserve du développement, Bréal, Rosny-sous- Bois, p.207.

[4] Tamames, R. ( 2007): El siglo de China: De Mao a primera potencia mundial, Editorial Planeta, p.323.

[5] Gill, B y Huang, C. (2008): «Las relaciones de China con África, implicaciones para Europa», Vanguardia, número 26. Dossier África, Madrid, enero-marzo.

[6] Lacoste Y. (2007): «La Chine change I’ordre’ du monde», en Hérodote, n° 125, París, 2° trimestre, p.6.