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Descubriendo el socialismo y la juventud de China

Fuentes: Rebelión

Observar China hoy es enfrentarse a un país que avanza con una velocidad difícil de comprender desde fuera.

No se trata solo del crecimiento económico o de las grandes ciudades llenas de rascacielos de colores. Lo que más llama la atención en la vida cotidiana es la sensación de juventud, de actividad y de organización colectiva. En los trenes, en el metro, en las calles o en los parques, aparece una sociedad que combina tradición, modernidad, mucha modernidad y un fuerte sentido de lo público. Es en ese día a día donde percibimos los rasgos que identifican el socialismo chino, no como teoría política, sino como forma práctica de vivir.

Uno de los primeros lugares donde esa impresión se hace evidente es en los medios de transporte. Las estaciones de tren de alta velocidad parecen aeropuertos modernos, pero con un funcionamiento sorprendentemente ordenado. Miles de personas se mueven al mismo tiempo, las indicaciones se respetan y los empleados ayudan con una gran disposición. Lo llamativo no es solo la tecnología, sino la actitud general. La mayoría de los viajeros son jóvenes, estudiantes, trabajadores. Da la sensación de un país que está en plena etapa de construcción. En los trenes de alta velocidad, que conectan ciudades separadas por cientos de kilómetros en pocas horas, se percibe con claridad esa mezcla de modernidad y colectividad. Los vagones están francamente limpios, los pasajeros hablan en voz baja, muchos estudian o trabajan con el ordenador portátil.

El metro de las grandes ciudades, como Beijing o Shanghái, refuerza esa misma impresión. Las líneas son muchas, la frecuencia cada pocos minutos, las instalaciones muy amplias como estaciones de tren de alta velocidad y eficientes y, sobre todo, muy utilizadas. En las horas punta, los andenes están llenos, pero el movimiento sigue siendo fluido. Lo más llamativo es la cantidad de gente joven. Estudiantes con mochilas, trabajadores con uniforme, empleados de oficina, todos con el móvil en la mano. La sensación general es la de un país que se mueve hacia adelante, apoyado en una generación que ha crecido con la idea de que el progreso colectivo es parte de su vida cotidiana.

La sensación de juventud que se percibe en el metro y en otros medios de transporte en China puede estar relacionada, al menos en parte, con la temprana edad de jubilación. En el sistema actual y con una esperanza de vida que se acerca ya a la española, los hombres se jubilan a los 60 años, mientras que las mujeres lo hacen a los 50 (a los 55 si no son trabajadoras manuales). Esto hace que una parte importante de la población mayor no esté presente en los desplazamientos diarios hacia el trabajo, lo que contribuye a que los trenes, autobuses y metros estén ocupados sobre todo por estudiantes y trabajadores jóvenes. El resultado es una imagen muy dinámica, casi de un país en permanente movimiento, donde la mayoría de las personas que se ven viajando parecen estar en plena etapa activa de su vida, reforzando la impresión de una sociedad especialmente joven y en constante renovación.

Otro aspecto que sorprende es la amabilidad. No se trata de una amabilidad expresiva o ruidosa, sino más bien tranquila y práctica. Cuando preguntas, lo normal es que todo el mundo te intente ayudar, aunque no hablen tu mismo idioma. En las estaciones, los empleados acompañan a los viajeros hasta el lugar correcto si es necesario. Esa actitud no parece forzada, sino parte de una educación basada en el respeto al otro y en la idea de que cada persona forma parte de un conjunto mayor.

Como economista, llevo años escribiendo y estudiando sobre el socialismo chino y, en particular, sobre la evolución de la economía china. Mi trabajo habitual se mueve entre datos, modelos y debates sobre sistemas económicos, planificación y mercado. Sin embargo, en estos días estoy centrándome en descubrir un socialismo distinto, mucho menos abstracto y mucho más visible en la vida cotidiana. El que se desprende de la forma en que funciona el transporte público, en el uso de los espacios comunes, en la importancia que se da a la educación y en la actitud general de respeto hacia lo colectivo. Es un socialismo que se percibe en los detalles, en la organización diaria y en la sensación de que muchas personas asumen con naturalidad que el bienestar propio está ligado al de los demás.

El socialismo que estoy descubriendo estos días en China no consiste en encontrar consignas políticas en cada esquina, que no las hay, sino en la organización de la vida diaria. Está en la puntualidad de los trenes, en la limpieza de las estaciones y de todos los rincones de las ciudades, en el respeto entre las personas, en el cuidado de las calles y de los parques, en la importancia de la educación en el trato entre las personas y en la sensación de que millones de personas avanzan en la misma dirección. Como visitante del país, mi impresión más fuerte no es la ideología, sino la energía joven que se ve en todas partes.

Otro aspecto que llama poderosamente la atención en la vida cotidiana es la ausencia visible de mendicidad, de desempleo aparente o de personas desocupadas en las calles, al menos en las zonas urbanas por las que me estoy moviendo (en China hay un fuerte soporte social y no hay desempleo). No se percibe esa sensación de abandono que resulta habitual en muchas ciudades occidentales. Esto se aprecia también en los servicios públicos, donde el número de empleados resulta sorprendentemente alto para los ojos occidentales. En estaciones, parques, edificios públicos o medios de transporte hay personal orientando, limpiando, vigilando o ayudando, en funciones que en otros países se consideran innecesarias desde el punto de vista de la rentabilidad. Sin embargo, aquí parece primar la idea de servicio y de funcionamiento colectivo por encima del criterio estrictamente económico, mostrando que la utilidad social tiene más peso que el beneficio inmediato.

Otro rasgo que complementa al socialismo y refuerza la impresión de estar ante una sociedad orientada hacia el futuro es el grado de modernidad que se percibe en casi todos los aspectos de la vida cotidiana. Las ciudades aparecen llenas de rascacielos modernos y de diseño, avenidas amplias y barrios enteros construidos en muy pocos años, con una estética que muchas veces parece más cercana a la ciencia ficción que a la imagen tradicional que aún se tiene de China en Occidente. La población está profundamente adaptada a las nuevas tecnologías, y el teléfono móvil se utiliza para todo, para pagar, entrar al metro, pedir comida, enviar documentos o comunicarse con la administración. En los grandes establecimientos comerciales es posible pagar con efectivo, porque así lo indica la ley, pero en muchas tiendas pequeñas no aceptan efectivo, solo pago electrónico. Los sistemas de transporte, desde los trenes de alta velocidad hasta los metros urbanos, tienen un diseño moderno, muy amplio y funcional que transmite una clara idea de futuro. Todo esto da la sensación de un país que no solo se está desarrollando, sino que se imagina a sí mismo en los próximos años y actúa como si ese futuro ya estuviera en marcha, con una confianza colectiva en el progreso que resulta difícil de encontrar en las sociedades occidentales actuales.

Y esa juventud, visible en los transportes llenos o en las calles, transmite la idea de un país que todavía se está construyendo. En esa construcción he tratado de reconocer los rasgos de ese socialismo adaptado a la realidad china, un socialismo organizado, pragmático, moderno, centrado en el colectivo y sostenido por una población que, al menos en su vida cotidiana, parece confiar en el valor de avanzar juntos.

Pedro Barragán es economista y asesor de la Fundación Cátedra China. Autor del libro Por qué China está ganando.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.