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EE.UU. casi lanzó hace cincuenta años una bomba H sobre su propio territorio

El caso de la bomba termonuclear desaparecida

Fuentes: CounterPunch

Traducido del inglés para Rebelión por Germán Leyens

Las cosas se pierden. Así es la vida. Incluso en el Pentágono. En octubre pasado, el inspector general del Pentágono informó que los contadores de las fuerzas armadas habían traspapelado un destructor, varios tanques y transportes blindados de personal, cientos de ametralladoras, balas, lanzagranadas y algunos misiles tierra-aire. En total, desertó armamento por un valor de casi 8.000 millones de dólares.

Esas anomalías son bastante malas. Pero lo que es verdaderamente escalofriante es que el Pentágono haya perdido la pista de la madre de todas las armas, la bomba de hidrógeno. El arma termonuclear, concebida para incinerar Moscú, ha estado por ahí en algún sitio frente a la costa de Savannah, Georgia durante los últimos 40 años. La Fuerza Aérea hizo más por ocultar el incidente que por ubicar la bomba y asegurarla.

En la noche del 5 de febrero de 1058 un bombardero B-47 Stratojet que llevaba una bomba de hidrógeno en un vuelo nocturno de entrenamiento frente a la costa de Georgia chocó con una caza F-86 a 11.000 metros de altura. La colisión destruyó al caza, dañó gravemente un ala del bombardeo y desencajó parcialmente uno de sus motores. Instruyeron al piloto del bombardero, mayor Howard Richardson, para que se deshiciera de la bomba H antes de intentar un aterrizaje. Richardson lanzó la bomba a las aguas poco profundas de Wassaw Slough, cerca de la desembocadura del río Savannah, a unos pocos kilómetros de la ciudad Tybee Island, donde pensaba que la bomba sería recuperada rápidamente.

El Pentágono registró el incidente en un memorando de máximo secreto al presidente de la Comisión de Energía Atómica [AEC]. El memorando ha sido parcialmente desclasificado: «Un avión B-47 con un arma nuclear [palabra eliminada] a bordo fue dañado en una colisión con un avión F-86 cerca de Sylvania, Georgia, el 5 de febrero de 1958. El avión B-47 intentó aterrizar tres veces sin éxito con la bomba. El arma fue entonces descargada visualmente sobre la desembocadura del río Savannah. No se observó una detonación.»

Equipos de búsqueda y rescate fueron enviados rápidamente al lugar. Warsaw Sound fue misteriosamente acordonada por soldados de la Fuerza Aérea. Durante seis semanas, la Fuerza Aérea buscó sin éxito la bomba. Buzos submarinos buscaron en la profundidad, los soldados pisotearon las salinas cercanas, y un dirigible sobrevoló el área tratando de encontrar un agujero o un cráter en la playa o el pantano. Luego, sólo un mes después, la búsqueda fue abruptamente detenida. La Fuerza Aérea envió sus fuerzas a Florence, South Carolina, donde otra bomba H había sido accidentalmente arrojada por un B-47. Los 90 kilos de TNT estallaron en el impacto, dispersando desechos radioactivos por el área. La explosión causó considerables daños a la propiedad y varios heridos en tierra. Por suerte, la bomba nuclear propiamente tal no detonó.

Los equipos de búsqueda nunca volvieron a Tybee Island, y el asunto de la bomba H desaparecida fue discretamente encubierto. El fin de la búsqueda fue señalado en un memorando parcialmente desclasificado del Pentágono a la AEC, en el cual la Fuerza Aérea solicitó cortésmente una nueva bomba H para reemplazar la que había perdido. «La búsqueda de esa arma fue discontinuada el 16 de abril de 1958 y se considera que el arma ha sido irremediablemente perdida. Se solicita que un arma [frase eliminada] sea puesta a disposición del Departamento de Defensa para reemplazarla.»

Era un problema de envergadura, por cierto, y el Pentágono lo sabía. Sólo en los primeros tres meses de 1958, la Fuerza Aérea tuvo tres accidentes de importancia que tuvieron que ver con bombas H. (Desde 1945, EE.UU. ha perdido 11 armas nucleares.) La bomba de Tybee Island siguió siendo una amenaza, como reconoció la AEC en un memorando confidencial del 10 de junio de 1958 al Congreso: «Existe la posibilidad de descubrimiento accidental del arma no recuperada mediante dragado o construcción en el área de probable impacto… Se ha solicitado al Departamento de Defensa que monitoree todas las operaciones de dragado y de construcción.»

Pero los magos del Armagedón lo vieron menos como un problema de seguridad o medioambiental, que como un desastre potencial de relaciones públicas que podría volver a una población ya paranoica contra su ambicioso proyecto nuclear. El Pentágono y la AEC trataron de sofocar el interés de los medios por el asunto dosificando un bocado de candor y mucha desinformación. En una declaración conjunta a la prensa, el Departamento de Defensa y la AEC admitieron que radioactividad podría ser «esparcida» por la detonación de los altos explosivos en las bombas H. Pero la carta minimizó la posibilidad de que eso llegara a ocurrir: «La probabilidad de que un accidente en particular pueda involucrar a un arma nuclear es extremadamente limitada.»

En los hechos, esa posibilidad ya había ocurrido y volvería a ocurrir.

Es donde se quedó el asunto durante más de 42 años hasta que una compañía de rescate en aguas profundas, dirigida por antiguo personal de la Fuerza Aérea y un agente de la CIA, reveló la existencia de la bomba y ofreció ubicarla por un millón de dólares. Junto con documentos recientemente desclasificados, la revelación produjo miedo e indignación entre residentes de la costa y llamados a una investigación por el Congreso del incidente en sí y por qué el Pentágono había dejado de buscar la bomba desaparecida. «Nos horrorizó porque parte de esa información ha sido encubierta durante años,» dijo el representante Jack Kingston, republicano de Georgia.

El encubrimiento continúa. La Fuerza Aérea, sin embargo, ha dicho a residentes locales y a la delegación del Congreso que no hay motivos para preocuparse.

«Hemos considerado este tema en particular desde todos los puntos de vista y nos sentimos muy confiados,» dijo el general de división Franklin J. «Judd» Blaisdell, jefe adjunto del estado mayor para operaciones aéreas y espaciales en la central de la Fuerza Aérea en Washington. «Nuestra principal preocupación es la contaminación localizada de metales pesados.»

La Fuerza Aérea incluso ha sugerido que la bomba propiamente tal no estaba armada con un disparador de plutonio. Pero esta afirmación es contradicha por una serie de factores. Howard Dixon, ex sargento de la Fuerza Aérea quien se especializaba en la carga de armas nucleares a los aviones, dijo que en sus 31 años de experiencia no recuerda un solo caso en el que una bomba que no estuviera totalmente armada haya sido colocada en un avión. Además, un testimonio de 1966 recientemente desclasificado de W.J. Howard, en aquel entonces secretario adjunto de defensa, describe la bomba de Tybee Island como «un arma completa, una bomba con una cápsula nuclear.» Howard dijo que la bomba Tybee Island fue una de las dos bombas perdidas hasta entonces que contenía un disparador de plutonio.

Documentos recientemente desclasificados muestran que la bomba descargada era una bomba de hidrógeno «Mk-15, Mod O», de un peso de cuatro toneladas y que contenía una fuerza explosivos 100 veces superior a la que incineró Hiroshima. Fue la primera arma termonuclear desplegada por la Fuerza Aérea y tenía el diseño relativamente primitivo creado por el genio maligno de Edward Teller. La única seguridad de esa arma era la separación física de la cápsula de plutonio del resto del arma.

Aparte de la cápsula nuclear primaria, la bomba también incluía un explosivo nuclear secundario, o bujía, diseñado para convertirla en termonuclear. Se trata de un obturador ahuecado de un diámetro de cerca de una pulgada hecho de plutonio o de uranio altamente enriquecido (el Pentágono nunca ha dicho de cuál se trata) repleto de combustible de fusión, con gran probabilidad litio-6 deuteride. El litio es altamente reactivo en el agua. El plutonio de la bomba fue fabricado en la Hanford Nuclear Site en el Estado de Washington y sería el más antiguo en EE.UU. Es una mala noticia: el plutonio se hace más peligroso a medida que envejece. Además, la bomba contendría otros materiales radioactivos, como ser uranio y berilio.

La bomba también está cargada con 181 kilos de TNT, hecho para causar que el disparador de plutonio implosione e inicie así la explosión nuclear. A medida que pasan los años, esos altos explosivos se hacen escamosos, quebradizos y delicados. Es probable que la bomba esté enterrada a entre 1,5 y 4,5 metros de arena y que esté filtrando lentamente radioactividad hacia los ricos terrenos de caza de cangrejos del Warsaw Sound. Si el Pentágono no puede encontrar la bomba de Tybee Island, otros podrían hacerlo. Es la conclusión de Bert Soleau, un ex agente de la CIA quien ahora trabaja con ASSURE, la compañía de rescate. Soleau, ingeniero químico, dijo que no sería difícil que terroristas ubicaran el arma y recuperaran el litio, berilio y uranio enriquecido, «las piedras de base esenciales para armas nucleares.» ¿Qué hacer? Los residentes de la costa quieren que se encuentre y elimine el arma. «El plutonio es una pesadilla y su propia gente lo sabe,» dijo Pam O’Brien, activista contra las armas nucleares de Douglassville, Georgia. «Se puede meter por todas partes – en tus ojos, tus huesos, tus gónadas. Nunca te sobrepondrás. Tienen que sacar esa cosa de ese lugar.»

La situación recuerda el incidente de Palomares. El 16 de enero de 1966, un bombardero B-52, que llevaba cuatro bombas de hidrógeno, se estrelló mientras trataba de reponer combustible en el aire sobre la costa española. Tres de las bombas H cayeron cerca de la aldea agrícola costera de Palomares. Una de las bombas cayó en el lecho de un riachuelo seco y fue recuperada, estropeada pero relativamente intacta. Pero el TNT de dos de las bombas estalló, excavando agujeros de 3 metros de profundidad en el suelo y derramando uranio y plutonio sobre una vasta área. Durante los tres meses siguientes, se removieron más de 1.400 toneladas de tierra y vegetación radioactivas, fueron colocadas en barriles e, irónicamente, fueron enviadas al Laboratorio de Armas Nucleares de Savannah River, donde permanecen. Los campos de tomates cercanos a los cráteres fueron quemados y enterrados. No cabe duda de que debido a los fuertes vientos y a otros factores gran parte del suelo contaminado simplemente se quedó en el lugar. «Nunca se conocerá la dimensión total de la contaminación,» concluyó un informe de 1975 de la Agencia de Defensa Nuclear.

La limpieza fue una operación conjunta de personal de la Fuerza Aérea y miembros de la Guardia Civil española. Los trabajadores estadounidenses llevaban ropa de protección y eran monitoreados por posible exposición a la radiación, pero sus homólogos españoles no tuvieron semejantes medidas de precaución. «La Fuerza Aérea no estaba preparada para proveer una detección y monitoreo adecuados para el personal cuando un accidente aéreo tenía lugar involucrando armas de plutonio en un área remota de un país extranjero,» testificó posteriormente ante el Congreso el comandante de la Fuerza Aérea a cargo de la limpieza.

La cuarta bomba cayó a 13 kilómetros de la costa y no fue encontrada durante varios meses. Terminó por ser ubicada por un mini-submarino a 870 metros de profundidad, donde se encuentra hasta hoy.

Dos años después, el 21 de enero de 1968, ocurrió un accidente similar cuando un B-52 se incendió en vuelo sobre Groenlandia y se estrelló en North Star Bay cubierta de hielo, cerca de la Base Aérea Thule. El impacto detonó los explosivos en las cuatro bombas H del avión, que esparcieron uranio, tritio y plutonio sobre un radio de 600 metros. El intenso fuego fundió un agujero en el hielo, que luego se volvió a congelar, encapsulando gran parte de los restos, incluida la ensambladura termonuclear de una de las bombas. La operación de recuperación, realizada en una oscuridad casi total a temperaturas que cayeron a menos 57 grados C, fue conocida como Project Crested Ice. Pero los equipos de trabajo la llamaron «Dr. Freezelove.»

Se cortaron más de 10.000 toneladas de nieve y hielo, fueron colocadas en barriles y transportadas a Savannah River y Oak Ridge para ser eliminadas. Otros restos radioactivos fueron simplemente abandonados en el lugar, y se fundieron en la bahía con el deshielo primaveral. Más de 3.000 trabajadores ayudaron en el esfuerzo de recuperación de Thule, muchos de ellos soldados daneses. Como en Palomares, la mayoría de los trabajadores estadounidenses recibieron algunos equipos de protección, pero no los daneses, quienes hicieron gran parte del trabajo más peligroso, incluido el llenado de los barriles con los desechos, a menudo a mano. Los procedimientos de descontaminación fueron primitivos, por decir lo menos. Un informe de la Fuerza Aérea señaló que fueron limpiados «simplemente escobillando la nieve de la ropa y de los vehículos.»

A pesar de que más de 38 barcos de la Armada fueron llamados para que ayudaran en la operación de recuperación, y que era un secreto abierto que se habían perdido las bombas, el Pentágono siguió mintiendo sobre la situación. En un controvertido intercambio con la prensa, un portavoz del Pentágono expresó el siguiente ejemplo clásico de doble habla militar: «No sé nada sobre una bomba desaparecida, pero no hemos identificado positivamente lo que pienso que usted anda buscando.»

Cuando los trabajadores daneses en Thule comenzaron a sufrir una serie de enfermedades, desde raros cánceres a trastornos sanguíneos, el Pentágono se negó a ayudar. Incluso después que un estudio epidemiológico de 1987 por un instituto médico danés mostró que los trabajadores de Thule tenían un 50% más probabilidades de desarrollar cánceres que otros miembros de las fuerzas armadas danesas, el Pentágono siguió negándose a cooperar. Más tarde en ese año, 200 de los trabajadores demandaron a EE.UU. bajo la Ley de Demandas Militares Extranjeras. La demanda fue descartada, pero el proceso de descubrimiento reveló miles de páginas de documentos secretos sobre el incidente, incluyendo el hecho de que los trabajadores de la Fuerza Aérea en el lugar, a diferencia de los daneses, no han sido sometidos a monitoreos sanitarios a largo plazo. A pesar de ello, el Pentágono sigue manteniendo en secreto la mayor parte del material sobre el incidente de Thule, incluida toda la información sobre la extensión de la contaminación radioactiva (y otra tóxica).

Esos esfuerzos de recuperación no inspiran mucha confianza. Pero la bomba de Tybee Island presenta una situación aún más delicada. La presencia del inestable deuteride de litio y de los altos explosivos en deterioro hacen que la recuperación de la bomba sea una propuesta muy peligrosa – tan peligrosa, en los hechos, que incluso algunos ecologistas y activistas contra la bomba nuclear argumentan que podría representar un riesgo menor que se deje la bomba dondequiera esté.

En breve, no hay respuestas fáciles. El problema es exacerbado porque el Pentágono no ha realizado un análisis exhaustivo de la situación y es renuente a revelar enteramente lo que sabe. «Creo que hay una cápsula de plutonio en la bomba, pero que una detonación nuclear es poco probable porque los generadores de neutrones utilizados entonces eran de polonio-berilio, que tienen una vida media muy breve,» dijo Don Moniak, experto en armas nucleares en la Liga de Defensa del Medioambiente en Blue Ridge en Aiken, Carolina del Sur. «Sin neutrones, el plutonio de grado de armas no estalla. Sin embargo, podría haber una fisión o un evento crítico si el plutonio fue colocado de alguna manera en una configuración incorrecta. Podría haber un infierno considerable si los altos explosivos estallaran y si el deuterio de litio reacciona como se espera. O podría haber una explosión que esparciera uranio y plutonio por doquier.»

……..

Este ensayo aparece en el próximo libro: «Loose Nukes» publicado por Count Zero Press.

Jeffrey St. Clair es autor de: «Been Brown So Long It Looked Like Green to Me: the Politics of Nature and Grand Theft Pentagon.» Su libro más reciente: «Born Under a Bad Sky,» acaba de aparecer en AK Press / CounterPunch books. Para contactos, escriba a: [email protected]

http://www.counterpunch.org/stclair05152009.html