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El repliegue de tropas de Trump en Afganistán no significa el fin de la guerra

Fuentes: Asia Times [Imagen: Soldado estadounidense en la parte trasera de un helicóptero Chinook mientras sobrevolaba Kabul en 2017. AFP/Shah Marai]

Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

El 19 de noviembre de 2020 el Pentágono anunció planes para reducir las tropas en Afganistán a sus niveles más bajos en casi veinte años.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, trata de apuntarse un mísero legado en la Casa Blanca y, a través de una decisión ejecutiva, retirar las tropas estadounidenses de Afganistán en un intento de rebañar las sobras.

El reciente despido del jefe del Pentágono dejó ver la determinación de Trump de imponer su voluntad a los comandantes militares reacios a cumplir su orden de retirar las tropas antes de Navidad.

La Radio Nacional Publica (NPR, por sus siglas en inglés) ha informado, citando a funcionarios estadounidenses, que la orden de retirada de Trump reduce la presencia estadounidense en Afganistán en aproximadamente un tercio, pasando de 4.500 soldados a 2.500.

El Pentágono ha emitido ya un aviso a los comandantes, conocido como “orden de advertencia”, para que comiencen a planificar la reducción del número de tropas en ese país.

El exsecretario de Defensa Mark Esper había enviado un memorando clasificado este mes a la Casa Blanca afirmando que la recomendación unánime de la “cadena de mando” -Esper, presidente del Estado Mayor Conjunto; general Mark Milley, líder del Comando Central de los Estados Unidos; general de Marina Kenneth McKenzie y el comandante de la misión de la OTAN en Afganistán, el general Austin Miller- sostenía que sería imprudente retirar las tropas de Afganistán en este momento.

Al parecer, Esper argumentaba que las conversaciones de paz en Doha estaban estancadas, que los talibán habían intensificado los ataques y que tampoco estaba clara su voluntad de desvincularse de al-Qaida.

Pero un Trump furioso lo despidió y colocó a sus leales en el Pentágono.

Sin embargo, la reducción no significa que la “guerra interminable” en Afganistán esté realmente acabando. Los comandantes del ejército estadounidense, en complicidad con los políticos, están jugando un juego por el que cumplirán la orden del comandante en jefe como cualquier ejército disciplinado, pero con un Plan B que se desarrollará en breve.

Fundamentalmente, la contradicción radica en esto: los altos mandos del Pentágono están lejos de poner fin a la guerra afgana de 19 años. Nunca la vieron exactamente como la ve Trump -una “guerra sin fin”- porque todavía creen que pueden ganarla y conseguir sus objetivos clave.

De hecho, es probable que algunos de ellos sigan pensando que podrían haber ganado la guerra de Vietnam si tan solo el Pentágono hubiera tenido las manos libres.

Cuando terminó la presidencia de George W. Bush y Barack Obama asumió el poder en 2009, la guerra en Afganistán pudo haber terminado. El candidato Obama se expresó vehementemente respecto a la inutilidad de la guerra.

Pero los comandantes militares pudieron prever que el primer presidente negro de Estados Unidos iba a ser en Beltway algo así como un bebé en pañales, como dejó ver claramente con su invitación a Robert Gates para que continuara con él como secretario de Defensa.

Consideraban que Obama era indeciso y débil y creían que podían hacerle cambiar de opinión. Y se demostró que tenían razón. De hecho, consiguieron que aprobara el “incremento afgano”, que por supuesto se promocionó de forma persuasiva como un último y eficiente empujón para derrotar definitivamente a los talibán.

Esa ofensiva continuó durante los siete años siguientes bajo Obama. Quiso la suerte que en su segundo mandato Obama eligiera también a Hillary Clinton como secretaria de Estado, que evidentemente era la favorita del complejo militar-industrial.

Para abreviar una larga historia, Obama finalmente traspasó intacta la guerra a su sucesor Donald Trump.

Los comandantes militares volvieron a tener suerte porque Trump, aunque un estadounidense blanco, era un forastero en el establishment estadounidense. Desde el primer día se las tuvo tiesas al Estado profundo, a la clase política, a todo el establishment de Washington y a los medios de comunicación.

Además, su limitada capacidad de atención y su mera pereza, sus preocupaciones con las investigaciones de la “colusión de Rusia”, el impeachment, el lío con China y, finalmente, la covid-19, convirtieron su presidencia en una montaña rusa.

Trump no perseveró -nunca fue un hombre “práctico”- en lo que respecta a la guerra de Afganistán. Ni una sola vez llamó al presidente afgano Ashraf Ghani, y mucho menos lo recibió en la Oficina Oval.

Por tanto, los comandantes militares pudieron tener perfectamente entretenido a Trump. Se limitaron a agotarle dejando pasar el tiempo hasta la recta final de su mandato de cuatro años.

Ahora los comandantes militares se están preparando para un nuevo presidente que probablemente esté tan cerca de sus corazones y sea tan bueno con ellos como George W. Bush.

Como vicepresidente, Biden era un visitante habitual de Afganistán. Una vez dijo en presencia del entonces presidente Hamid Karzai: “No vamos a irnos en 2014. Con suerte, habremos entregado totalmente [las responsabilidades de seguridad] a las fuerzas de seguridad afganas para que mantengan la seguridad en el país.

“Pero no nos iremos si Vds. no quieren que nos vayamos. Y planeamos seguir colaborando con ustedes en interés mutuo de nuestras dos naciones”.

Sin duda, Biden también se ha pronunciado en contra de las “guerras sin fin”. Este año escribió en Foreign Affairs: “Ya es hora de poner fin a las guerras eternas que le han costado a Estados Unidos una cantidad incalculable de sangre y dinero. Como he sostenido durante mucho tiempo, deberíamos traer a casa a la gran mayoría de nuestras tropas de las guerras en Afganistán y Oriente Medio y definir estrictamente nuestra misión en derrotar a al-Qaida y al Dáesh”.

Pero entonces Obama era mucho más apasionado que Biden. El caso es que, si bien Trump quiere que todas las tropas regresen a casa para Navidad, Biden ha dicho que iba a considerar la posibilidad de mantener allí una pequeña fuerza antiterrorista.

“Apoyo la reducción de tropas. Pero ahí está el problema, que todavía tenemos que preocuparnos por el terrorismo y [el Dáesh]”, dijo Biden a Stars and Stripes en una entrevista en septiembre.

Esto es todo lo que los comandantes del Pentágono quieren por el momento. Son conscientes de que Biden tendrá poco tiempo para la política exterior, ya que deberá centrarse en la pandemia de la covid-19, la recuperación económica y el cambio climático, además de los innumerables problemas que desgarran a la sociedad estadounidense, que van desde la raza hasta el control de armas, la policía y la atención sanitaria.

Es importante destacar que los comandantes militares confían en poder contar con el Senado republicano si las cosas se ponen difíciles. El líder de la mayoría en el Senado, Mitch McConnell, reaccionó con tacto a la decisión de Trump.

El veterano senador no se enfrentará a Trump, que es, con mucho, el presidente republicano más popular desde Ronald Reagan. Por tanto, McConnell simplemente dio un rodeo para advertir sobre las potenciales repercusiones de una rápida retirada de las fuerzas estadounidenses de Afganistán.

En un discurso pronunciado el lunes en el Senado, McConnell dijo: “Estamos jugando un papel limitado, limitado, aunque importante en la defensa de la seguridad nacional y los intereses estadounidenses contra los terroristas, que no quieren nada más que la fuerza más poderosa en el mundo se limite simplemente a recoger sus trastos y volver a casa. No hay ningún estadounidense que no desee que la guerra en Afganistán contra los terroristas y sus facilitadores se hubiera ganado ya de forma concluyente. Pero eso no cambia la opción real que tenemos ante nosotros en estos momentos. Una rápida retirada de las fuerzas estadounidenses de Afganistán dañaría hora a nuestros aliados y entusiasmaría, entusiasmaría, a todos los que quieren hacernos daño”.

Lo que podemos esperar ahora es que los comandantes militares se dispongan a resistir con los 2.500 soldados en Afganistán hasta que Trump se vaya. Y luego volverán a presentar argumentos para justificar otro “incremento”. No es difícil pergeñar eso.

La presencia del Estado Islámico (Dáesh) proporciona la coartada necesaria para justificar una operación de contrainsurgencia. Mientras tanto, a pesar de la reducción de Trump, los ataques aéreos estadounidenses contra los talibán continuarán, puede que incluso se intensifiquen.

Eso podría llevarse a cabo desde las bases dentro de Afganistán o desde cualquiera de las numerosas bases bajo el Comando Central en la región del golfo Pérsico.

Es muy posible que en algún momento a los talibanes les resulte muy duro seguir aguantando los ataques militares afgano-estadounidenses. Por lo tanto, podemos esperar que se reanude un ciclo espantoso de violencia.

Por esa razón los talibanes han pedido a Biden que se ciña al cronograma del pacto de Doha y retire las tropas estadounidenses. “Al Emirato Islámico le gustaría hacer hincapié frente al nuevo presidente electo de Estados Unidos y al futuro gobierno que la implementación del acuerdo [de Doha] es la herramienta más razonable y efectiva para terminar el conflicto entre nuestros dos países”, manifestaron los talibán en un comunicado.

Sin duda, los comandantes del Pentágono visualizan la guerra afgana cobrando vida. La guerra ha sido la primera operación fuera del área de la Organización del Atlántico Norte y es un paso irrevocable hacia la proyección de la alianza como organización de seguridad global.

El secretario general de la OTAN, Jens Stoltenberg, ha expresado su apoyo al Pentágono y ha dicho: “El precio por abandonar la región demasiado pronto o de forma descoordinada podría ser muy alto”.

Combatientes y aldeanos talibán afganos acuden a una reunión en la provincia de Laghman, distrito de Alingar, para celebrar el acuerdo de paz firmado entre Estados Unidos y los talibanes, 2 de marzo de 2020 (Foto: Wali Sabawoon/NurPhoto)

Una congruencia de intereses regionales e internacionales va a involucrar a muchas partes en Estados Unidos: el Pentágono y la opinión pública de derechas, que todavía sigue unida a la mentalidad de la Guerra Fría; el complejo militar-industrial de Estados Unidos; los estrategas de la seguridad nacional que ven a Rusia y China como “potencias revisionistas” y dan primacía a la hegemonía global de Estados Unidos; los intereses “corporativos” de la OTAN, al ser una alianza en busca de una raison d’être posterior a la Guerra Fría; el lobby de la guerra afgana y los especuladores de la guerra y los grupos antitalibán; y, por supuesto, algunos Estados regionales para los que Afganistán se ha convertido en un terreno para la consecución de su agenda en la política regional.

Una presencia militar indefinida de Estados Unidos/OTAN en Afganistán de alguna forma en un futuro previsible es inevitable en estas circunstancias. El desafío para Estados Unidos, en el plano diplomático, es lograr que Pakistán y los talibán acepten la noción occidental de un gobierno de “base amplia” en Kabul.

Ciertamente, con Biden, la perspectiva de un gobierno dominado por los talibán en Afganistán no será aceptable para Estados Unidos y sus aliados occidentales.

(Este artículo fue elaborado en colaboración por Indian Punchline y Globetrotter, quienes se lo facilitaron a Asia Times.)

M. K. Bhadrakumar es un exdiplomático indio.

Fuente: https://asiatimes.com/2020/11/trumps-drawdown-doesnt-mean-afghan-war-is-over/

Esta traducción puede reproducirse libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y a Rebelión.org como fuente de la misma.

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