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Palestina, Venezuela y la barbarie global

Fascismo del Siglo XXI

Fuentes: Rebelión

Desde que inició la más reciente etapa del genocidio en Palestina, muchas voces bastante lúcidas advirtieron que lo que sucedía en aquel lugar era un preámbulo de la nueva etapa del fascismo global. Hoy, mientras continúa el genocidio en Palestina, se hace cada vez más evidente la solidificación de ese nuevo orden mundial: el total desprecio a la legalidad, la brutalidad con la que se pisotean los pueblos, el desprecio a la vida, el cinismo con el que se borran consensos en materia de derechos humanos y de derecho humanitario, la imposición de la ley del más fuerte y el envalentonamiento de las mafias transnacionales son sólo algunas de las características de ese nuevo orden, que quizá pueda caracterizarse como fascismo del siglo XXI. 

El fascismo se define como una ideología de extrema derecha, opuesta a los sistemas democráticos, hostil al orden jurídico, en donde la voluntad personal se impone a la ley. El fascismo tiende a definir a un grupo como «superior», mientras que somete brutalmente a otro grupo al que define como «inferior». Una de las características del fascismo es que este logra conseguir el apoyo de un sector masivo de la población, convenciéndolo de que la violación al debido proceso, a las leyes, la imposición de la fuerza y la violencia desmedida, se justifican con el argumento de que el grupo supuestamente «inferior» no merece ser parte de la comunidad civilizada.  

Alarmantemente, esta fórmula es la que parece estar imperando actualmente a escala global. Los palestinos son destituidos de su humanidad en el imaginario global, los sudaneses no alcanzan siquiera a entrar en el imaginario, mientras son masacrados brutalmente. Y como los «inferiores» son construidos como «sub-humanos», o «animales» (como dijo Yoav Gallant, Ministro de Defensa israelita), entonces parece no importar que sus cuerpos se quemen vivos mientras les caen bombas entre campos de refugiados, escuelas y hospitales. Paralelamente, vemos cada vez más sectores que, a pesar de la brutalidad del sionismo americano-israelí, y a pesar de la abrumadora evidencia del genocidio, siguen defendiendo al líder de la ultra-derecha israelita en su misión de desaparecer al pueblo palestino.  Hoy todavía hay quienes por ignorancia o complicidad deciden ignorar las resoluciones de la Corte Penal Internacional, la Corte Internacional de Justicia, la oficina del Comisionado Especial de las Naciones Unidas para Palestina, los numerosos reportes de las organizaciones de derechos humanos más reconocidas, como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y Médicos Sin Fronteras, entre otras, así como las opiniones de la Asociación Internacional de Académicos sobre Genocidio, y siguen apoyando la destrucción brutal de un pueblo entero.

Una vez que se impone esta lógica, empieza a generarse un efecto dominó que va destruyendo progresivamente todo el entramado del derecho humanitario que se construyó en el siglo XX. Lejos estamos de aquellos grandes principios que se gestaron en la posguerra para evitar un tercer conflicto bélico mundial: la universalidad de los derechos, la inalienabilidad del derecho humano que todos tenemos sólo por haber nacido, la presunción de inocencia, el debido proceso, el multilateralismo, el derecho humanitario… Ahora vemos como poco a poco se va normalizando la barbarie, y los sectores de derecha se van envalentonando cada vez más. Hoy hay quienes creen que matar a decenas, cientos o incluso miles de inocentes para lograr el objetivo de asesinar a un oponente político es un acto de “justicia” o de “autodefensa”. No se trata necesariamente de los líderes de la derecha internacional. Hoy podemos ver a hombres y mujeres de a pie celebrando abiertamente el asesinato masivo de niños con el argumento de que son potenciales terroristas futuros. Entre los medios, la limpieza étnica, la venganza y el castigo colectivo ejecutados por un ejército de ocupación se codifican como actos de “defensa”, mientras se normaliza la caída del derecho internacional y del debido proceso.

En este mismo sentido, el cobarde ataque a Venezuela cometido el pasado 3 de enero es tan sólo la muestra más reciente de esta normalización de la barbarie. Al mismo tiempo que el ultra-derechista Donald Trump y su equipo pisotean las leyes de ese país, ese régimen se auto-nombra policía del mundo, y decide nuevamente ignorar olímpicamente el derecho internacional, invadiendo a un país soberano y secuestrando a su jefe de estado.  Sin más máscaras, sin más vergüenza, una vez que se ha normalizado el fascismo del siglo XXI, Trump declara abiertamente que el objetivo de esta intervención es controlar el petróleo de Venezuela. Y así como en el fascismo la voluntad personal se impone a la ley, la voluntad del Rey Trump se impone a las leyes de ese país y a las leyes internacionales.  Ya no hay más pretensión de legalidad.

Mientras Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, condena el ataque, y las organizaciones de derechos humanos condenan el acto ilegal y unilateral, mientras los gobiernos del mundo (con excepción de otros gobiernos también fascistas como Argentina, Salvador e Israel) expresan su preocupación por este acto que viola el derecho internacional, las élites latinoamericanas y sus vergonzosas cajas de resonancia (que abundan también entre algunos sectores populares), celebran y aplauden la intervención norteamericana. Celebran el uso de la fuerza. Aplauden la violación al derecho internacional… y mientras cantan su victoria, ven cómo se desmorona el derecho humanitario y el multilateralismo… Quizá sin ser conscientes de ello, se agachan para ponerle alfombra roja al fascismo, al tiempo que ondean una banderita vergonzosa que lleva escrita la palabra «libertad» entre franjas rojas y estrellas azules. 

¡Pero Maduro es un dictador! Se oye decir a alguno por ahí. ¡Ahora sí va a haber libertad en Venezuela! Dice otro por allá. No acaban siquiera de terminar su frase, cuando Trump ya perdonó a Juan Orlando Hernández, ex-presidente hondureño, condenado por narcotráfico. Y mientras los vergonzosos sectores de la derecha popular justifican los actos antidemocráticos con el argumento de la falta de democracia, parecen ignorar que EEUU es aliado de Arabia Saudita, una de las monarquías más brutales de medio oriente, y de los Emiratos Árabes Unidos, cuya rivalidad es en gran parte causante del genocidio en Sudán. Pero eso parece no preocuparle al imperio de la democracia.  Y tampoco le preocupa que Qatar, principal aliado norteamericano en medio oriente, sea una monarquía autoritaria.  Si la supuesta falta de democracia fuera justificante para la intervención militar unilateral, entonces cualquier país podría invadir a otro sin ninguna consecuencia. Por ejemplo, Rusia podría invadir a Ucrania sin consecuencias…  ¿O qué no?

No… EEUU no es la policía del mundo. Para eso se construyeron las instituciones internacionales. Para eso están las Naciones Unidas. Para eso existe el sistema interamericano.  EEUU no tiene ninguna jurisdicción sobre ningún otro territorio más allá de sus fronteras. Pero, como si diéramos un salto al siglo XIX, Trump re-nombra la doctrina Monroe, como Doctrina Donroe (de Donald) y declara que América Latina es su área de influencia. Y siguiendo al pie de la letra los dictados del fascismo, ignora la ley de su país, miente al congreso, y pisotea el derecho internacional, imponiendo su voluntad real como ley imperial. Y a escasas horas de su ataque a Venezuela, no sólo se jacta de haber tomado el control del petróleo venezolano, sino además, a manera del más clásico colonialismo decimonónico, declara que EEUU va a administrar Venezuela hasta que estén seguros de poner el gobierno que a ellos les agrade. ¿Qué no los pueblos tienen el derecho de autodeterminación? ¿Y si el pueblo venezolano quiere un gobierno anti-imperialista, entonces tendrían derecho de invadirlo y poner otro gobierno a su modo? Esta historia ya la vivimos en los siglos XIX y XX.  Pero como si estuviéramos despertando en el momento más álgido de la guerra fría, Trump advierte ese mismo día que Colombia, Cuba o incluso México podrían ser los siguientes… al final de cuentas, el fascismo dicta que los pueblos latinoamericanos son inferiores, los palestinos son inferiores, los migrantes son inferiores. Y como los narcotraficantes son sub-humanos, entonces la fórmula es fácil, sólo hay que acusar de narcotraficante a un jefe de estado, y con eso se justifica pasar por encima de la ley. De la misma manera en que aludir a Hamas se convirtió en justificación suficiente para ignorar los derechos humanos y para cometer crímenes de lesa humanidad, así también, declarar a Maduro como criminal, argüir que Petro produce cocaína y que en México no gobierna Claudia sino los cárteles, parece volverse suficiente justificación para ignorar el derecho internacional y asesinar civiles. Con esas fórmulas discursivas, la derecha fascista satisface la noción de que se trata de grupos de personas «inferiores» que no merecen la protección de la ley.  Se pueden invadir, se pueden matar, se pueden quemar vivos… y tristemente, muchos (incluso gente muy cercana) aplauden estás acciones y con ello ayudan a cimentar el nuevo fascismo global. Por eso ya Gramsci advertía que el fascismo sólo es posible cuando las masas, sumergidas en la ignorancia, quedan despolitizadas, fragmentadas y convencidas de la razón de su amo. No voy a mentir… son tiempos tristes y desmoralizantes… pero seguimos andando Sancho.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.