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Afganistán

Hasta siempre míster Biden

Fuentes: Rebelión

Los asesinatos selectivos en las calles de Kabul, están alcanzando proporciones alarmantes. Periodistas, catedráticos, jueces y funcionarios han sido las víctimas elegidas por los sicarios que operan libremente, dando un aspecto todavía más sombrío a la retirada norteamericana.

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Tras finalizar el alto el fuego decretado por el talibán por las festividades del Eid-ul-Fitr (culminación del ayuno), que marca el fin de Ramadán, el mes sagrado del islam, se reinició la escalada militar iniciada por los insurgentes el primero de mayo, fecha en que tendría que haber culminado la retirada de las tropas tanto de los Estados Unidos como de sus socios, que invadieron el país en 2001, según los acuerdos de Doha firmados en febrero del 2020 entre la administración Trump y los representantes del grupo integrista. El presidente Joe Biden no lo ha respetado, alargando su presencia hasta el próximo 11 de septiembre.

Durante las primeras horas del 16 de mayo se comenzaron a registrar ataques contra diferentes puestos del Ejército Nacional Afgano (ENA) cercanos a Lashkar Gah, la capital de la siempre disruptiva provincia de Helmand, y otros donde según fuentes oficiales habrían muerto 21 terroristas, sin conocerse el número de bajas entre las tropas regulares. Al tiempo que en la provincia de Kandahar también se reportan acciones.

El reinició de las acciones pone más presión a la nueva ronda de negociaciones iniciada el pasado viernes en Doha (Catar), donde habían comenzado en septiembre del año pasado para suspenderse tres meses después sin llegar a acuerdos políticos sustanciales entre la jefatura del talibán y los delegados del presidente afgano Ashraf Ghani. Los talibanes se habían negado a participar en la conferencia propiciada por Washington en Estambul, en abril último, con el fin de acelerar las conversaciones de paz detenidas en diciembre 2020.

Ghani no solo debe enfrentar, cada vez más desguarnecido, las presiones del talibán, que está atacando en la mayoría de las 34 provincias afganas, sino la cada vez más virulenta presencia de Daesh Khorassan tras el irracional ataque contra una escuela cercana a Kabul el pasado ocho de marzo, en el que murieron unas noventa personas en su mayoría alumnas (Ver: Kirguistán-Tayikistán. Algo más que una guerra por el agua). En un atentado explosivo, revindicado por el Daesh, el viernes catorce, contra una mezquita en Shakar Darah, al noroeste de Kabul, mató a una docena de personas.

Es muy difícil imaginar la situación a la que se precipitará Afganistán después del once de septiembre, ya que desde 2018 los muyahidines de mullah Hibatullah Akhundzada han tenido un avance imparable pasando a controlar 87 de los 407 distritos del país al tiempo que disputan otros 214, lo que significa un 53 por ciento del total del territorio nacional. Y amenaza con conquistar 16 de las 34 capitales provinciales.

Estas áreas han servido a los combatientes para reclutar y entrenar combatientes, incautar fondos, establecer centrales de reabastecimiento y campamentos y como plataforma para lanzar ataques a los centros urbanos importantes. El talibán incluso controla yacimientos minerales de varios distritos, los que junto al opio y la heroína han comenzado a ser una importante fuente de financiación de su guerra.

Este nivel de supremacía, que se produjo mientras las fuerzas estadounidenses y de la OTAN seguían activas, hace que nadie crea que Kabul, pueda sostener una línea de defensa acorde a el reto que deberá enfrentar si los mullahs se disponen a seguir avanzando y finalmente asaltar la capital.

El mando talibán si intenta honrar los acuerdos con Washington deberá sofrenar a los mandos medios que ven la victoria al alcance de la mano, muchos de ellos hombres de treinta y pocos años que han entrado a lo organización siendo prácticamente niños y tras veinte años de sacrificios, habiéndolo entregado todo y con miles de sus hermanos inmolados en esos combates, resignarse a no coronar la guerra con una victoria total, pondrá en un brete al mullah Akhundzada, quien sin duda enfrentará fuertes remezones internos que se saldaran con muchas vidas de leales y heroicos combatientes, mientras que otros no dudarán en mudarse al Daesh Khorassan, que está dispuesto en continuar la guerra hasta lograr la creación de un Estado Islámico, lo que en apariencia podrá posibilitar la retirada de los norteamericanos, para quienes volver abiertamente al terreno sería prácticamente imposible desde el punto de vista político, ya que Washington, lo asuma o no, se retira militarmente derrotado y políticamente tan golpeado en su frente interno que no existen plafón para que hasta después de varias administraciones Estados Unidos vuelva a intentar una aventura similar a la afgana si no es por una razón de peso y constatable y no como el fantasmal ataque a las torres, el que a casi veinte años de sucedido sigue generando cada vez más dudas.

América no es una buena amiga

Mientras las fuerzas invasoras de Occidente se aprontan a abandonar Afganistán y los talibanes relamen su victoria, los ciudadanos del país, los casi 34 millones de habitantes, no saben cuál será finalmente su destino y si por los próximos años les tocará vivir en una democracia cada vez más afianzada o de un golpe aterrizar una vez más en el siglo XII, en el que los talibanes sumergieron al país entre 1994 y 2001.

Si bien para el ciudadano común la angustia sobre su futuro inmediato debe ser acuciante, un amplio sector de esos ciudadanos, que han colaborado con los invasores, conoce de antemano cual será ese futuro, con mucha suerte una muerte rápida.

La mayoría de ellos han servido de intérpretes a las tropas norteamericanas en operaciones y otros han sido personal civil que trabajó para el Gobierno estadounidense y diferentes agencias de la OTAN y no han podido acceder a lo que se conoce como visa especial de inmigrante (SIV), un programa creado en 2009 similar al que se implementó en Irak. Muchos de sus posibles beneficiarios se han quejado de lo complejos que son los trámites, mucho más a partir del estallido del COVID-19.

El sistema de visas en las últimas semana ha sido ampliado por el Congreso norteamericano a unas 26.500 aunque todavía quedan otras 18.000 sin resolver, pero se estima que en verdad han sido 300.000 los civiles que han trabajado para los Estados Unidos, sin contar a sus familiares directos, a los que había que sumar también a los “señores de la guerra” (líderes regionales) con algún poder de fuego desde la guerra antisoviética, que a partir de 2001, tras aliarse a los invasores han sido financiados y rearmados por estos ejércitos y cuyas familias y sus combatientes serán también objeto de las represalia del talibán

Los asesinatos selectivos en las calles de Kabul están alcanzando proporciones alarmantes, periodistas, catedráticos, jueces y funcionarios han sido las víctimas elegidas por los sicarios que operan libremente dando un aspecto todavía más sombrío a la retirada norteamericana. El aviso de los integristas es claro “no olvidaran” y las ejecuciones van a continuar más allá de cualquier fecha. Desde 2016 más de 300 traductores han sido asesinados, lo que anuncia las características del matadero en que se convertirá el país a partir de que los últimos militares norteamericanos lo abandonen, ya que las venganzas casi personales escapan del control de los mullahs, si es que las quisieran evitar.

Mientras el Secretario de Estado norteamericano Antony Blinken se comprometió a ayudar a los antiguos colaboracionistas lanzando una revisión de los SIV, controlando las demoras e incorporando medidas antifraude en una carrera de llegar con la burocracia antes que una bala vengadora que diga: “hasta siempre míster Biden”.

Guadi Calvo es escritor y periodista argentino. Analista Internacional especializado en África, Medio Oriente y Asia Central. En Facebook: https://www.facebook.com/lineainternacionalGC.

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