Aristóteles escribió hace más de dos mil años que ningún discurso puede persuadir si se traiciona a sí mismo. Sin embargo, frente al fenómeno de Donald Trump, la máxima aristotélica enfrenta su mayor desafío: ¿la contradicción debilita al orador o lo vuelve impredecible y poderoso?
Para El Estagirita, la retórica es un arte de equilibrio: la credibilidad —ethos— depende del carácter íntegro y la consistencia del orador; la emoción —pathos— requiere sintonía con el argumento y conexión con la audiencia; y el razonamiento —logos— se derrumba si afirma una cosa y su contraria. En todo caso, la contradicción entre la retórica y los hechos debe evitarse. Sin este equilibrio, el discurso puede agitar masas y vencer temporalmente, pero no convencer; puede generar ruido, pero no esa verdad probable que construye la confianza ciudadana.
La política trumpista, sin embargo, ha elevado la contradicción a método. Y la guerra contra Irán se ha convertido en un laboratorio de incoherencias, giros bruscos y mensajes incompatibles entre sí. Si Aristóteles levantara la cabeza, encontraría en el presidente estadounidense un ejemplo perfecto de aquello que invalida un discurso: un líder que oscila entre la promesa de paz y la amenaza, la negociación y la destrucción total, el America First y las guerras que perjudican a su propio país. En la retórica clásica, estas contradicciones restarían autoridad al orador. En la política mediática del siglo XXI parecen formar parte del espectáculo; el ruido genera omnipresencia.
El gobierno estadounidense entró en la guerra contra Irán proclamando que su objetivo era evitarla. “No queremos un conflicto”, insistía, mientras ordenaba operaciones que aumentaban la tensión militar. Esta dualidad entre declaraciones de desescalada y acciones escalatorias ha sido una constante. El mensaje se desdobla en dos direcciones incompatibles, minando la coherencia lógica que Aristóteles consideraba indispensable para cualquier persuasión razonable.
Algo similar ocurrió con su discurso sobre la negociación pasada. En público aseguró en varias ocasiones que Irán podía ser “un gran país” si aceptaba dialogar. Sin embargo, casi al mismo tiempo describía a su gobierno como un “régimen asesino” con el que no era posible hablar. Esta oscilación entre apertura y demonización desmonta cualquier relato estratégico. En términos retóricos, el mensaje pierde unidad y credibilidad; en términos geopolíticos, abre un escenario impredecible donde las palabras carecen de valor duradero.
La contradicción se extiende también al núcleo de la doctrina gubernamental del America First. El lema, concebido para sugerir protección nacional y prioridad económica, queda profundamente erosionado cuando Trump se involucra en un conflicto que perjudica a los propios intereses estadounidenses. La prolongación de la guerra —que Trump prometió que sería rápida— impacta en la economía nacional, afecta al comercio internacional y provoca bajas militares. ¿Cómo puede un presidente que afirma defender la prosperidad estadounidense justificar una guerra que agrava sus problemas? Desde la lógica aristotélica, la incoherencia anula el ethos; desde la lógica trumpista, se subsume bajo un relato más emocional que racional.
En su relación con Irán, la Casa Blanca acumula contradicciones adicionales. Durante años, Trump criticó el riesgo de que Irán desarrollara un arma nuclear, pero fue él mismo quien retiró a Estados Unidos en 2018 del acuerdo nuclear firmado en 2015, que precisamente limitaba ese riesgo. Tras dinamitar la única herramienta diplomática existente, denuncia sus supuestos efectos. Es un caso de libro de lo que Aristóteles llamaría un argumento que se destruye a sí mismo.
También prometió evitar las “guerras interminables”, y sin embargo esta nueva guerra —que ya supera ampliamente el plazo que él mismo estableció— lo convierte en el impulsor de otro conflicto prolongado. Trump, que vive mediáticamente del impacto inmediato y del soundbite, se enfrenta a la realidad de una guerra que no se deja condensar en un vídeo de diez segundos. Pese a ello, ha intentado forzar la narrativa: ha difundido clips en redes sociales donde se burla de adversarios iraníes o celebra operaciones militares con música de reggaetón, replicando tácticas de guerra híbrida donde la propaganda y el espectáculo se mezclan con la acción militar. Pero el contraste entre la gravedad del conflicto y su tratamiento mediático genera otra fractura entre el mensaje y los hechos.
La más peligrosa de las contradicciones aparece en su retórica humanitaria. Trump ha asegurado que todas sus acciones tienen como objetivo liberar al pueblo iraní. Sin embargo, ha amenazado con “acabar con la civilización” iraní si Teherán no reabre el Estrecho de Ormuz. ¿Cómo puede alguien declarar actuar por los derechos del pueblo al que, en la frase siguiente, amenaza con destruir por completo? ¿Cómo puede estar abierto al diálogo si amenaza? Esa ambivalencia anula cualquier pretensión moral y expone un uso instrumental del lenguaje humanitario: se invoca para legitimar la fuerza, no para limitarla.
A esta tensión se suma otra contradicción que atraviesa al movimiento neofascista internacional: la idea de que los “derechos humanos” deben prevalecer sobre el “derecho internacional”. Esta afirmación ignora que los derechos humanos están ya incorporados en el derecho internacional desde mediados del siglo XX. La supuesta oposición entre ambos no existe. Es una dicotomía falsa que opera como arma retórica para justificar violaciones, no como un principio jurídico real. Aristóteles diría que es un argumento construido sobre una contradicción de base: afirmar que un concepto debe imponerse sobre un marco legal que ya lo contiene.
La suma de todas estas contradicciones revela un patrón más profundo: la guerra como espectáculo político, la política exterior como extensión de la narrativa personalista y la lógica estratégica subordinada a la necesidad de impacto mediático.
La retórica trumpista es, en el fondo, una disputa entre la apariencia y la coherencia. Bajo el lente de Aristóteles, Trump no sería un retórico, sino un demagogo: alguien que hipertrofia el pathos para anestesiar el logos. Quizás el éxito de Trump radica en haber entendido algo que Aristóteles no previó: que en la era de la atención, la consistencia es aburrida y la contradicción es magnética. Y mientras su base electoral acepte —o incluso celebre— esta forma fragmentada de (in)comunicar, sus contradicciones tendrán un coste global enorme.
A efectos de cultura política, tal vez la pregunta no sea si Trump convence, sino qué tipo de sociedad emerge cuando la coherencia deja de ser un requisito y se convierte en un estorbo. La normalización de la contradicción como mentira, acelerada por las redes (anti)sociales, crea psiques desestructuradas capaces del doblepensar orwelliano —la capacidad de sostener dos creencias contradictorias simultáneamente y aceptar ambas como verdaderas—. Impulsando el caos en el sistema mundial y en las configuraciones mentales, el trumpismo busca crear una nueva moralidad alejada de la ética. Cuando todo vale para una parte significativa del pueblo, el gobierno de la sinrazón puede expandirse en su contra y con su apoyo.
No obstante, la brecha entre lo que se dice y lo que se hace, y entre lo que se promete y lo que se amenaza puede interpretarse como el síntoma más visible del imperio que ya no controla su propio relato; como el debilitamiento de la capacidad de EEUU para sostener un relato creíble ante el mundo e incluso sus propios votantes.
Docenas de encuestas muestran que Trump enfrenta índices de desaprobación crecientemente negativos, tanto en términos generales, como relativos a la economía y a la guerra. A principios de marzo, 44% de los estadounidenses apoyaban la guerra y 56% se oponía, mientras que a principios de abril el apoyo se ha reducido al 34% y la oposición se ha mantenido estable. Y, lo que es más importante, en este periodo el respaldo a la guerra entre los votantes republicanos se ha reducido del 84% al 67%. El apoyo entre los MAGA apenas ha caído tres décimas (77%), mientras que ha fluctuado entre los republicanos no-MAGA (56% el 14 de marzo, 33% el 28 de marzo, y 54% el 4 de abril). Los datos sugieren que la opinión pública aún se está formando a medida que va conociendo los detalles de los ataques y sus consecuencias. Un mayor rechazo a la guerra es necesario, pero los datos pueden haber servido de señales de alerta para Trump.
El magnetismo del espectáculo de la locura tiene sus límites. El gobierno estadounidense se cree omnipotente —y esto es precisamente lo que puede llevar a su eventual caída, pues no hay potencia sin límites. En la guerra contra Irán, la contradicción principal es la de un discurso todopoderoso frente a la realidad de una guerra que impone límites. EEUU se ha plegado a un alto el fuego porque la escalada sería peor para sus intereses: posible derrota, crisis energética y económica intensificada y prolongada, falta de apoyo para enviar tropas terrestres, destrucción de industrias estratégicas en países árabes aliados, debilitamiento de estos países y de las alianzas, soldados estadounidenses muertos, demostración de la incapacidad de someter a Irán por la vía militar…
El gobierno estadounidense ha logrado ganar tiempo, pero se encuentra en una triple contradicción de difícil salida: no le será fácil vender la victoria desde una posición de debilidad y con el régimen iraní en pie; es improbable que pueda asegurar la paz cuando Israel está determinado a seguir bombardeando; y tendrá dificultades para continuar una guerra que difícilmente podrá ganar y que podría aumentar el malestar entre sus votantes.
No sabemos si la tozuda realidad puede ayudar a que una parte más amplia de los votantes de Trump salgan de su estado contradictorio, pero, al menos, habría que explotar las contradicciones y divisiones con una comunicación contra la guerra capaz de interpelarles eficazmente. Puede que solo sea wishful thinking, pero es la única opción. Aristóteles puede ser de ayuda.
En cualquier caso, cabe la posibilidad de que EEUU realice un ataque masivo con el propósito de que Irán responda en suelo estadounidense y, así, poder declarar la ley marcial para evitar que haya elecciones. Entonces, la opinión pública ya no importará.
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