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Nueva era y nuevas figuras del racismo

Lo que revela un verano y un inicio de curso con aromas islamófobos y negrófobos

Fuentes: Rebelión - Imagen: "La piel de la Tierra", El Anatsui (Ghana).

Traducido del francés para Rebelión por Beatriz Morales Bastos

El final de las vacaciones y el inicio del curso escolar se caracterizan por una multiplicación de declaraciones y actos racistas, tanto islamófobos como negrófobos, dos figuras del racismo contemporáneo ahora claras. La sucesión de estas expresiones de racismo hace que se corra el claro riesgo de que una parte de los habitantes del Hexágono “se habitúe al mal, se acostumbre a lo inaceptable y se adapte a lo insoportable”. Es cierto que se han pronunciado condenas de estos actos, se han producido declaraciones antirracistas, se han publicado comunicados de prensa. Sin embargo, estas reacciones antirracistas siguen siendo reacciones a cada una de las agresiones, sin calibrar lo que revela la sucesión de hechos racistas y su aceleración. Recordemos algunos de estos pasos al acto racistas cuya sucesión indica que se ha traspasado un umbral respecto al arraigo y banalización del racismo en la sociedad francesa. Analicemos a continuación el significado de esta aceleración racista y las posibles razones de una respuesta que no está en absoluto a la altura de lo que está en juego. 

«Francia va a poder llevar libremente a Marruecos la civilización, la riqueza y la paz»

Un florilegio racista a modo de verano y de inicio del curso escolar 

A riesgo de caer en una letanía, recapitulemos de forma no exhaustiva la banalidad racista de estas últimas semanas:1) A principios de julio el alcalde de Stains, Azzedine Taïbi, recibe cartas con amenazas de muerte y llamadas telefónicas insultantes (“moro asqueroso, árabe asqueroso, vuelve a tu país”) por haber inaugurado en su ciudad un fresco en homenaje a Georges Floyd y Adama Traoré; 2) A finales de julio el ministro de Interior Darmanin retoma el concepto de “asalvajamiento”; 3) A mediados de agosto se producen dos incendios provocados contra centros de culto musulmanes en Lyon y Bron; 4) Insultos y amenazas contra el alcalde de Givors, Mohamed Boudjellaba, a finales de agosto: “¡Lárgate, moro, si no quieres quemarte como un merguez!”; 5) El número del 27 de agosto del semanario Valeurs  Actuelles publica una imagen de la diputada Danielle Obono caracterizada como una “esclava”; 6) A principios de septiembre campaña de acoso contra la promotora de la cuenta de Instagram “recette échelon 7” por llevar pañuelo; 7) Acto seguido, publicación de un tweet de la periodista del diario Figaro Judith Waintraub que relaciona a esta promotora con los “terroristas de 11 de septiembre” y ausencia casi total de reacciones por parte de los principales partidos políticos; 8) Declaraciones del expresidente de la República el 10 de septiembre en las que asocia “negros” y “monos; 9) Salida “estrepitosa” y mediatizada de los diputados republicanos y de La République en marche! (LREM) (1) con el pretexto de que la vicepresidenta de la UNICEFF llevaba pañuelo durante la audiencia en la comisión de investigación sobre el impacto de la crisis sanitaria en los jóvenes el 17 de septiembre y a continuación se suceden los programas en los que cronistas y “expertos” se regodean en el tema del laicismo amenazado, etc. 

Dejemos ahí los ejemplos. Los hechos son sin duda de una naturaleza diferente (desde la injuria racista al atentado terrorista), protagonizados por actores de diferentes naturalezas (periodistas, “cronistas” y pseudoexpertos, ministros, individuos y grupos racistas, etc.), las personas atacadas varían (personas negras, musulmanas, barrios populares), pero todo converge en la banalización de las palabras y actos islamófobos y negrófobos. Estos hechos no están aislados unos de otros, sino que forman parte de un mismo contexto caracterizado por una crisis económica y social sin precedentes cuyos efectos no se han desplegado totalmente, de un mismo clima ideológico caracterizado por una Lepenización de la mentalidad generalizada y de una misma secuencia histórica caracterizada por la preparación de las próximas elecciones.

Ante semejante avalancha y el delirio mediático que la acompaña, las reacciones públicas no están en absoluto a la altura de lo que está en juego. Por supuesto, ya no estamos, como en la secuencia histórica anterior, ante la postura de negar la islamofobia y la negrofobia (lo que no quiere decir que haya desaparecido totalmente). Las luchas llevadas a cabo en las dos últimas décadas en el triple plano de la islamofobia, la negrofobia y la violencia policial obligaron a una cantidad cada vez mayor de organizaciones, dirigentes o militantes a romper con la negación de la realidad. Testimonio de ello es la marcha contra la islamofobia del pasado 10 de noviembre en la que por primera vez hubo representación de partidos y organizaciones habitualmente ausentes de ese tipo de movilizaciones. También es testimonio de ello la magnitud de las movilizaciones contra la violencia policial, en particular la llevada a cabo por el comité Adama, cuya inteligencia táctica permitió  garantizar que esta lucha tuviera una visibilidad sin precedentes. Por último, testimonio de ello es la multiplicación de las acciones simbólicas de cambio del nombre de espacios públicos que honraban a esclavistas, colonialistas o racistas. Estas últimas acciones no hablan solo de una herencia molesta, sino también de los efectos que esta herencia tiene en nuestro presente y en particular en el racismo negrófobo que le caracteriza.

Hay que buscar la timidez de las reacciones públicas en otra parte que en la negación. En nuestra opinión, se explica por un contexto electoral ya en marcha en el que la elección presidencial consiste en jugar con la bipolaridad LREM y Frente Nacional (FN), sin dudar para ello en retomar palabras y conceptos de extrema derecha o salidos del imaginario colonial. Por ejemplo, el término “asalvajamiento” no es un “error” de [el ministro del Interior francés] Darmanin o un rasgo de su individualidad. Forma parte de una estrategia del lenguaje muy reflexionada al servicio de esta voluntad de centrar las futuras citas electorales únicamente en la opción binaria Macron/Le Pen. Sin lugar a dudas, el término “asalvajamiento” proviene de la galaxia de extrema derecha. Ya en 2013 se publicó el libro La France Orange mécanique [Francia naranja mecánica], que denuncia en el prefacio “el asalvajamiento de una nación” (2). En 2018 fue Rassemblement National (3) quien destacó este término en el título de un coloquio, “De la delincuencia al asalvajamiento”, presidido por Marine Le Pen, la cual planteó la siguiente pregunta en la introducción del coloquio: “¿Vamos de la delincuencia al asalvajamiento de la sociedad? Es cierto que todo hace pensarlo (4)”, antes de mencionar el “terrorismo civil” y las “zonas de no Francia” equivalentes a “selvas”. 

El término también arrastra consigo todo el peso de los periodos esclavista y colonial. La esclavitud también se defendió en nombre de la lucha contra el salvajismo y para proteger de él a las personas esclavizadas: “Este comercio parece inhumano”, explica en 1675 el negociante esclavista Jacques Savary, “a quienes no saben que estas pobres personas son idólatras o mahometanas, y que los comerciantes cristianos, al comprarlas a sus enemigos, las sacan de una esclavitud cruel y hacen que encuentren en las islas a las que son llevadas […] una servidumbre más dulce” (5). Dos siglos después se esgrimirá la necesidad de luchar contra el salvajismo que constituye la esclavitud para justificar la colonización del continente africano. “La abolición de la esclavitud y la justificación de la expansión colonial”, recuerda la politóloga Françoise Vergès, “están unidas por la instauración de la República de 1848. Aunque estas dos lógicas parecen totalmente antinómicas, la una va a justificar y permitir a la otra. Precisamente con el fin de liberar a determinadas poblaciones de la esclavitud o de la amenaza de ser sometidas por otros a la esclavitud, Francia podrá intervenir en varios territorios que así serán liberados noblemente y explotados cómodamente” (6).

Rassemblement National, por su parte, piensa jugar, como es su costumbre, la lógica de la sobrepuja racista para acelerar la derechización del ámbito político, que es la única esperanza que tiene de llegar en un momento dado al poder. En efecto, la derechización del ámbito político construye progresivamente las bases de un acuerdo con una parte de la derecha sin el cual es imposible acceder al poder a corto y medio plazo. En la izquierda es adecuada la discreción sobre este racismo contemporáneo. Se denuncia, pero con desgana o coyunturalmente, pero sin querer considerar que hoy en día es uno de los ejes esenciales de la lucha social. El temor a consecuencias electorales tiene su peso en esta “timidez” en un contexto en el que los barrios populares siguen estando marcados por una abstención récord y en los que, en cambio, el voto de extrema derecha es más estable. Las preocupaciones de cada cita electoral siempre posponen para más tarde la posibilidad de una respuesta antirracista que esté a la altura de la nueva era del racismo que vivimos y que se concretiza en las figuras de la islamofobia y de la negrofobia. Un pequeño desvío por la historia del racismo nos permite comprender la magnitud de estos retos.

¿Una nueva “era” racista? 

El racismo no es una maldición, una tara, un simple “miedo al otro”, un “virus”, un “desconocimiento del otro” o una característica ahistórica de la humanidad. Estas diferentes variantes de la definición idealista del racismo son habituales y ocultan las causas reales del racismo, y, por consiguiente, producen una respuesta inadecuada. En efecto, solo un enfoque materialista permite tener en cuenta la dimensión sistémica del racismo y, en particular, sus funciones sociales, políticas e ideológicas. El racismo surge y se desarrolla en unas condiciones históricas dadas y para servir a unos intereses sociales. No carece de historia sino que, por el contrario, adopta las formas históricas que le permiten conservar su eficacia social e ideológica. No es casual que se haya formalizado y teorizado en el momento en que el modo de producción capitalista parte a la conquista del mundo. Es para justificarla para lo que surge esta teorización que, por lo tanto se puede datar de 1492 y de la conquista sangrienta del continente americano. La función social del racismo es precisamente justificar lo injustificable a ojos de los pueblos de los países esclavistas, después colonialistas y por último neocolonialistas. Después de que la clasificación y jerarquización de la humanidad adoptaran durante varios siglos una forma biologista, la relación de fuerzas sociales las obligó a vestir nuevas gala. El racismo, que inicialmente se teorizó bajo la forma del racismo biológico (es decir, bajo la forma de la doble afirmación de la existencia de “razas” biológicamente diferentes y de una jerarquía de estas), se vio bruscamente deslegitimado por la experiencia traumática del nazismo. 

Por primera vez con Hitler la teoría de las razas no iguales biológicamente era aplicada por blancos a otros blancos. La victoria contra el nazismo hace imposible durante un largo periodo de tiempo la figura del racismo biológico, que se vuelve obsoleta, es decir, incapaz de cumplir su función de justificación. Emerge entonces una nueva teorización a base ya no de “razas biológicas” sino de “culturas”, tan jerarquizadas como antes lo habían estado las “razas”. La confusión entre el racismo en general y sus figuras históricas tuvo como consecuencia la ilusión de una desaparición del racismo. El retroceso del racismo histórico se confundió con el retroceso del racismo en general. A la primera era del racismo, que fue el racismo biológico, sucedió una segunda era bajo la forma del racismo culturalista. Que nosotros sepamos, Frantz Fanon fue el primero en analizarlo: “El racismo no se pudo anquilosar. Tuvo que renovarse, matizarse, cambiar de fisionomía. […] Este racismo que se quiere racional, individual, determinado, genotípico y fenotípico se transforma en racismo cultural. El objeto del racismo ya no es el hombre particular, sin determinada forma de existir […]. El recuerdo del nazismo, la miseria común de hombres diferentes, el sometimiento común de grupos sociales importantes, la aparición de «colonias europeas», es decir, la institución de un régimen colonial en plena Europa, la toma de conciencia de los trabajadores de los países colonizadores y racistas, la evolución de las técnicas, todo ello ha modificado profundamente el aspecto del problema” (7). 

Por consiguiente, para Fanon lo que desencadena el proceso de reformulación del racismo es una mutación material (la relación de fuerzas antifascista surgida de la Segunda Guerra Mundial) y sus consecuencias, también materiales (nuevos logros sociales, abolición del Código del Indígena (8), etc.). Este proceso no se desarrolló bruscamente. No es el resultado de una decisión política única o de un complot maquiavélico. Simplemente, una necesidad y una demanda de ideología acabaron produciendo una oferta adecuada tras una serie de tanteos y de ajustes. Así, hicieron falta dos décadas, es decir, hasta la mitad de la década de 1960, para que el culturalismo se vuelva hegemónico ya que las independencias habían acelerado la obsolescencia del racismo biológico. 

Ahora bien, con lo que se suele denominar “globalización” vivimos hoy una nueva mutación  importante de la relación de fuerzas. Lejos de ser el resultado de un desarrollo de los intercambios, la globalización es el resultado de decisiones políticas (de la Organización Mundial de Comercio, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional, de la Unión Europea, etc.) que imponen por medio de la coacción financiera (y si es necesario, de la coacción militar) el sometimiento a la lógica pura del beneficio de todas las regulaciones y limitaciones que habían impuesto las secuencias históricas anteriores y sus luchas (sociales en cada unos de los países, de liberación nacional en los países que habían sido colonizados). Esta nueva gran mutación requiere una nueva adaptación del racismo para que este pueda seguir ejerciendo su función de justificación. Se trata ahora de justificar un nuevo sometimiento del planeta que en muchos aspectos se puede comparar con una recolonización. Tras la “raza” y después la “cultura”, lo que se moviliza para jerarquizar a la humanidad y justificar la dominación es la noción de “civilización”. La teoría del “choque de civilizaciones” (9) de Samuel Huntington inaugura este nuevo rostro del racismo que, por lo tanto, proponemos denominar “racismo civilizacionista” en el que las “civilizaciones” se presentan como entidades homogéneas e incompatibles entre sí. Estarían en lucha permanente unas contra otras. En esta teoría la “civilización occidental” se presenta como amenazada en primer lugar por la “musulmana”, después por la “ortodoxa” (en torno a Rusia) y la “confuciana” (en torno a China). Se considera que el África subsahariana, por su parte, ni siquiera ha alcanzado un estadio de civilización, lo que no impide que se construya como amenaza para la civilización occidental, en este caso por razones demográficas. Es de lo que nos hablan un Sarkozy, después un Valls (10) y más tarde un Macron cuando hablan de “amenazas al laicismo, a la identidad nacional, al derecho de las mujeres, a la República, etc.”, e incluso en el caso de Valls de “guerra de civilización”. 

Como en el paso a la segunda era del racismo, el paso a la tercera ha sido progresivo. Entre la publicación del libro de Huntington, la importación y adaptación de sus temáticas a la sociedad francesa, y su carácter casi hegemónico de hoy han pasado más de dos décadas caracterizadas por las múltiples polémicas sobre el pañuelo, el islam y los musulmanes por una parte y, por otra, por el tema de un peligro de sumersión africana, del que la teoría de la “gran sustitución” no es sino la versión de la extrema derecha. Este último tema está, además, presente en las teorizaciones de Huntington, que tras su famoso libro publica otro (11) sobre el falso peligro de la sumersión latina en Estados Unidos, lo que, en su opinión, supone una amenaza para la identidad nacional estadounidense, que se define como centrada en las personas anglosajonass blancas protestantes.

Islamofobia y negrofobia como figuras del racismo civilizacionista 

Por supuesto, el tema de la “civilización” no es totalmente nuevo, como atestigua la retórica de la “misión civilizadora” de la colonización, pero era un elemento secundario que se articulaba a la base del racismo biológico. Ahora se convierte en el centro del argumentario racista para cumplir una función social e ideológica que Edward Said, autor de una crítica magistral del orientalismo, resume de la siguiente manera:  “Lo que Huntington ofrece en su trabajo […] es de hecho una versión reciclada de la tesis de la Guerra Fría según la cual los conflictos en de hoy y de mañana seguirán siendo no esencialmente económicos o sociales, sino ideológicos. […] La Guerra Fría continúa, pero esta vez en muchos frentes, con muchos sistemas de valores más fundamentales como el islam y el confucionismo que luchan por la influencia e incluso por la dominación de Occidente. Así pues, no es de extrañar que Huntington concluya su ensayo […] hablando de lo que Occidente debe hacer para seguir siendo fuerte y mantener débiles y divididos a sus adversarios” (12).  

Tanto en el plano interno en cada país “rico” como a nivel internacional la globalización es una lógica de guerra permanente, cuya naturaleza económica y cuyas consecuencias desastrosas se deben ocultar. A nivel internacional significa una fuerte competencia por el acceso a los recursos energéticos y a minerales estratégicos, y por su control, lo que se traduce en una multiplicación de guerras e injerencias militares para las que hay que preparar a la opinión pública. En el plano de cada país significa la mayor regresión social desde la Segunda Guerra Mundial en los ámbitos de los salarios, las condiciones laborales, los derechos sociales, etc., regresión de la que hay que desviar la atención por medio del montaje de una amenaza mayor, más inmediata y más radical. No se debe subestimar la magnitud del deterioro social generalizado que comporta la globalización. La lógica que se ha puesto en marcha no tiene ningún límite, excepto el impuesto por las luchas tanto en los países del Sur como en los del Norte. Subestimar este deterioro equivale a prohibirse comprender la necesidad sistémica del racismo civilizacionista como herramienta de legitimación de las guerras en el exterior y de desvío de potenciales iras sociales en el interior.

Para desempeñar estas funciones, el racismo civilizacionalista tiene la ventaja de ofrecer unos objetivos idóneos. En efecto, es en los países en los que la mayoría de la población es musulmana por una parte y en África por otra donde se sitúan las fuentes de energía y los minerales codiciados. También es de estos dos espacios de donde provienen las inmigraciones contemporáneas. Islamofobia y negrofobia emergen lógicamente como las dos figuras que encarnan la nueva era del racismo. Cada una se ha construido política y mediáticamente suscitando un miedo específico vinculado a un falso peligro igual de singular. En el caso de la islamofobia el peligro es “islamista” con, por supuesto, una explicación de este que elimina los retos económicos y cuya consecuencia es, por lo tanto, hacer que parezca consustancial a la propia religión musulmana. En el caso de la negrofobia el peligro es “demográfico” con, por supuesto, la misma eliminación de los retos económicos y cuya consecuencia es hacer que parezca el resultado de una sexualidad desbocada y animal. No es casual (o el único hecho de las maniobras de la extrema derecha) que en los campos mediáticos y políticos se desplieguen unas islamalgamas (13) recurrentes que pasan tranquilamente de la denuncia del “islamismo” a la del “islam” y de las personas musulmanas. Tampoco es sorprendente (o el único resultado de las estrategias de la extrema derecha) que se banalice hasta en los discursos de varios presidentes de la República la imagen desmentida científicamente de una “bomba demográfica africana”. 

En ambos casos la construcción del peligro es coherente con la necesidad de justificar las injerencias allí (así, la lucha contra el islamismo se moviliza desde Irak a Mali y de Siria a Somalia pasando por Irán y Sudán) y las políticas restrictivas aquí: Europa fortaleza a costa de un Mediterráneo que se convierte en un cementerio gigante, organización de una reserva de mano de obra servil con personas sin papeles para los sectores no deslocalizables, precarización de la estancia para los inmigrantes regulares, etc. Por supuesto, la extrema derecha no está ociosa. Considera este contexto como un posibilidad de obtener una ganancia inesperada y en consecuencia despliega una lógica de sobrepuja. Pero esta no constituye la causa primera del desarrollo de las dos figuras del racismo civilizacionista que son la islamofobia y la negrofobia. En nuestra opinión, esta se sitúa en las necesidades de legitimación de una globalización capitalista que devuelve el mundo al momento anterior a los logros políticos y sociales de las luchas de los dos últimos siglos aquí y a al de antes de las luchas de liberación nacional allá.  

Escenarios para el futuro 

La globalización suscitará inevitablemente una exacerbación de las luchas y la resistencia tanto aquí como allá. Adoptarán las formas que puedan adoptar, como lo ilustraron las diversas luchas de los últimos años (el movimiento de los chalecos amarillos, las manifestaciones masivas durante mucho tiempo como en Argelia y Sudán, el “golpe de Estado” en Malí, etc.). Serán objeto de una intensa batalla ideológica para aislarlas unas de otras, criminalizarlas, volverlas unas contra otras, reducirlas a una deriva unas veces “fascistoide” y otras “comunitarista”. La islamofobia y la negrofobia son dos herramientas de una eficacia temible fundamentales en esta batalla ideológica. La magnitud de las potenciales luchas sociales, vinculada ella misma a la magnitud del deterioro generalizado provocado por la globalización capitalista (que significa concretamente una recolonización allí y una vuelta a la condición salarial del siglo XIX aquí), hace que estas dos herramientas sean absolutamente necesarias para las clases dominantes. De ahí se desprenden dos escenarios posibles en un plano abstracto: o bien la lucha contra la islamofobia y la negrofobia ocupa un lugar real en las estrategias de la organizaciones sindicales y políticas que afirman defender los intereses de las clases populares, o bien sigue teniendo, como hoy, un lugar marginal en sus agendas debido a unas  preocupaciones relacionadas únicamente con las citas electorales. 

En un plano más concreto el segundo escenario sigue siendo en gran medida dominante. Por eso es esencial la acción de las asociaciones, colectivos y organizaciones de la inmigración y sus descendientes que ahora son autóctonos. Sus acciones autónomas son las únicas que pueden perturbar un orden en la agenda que relega la lucha contra la islamofobia y la negrofobia a un lugar simbólico, cuando no a una ausencia total de lugar. Su dispersión actual no les permite desempeñar esta función suficientemente. En nuestra opinión, debemos centrar nuestros esfuerzos en reducirla. Por eso nos parece que la idea de unos Estados Generales de los barrios populares es esencial en el periodo actual. Sin duda hay muchos obstáculos, pero la importancia de lo que está en juego impone a todos actuar colectivamente para superarlos. Hagamos madurar colectivamente este plazo, sin precipitación pero con determinación. Ahí donde hay voluntad política hay un camino.

Sin cambios notables en esta dirección la islamofobia y negrofobia desde arriba se arraigarán con el tiempo “abajo”. Sin una lucha consecuente contra la islamofobia y la negrofobia la lucha contra la globalización y sus efectos se lleva a cabo con un enorme defecto para gran deleite de las clases dominantes.  

Notas:

(1) La République En Marche! es un partido fundado en 2016 y liderado por el actual presidente francés, Emmanuel Macron (N. de la t.).

(2) Laurent Obertone, La France Orange mécanique, Ring, París, 2013.

(3) Rassemblement National, que hasta 2018 se denominaba Front National, Frente Nacional, es un partido francés de extrema derecha, cuyo origen está en una coalición de partidos de la extrema derecha francesa, fundado en  1972 y presidido hasta enero de 2011 por Jean-Marie Le Pen, año en que fue sustituido por su hija Marine Le Pen. En 2018 el partido cambió de nombre, pasó de Front National a Rassemblement National a propuesta de Marine Le Pen en un intento de mejorar la imagen del partido. (N. de la t.).

(4) Introducción al coloquio de los diputados de Rassemblement National, De la délinquance à l’ensauvagement, 1 de diciembre de 2018, que se puede escuchar íntegramente en youtube.com.

(5) Jacques Savary, Le parfait négociant, ou instruction générale pour ce qui regarde le commerce de toute sorte de marchandises, tant de France que des pays étrangers, París, 1675, p. 140, se puede consultar en Gallica.

(6) Françoise Vergès, “Une citoyenneté paradoxale, affranchis, colonisés et citoyens des vieilles colonies”, en Chantal Georgel (dir.), L’Abolition de l’esclavage. Un combat pour les droits de l’homme, Complexe, Bruselas, 1998, p. 24.

(7) Frantz Fanon, “Racisme et culture”, en Frantz Fanon, Pour la Révolution Africaine. Ecrits politiques, La Découverte, París, 2001, pp. 39 – 41.

(8) El Código del Indígena (“ Code de l’indigénat”, en francés) fue un conjunto de leyes que estableció un estatus legal inferior para las personas originarias de las colonias francesas desde 1887 ya que distinguía a los “ciudadanos” franceses (con orígenes europeos) de los “sujetos” franceses (los indígenas), a los que se privaba de la mayoría de sus derechos políticos. Se implementó primero en Argelia y posteriormente en todo el Imperio colonial francés hasta 1944–1947. (N. de la t.).

(9) Samuel Huntington, Le Choc des civilisations, Éditions Odile Jacob, París, 1997.

(10) Manuel Valls fue primer ministro de Francia durante la presidencia del socialista François Hollande y previamente había sido ministro del Interior. Actualmente es concejal del Ayuntamiento de Barcelona (N. de la t.)

 (11) Samuel Huntington, Qui sommes-nous ? Identité nationale et choc des cultures, Odile Jacob, París, 2004.

(12) Edward Saïd, The Myth. of “the clash of civilizations”, Media Education Foundation, Northampton, 1998, pp. 2-3.

(13) “Islamalgame”, en francés, es un neologismo creado para expresar todas las amalgamas, siempre con connotaciones negativas, que se hacen a propósito del islam (islam y terrorismo, islam y delincuencia, etc.). (N. de la t.)

Blog del autor: https://bouamamas.wordpress.com/2020/09/21/554/

Foto de portada: «La piel de la Tierra», escultura de El Anatsui, realizada en hilos de aluminio y cobre. Cortesía del museo Guggenheim de Abu Dhabi.

Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción. 

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