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Para escapar de los errores, comiencen por aceptar la realidad

Los debates y la gran mentira

Fuentes: CounterPunch

Traducido para Rebelión por Germán Leyens

Los debates presidenciales conducen a ninguna parte. ¿Por qué? Porque tanto el presidente George Bush como el senador John Kerry se encapsulan en una gran mentira.

La mentira es demasiado grande para que la puedan reconocer. Ambos candidatos repiten como un mantra que Sadam Husein era peligroso para EE.UU. y tenía que ser eliminado. Ambos reafirman que la destitución de Sadam sigue siendo algo bueno a pesar de una plétora de informes oficiales que concluyen que se dieron razones falsas para derrocarlo.

Kerry no llega a ninguna parte porque dice que haría lo mismo que Bush, sólo de modo distinto.

Bush recuerda a Kerry una y otra vez que «usted vio la misma inteligencia que yo» y que votó por la guerra. La crítica de Kerry después de los hechos, dice Bush, sólo muestra qué clase de veleta es Kerry.

Para muchos estadounidenses la respuesta de Bush es más fácil de captar que el argumento matizado de Kerry. Por la segunda vez en su vida Kerry se ve en la situación de posicionarse contra una guerra después de haberla apoyado.

Kerry ha perdido una oportunidad tras otra de ser franco con el pueblo de EE.UU. Si hablara francamente, Kerry podría dar un golpe de nocaut que reventaría el debate.

Cuando Bush lo critica diciendo «usted vio la misma inteligencia que yo», ¿por qué no responde Kerry?:

«Sí, señor presidente, las mismas personas que lo engañaron a usted, me engañaron a mí, a la Cámara y al Senado y enviaron a Colin Powell a Nueva York a engañar a la ONU. Así que, señor presidente, ¿por qué no los ha despedido? ¿No hay responsabilidad en su administración? Cómo puede usted dirigir si no hace responsables a los culpables de graves errores que han llevado a la muerte y a la mutilación de miles de nuestros soldados y de decenas de miles de iraquíes, destruido nuestras alianzas, y reclutado a miles bajo las banderas del terrorismo?»

Bush no sabría qué responder.

Sadam Husein no representaba un peligro para EE.UU. Sin embargo, era un obstáculo potencial, junto con Siria, para el deseo del partido de derecha de Israel, Likud, de expulsar a los palestinos a Jordania y apoderarse de Líbano. La expulsión y la apropiación de Líbano aún pueden ocurrir, porque son apoyadas por los neoconservadores que controlan la administración Bush.

La instalación de un régimen títere en Irak y la construcción de una docena o más de bases militares permanentes de EE.UU. en Irak, como lo está haciendo, abren un campo de conquistas para Israel.

El objetivo de conquista neoconservador no es ningún secreto. El padrino de los conservadores, Norman Podhoretz, y otros de su persuasión, han llamado por escrito, en más de una ocasión, a que EE.UU. lance la IV Guerra Mundial contra el Medio Oriente musulmán.

La causa del terrorismo musulmán no es la oposición a la democracia de EE.UU. La causa es su oposición a la política de EE.UU. en Medio Oriente, especialmente el apoyo de EE.UU. a la guetización israelí de Palestina. A falta de fuerzas militares con las que oponerse al poderío estadounidense, los musulmanes recurren a ataques terroristas. ¿Cómo pueden los estadounidenses ser tan ingenuos como para pensar que los musulmanes se quedarán simplemente sentados y acepten todo?

EE.UU. no puede derrotar el terrorismo sólo por la fuerza – a menos que se proponga el genocidio de los musulmanes. Sadam Husein no fue un gobernante popular, pero la ocupación de Irak ha comprometido a un 80% de nuestras tropas y no tiene éxito.

La expansión de esta guerra, como se lo proponen los neoconservadores, requiere recursos que EE.UU. no posee y probablemente llevaría a la unificación de países contra nosotros.

La política de Bush en Medio Oriente es contraproducente. Bush no está edificando la democracia, sino que está creando legiones de insurgentes y terroristas.

EE.UU. puede derrotar a insurgentes en batallas, pero no puede ocupar con éxito el territorio conquistado. En sus ensayos sobre la Guerra de la Cuarta Generación, William Lind ha dejado en claro las ventajas que los insurgentes tienen sobre las fuerzas convencionales.

En esta situación, «mantener la dirección» en Irak no es una opción. Las únicas alternativas para EE.UU. son escalar la guerra o retirarse.

Según el International Herald Tribune del 9 de octubre, EE.UU. tiene planes de escalar atacando a veinte o treinta ciudades y pueblos iraquíes con la esperanza de recuperar el control.

«Los planificadores del Pentágono y los comandantes militares han identificado entre 20 y 30 ciudades y pueblos en Irak que habría que llegar a controlar antes de que allí se puedan realizar elecciones en enero.»

Piensen en eso. ¡¿Otros veinte o treinta Nayafs o Faluyas?! EE.UU. ni siquiera controla Bagdad a 400 metros de la ‘Zona Verde’ fuertemente fortificada, donde el ‘gobierno iraquí’ y sus amos estadounidenses se ven obligados a refugiarse.

Imaginen la cantidad de mujeres y niños que serán destrozados por los «ataques de precisión» de EE.UU. contra 20 o 30 ciudades y pueblos.

Es un crimen de guerra atacar a civiles. La proporción que ya es pequeña de insurgentes muertos respecto a los civiles muertos, significa que son los insurgentes, no los civiles, los que constituyen los «daños colaterales».

Si Bush continúa con esta locura, los militares de EE.UU. serán conocidos como la reencarnación de la SS.

Ningún político estadounidense puede decir algo que tenga sentido si sigue atrapado por la gran mentira de que la guerra contra Irak fue necesaria. No fue necesaria. Fue un error estratégico garrafal. Comenzó algo que ya podría estar fuera de todo control.

En asuntos militares, la ficción y el engaño conducen al desastre. Una superpotencia ilusa es sobre todo peligrosa para sí misma.

Por favor, candidato Kerry, en el último debate ponga los puntos sobre las íes, diga la verdad, y muestre el liderazgo necesario, si EE.UU. ha de recuperarse del error estratégico garrafal de invadir Irak.



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Paul Craig Roberts es John M. Olin Fellow del Instituto de Economía Política y Miembro Investigador del Independent Institute. Es antiguo editor asociado del Wall Street Journal y antiguo secretario adjunto del Tesoro de EE.UU. Es co-autor de «The Tyranny of Good Intentions».



http://www.counterpunch.org/roberts10112004.html