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Nuestras protestas deben anular los intereses de los combustibles fósiles que bloquean a Barack Obama

Fuentes: Sin Permiso

Traducción para www.sinpermiso.info : Lucas Antón

Por lo general, el cambio se produce con mucha lentitud, aun cuando la gente más seria haya decidido ya que existe un problema. Así sucede, en un país tan grande como los Estados Unidos, debido a que la opinión pública se mueve en forma de lenta corriente. Puesto que, por definición, el cambio requiere ir en contra de poderosos intereses establecidos, puede que hagan falta decenas de años para que estas corrientes erosionen la fortaleza de los intereses especiales.

Tomemos, por ejemplo, «el problema de nuestras escuelas». No se preocupen de si había en realidad un problema, o de si hacer que todos los estudiantes dediquen sus años escolares a rellenar «tests» normalizados lo ha resuelto. Pensemos solo en la cronología. En 1983, después de algunos años para que los expertos se aclarasen la garganta, la Comisión Carnegie publicó «A Nation at Risk» [«Un país en peligro»], insistiendo en que una «creciente marea de mediocridad» amenazaba nuestras escuelas. Las mayores fundaciones y la gente más rica del país despertó a la acción y durante tres décadas nos aplicamos entrecortadamente a una serie de reparaciones y reformas. Tuvimos Race to the Top [Carrera a la Cumbre, concurso escolar del Departamento de Educación para promover innovaciones y reformas], y Teach for America [Enseñar por Norteamérica, ONG que recluta a recién licenciados para enseñar en comunidades de bajos ingresos], y estatutos y vales escolares, y… todavía estamos metidos en lo de «arreglar» la educación, muchas generaciones de estudiantes después.

Aun encarando problemas que son innegablemente reales – la discriminación contra la comunidad homosexual, pongamos por caso- se puede defender que el cambio gradual ha sido en realidad la mejor opción. Si algún mítico Tribunal Supremo progresista hubiera declarado legal, en 1990, el matrimonio homosexual en el país, la reacción en contra habría sido rauda y contundente. Desde luego, puede aducirse que yendo de estado en estado (empezando por estados más sagaces y pequeños como Vermont) se ha conseguido un feliz resultado más sólido a medida que cambiaba la cultura y las nuevas generaciones se hacían mayores.

Lo que no significa decir que no hubiera millones de personas que han sufrido de resultas de ello: las ha habido. Pero nuestras sociedades están hechas para moverse despacio. Las instituciones humanas tienden a trabajar mejor cuando disponen de años o hasta de décadas para llevar a cabo correcciones graduales de rumbo, cuando el tiempo suaviza los conflictos entre la gente.

Y esa ha sido siempre la dificultad respecto al cambio climático, el mayor problema al que hayamos tenido alguna vez que enfrentarnos. No es una lucha, como la reforma educativa o el aborto o el matrimonio de los homosexuales, entre grupos en conflicto con opiniones en conflicto. No podría ser más distinto en un plano fundamental.

Estamos hablando de una lucha entre los seres humanos y la física. Y la física no tiene el más mínimo interés en los calendarios humanos. A la física no puede importarle menos si una actuación brusca hace subir los precios del gas, o daña a la industria del carbón en estados electoralmente indecisos. No podría importarle menos si ponerle un precio al carbono ralentiza el ritmo de desarrollo de China y hace menos rentable la industria agropecuaria.

La física no entiende que la acción rápida sobre el clima amenaza el negocio más lucrativo de la Tierra, el sector de combustibles fósiles. Es implacable. Toma el dióxido de carbono que producimos y lo traduce en calor, lo que quiere decir en hielo que se funde y tormentas que se forman. Y a diferencia de otros problemas, cuanto menos haces, peor se vuelve. Y si no se hace nada, te encuentras de pronto con una pesadilla.

Podríamos demorar la reforma sanitaria durante diez años y el precio sería terrible, con todo ese sufrimiento al que no responderíamos en esos diez años. Pero cuando volviéramos a ello, el problema vendría ser de las mismas dimensiones. Con el cambio climático, a menos que actuemos con bastante prontitud para responder al calendario que impone la física, no hay mucha razón para actuar en absoluto.

A menos que se comprendan estas distinciones, no se entiende el cambio climático, y no está nada claro que el presidente Obama lo entienda.

Por esa razón es por la que su administración siente ese fastidio cuando no consigue el crédito que cree merecer por enfrentarse al asunto en su primer mandato presidencial. La medida que señalan con más frecuencia es el aumento del ahorro medio de combustible en automóviles, que irá entrando lentamente en vigor a lo largo del próximo decenio.

Precisamente es el tipo de transformación gradual que a la gente – y a los políticos – les gusta. Deberíamos haberlo adoptado hace mucho tiempo (y lo habríamos adoptado, salvo que desafiaba el poder de Detroit y sus sindicatos, y así tanto los republicanos como los demócratas lo mantuvieron a raya). Pero aquí viene lo terrible: ya no es una medida que le impresione a la física. Al fin y al cabo, la física no va por ahí bromeando o negociando. Mientras discutíamos si el cambio climático era siquiera un tema al que se le podía permitir aparecer en la última campaña presidencial, se estaba fundiendo el Ártico. Si vamos a ralentizarlo, tenemos que recortar la emisiones a escala global a un ritmo sensacional, algo así como un 5% anual, para que suponga una verdadera diferencia.

No es culpa de Obama que no esté pasando esto. Consideremos el momento en el que el gran presidente del siglo pasado, Franklin Delano Roosevelt, hubo de enfrentarse a un implacable enemigo, Adolf Hitler (lo más análogo a la física que podamos imaginar, en el sentido de que era enloquecidamente solipsista, aunque en su caso también era un malvado). Ni siquiera cuando los ejércitos alemanes habían empezado ya a rodar por toda Europa, consiguió FDR, con todo, hacer acopio de fuerzas para que Norteamérica se levantara del sofá y luchara.

Existía incluso en aquel entonces el equivalente de los negacionistas del cambio climático, encantados de defender que Hitler no representaba ninguna amenaza para Norteamérica. Ciertamente, en algunos casos se trataba de idénticas instituciones. La Cámara de Comercio norteamericana, por ejemplo, se opuso de manera estentórea a la Ley de Préstamos y Arriendos [de 1941 para ayudar a la Gran Bretaña en guerra]. .

De modo que Roosevelt hizo todo lo que le permitía su autoridad, y luego cuando Pearl Harbor le ofreció su momento, empujó con toda la fuerza que podía. Fuerza significaba, por ejemplo, decirle a las empresas de automóviles que quedaban fuera del negocio de coches durante algún tiempo para pasar, en cambio, a la fabricación de tanques y aviones de combate.

Para Obama, enfrentado a un Congreso comprado por el sector de combustibles fósiles, un enfoque realista consistiría en hacer absolutamente todo lo que pudiera con su autoridad: nuevas regulaciones de la EPA (Environment Protection Agency, la Agencia de Protección Medioambiental del gobierno federal), por ejemplo; y, por supuesto, debería denegar el permiso para tender el oleoducto de arenas alquitranadas Keystone XL, algo para lo que no requiere permiso alguno de John Boehner [el republicano que preside la Cámara de Representantes] ni del resto del Congreso.

Hasta ahora, sin embargo, ha sido, en el mejor de los casos, tibio cuando se trata de dichas medidas. La Casa Blanca, por poner un caso, desautorizó la propuesta de la EPA de mayor regulación sobre ozono y «smog» en 2011, y el año pasado abrió el Ártico a la perforación petrolífera, al tiempo que vendía a precio de ganga vastas extensiones de la cuenca del río Powder, en el estado de Wyoming, a la minería del carbón.

Su Departamento de Estado metió la pata en las negociaciones globales sobre cambio climático. (Es difícil recordar un fracaso diplomático de mayor perfil que el de la cumbre de Copenhague). Y hoy Washington bulle de rumores de que aprobará el oleoducto Keystone, que podría transportar 900,000 barriles diarios del crudo más sucio de la Tierra. Casi gota por gota, es la cantidad que ahorrarían sus nuevas regulación de ahorro de consumo en automóviles.

Si Obama fuera serio, estaría haciendo algo más que lo fácil y obvio. Iría buscando ese momento de Pearl Harbor. Sabe Dios que tuvo su oportunidad en 2012: el año más cálido de la historia de los Estados Unidos continentales, la mayor sequía de su vida, y un deshielo del Ártico tan grave que el principal científico del gobierno federal para el cambio climático lo declaró «emergencia planetaria».

De hecho, ni siquiera pareció darse cuenta de estos fenómenos, haciendo campaña para un segundo mandato como si estuviera en una burbuja de aire acondicionado, hasta cuando la gente se desmayaba en masa a causa del calor. A lo largo de la campaña de 2012, siguió declarando su amor por una política energética de «todo lo antedicho», en la que aparentemente el petróleo y el gas natural eran exactamente igual de benéficos que el sol y el viento.

Sólo al final mismo de su campaña, cuando pareció que el huracán Sandy presentaba una abertura política, dio indicios de aprovecharla, y su personal permitió que los informadores se enterasen, sin atribuirlo a ninguna fuente, de que el cambio climático sería ya una de sus tres prioridades más importantes (o quizás cuatro, después de la matanza de Newton) de un segundo mandato.

Es un comienzo, supongo, pero resulta muy diferente a decirles a las empresas automovilísticas que harían mejor en reequiparse para producir turbinas eólicas en masa.

Y en cualquier caso, lo retiró a la primera oportunidad. En su rueda de prensa posterior a las elecciones, anunció que el cambio climático era «de verdad», señalando su acuerdo, digamos, con el presidente George H. W. Bush en 1988. Por deferencia a las «futuras generaciones», estuvo asimismo de acuerdo en «hacer más». Pero enfrentarse al cambio climático, añadió, entrañaría «duras opciones políticas». Desde luego, demasiado duras, parece, pues estas eran sus líneas clave:

«Creo que ahora mismo el pueblo norteamericano ha estado tan centrado y seguirá tan centrado en nuestra economía y empleo y crecimiento que si el mensaje es de alguna manera que vamos a ignorar el empleo y el crecimiento para afrontar simplemente el cambio climático, no creo yo que nadie se apunte a esto. Yo no iría por ahí».

Es como si Winston Churchill, primer ministro británico durante la II Guerra Mundial, hubiera declarado:

«No tengo nada más que ofrecer que sangre, trabajo, lágrimas y sudor. Y sabe Dios que eso no cosecha muchos votos, así que mejor nos olvidamos».

Al presidente hay que presionarle para que haga todo lo que pueda y más. Es por lo que miles de nosotros descenderemos sobre Washington, D.C., el fin de semana previo al Día del Presidente [jura del cargo], en lo que constituirá la mayor manifestación medioambiental en muchos años. Pero existe otra posibilidad que hemos de considerar: que no esté quizás a la altura de esta tarea y que tengamos nosotros que hacerlo por él, lo mejor que podamos.

Si no se enfrenta él al sector de los combustibles fósiles, lo haremos nosotros. Es la razón por la que los activos movimientos de desinversión de 192 campus de todo el país están haciendo todo lo que pueden para poner de manifiesto que el sector de combustibles fósiles amenaza su futuro. Si él no utiliza nuestra posición como superpotencia para sacar las negociaciones internacionales sobre cambio climáticos del barro, lo intentaremos nosotros.. Es por lo que la gente joven de 190 países se va a reunir en Estambul en junio en un esfuerzo por sacarle los colores a las Naciones Unidas para que actúen. Si no escucha él a los científicos – como los 20 climatólogos más importantes que le dijeron que el oleoducto Keystone es un error – , en ese caso los científicos más relevantes tendrán cada vez más claro que tienen que propiciar que les detengan para dejar clara su postura.

Quienes figuramos en el creciente movimiento contra el cambio climático, nos movemos con toda la rapidez y contundencia que sabemos (aunque no tanto, me temo, como exige la física). Tal vez si vamos lo bastante rápido, hasta este pacientísimo presidente acabará atrapado por esta ola. Pero no es que le estemos esperando. No podemos.

Bill McKibben , es un conocido medioambientalista estadounidense, especialmente respetado por sus escritos sobre el cambio climático. Actualmente es «Schumann Distinguished Scholar» en el Middlebury College, Vermont.

Fuente: http://www.sinpermiso.info/textos/index.php?id=5633