Desde cuando Hugo Chavez fue presidente de Venezuela, en 1998, Estados Unidos, las derechas latinoamericanas y sus académicos de cabecera determinaron que en la patria de Bolívar no existía democracia liberal. Esto significa, según el Democracimetro imperial, que en ese país no hay “elecciones libres”, ni “libertad de prensa” ni de expresión, tampoco separación de poderes ni independencia del poder judicial, todo medido con el rasero que Estados Unidos y los poderes imperialistas determinen y, que por supuesto, sirva a sus propósitos e intereses. Procedieron a calificar al sistema político de ese país como dictatorial. Se agrega que, como parte de ese proyecto “antidemocrático” se había expropiado al capital extranjero, no se respeta la propiedad privada y se impuso una economía monopolizada por el Estado que impide el funcionamiento armónico del libre mercado.
Según el Manual del “Perfecto Demócrata”, también denominado del Perfecto Golpista, las usinas del imperialismo desde Estados Unidos y la Unión Europea se dieron a la tarea de demonizar a los gobiernos bolivarianos e indicar que la única forma de solucionar los problemas de Venezuela era mediante la “Restauración de la Democracia”, según lo entiende Estados Unidos.
Durante dos décadas se repitió el sermón que era necesario restaurar la democracia en Venezuela, al estilo de lo que existía en el país antes de la emergencia de Hugo Chavez y su proyecto bolivariano, es decir, la sucesión de los gobiernos bipartidistas del Copei (Democracia Cristiana) y Acción Democrática, como vasallos de Estados Unidos.
La propaganda imperialista se concentró en la cuestión de las “elecciones libres” y cada vez que el chavismo ganaba las elecciones, sin ningún tipo de prueba ni demostración, propagaban la mentira de que los comicios habían sido fraudulentos y, en consecuencia, no había democracia, ni libertades públicas en Venezuela.
Con ese pretexto el país ha sido sometido desde el 2002, cuando se frustró un golpe de Estado contra el gobierno de Chavez, a bloqueo económico, atentados y crímenes de paramilitares, robo de sus activos económicos en el exterior (Inglaterra se quedó con las reservas de oro del país depositadas en sus bancos y Estados Unidos se apropió fraudulentamente de la empresa CITGO, encargada de refinar el petróleo de Venezuela y venderlo en Estados Unidos), proclamó un presidente de opereta que fue respaldado por más de 50 países, realizó saboteos energéticos y destruyó la infraestructura económica y productiva del país. Todo eso generó pobreza, inflación y produjo la migración forzada de millones de venezolanos. Esas medidas de destrucción de la sociedad venezolana fueron justificadas con el pretexto de que ellas apuntaban a traer de nuevo la “democracia al país”, sin importar que los pobres y humildes soporten el peso criminal de bloqueos y sanciones, las cuales han ocasionado miles de muertos y millones de migrantes.
La “transición a la democracia” en Venezuela dio origen a un nicho de mercado académico y periodístico, con una insoportable plaga de “expertos”, los venezolanologos, que repiten el guion que se les dicta desde Estados Unidos y se replica en nuestros países en facultades de Relaciones Internacionales o de Ciencia Política. Esos “expertos”, que generan basura informativa y académica a granel, son los encargados de decirle a los venezolanos lo qué deben hacer y, sobre todo, por quién deben votar si quieren ser libres y disfrutar de la democracia. Muchos de esos “expertos” son plumíferos a sueldo de agencias del imperialismo blando, incluyendo la moribunda USAID, que los financió pródigamente con dólares y los convirtió en propagandistas del “democracimetro imperial”, con el cual miden milimétricamente si un país es democrático según los intereses de Estados Unidos y las oligarquías latinoamericanas, incluyendo en primera lugar a la oligarquía venezolana, la misma que hoy aplaude la invasión de su país y llama “libertador” al criminal que ordenó el bombardeo de Caracas.
Ha existido otra línea analítica para la cual, tras esa careta demagógica de democracia y elecciones libres, se oculta el interés de Estados Unidos y sus multinacionales en apropiarse del petróleo y de las vastas riquezas naturales (oro, diamantes, bauxita, tierras raras…) de Venezuela, teniendo en cuenta que esa potencia en su esfuerzo de preservar su cuestionado dominio mundial requiere ingentes cantidades de materia y energía. Se recalca que Estados Unidos también busca eliminar el mal ejemplo que representa Venezuela, en el sentido de ser soberana, autónoma e independiente en el manejo de sus recursos naturales, de negociar libremente con cualquier país, y haberse atrevido a desafiar el monopolio del petrodólar en las transacciones comerciales, para eludir las criminales sanciones a las que ha sido sometido desde 2015.
La réplica descalificadora hacia esta postura analítica por parte de los propagandistas de la “transición a la democracia” afirma que ese es un discurso trasnochado, al basarse en la lógica antimperialista cuando el imperialismo no existe, ya que fue sustituido por la globalización y, adicionalmente, ahora supuestamente no son importantes los bienes materiales porque vivimos en la “era de la información” y Estados Unidos ya no necesitaría del petróleo externo puesto que ahora es autosuficiente en virtud de la fractura hidráulica (fracking). No mencionan que lo digital no funciona sin materia y energía y que el fracking es de corta duración y es poco rentable por los altos costos que conlleva.
Pero los hechos son tozudos y resulta que el 3 de enero la discusión se zanjó de una manera imprevista, por los propios imperialistas de Estados Unidos que durante años habían vendido el mantra de la “transición a la democracia” y se hizo de la forma en que Washington se expresa en la esfera mundial: mediante bombardeos y agresiones. Así, Estados Unidos lanzo “bombas de democracia y de elecciones libres” sobre Caracas, no precisamente para implantar algún tipo de democracia liberal, sino con la intención de robarse el petróleo y de destruir el gobierno bolivariano, algo que ya no es una interpretación de los antiimperialistas trasnochados según nos llaman, sino un hecho brutal, como lo ha expresado sin tapujos Donald Trump y su círculo de matones, encabezados por Narco Rubio.
Como parte del naufragio del relato de la “transición democrática”, María Guarimba Machado, la “heroína” proyanqui de la “transición a la democracia” y con ella todos los que sueñan que Venezuela vuelva a ser una colonia de Miami, aplaudieron el bombardeo y lo presentaron como un paso hacia la libertad y democracia, pero eso sí recordando que ella y los de su calaña de vendepatria ofrecen todas las riquezas del país a cambio de que los dejen gobernar la colonia.
Como Roma no paga traidores, luego de que Estados Unidos invadió la patria de Bolívar, bombardeó, masacró a cien personas y secuestro al presidente constitucional, súbitamente el mismo promotor de la democracia del despojo, Estados Unidos, el que agita el democracimetro de acuerdo con su conveniencia, declaró, sin eufemismos, que va a apropiarse del petróleo de Venezuela, porque le pertenece, los chavistas se lo habían robado y, en consecuencia, debe devolverse a las empresas petroleras de los Estados Unidos.
Donald Trump y su círculo de gánsteres lo planteó de una manera directa y sin lenguaje edulcorado sobre democracia y elecciones libres, propio de ciertos politólogos. El matón de barrio que ocupa la Casa Blanca señaló que el petróleo de Venezuela siempre ha sido de ellos y ahora nuevamente lo van a administrar para su propio interés y van a evitar que caiga en manos de “poderes hostiles”, China y Rusia, que se han atrevido a entrometerse en el patio trasero de Estados Unidos, se les va a expulsar y Venezuela va a ser una colonia petrolera.
En forma brutal, Donald Trump, actual vocero político del imperialismo estadounidense, procedió a zanjar y botar al basurero de la historia el cuento de la democracia y elecciones libres como argumento para apoderarse de Venezuela. Y con ello, todos los plumíferos a sueldo de periódicos, canales de televisión y universidades han quedado huérfanos “teóricamente” y pronto van a quedar sin empleo y sin sueldo en dólares, lo cual supone, por ejemplo, que los departamentos de Ciencia Política y Relaciones Exteriores en las universidades tienen que buscar otro nicho de mercado ideológico y propagandístico, porque el negocio de la democracia en Venezuela está hundido y enterrado, por la realidad material, esto es por el petróleo.
Brevemente, es bueno recordar lo que se consideraba en la vieja concepción de democracia liberal, que Estados Unidos ha enterrado. Democracia, término que se redujo a lo puramente electoral y formal, sin ningún contenido sustancial, porque las decisiones esenciales de la vida real son tomadas por grupos minoritarios de índole oligárquica y un círculo de capitalistas que son los dueños de la riqueza en sus respectivos países, empezando por los Estados Unidos. Libertad de prensa, en verdad libertad de empresas capitalistas que se consideran dueños de la verdad, y ahora debilitados por la emergencia de las redes antisociales, en las cuales sin embargo sigue dominando el poder corporativo ligado a los intereses capitalistas, a través de mentiras, manipulación y algoritmos. Derechos humanos, que fueron reducidos a los derechos del capital, y se desconocieron los derechos económicos, sociales y culturales, puesto que se exaltan el individualismo extremo sin reconocer derechos colectivos. Elecciones libres, aquellas en las cuales los resultados se respetan siempre y cuando convengan a los Estados Unidos, a sus vasallos de la Unión Europea y a los verdaderos dueños en cada país.
En el caso de Venezuela, el capitalista gansteril que es Donald Trump resultó ser un notable alquimista político porque logró convertir una piedra filosofal de dudosa factura (la democracia liberal y las elecciones libres) en petróleo. Y con ello, los liberales han sufrido un ataque directo, frente al cual no saben qué hacer. Patalean y dicen que Trump no representa los intereses del “imperialismo benévolo”, que encarnaba Biden u Obama, y quienes supuestamente estaban interesados en llevar la democracia al mundo, irradiando libertad y prosperidad. Y dicen, como descubriendo que el agua moja, que hemos regresado a lo peor del imperialismo, representado por Trump, porque Estados Unidos supuestamente nunca había sido imperialista, eso solo es una cosa de ahora, resultado de los caprichos ególatras y narcisistas del capitalista que ocupa la Casa Blanca.
Nos tratan de convencer que existe un Estados Unidos bondadoso que se ha alejado de su trayectoria democrática, como si ese país no hubiera sido siempre un imperio sanguinario, que ha destruido países enteros (Irak, Libia, Afganistán, Venezuela…) con el cuento de llevarle democracia y libertad y lo único que ha traído es caos, muerte, violencia y destrucción.
Trump en ese sentido no es ninguna excepción, es simplemente la verdadera cara del brutal imperialismo sin maquillaje y por tanto ya no necesita ampararse ni en el brazo blando del imperialismo (USAID, ONU y “cooperación internacional”), ni disfrazarse con ropaje retóricos de democracia, derechos humanos, derecho internacional, reglas, normas, elecciones libres, prensa libre… y mil argucias por el estilo. Y con ello le está quitando piso a todos los que en el mundo después de 1991 pensaban que habíamos entrado de verdad al fin de la Historia, en la que existiría por siempre un capitalismo con rostro humano como sistema económico y una democracia liberal que nadie cuestionaría. Lo llamativo del caso radica en que el Fin de la Historia fue sepultado por sus propios inventores, los Estados Unidos.
En el caso de Venezuela eso significa que las patrañas de falsimedia, los políticos locales y las usinas académicas repitieron miles de veces que Venezuela no es una democracia ni allí ha habido elecciones libres se quedaron sin tema de conversación, y sobre todo, sin nicho de mercado, porque Estados Unidos con la brutalidad que lo caracteriza mandó esos artefactos retóricos, que nunca en verdad le interesaron, al basurero de la historia.
Trump, como alquimista político, ha logrado lo que nunca consiguieron los alquimistas clásicos, porque hizo posible que algo etéreo y vaporoso, la entelequia de las “elecciones libres” y la “democracia electoral”, se convierta en una sustancia tangible, material, densa y pesada como es el petróleo. Lo primero no le interesa para nada, porque al círculo imperialista que representa, solo le conciernen los negocios y las ganancias materiales y no va a desperdiciar su tiempo en argucias de politólogos y propagandistas del imperio, ahora que ya no le sirven y los desechan como trastos viejos. Lo segundo sí lo desvela porque sabe que el derrochador nivel de vida de los Estados Unidos está en cuestión por la pérdida de hegemonía en el mundo y ahora debe asegurarse el control del patio trasero y eso se conquista con bombardeos, matanzas, asesinatos, todo con el fin de apoderarse de los bienes naturales que se encuentran en Venezuela y en nuestros países.
Se logró lo que nunca alcanzaron los alquimistas más connotados: transmutar la piedra filosofal Made in Usa, de la democracia, la libertad y las elecciones libres, en bienes materiales, que se miden en barriles y se deben cotizar en dólares. Y eso para el dolor de los liberales que siempre creyeron, ingenuamente o por dólares, que Estados Unidos era el campeón de la democracia y la libertad y su defensor incondicional y propagador en el resto del mundo.
Claro, lo que se demuestra es que el agotamiento de la democracia liberal supone el fin de todo lo que se construyó, bajo la égida de Estados Unidos, después de 1991 y ha quedado establecido que aquellos pueblos que quieren romper con la tutela imperialista, como es el caso de Venezuela, deben seguir defendiendo otro tipo de democracia real y popular en beneficio de las grandes mayorías sociales y, sobre todo, en otro tipo de organización social que supere al capitalismo.
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