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Si aúlla, lobo es

Fuentes: Rebelión

A algunos les molesta la palabra imperialismo, la creen peyorativa y que quienes la usan son unos vagos redomados que odian a los EE.UU. Sin embargo, se puede admirar a un país y también odiar el bombardeo atómico de Hiroshima; le puede a uno gustar los poemas de Whitman y llorar por las víctimas de […]

A algunos les molesta la palabra imperialismo, la creen peyorativa y que quienes la usan son unos vagos redomados que odian a los EE.UU. Sin embargo, se puede admirar a un país y también odiar el bombardeo atómico de Hiroshima; le puede a uno gustar los poemas de Whitman y llorar por las víctimas de Faluya; a uno le puede deleitar la obra /El zoológico de cristal/ y rechazar las matanzas perpetradas por los drones en el Medio Oriente; se puede apreciar a Armstrong y Fitzgerald cantando Summertime de Gershwin o extasiarse al contemplar la Bahía de San Francisco o admirar el baile de Jackson o la voz de Sinatra y, al mismo tiempo, combatir los golpes de Estado y las dictaduras sangrientas impulsadas por el Pentágono. Es que en los EE.UU. hay de todo y solo les hace falta eliminar lo malo.

Es odiosa, por ejemplo, la política de endeudamiento piramidal que conduce a la barbarie mundial. Lo increíble es que cada año demócratas y republicanos repiten el mismo show melodramático, cuyo fin, la firma del tan esperado acuerdo, mantiene en vilo al planeta, a pesar de ser conocido de antemano, igual que en las telenovelas de estirpe.

¡Qué tributo entregan al imperio las involuntarias colonias del mundo actual! Puesto que, por estar atrapadas sin salida, aceptan el dólar como divisa internacional, con lo que EE.UU., a cambio de papeluchos verdes que imprimen a billones surgir, obtienen el libre acceso a las materias primas del planeta.

¿Por qué todos los países callan ante esta situación? Tal vez por el temor que despierta. El algoritmo es conocido: primero se inicia un bombardeo mediático en el que acusa al país en capilla de no respetar los derechos humanos y no tener democracia, que la va a instaurar cuando la OTAN cumpla la tarea. El caos que sobreviene después le importa un pito, en fin de cuentas, tiene a Hollywood para imbuirnos de la bondad del acto.

También colaboran para ello los vendepatrias. En el año setenta, todo ecuatoriano rechazaba entregar, a cambio de dólares, el oro del Banco Central a los EE.UU. «No sean ignorantes, da lo mismo», se defendían los testaferros del imperio incrustados en el Estado. Poco después, Nixon eliminó la convertibilidad del dólar en oro, con lo que el tesoro de Ecuador se trastocó en papeluchos. Ningún funcionario público protestó por la estafa, pues estaba bien pagado.

¿Cómo no odiar ese entreguismo?
«Igual le pasó al resto del mundo», dijeron; solo que era desagradable responder: Mal de muchos…
Si un animal aúlla, lobo es; si los EE.UU. actúan así, imperialistas son.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.