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Sobre economía y Podemos

Fuentes: Rebelión

«La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no sabe autolimitarse. Y una sociedad verdaderamente libre, una sociedad autónoma, debe saber autolimitarse, saber que hay cosas que no se pueden hacer o que incluso no es necesario intentar hacer o que ni siquiera hay que […]

«La sociedad capitalista es una sociedad que corre hacia el abismo, desde todos los puntos de vista, porque no sabe autolimitarse. Y una sociedad verdaderamente libre, una sociedad autónoma, debe saber autolimitarse, saber que hay cosas que no se pueden hacer o que incluso no es necesario intentar hacer o que ni siquiera hay que desear«

Cornelius Castoriadis

 

Uno de los éxitos ideológicos más notables del entramado dominante en las sociedades llamadas desarrolladas es haber logrado que el grueso de la población tenga una casi absoluta incomprensión de los fundamentos estructurales del sistema económico vigente. Para el ciudadano de a pie la teoría económica es una disciplina abstrusa, cuyo código talmúdico sólo es apto para iniciados en sus arcanos que, graciosamente, (pero sin desvelar nunca sus ignotas fuentes) nos revelan las recetas apropiadas para alcanzar, con mucho tesón y sacrificio, el ansiado bienestar general. Todos recordamos la patética escena de un presidente del Gobierno suplicando en un acto público explicaciones sobre tan intrincada materia que, «en dos tardes», le iba a proporcionar su servicial ministro del ramo. Para eso están también los expertos de los servicios de estudios de ESADE, la Escuela de Chicago o el FMI. Ellos son los oráculos de los sacrosantos «mercados», que saben lo que conviene al progreso universal y brindan generosamente al vulgo ignaro las medidas a seguir para alcanzarlo. Aunque a veces haya que asesinar, para eliminar fricciones en la perfecta maquinaria del libre mercado, a unos cuantos miles de peligrosos radicales izquierdistas en un país del Cono Sur, que se resistían obstinadamente a la benéfica aplicación de las recetas neoliberales que esparcen el bienestar por doquier. Si creen que exagero, extraigo sólo un fragmento de la carta del «arrepentido» Davison Budhoo sobre los «civilizados» métodos del FMI: «Para mí, esta dimisión es una liberación inestimable, porque con ella he dado el primer gran paso hacia ese lugar en el que algún día espero poder lavarme las manos de lo que, en mi opinión, es la sangre de millones de personas pobres y hambrientas. […] La sangre es tanta, sabe usted, que fluye en ríos. También se reseca y se endurece sobre toda mi piel; a veces, tengo la sensación de que no hay suficiente jabón en el mundo que me pueda limpiar de las cosas que hice en su nombre»1

En nuestro sufrido suelo patrio no es necesario, por ahora, tal grado de brutalidad. Para mantener el cotarro apaciguado basta con las periódicas mascaradas electorales para elegir gobernantes intercambiables que no alteren en absoluto el curso del sistema. La sorda pero implacable violencia económica provoca un daño enorme en forma de miseria, paro, desahucios y eliminación del futuro de generaciones enteras, pero los amortiguadores sociales (fundamentalmente el ahorro y el patrimonio acumulado por las generaciones del «desarrollismo» franquista) mantienen, a duras penas, la paz social. Los ominosos fondos «buitre» adquieren mando en plaza, gracias a los buenos oficios de nuestros muy serviciales gobernantes, haciéndose a precio de saldo con activos «basura», principalmente hipotecas incobrables garantizadas con dinero público, para someter posteriormente a los desvalidos deudores a la implacable tortura y muerte civil de los condenados al ostracismo2.

Mientras tanto, la pobreza de las propuestas realizadas para detener, o al menos corregir, el expolio creciente es sumamente alarmante. El abanico de opciones políticas abarca desde los mamporreros del capital de la «opusina» derechona, fanáticos de las reformas, ajustes y demás consabidas recetas neoliberales, hasta los reformistas de nuevo cuño, que reclaman leves correcciones del rumbo del barco para capear el temporal, pero sin alterar en absoluto el puerto de destino ni la jerarquía en el puente de mando. Los programas económicos de los (supuestamente muy radicales y refrescantes) nuevos grupos como Podemos producen vergüenza ajena, no sólo por su pusilanimidad, sino también por errar completamente en el diagnóstico de la situación y en las prescripciones al gravísimo paciente3. Acaso entonces, uno de los secretos de su indudable éxito mediático-electoral se haya basado en el aprovechamiento (sin duda totalmente involuntario) del más bien endeble conocimiento de las interioridades de la ciencia económica por parte de la ciudadanía, receptora crédula y acrítica de sus simplonas ofertas.

Como explica brillantemente Michel Husson4, el mantenimiento de la tasa de ganancia, esencial para la reproducción del capitalismo actual, se basa fundamentalmente en dos pilares: drástica reducción de salarios y mantenimiento del consumo mediante el crédito desbocado por la financiarización y el neurálgico apoyo del consumo creciente de los rentistas. Es decir, el capitalismo tiende a abandonar (al menos en los países del Centro) la clásica función social de la producción de mercancías para huir hacia la nebulosa intangible del «milagro del interés compuesto». De ahí la masiva creación de burbujas y la creciente (y muy funcional para todo el entramado del reparto parasitario de regalías) desigualdad económica que constatan todas las estadísticas en las sociedades occidentales. Los rentistas (auténticas «sanguijuelas» económicas que puncionan la riqueza producida por otros) y demás propietarios de activos inmobiliarios o financieros son los que acaparan los nichos de rentabilidad y el poder socioeconómico a expensas de los, cada vez más deteriorados, trabajadores productivos.

Así pues, para siquiera arañar el bloque monolítico del núcleo de poder bancario-financiero representado por la funesta Troika (¿para cuándo un «arrepentido» que explique sus trapacerías en los sufridos países que penan bajo su égida?), resulta sumamente pueril proponer tímidas reformas fiscales y pacatos mecanismos redistributivos, ya empleados sobradamente por la vieja y casi extinta socialdemocracia. Medidas cándidas, pero con mucho predicamento en los flamantes proyectos y plataformas políticas en marcha, como tratar de convencer a las multinacionales (empezando por las tecnológicas: Google, Apple y demás locomotoras del fraude fiscal masivo5) de que cumplan religiosamente con sus obligaciones con el fisco, meter en vereda a las SICAV6 o abolir los paraísos fiscales producirían hilaridad si no gozaran del creciente apoyo de una población ansiosa de clavos ardiendo a los que agarrarse. Diría incluso, con las reservas necesarias, que resultan infinitamente más eficaces y atractivas (aunque sólo sea por su notable impacto propagandístico) acciones «guerrilleras» como la propuesta del ex-futbolista Eric Cantona de retirar masivamente depósitos bancarios, o las clásicas expropiaciones anarquistas, como la llevada a cabo hace unos años por Enric Durán.

En resolución, en los mentideros de los nuevos visionarios «regeneracionistas», que inundan las ondas con sus telegénicas y estudiadas soflamas, aparentemente radicales y novedosas, se despacharía como poco realista y utópico (nada de asustar al votante «mediano» con radicalismos que manchen el aire cool y sugestivo de la formación) hablar siquiera de la necesidad de la supresión de grandes instituciones del sistema económico como, sin ir más lejos, la herencia. Siendo este uno de los basamentos del armazón social y uno de los fundamentos del «rentismo» parasitario dominante y de la enorme y creciente desigualdad que genera el régimen de la propiedad, queda, como todos los demás pilares del sistema, en el limbo de lo intangible e innombrable. Pues bien, para decirlo lisa y llanamente, mientras éste se mantenga incólume y medidas como la descrita resulten impracticables dada la falta de la imprescindible y masiva movilización social, resulta, en mi opinión, mucho más realista y ambicioso desarrollar una labor de «zapa» insertando cuñas que, sin pretender inútilmente suplicar migajas en los cenáculos del capital, vayan desmercantilizando, de forma limitada pero efectiva, pequeñas áreas de la inhóspita vida social.

NOTAS
 

6 http://www.rebelion.org/noticia.php?id=160023

Blog del autor: http://trampantojosyembelecos.wordpress.com/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.