Durante décadas, la relación de las potencias occidentales con África ha estado marcada por un modelo extractivo que ha priorizado la obtención de materias primas y la apertura de mercados para productos occidentales, generando profundas desigualdades y una fuerte dependencia económica. Este enfoque ha limitado la industrialización local y ha contribuido a la cronificación de la pobreza en estos países. A ello se suma el impacto de las constantes intervenciones políticas y económicas que, en distintos momentos, han alimentado los conflictos internos, dando lugar a guerras civiles con consecuencias devastadoras. El resultado ha sido para África, desgraciadamente, un desarrollo condicionado desde el exterior, donde las necesidades estructurales del continente han quedado siempre subordinadas a los intereses occidentales.
Lejos de este intervencionismo
neocolonial, en los últimos años, la relación entre China y África
ha entrado en una fase de consolidación y expansión que va más
allá del comercio tradicional. Y la reciente decisión de China de
eliminar completamente los aranceles a las importaciones procedentes
de los países africanos marca un punto de inflexión y representa un
paso estratégico dentro de una relación más amplia basada en la
cooperación, el desarrollo y el beneficio mutuo.
A partir
del 1 de mayo, China aplicará aranceles cero al 100% de las líneas
arancelarias de productos provenientes de 53 países africanos con
los que mantiene relaciones diplomáticas (todos excepto el diminuto
Esuatini). Esta política elimina no solo los impuestos, sino también
las cuotas y las condiciones políticas adicionales, lo que abre el
acceso pleno al mercado chino.
La medida amplía una
política previa que ya beneficiaba a 33 países africanos menos
desarrollados desde diciembre de 2024. En esa fecha China aplicó la
política de cero aranceles a todos los Países Menos Desarrollados
(PMD) del mundo (algo que la prensa pro-occidental ha preferido no
contar en pleno auge del proteccionismo norteamericano). Ahora, se
amplía a todos los países africanos con un alcance total y sin
precedentes en el continente. El impacto inmediato permitirá que
productos agrícolas, industriales y procesados africanos podrán
entrar en el enorme mercado chino con mayor competitividad. Esta
política apunta a un cambio estructural donde África podría dejar
de ser solo exportadora de materias primas para avanzar hacia
productos de mayor valor añadido.
Para entender este
momento, hay que mirar atrás. La relación entre China y África no
es nueva, se remonta a mediados del siglo XX, cuando China apoyó los
movimientos de liberación africanos durante el proceso de
descolonización.
En el año 2000 se creó el Foro de
Cooperación China-África (FOCAC), que se ha convertido en el
principal marco institucional de esta relación. Desde entonces, la
práctica totalidad de los presidentes africanos se reúnen cada dos
años en Pekín impulsando acuerdos en comercio, inversión,
educación y desarrollo.
Otro hito clave fue el
lanzamiento en 2013 de la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI),
que integró a África en la red global de infraestructuras y
comercio liderada por China.
Uno de los pilares del apoyo
chino ha sido la construcción de infraestructuras. En los primeros
10 años de la Iniciativa de la Franja y la Ruta China ha financiado
y construido, entre otras cosas, más de 10.000 kilómetros de
ferrocarriles, alrededor de 100.000 kilómetros de carreteras, cerca
de 100 puertos o más de 66.000 kilómetros de líneas eléctricas de
alta tensión.
Estos proyectos han mejorado la
conectividad interna de África y su acceso a los mercados
internacionales. Ejemplos como el ferrocarril Mombasa-Nairobi o la
línea Addis Abeba-Djibouti han reducido costes logísticos y
facilitado el comercio. Además, estas infraestructuras no solo
sirven al comercio exterior, sino también al desarrollo interno,
conectando regiones aisladas y fomentando la integración económica
regional.
Otro eje fundamental de la cooperación ha sido
la agricultura y la seguridad alimentaria. China ha invertido en la
modernización agrícola africana mediante transferencia de
tecnología, maquinaria y conocimientos.
Se han creado más
de 20 centros de demostración agrícola en países como Zambia,
Mozambique o Tanzania. Además, China ha introducido técnicas
avanzadas, semillas mejoradas y soluciones de riego.
El
objetivo es ayudar a África a alcanzar la autosuficiencia
alimentaria. Esto no solo reduce la dependencia de importaciones,
sino que también fortalece la estabilidad social y política.
La
cooperación también se ha extendido al ámbito educativo. China ha
financiado la construcción de escuelas, universidades y centros de
formación técnica en varios países africanos.
Además,
ha impulsado programas de formación para docentes y estudiantes,
tanto en África como en China. Estas iniciativas buscan mejorar las
capacidades técnicas de la población joven en sectores clave como
la industria, la tecnología o la construcción.
Centros
como los talleres Luban son un ejemplo de esta apuesta por la
formación profesional, orientada directamente al mercado
laboral.
El crecimiento del comercio entre China y África
ha sido exponencial. En el año 2000, el volumen comercial era de
unos 10.600 millones de dólares. Para 2024, alcanzó casi 296.000
millones.
China se ha mantenido como el principal socio
comercial de África durante 16 años consecutivos. Además, la
inversión directa china ha crecido de forma constante, alcanzando un
acumulado de más de 42.000
millones de dólares. Durante la última Cumbre del Foro de
Cooperación China-África (FOCAC) China se ha comprometido en un
paquete de 50.700 millones de dólares para el período 2025-2027 en
líneas de crédito, inversión directa, ayuda financiera y apoyo
comercial.
Lejos de la realidad de este escenario de cooperación creciente, en algunos círculos occidentales persiste una narrativa que califica la relación entre China y África como “imperialista” o desequilibrada. Sin embargo, estas acusaciones responden sencillamente a intereses geopolíticos de Occidente y no tienen nada que ver con la realidad sobre el terreno. Al igual que anteriores discursos sobre la supuesta “amenaza china”, estas críticas reflejan una mentalidad heredada del pasado colonial que busca desacreditar la cooperación pragmática entre ambas partes. En sectores como la energía, por ejemplo, se está intentado estos días en algunos medios occidentales presentar la exportación de tecnología china como un riesgo para el desarrollo africano, cuando en realidad está contribuyendo a resolver problemas urgentes como la falta de acceso a la electricidad que aún afecta a cientos de millones de personas en el continente. La cooperación sino-africana muestra un modelo abierto y complementario que cuestiona la idea de que el desarrollo solo puede darse bajo patrones occidentales, lo que explica en gran medida los intentos de frenar su avance mediante campañas de desinformación.
El fortalecimiento de las relaciones entre China y África refleja el auge de la cooperación Sur-Sur. Este modelo se basa en principios de igualdad, de beneficio mutuo y de desarrollo compartido.
Para los países africanos, esta relación ofrece una alternativa a los modelos tradicionales de cooperación internacional y abre la puerta a un nuevo camino para su desarrollo económico al margen de los patrones occidentales que, durante decenios, han generado corrupción, retraso y dependencia.
En este sentido, la eliminación total de aranceles por parte de China permite a África ganar acceso a uno de los mayores mercados del mundo. La transformación económica de África, impulsada en parte por esta relación, no será solo regional y puede redefinir el equilibrio del comercio global en las próximas décadas.
Pedro Barragán es economista y asesor de la Fundación Cátedra China. Autor del libro Por qué China está ganando.
Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.


