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Hiroshima, Nagasaki y el socialismo del siglo XXI

Fuentes: Rebelión

En el año 1942, el entonces Presidente de los Estados Unidos, F.D. Roosevelt, dio inicio al Proyecto Manhattan, el cual consistía, básicamente, en construir la llamada bomba atómica. Los EEUU nos han vendido a este personaje de la historia como un hombre valiente, justo y hasta bonachón, que pudo sobreponerse a su discapacidad, liderizando al […]

En el año 1942, el entonces Presidente de los Estados Unidos, F.D. Roosevelt, dio inicio al Proyecto Manhattan, el cual consistía, básicamente, en construir la llamada bomba atómica. Los EEUU nos han vendido a este personaje de la historia como un hombre valiente, justo y hasta bonachón, que pudo sobreponerse a su discapacidad, liderizando al grupo de los Aliados, llevándolos a la victoria durante la Segunda Guerra Mundial. Tanto es el reconocimiento y su fama, que incluso, en Venezuela, concretamente en Caracas, tenemos una avenida que lleva su nombre en su «honor». Pero el Presidente Roosevelt sabía las consecuencias del Proyecto Manhattan, ocultando el sangriento objetivo del mismo. Con un costo de dos billones de dólares, el Proyecto le permitió a los EEUU construir tres bombas:

Trinity, bomba de plutonio de 19 kilotones detonada el 16 de julio de 1945 en el desierto de Nuevo México.

Little Boy, bomba de uranio de 12,5 kilotones detonada el 6 de agosto de 1945 en la ciudad de Hiroshima.

Fat Man, bomba de plutonio de 21 kilotones detonada el 9 de agosto de 1945 en la ciudad de Nagasaki.

A principios del año 1945, ya se vislumbraba el final de la Segunda Guerra Mundial. Los EEUU, Francia e Inglaterra, habían llevado a cabo, el seis de junio del año anterior, la operación «Overlod», mejor conocida como el «Día D» la cual permitió abrir el frente occidental. A pesar de que los soviéticos habían pedido insistentemente la apertura de este frente, el mismo se abrió sólo después que los EEUU, Francia e Inglaterra se percataron de que los soviéticos habían resistido en Stalingrado, derrotando al Ejército Nazi y comenzaban a avanzar. Cuando la ofensiva soviética hacia Alemania se inicia, y cuando se logra la producción de armas en el este soviético, es cuando los aliados se apresuran, con los EEUU a la cabeza, a invadir por Normandía. La historia que escriben los EEUU dice que gracias a ellos se ganó la guerra… ¡nada más falso! Así como estos aliados dejaron solos a los soviéticos, sufriendo el embate de los Nazi, asímismo, dejaron sólo al pueblo chino, quien tuvo
que enfrentarse de manera desigual contra el Imperio de Hirohito. Cuando las fuerzas nacionalistas chinas empezaron a derrotar a las fuerzas del Eje, fue que los EEUU se apresuraron a intensificar el conflicto con el Japón.

Ya en 1945 era fácil suponer que las fuerzas del Eje llegaban a su fin. Los soviéticos habían entrado (primero que los EEUU) a Berlín, logrando la capitulación de Alemania. Las Filipinas, Iwo Jima y Okinawa, en el Pacífico, estaban completamente controladas por los EEUU. La fuerza naval nipona había sido derrotada y destrozada en la batalla de Midway. Por otro lado, en Tokio ocurría una macabra analogía a la ocurrida con la ciudad alemana de Dresde. En febrero de 1945, los masivos bombardeos de los EEUU e Inglaterra, causaron la muerte de casi un cuarto de millón de alemanes, en su mayoría civiles, en apenas dos días, a pesar de que Alemania estaba virtualmente derrotada. Igualmente, Tokio era sometida a incesantes bombardeos, señalando algunos historiadores que, ante la situación presentada y dado que el otro miembro del Eje (Italia) había sido derrotado también, los japoneses habían solicitado, secretamente, la rendición. Sin embargo, y luego del éxito de la bomba Trinity,
se hicieron los preparativos para lanzar las otras bombas. Diez días después, el 26 de julio, a bomba «Little Boy» llegó a la base estadounidense en las Islas Marianas a bordo del «Indianapolis», para ser lanzada once días después. En esos mismos días, llegó la bomba «Fat Man» pero más rápido: llegaba por avión. A finales de ese mes, Tokio hablaba de su capitulación.

El 6 de agosto de 1945, el comandante del bombardero B-29 «Enola Gay», Paul Tibbets, por decisión del Presidente estadounidense Truman, dejaba caer, en horas de la mañana, a «Little Boy». El mundo no había visto nada igual. La bomba explotó a casi 600 metros sobre la superficie de la ciudad de Hiroshima, alcanzando en el centro de la explosión una temperatura de quince millones de grados, alcanzando en el suelo una temperatura de 3.000 grados. Quienes estuvieron allí no murieron ni quemados ni mutilados, simplemente se evaporaron. En apenas segundos, los 60 kilos de Uranio-235 exterminaron a más de cien mil personas. El cinismo de los estadounidenses fue tal en su época, que antes de lanzar la bomba esperaron a que hubiese buen tiempo, pues era indispensable que esa lección que le daban a los japoneses fuese vista sin ningún tipo de impedimento climatológico. Tres días después, y sin esperar la lógica rendición incondicional de los japoneses, otro B-29, el Bockscar, lanzaba
a «Fat Man». El objetivo era la ciudad de Kokura, sin embargo, las condiciones del clima hicieron que la decisión recayera en Nagasaki. A pesar de que esta bomba tenía casi el doble de potencia destructora que la lanzada en Hiroshima, un error de cálculo hizo que se lanzara con un grado de error elevado.

Con estas bombas, los EEUU vaciaron el arsenal nuclear que tenían para ese momento, consumiendo sus pocas decenas de kilos de uranio. De haber tenido más bombas nucleares, sin duda, las habrían lanzado, aceptando la rendición incondicional después de que las mismas se terminaran. Los EEUU informaron inicialmente que la bomba «Little Boy» había caído sobre una base del ejército japonés. Incluso, los pobladores de Nagasaki no sabían que la ciudad de Hiroshima había sido arrasada por una bomba nuclear. En aquel entonces no existía CNN, pero las estrategias de desinformación funcionaron con precisión. Hoy en día, los EEUU tienen un total de 77 millones de kgs de uranio en más de cien plantas nucleares y un billón y medio en sus laboratorios nucleares. Por cierto, los EEUU han hecho caso omiso del Tratado de No Proliferación de Armas Nucleares, así como del de Defensa Anti-Balística (AMB).

Este sábado 6 de agosto, en el sexagésimo aniversario del monstruoso crimen aquí narrado, se escuchará en el Punto Cero de Hiroshima la campana del Peace Memorial Dome recordándole al mundo la barbarie del terrorismo, del asesinato en masa y del uso indiscriminado de las verdaderas armas de destrucción masiva. Existe la certeza de que no se escucharán las disculpas por parte de los estadounidenses por el lanzamiento de las bombas nucleares. Sesenta años después de los gigantescos crímenes cometidos por los EEUU, estos siguen incrementando su deuda con la Humanidad. En estos sesenta años, los EEUU han invadido, han declarado guerras, han derrocado regímenes democráticos, han usado la CIA como instrumento sucio de su política exterior, y sobre todo, han puesto en grave peligro la supervivencia de la vida en nuestro planeta.

Este negro panorama, similar al del punto más oscuro de la noche, el que presagia el amanecer, ha encontrado en la Revolución Bolivariana, ese amanecer y esa nueva esperanza para la Humanidad. Es totalmente significativo que este aniversario número 60 del lanzamiento de la bomba nuclear sea el preámbulo que servirá de contraste a la inauguración del Festival Mundial de la Juventud y de los Estudiantes, a realizarse en Venezuela, a la vez que coincida con el más puro y genuino acto de ejercicio de la Democracia Participativa, como lo son las elecciones de concejales y juntas parroquiales a efectuarse este domingo en el país. Sin falsas modestias, la Revolución Venezolana es esa luz al final del túnel, es la piedra en el zapato del Imperialismo, es la llegada permanente de la paz y de la solidaridad, y será, con el esfuerzo, el trabajo y el empeño de todos, la lápida del Capitalismo. En la construcción del Socialismo del Siglo XXI, las bombas nucleares serán sólo piezas visitadas en los museos, como triste recuerdo de la guerra y la crueldad a la que puede llegar un sistema como el capitalista.

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