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China y Estados Unidos: el callejón Wuyi

Fuentes: Rebelión

Una visita a la China de 2025 permite constatar la velocidad de los cambios que se producen en el país. El movimiento, la vitalidad y energía en las ciudades chinas es asombroso, y contrasta con las ciudades europeas, donde la población está agobiada por el aumento de los precios, la falta de viviendas asequibles, la amenaza creciente sobre las pensiones de jubilación, los bajos salarios, la delincuencia, el despojo sistemático de derechos y conquistas sociales, que explican el bajo tono vital de los ciudadanos, la desesperanza, la falta de confianza en el futuro. El bloque que denominamos “Occidente”, y que a grandes rasgos engloba a los países de la OTAN y aliados de Estados Unidos como Japón y Corea del Sur, no dispone de un proyecto de futuro.

China muestra otra realidad. Ciudades como Shenzhen (18 millones de habitantes), Guangzhou (20 millones), Chengdu (22 millones), o Chongqing (32 millones de habitantes), por citar algunas de las menos conocidas en Occidente, deslumbran con sus nuevos rascacielos y barrios futuristas, se desarrollan con rapidez y cuentan con industrias de alta tecnología, como las empresas de biotecnología, informática, microelectrónica e inteligencia artificial de Shenzhen que ha llevado a los investigadores occidentales (que siempre tienen como punto de referencia a los Estados Unidos) a calificarla como el “Silicon Valley chino”. China es el país más automatizado del mundo: cuenta con casi la mitad de todos los robots industriales del planeta. O en Chengdu, donde trabaja la empresa estatal Chengdu Aircraft Industry Corporation (CAIC), que fabrica los cazas furtivos de quinta generación que solo poseen Rusia y Estados Unidos, junto con China. Y en Chongqing, la impresionante capital automotriz de China, que cuenta con manufacturas robóticas, fábricas inteligentes (dark factories, las denominan los estadounidenses), industria aeroespacial, biotecnología, etc, y donde se aplican recursos de Big Data y del “internet de las cosas”, IoT, para gestionar con eficacia la energía y los servicios públicos de la gigantesca megalópolis. La visión de Chongqing entre los ríos Yangsé y Jialing es grandiosa.

La vida ha cambiado para todos. El salario medio en esas ciudades, aunque puede variar por ocupaciones y sectores industriales y de servicios, es de unos 1.600 euros mensuales, y los precios no son los de Occidente: si un sencillo menú de restaurante popular en París vale 25 euros, y 18 en Barcelona, en esas ciudades chinas un menú no supera los cinco euros. No circulan monedas ni billetes de banco, porque todos los ciudadanos pagan con las aplicaciones de WeChat y Alipay de sus teléfonos en comercios, restaurantes, taxis, metro, con una eficacia y rapidez sorprendentes. Se ha terminado también con la contaminación industrial, gracias a ambiciosos planes limitando el uso del carbón y con el decidido impulso de la energía solar y eólica y, a diferencia de lo que ocurre en Europa y Estados Unidos, las ciudades están limpias, sin graffitis grotescos, con calles muchas veces ajardinadas y con flores que son respetadas por el civismo de sus habitantes. En cambio, por poner un ejemplo local, en las vías verdes barcelonesas, los coches destrozan bancos y parterres y muchos ciudadanos dejan que sus perros escarben en los jardines, destrozándolos. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos y Europa con centenares de miles de pobres, convertidos en pordioseros, que malviven en cualquier acera o agujero, en China no hay mendigos en las ciudades, ni personas durmiendo en las calles.

La impresionante red de ferrocarriles de alta velocidad alcanza ya casi todos los rincones de China, y las tecnificadas estaciones de tren son capaces de gestionar con rapidez a decenas de miles de personas, sin aglomeraciones ni caos, que pueden acceder a los trenes con el simple control automatizado del documento de identidad. Los trenes electrificados podían transportar una carga de cinco mil toneladas con una sola locomotora; ahora, el ferrocarril Datong-Qinhuangdao puede llevar veinte mil toneladas. Antes, en el trayecto Baoji-Chengdu, los trenes alcanzaban los 25 kilómetros por hora; hoy, los trenes bala Fuxing CR400 alcanzan los 350 kilómetros por hora, son silenciosos y no contaminan, y el desgaste de las catenarias (China tiene la red ferroviaria más extensa del mundo, 162.000 kilómetros) que antes se controlaba con el examen de millones de fotografías se hace ahora con telefonía 5G, Inteligencia Artificial, macrodatos y drones, cuyas referencias se integran en una eficaz plataforma de mantenimiento. La televisión china, CCTV, ha informado de que el tren de levitación magnética, Maglev, que alcanza los 600 kilómetros por hora, está listo para su entrada en servicio tras cinco años de pruebas.

La modernidad de los nuevos rascacielos, bibliotecas, museos, centros culturales, infraestructuras, autopistas, carreteras, puentes, es evidente por toda China. Las nuevas estaciones de ferrocarril y aeropuertos son ultramodernos y espaciosos; las estaciones urbanas de metros y los trenes subterráneos que circulan tienen una calidad urbanística y tecnológica, una frecuencia, limpieza y eficacia, que hace que el Subway de Nueva York o el Métro de París parezcan un vestigio arruinado de una época remota. Y en esos metros urbanos no puede verse nada semejante a las aglomeraciones y el agobio del metro de Tokio con empleados que empujan y comprimen a los usuarios en los vagones como si fueran sardinas en lata.

En todos los sectores científicos, la investigación china ha experimentado un desarrollo vertiginoso, asunto que preocupa enormemente en el gobierno estadounidense y en sus organismos estatales. El Nature Index (elaborado por Springer Nature, propiedad del alemán Holtzbrinck Publishing Group y de BC Partners, una firma europea de capital privado) ofrece un panorama desolador para Estados Unidos: en su clasificación sobre los centros mundiales líderes en investigación en 2025 (con los datos recogidos en todo 2024), de los diez primeros puestos, ocho son de instituciones chinas (Academia de Ciencias de China, CAS, que encabeza la lista; Universidad de Ciencias y Tecnología de China, USTC; Universidad de Zhejiang, ZJU; Universidad de Pekín, PKU; Universidad de la Academia China de Ciencias, UCAS; Universidad de Tsinghua; Universidad de Nanjing, NJU, y Universidad Shanghái Jiao Tong, SJTU). En esos primeros diez centros, Estados Unidos solo aparece con la Universidad de Harvard, y Alemania con la Sociedad Max Planck.

Algo parecido está ocurriendo con la sanidad. La saturación y el caos en muchos hospitales en Europa y Estados Unidos (como ocurre en Gran Bretaña, o con el colapso de servicios de urgencias e interminables listas de espera para operaciones como pasa en España) tras las sucesivas mermas presupuestarias y el apoyo gubernamental a la sanidad privada, está destruyendo el sistema sanitario público europeo. Estados Unidos tiene un modelo mixto dominado por la sanidad privada, con el objetivo principal de obtener beneficios económicos. En China, la sanidad se ha modernizado también con rapidez. El cirujano español Diego González Rivas, que opera con frecuencia cánceres en China, recuerda que el país tiene los mejores hospitales del mundo. Y el impresionante desarrollo de la sanidad china alcanza también a otros lugares: mientras Estados Unidos envía militares al continente africano, China ha construido más de 130 hospitales y clínicas en África, y ha enviado equipos médicos a cuarenta y cinco países.

Está cambiando también la concepción de la vida en las ciudades. El gobierno chino ha previsto que en los próximos cinco años se crearán diez mil “círculos comunitarios” donde los ciudadanos podrán llegar a escuelas, hospitales y otros servicios esenciales en menos de quince minutos caminando desde sus domicilios. Centenares de millones de personas podrán beneficiarse de ello, según el MOFCOM, el ministerio que planifica el proyecto. La idea, que tiene origen en Europa, ha sido aplicada en China con éxito. En Shanghái, por ejemplo, el 99 % de la población accede a cualquier servicio que necesite caminando quince minutos. Y las aplicaciones móviles en Hangzhou han creado un nuevo universo urbano.

El XV plan quinquenal, abordado en la reunión de octubre del comité central del Partido Comunista de China, pretende que entre 2026 y 2030 el desarrollo científico y tecnológico consiga nuevas cotas: el país ha alcanzado a Estados Unidos en muchos sectores económicos, y en otros es ya el primer país del mundo. El desarrollo se ve en las ciudades chinas, y ahora el desafío es conseguir que sea de gran calidad en todas las ramas industriales y de servicios, alcanzando la “modernización socialista” que se planteó en el XX Congreso del Partido Comunista. La constante mejora de la vida de la población, el énfasis en la “civilización ecológica” y el progreso científico y tecnológico, no llevan al gobierno de Pekín a descuidar la seguridad nacional, en medio de las turbulencias creadas por el nuevo gobierno Trump, la abierta guerra comercial y política declarada por Washington, y el constante acoso y ejercicios militares del Pentágono en Taiwán, el Mar de China meridional y la península coreana.

Esa realidad suele ocultarse a la opinión pública occidental. La insistente propaganda, repleta de mentiras, repite aplicadamente en las televisiones, en periódicos, en las plataformas de internet, la definición de China como una dictadura cruel, e inventa genocidios en el Tíbet y Xinjiang. La simple visión de la actividad de los ciudadanos chinos derriba esas interesadas mentiras: una población agobiada por una implacable dictadura y temerosa de la persecución política no se mostraría como se aprecia en las ciudades chinas, llenas de energía, abiertas, alegres: no hay rastro de tristeza, pesimismo o descontento, sino de empuje, ánimo, ganas de vivir. En 2025, solamente en la semana transcurrida desde el 1 de octubre, fiesta nacional, y el Festival del Otoño, se produjeron novecientos millones de viajes por el país, con un entusiasmo palpable en los ciudadanos. De hecho, aunque la propaganda occidental lo oculte, instituciones y universidades estadounidenses que han realizado rigurosas y amplias investigaciones sobre la opinión pública china constatan que el noventa por ciento de la población está satisfecha y apoya al gobierno del Partido Comunista y el socialismo en el país. Es significativo que la policía china recorra las ciudades sin llevar armas, a diferencia de lo que ocurre en el capitalismo occidental. Su lógica es otra: cuando se les pregunta a los chinos por esa circunstancia, contestan que la policía no está para reprimir sino para ayudar al ciudadano, y para esa tarea no precisa armas.

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China no es un sistema de partido único, porque existen ocho partidos políticos, aunque todos defienden el socialismo y el papel dirigente del Partido Comunista. Quienes en Occidente consideran inaceptable esa realidad, deberían interrogarse por el hecho de que en Estados Unidos o en la mayoría de países europeos casi todos los partidos con influencia política defiendan el capitalismo. Porque la democracia liberal es una fantasía. Aunque las fuerzas obreras y progresistas han luchado durante décadas para alcanzar la libertad y poder defender legalmente sus propuestas, eso no impide a las instituciones liberales y a los mecanismos que gestionan las elecciones y la gobernanza el bloqueo de cualquier proyecto de cambio social para alcanzar un verdadero sistema democrático, libre y justo. Hoy, la vulgata liberal se parapeta con la mentira de que el mundo asiste al combate de “democracias contra autoritarismos”, pero lo cierto es que en Occidente pueden celebrarse elecciones mientras no peligren el sistema capitalista y los privilegios de la plutocracia y la burguesía: si están en riesgo o si peligra el predominio estratégico occidental, se activan golpes de Estado (del golpe de Pinochet en Chile al derrocamiento de Castillo en el Perú, pasando por el golpe del Maidán en Ucrania, por poner algunos ejemplos), intervenciones militares, ilegalizaciones de partidos políticos, se anulan elecciones o se impide la presentación de candidatos. Ha ocurrido ya en Rumania, Moldavia, y es muy probable que en Alemania se falsearan los resultados del BSW de Sarah Wagenknecht para impedirle entrar en el parlamento. Además, la desigualdad entre las formaciones que defienden el capitalismo y las que postulan el socialismo es patente: aquellas cuentan con abundante financiación de grandes empresas y fondos procedentes de la corrupción, mientras que las de izquierda deben participar con escasos recursos. La corrupción impera en las democracias liberales, crea o compra partidos políticos, candidatos, asegura voluntades por la vía de regalos y obsequios, viajes lujosos y prostitución, y controla grupos de presión que con frecuencia elaboran los proyectos de ley. Incluso en Japón, que pasa por ser un país modelo, la Iglesia de la Unificación (llamada ahora Federación de Familias para la Paz y la Unificación Mundial, una secta evangélica anticomunista) compra candidatos y diputados y les facilita “mordidas” en negocios turbios. Y todos los grandes medios de comunicación occidentales están en manos de la burguesía. Cuatro ejemplos bastarán: el hombre más rico de Francia (Bernard Arnault, propietario de Louis Vuitton, LVHM) controla Le Parisien, el diario más leído; la familia Dassault es propietaria de Le Figaro; Jeff Bezos, patrón de Amazon, posee el Washington Post, y Rupert Murdoch domina la Fox. Sus manos llegan también a las televisiones y plataformas de internet. El discurso, la propaganda, la opinión pública, están controladas por las grandes fortunas. En Occidente, la fábula del buen gobierno y la preocupación por la vida de los ciudadanos (utilizando siempre esa absurda denominación de “la clase media” para definir a la gran masa de trabajadores y asalariados) se ha hundido: los gobiernos no trabajan para la población, sino para favorecer a grandes empresarios, multinacionales, grupos de presión y fondos buitre.

El capitalismo tóxico, agónico, ha configurado su destino en esa fotografía de Sharm el Sheij, donde Trump reina sobre una tropa de aduladores, entre ellos los principales dirigentes europeos, como el propio Pedro Sánchez, en una escena innecesaria que muestra la sumisión, el miedo y los halagos indignos de quienes dicen representar a las democracias liberales europeas pero se han sometido a las exigencias guerreras y al rearme de un sujeto como el presidente estadounidense que es apenas un empresario corrupto de comportamiento fascista. Y europeos y japoneses siguen sin atreverse a reclamar su autonomía, su independencia estratégica. La mayoría de los países de la Unión Europea se aprestan a reducir las pensiones de los jubilados, los salarios y prestaciones sociales, y se preparan para liquidar el Pacto Verde que lanzaron para combatir el cambio climático, y por añadidura se adentran en el rearme y en la construcción de una zona Schengen para que los ejércitos circulen por todos los países, ataviados los gobiernos con los harapos de las mentiras sobre la supuesta amenaza rusa de invadir el continente. Japón y Alemania, y después Corea del Sur, no tuvieron otra opción que aceptar la tutela estadounidense como países ocupados militarmente tras la Segunda Guerra Mundial, y el mismo veneno ha sido ingerido por quienes gobiernan los países de la Unión Europea, aliados en la OTAN.

El apoyo del gobierno estadounidense al genocidio en Palestina es el anuncio desvergonzado del viejo racismo blanco del que Trump es un abanderado con su desprecio y persecución a los inmigrantes, mientras sigue lanzando mortíferos ataques militares: el bombardeo estadounidense a Irán en junio de 2025 añade tensión a Oriente Medio, donde el Pentágono continúa interviniendo en Siria, Yemen, Somalia e Iraq, intenta recuperar la base militar de Bagram en Afganistán y ha abierto un peligroso escenario en el Caribe asesinando a tripulantes de lanchas con la excusa del narcotráfico, con operaciones encubiertas en Colombia y Ecuador, y con el despliegue de barcos de guerra amenazando abiertamente a Venezuela. Sin olvidar que el gobierno Trump, como hizo Biden, sigue proporcionando ingente ayuda militar a la dictadura de Zelenski en Ucrania.

La “tierra de la libertad”, como califican a su país los liberales estadounidenses, se revela como una nación que ha perdido buena parte de su industria, que sigue gastando recursos millonarios en su ejército, en las guerras y en su extensa red de bases militares que vigilan el mundo. Y lo hace recurriendo al endeudamiento, al chantaje, a la mentira del “libre mercado” y a la imposición, como ha hecho Trump con los acuerdos comerciales con la Unión Europea, y con los gastos militares que exige a sus aliados, rehenes de una vieja retórica imperial que sigue manteniendo el discurso agónico de la “nación indispensable” aunque empieza a sospechar que tal vez su tiempo termina. La fascinación que Estados Unidos ha ejercido sobre gobiernos y poblaciones, de Tokio a Berlín, de París a Buenos Aires, está empezando a diluirse. La nueva realidad planetaria está derribando la arrogancia imperial y la seguridad de sus centros de poder en que Estados Unidos es el país más poderoso del mundo y lo será siempre. La confusión, incluso el fortalecimiento de la extrema derecha, el miedo y la falta de esperanza en el futuro que muestran tantos ciudadanos occidentales, son hijos no deseados de esa hegemonía estadounidense que se desmorona lentamente.

A diferencia de Estados Unidos, que con el envoltorio del lenguaje democrático pretende continuar con el expolio de los recursos de otros, China insiste en la colaboración entre países: además de la nueva ruta de la seda, ha lanzado la Iniciativa Global de Desarrollo, IGD, la Iniciativa Global de Seguridad, IGS, y la Iniciativa Global de Civilización, IGCI, y también la Iniciativa para la Gobernanza Global, IGG, que pretende impulsar la cooperación internacional frente a la agresiva intervención estadounidense. Mientras Estados Unidos socava la autoridad de la ONU, la IGG china quiere detener su deterioro y bloqueo, aumentar la representación de los países en desarrollo, poner coto a las frecuentes sanciones y medidas unilaterales de Occidente y a las constantes violaciones del derecho internacional, de las que el genocidio que lleva a cabo Israel en Palestina es una dolorosa evidencia. Junto a ello, la IGG quiere abordar con mayor decisión los riesgos del cambio climático, la regulación de la inteligencia artificial y las leyes internacionales que ordenan el espacio y el ciberespacio.

En 2017, China consiguió desarticular la red que la CIA tenía en el país, y la última década ha supuesto su fortalecimiento definitivo como nación. El arrogante Elon Musk se reía a carcajadas hace pocos años cuando una periodista de Bloomberg le preguntaba por la calidad de los coches eléctricos chinos y la competencia que supondrían para Tesla: hoy, su risa se ha convertido en una mueca, y el mundo lo ve. El Premio Nobel de Economía, el estadounidense Paul Krugman, declaró recientemente en una entrevista: “China ya ha superado a Estados Unidos en poder económico, y no volverá a alcanzarla”. Krugman remachó el clavo con la evidencia de que China ya produce cada día más del doble de energía eléctrica que Estados Unidos, y aseguró que la distancia entre los dos países “irá aumentando con el paso del tiempo”.

Liu Yuxi, un poeta chino de la dinastía Tang, habla en unos versos escritos hace mil doscientos años de las hierbas silvestres y del sol poniente en el callejón Wuyi, y ve a las golondrinas que anidaban en los palacios de la nobleza volar a las casas de la gente común: contempla con serenidad cómo se desmoronan las estirpes y los viejos poderes, condenados a ser mañana un recuerdo. Estados Unidos, aunque sigue contando con una mortífera maquinaria militar y una chispa puede encender la pradera, está en el callejón Wuyi.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.