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La política exterior del presidente Donald Trump y sus efectos en la relación con Europa

Fuentes: Rebelión

La política exterior de Estados Unidos, en el contexto del regreso de Donald Trump al escenario ejecutivo, atraviesa una transformación estructural significativa en su enfoque y en sus herramientas, lo que refleja un distanciamiento creciente de los marcos que han regido el comportamiento estadounidense desde el final de la Guerra Fría. En lugar de apoyarse en las alianzas tradicionales, las instituciones multilaterales y la legitimidad jurídica internacional, Washington avanza hacia un enfoque más directo y coercitivo, basado en la imposición de intereses por la fuerza, la redefinición de las zonas de influencia y el tratamiento del sistema internacional desde una lógica competitiva de suma cero.

Este giro no se limita a un cambio en el discurso político, sino que se materializa en políticas prácticas hacia regiones sensibles del hemisferio occidental, como América Latina y el Ártico, lo que plantea interrogantes fundamentales sobre el futuro del sistema internacional, la estabilidad de las alianzas occidentales y los límites de la capacidad estadounidense para imponer su hegemonía en un mundo que presencia el ascenso de competidores estratégicos y una erosión del consenso liberal internacional.

Nacionalismo expansivo y retorno a la lógica de la fuerza: una reactivación selectiva de la Doctrina Monroe

El núcleo de la política exterior de Trump puede describirse como una política nacionalista expansiva de carácter revanchista (revanchist), que evoca más la lógica del siglo XIX que el espíritu del sistema internacional contemporáneo. En este contexto, se produce una reinterpretación de la Doctrina Monroe —formulada históricamente para impedir la intervención europea en el hemisferio occidental—, transformándola de un principio defensivo en un instrumento de justificación para la intervención directa de Estados Unidos, tanto política como militarmente, en los países de América Latina.

Esta doctrina ya no se utiliza como un marco para proteger la soberanía regional, sino como una cobertura ideológica para restablecer la hegemonía estadounidense en su entorno geográfico inmediato, y para crear intereses estadounidenses directos dentro de Estados soberanos, incluso si ello requiere superar a gobiernos existentes o imponer hechos consumados mediante el uso de la fuerza. Este enfoque refleja una concepción según la cual el llamado “espacio vital estadounidense” debe someterse a la voluntad de Washington, y no a la lógica de asociaciones equitativas ni a las normas del derecho internacional, reintroduciendo así la noción de “patios traseros” y la inestabilidad crónica y las tensiones regionales prolongadas que esta conlleva.

De la contención a la confrontación: frente al ascenso chino y la presencia rusa

Las políticas exteriores de Trump también emanan de una visión claramente confrontacional frente al acelerado ascenso de China y al retorno de Rusia al escenario de la competencia internacional. En lugar de abordar esta realidad mediante estrategias de contención, equilibrio o disuasión mutua, Trump concibe la influencia china y rusa en el hemisferio occidental como una amenaza directa a la hegemonía estadounidense, especialmente en regiones que históricamente han estado dentro de la esfera de influencia de Estados Unidos.

Esta percepción se manifiesta con claridad en:

  • América Latina, donde Washington considera que la penetración económica china y el apoyo ruso a determinados regímenes constituyen una incursión inaceptable en su esfera de influencia tradicional.
  • El Ártico, que, como consecuencia del cambio climático y la apertura de nuevas rutas marítimas, se ha transformado en un nuevo escenario de competencia geopolítica, en el que convergen los intereses estadounidenses, rusos y chinos en una carrera por los recursos y las posiciones estratégicas.

En este marco, la política estadounidense evoluciona de una estrategia de contención a largo plazo hacia un enfoque disuasorio ofensivo, basado en la presión directa, la exhibición de poder y el intento de impedir que los rivales consoliden su presencia, incluso a costa de intensificar las tensiones internacionales y aumentar el riesgo de confrontación.

Confrontación con las normas internacionales: erosión de la legitimidad y ampliación de los escenarios de conflicto

Uno de los rasgos más peligrosos de la política exterior de Trump es el creciente enfrentamiento con las normas y las instituciones internacionales. Las intervenciones militares y las amenazas públicas de anexión o imposición de control revelan un patrón cada vez más marcado de menosprecio hacia el derecho internacional y los mecanismos de resolución de conflictos.

El impacto de este comportamiento no se limita a las regiones directamente afectadas, sino que se extiende a la erosión del sistema internacional en su conjunto, ya que:

  • Debilita la confianza en las normas que regulan las relaciones entre los Estados,
  • Abre la puerta a que otras potencias justifiquen políticas expansionistas similares bajo el argumento de la “reciprocidad”,
  • Y normaliza la imposición de hechos consumados por la fuerza como herramienta política legítima.

De este modo, Estados Unidos pasa de ser un Estado que afirma proteger el orden internacional a convertirse en un actor central que contribuye a desmantelar los fundamentos sobre los que dicho orden se estableció después de 1945. En este sentido, las políticas exteriores de Trump pueden describirse como una política de poder unilateral, expansiva y posliberal, que socava el sistema que la propia Estados Unidos ayudó a construir.

El impacto en las relaciones euro-estadounidenses: una conmoción estratégica sin precedentes

Groenlandia es mucho más que un territorio geográficamente remoto; en el contexto de las nuevas políticas estadounidenses, se ha convertido en una prueba de estrés decisiva para la relación transatlántica. El territorio se encuentra bajo soberanía danesa, y Dinamarca no es un actor marginal dentro del sistema occidental, sino un Estado plenamente soberano, miembro activo de la OTAN y socio dentro de la Unión Europea, a pesar del estatus jurídico especial del que goza Groenlandia. Esta interconexión jurídica y política convierte cualquier posible acción estadounidense sobre el territorio en un asunto esencialmente europeo, y no en un conflicto bilateral susceptible de ser contenido mediante negociaciones discretas.

Desde esta perspectiva, cualquier movimiento militar estadounidense en Groenlandia sería percibido en Europa como una agresión directa contra un Estado europeo, y como una violación flagrante del principio de soberanía sobre el que se sustenta el orden internacional moderno. Más aún, dicha acción constituiría un precedente sin precedentes en la historia de la alianza atlántica, superando en gravedad a todas las disputas previas entre ambas orillas del Atlántico, incluida la crisis de Suez de 1956, que en su momento marcó el punto álgido de las tensiones entre los aliados occidentales.

El resultado previsible de este escenario no sería una mera crisis diplomática pasajera ni una escalada mediática temporal, sino un colapso profundo de la confianza política entre Europa y Washington. Una confianza construida durante décadas sobre la premisa de que Estados Unidos era el garante último de la seguridad europea se erosionaría de forma difícilmente reversible, abriendo la puerta a una reevaluación integral de la naturaleza de la relación transatlántica y de los límites de la dependencia europea del socio estadounidense en una fase internacional caracterizada por el aumento de la incertidumbre y el declive de las certezas estratégicas.

Fragmentación interna europea sin colapso de la posición general

La reacción europea no se manifestaría como un frente completamente homogéneo, pero la tendencia general del posicionamiento europeo se inclinaría claramente hacia el rechazo. Las capitales escandinavas, encabezadas por Copenhague y Estocolmo, junto con Berlín, París y Madrid, interpretarían cualquier acción estadounidense de este tipo como una amenaza directa a los fundamentos del orden europeo, y no como una simple disputa política coyuntural. Para estos Estados, el movimiento estadounidense supondría una vulneración sustantiva del principio de soberanía y de las normas de seguridad colectiva que han sustentado la estabilidad europea durante décadas.

En contraste, los países de Europa oriental, en particular Polonia y los Estados bálticos, se encontrarían atrapados en un dilema estratégico complejo. Por un lado, les resultaría difícil aceptar o justificar una agresión estadounidense contra un Estado europeo; por otro, se verían dominados por el temor real a la pérdida o debilitamiento del paraguas de seguridad estadounidense, considerado por estos países como la primera línea de defensa frente a la amenaza rusa. Esta contradicción se traduciría en posturas cautelosas y vacilantes, orientadas a conciliar el rechazo a la acción estadounidense con la evitación de una ruptura abierta con Washington.

No obstante, y pese a esta divergencia de cálculos y temores, el consenso político europeo en el rechazo a la acción estadounidense se mantendría, aunque con distintos grados de intensidad. Sin embargo, dicho consenso no impediría una profundización de la fractura dentro de la alianza atlántica, ya que el episodio revelaría fisuras internas profundas en la relación transatlántica y confirmaría que la unidad de Occidente ya no puede darse por sentada, sino que se encuentra sujeta a equilibrios frágiles e intereses divergentes.

Declive de la autoridad moral estadounidense y empuje europeo hacia la autonomía estratégica

Europa ha aceptado históricamente el liderazgo estadounidense no solo en virtud de su superioridad militar o de su influencia política, sino porque dicho liderazgo se presentaba como moral y jurídicamente legítimo. La asociación transatlántica se construyó sobre el supuesto de que Washington actuaba dentro del marco del derecho internacional, envolviendo sus políticas en un discurso de protección del orden liberal global, respeto a la soberanía de los Estados y defensa de valores compartidos.

Sin embargo, cualquier acción unilateral estadounidense contra Groenlandia provocaría una grieta profunda en esta narrativa. El discurso estadounidense basado en la defensa de la soberanía de Ucrania o en la advertencia contra la alteración del statu quo en Taiwán perdería una parte sustancial de su credibilidad en las capitales europeas si se viera acompañado de un comportamiento que contradice de manera frontal esos mismos principios. En este punto, la incoherencia dejaría de ser teórica o retórica para convertirse en práctica y explícita, debilitando gravemente la capacidad de Estados Unidos para movilizar apoyo político y moral dentro de Europa.

Esta erosión de la autoridad moral estadounidense empujaría a Europa de manera acelerada hacia la opción de la autonomía estratégica, no solo en el ámbito defensivo, sino también en los planos político y diplomático. Se reforzaría la convicción europea de que una dependencia excesiva del liderazgo estadounidense ya no constituye una garantía de estabilidad, sino una fuente potencial de riesgos. En consecuencia, las políticas exteriores de Trump no pueden entenderse como una mera desviación circunstancial o un episodio excepcional, sino como un cambio estructural capaz de redefinir la relación transatlántica y de poner fin, de facto, al modelo de liderazgo estadounidense aceptado en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La OTAN: de paraguas de seguridad a estructura nominal

Ante cualquier paso unilateral estadounidense para ocupar Groenlandia, la OTAN pasaría de ser un paraguas de seguridad fiable a una estructura esencialmente nominal. La credibilidad operativa de la Alianza, basada en el compromiso de defensa mutua entre sus miembros, se vería gravemente debilitada, ya que el Artículo 5 —que garantiza la defensa colectiva de cualquier miembro atacado— se convertiría en objeto de controversia y excepciones si el agresor fuese uno de los principales miembros de la propia Alianza. Esta situación erosionaría la función central de la OTAN como instrumento de disuasión y llevaría a los Estados más pequeños y medianos a cuestionar seriamente su capacidad de confiar en la Alianza frente a crisis de gran envergadura.

La OTAN continuaría existiendo desde un punto de vista institucional, pero perdería su capacidad para unificar a Occidente y gestionar de forma eficaz la seguridad colectiva, apareciendo más como un marco formal que como una fuerza estratégica operativa. Este deterioro incentivaría a los Estados europeos a explorar fórmulas de seguridad más autónomas y flexibles, en las que las iniciativas defensivas tendrían un origen europeo y se basarían en las capacidades propias de potencias como Francia y Alemania, al margen de un liderazgo estadounidense que ya no se percibiría como una garantía absoluta.

Autonomía defensiva europea y el inicio de una carrera armamentística

Como consecuencia natural del declive de la confianza europea en Estados Unidos y de la disminución de la eficacia de la OTAN, Europa avanzaría hacia una autonomía defensiva real, apoyada en sus propias capacidades y en sus mecanismos internos de cooperación. Los Estados europeos, encabezados por Francia, Alemania, Roma y Madrid, buscarían reducir su dependencia de un paraguas estadounidense cuya credibilidad se habría visto comprometida, y centrarían sus esfuerzos en reconstruir casi desde cero la arquitectura defensiva europea. Esto incluiría el desarrollo de fuerzas europeas unificadas capaces de desplegarse con rapidez ante crisis regionales, el fortalecimiento de las industrias militares locales para disminuir la dependencia de tecnología y equipamiento estadounidenses, así como la creación de redes de inteligencia independientes que permitan a Europa recopilar información y evaluar amenazas sin pasar por Washington.

Este giro no sería meramente técnico, sino que conllevaría profundas implicaciones políticas y estratégicas. Reforzaría el sentido de soberanía europea y dotaría a los Estados de una mayor capacidad para tomar decisiones autónomas en materia de defensa y seguridad, al margen de imposiciones o condicionamientos externos. Al mismo tiempo, este distanciamiento parcial del liderazgo estadounidense abriría la puerta a una nueva carrera armamentística europea, en la que los Estados competirían por desarrollar sus capacidades militares para proteger sus intereses nacionales y regionales, incluyendo armamento avanzado, capacidades aéreas y navales, y ciberseguridad, con el objetivo de evitar cualquier brecha estratégica que pudiera ser explotada por potencias externas.

Conclusión

Las políticas exteriores del presidente Donald Trump muestran que la transformación en curso del comportamiento estadounidense no puede reducirse a un simple cambio de estilo o de discurso circunstancial, sino que refleja una redefinición profunda del papel de Estados Unidos en el sistema internacional, basada en la primacía de la fuerza, la disminución del compromiso con las alianzas y la erosión de los referentes jurídicos e institucionales que han constituido el fundamento de la estabilidad occidental desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Este giro, aunque surge de cálculos internos estadounidenses, conlleva implicaciones estratégicas directas para Europa, que se enfrenta a una nueva realidad en la que la cobertura estadounidense ya no representa una garantía absoluta de seguridad ni de estabilidad.

En este contexto, la relación euro-estadounidense se transforma de una asociación sustentada en la confianza y la integración estratégica en una relación marcada por la cautela y la reevaluación. La posibilidad de que Washington recurra a políticas unilaterales, incluso a expensas de los intereses de sus aliados, sitúa a Europa ante una cuestión existencial relativa a los límites de la dependencia del liderazgo estadounidense y a la viabilidad de un modelo de seguridad concebido en circunstancias históricas que ya no existen. Desde esta perspectiva, la opción de la autonomía estratégica europea no aparece como un lujo político ni como una aspiración teórica, sino como una trayectoria inevitable, impuesta por las transformaciones geopolíticas y la erosión de la certidumbre atlántica.

En consecuencia, el futuro de Europa bajo estas políticas dependerá en gran medida de su capacidad para transformar el desafío en una oportunidad: una oportunidad para construir un papel internacional más independiente, reforzar su cohesión interna y desarrollar sus instrumentos defensivos y políticos de manera que garantice la protección de sus intereses sin quedar supeditada a voluntades externas volátiles. Las políticas de Trump, independientemente de sus motivaciones, pueden representar un momento decisivo que impulse a Europa a salir de la sombra del liderazgo estadounidense y a pasar de la condición de actor dependiente en materia de seguridad a la de actor estratégico pleno en un sistema internacional que avanza de forma constante hacia una multipolaridad más competitiva y menos estable.

Dr. Rasem Bisharat – Investigador y analista, especializado en asuntos latinoamericanos y palestinos, doctor en Estudios de Asia Occidental.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.