Se suele contar la historia de la era nuclear como la historia de rivalidad entre superpotencias, de estrategia de la Guerra Fría y del equilibrio de terror. Pero detrás de ese relato oficial subyace un capítulo del que se ha hablado mucho menos: el papel decisivo que Francia tuvo en la aparición del programa nuclear de Israel y la utilización del desierto del Sáhara argelino como terreno de pruebas de los experimentos atómicos. El silencio en torno a esta historia no es casual. Se mantiene gracias a las convenciones diplomáticas, la amnesia institucional y los intereses compartido de unos Estados que crearon su poder estratégico a expensas de poblaciones que no pudieron decir nada al respecto.
Las historias que la historia prefiere olvidar
Lo más frecuente es presentar la historia nuclear del siglo XX como la historia de la Guerra Fría.
Se nos habló de la rivalidad entre Washington y Moscú, de las doctrinas de disuasión, de acuerdos de control de armamento y del frágil equilibrio de la era nuclear.
Pero algunas historias continúan en las sombras, no por falta de pruebas, sino porque contradicen demasiados relatos oficiales.
Entre ellas está un capítulo del que se habla raramente: el papel que desempeñó Francia en el nacimiento de la capacidad nuclear de Israel y la transformación paralela del Sáhara argelino en un laboratorio de experimentos nucleares, lo cual se llevó a cabo contra una población colonial a la que ni se consultó ni se avisó.
Este capitulo continúa todavía hoy totalmente ausente del debate público, no porque los historiadores lo hayan ignorado, sino porque conviene mantener silencio.
Preserva las relaciones diplomáticas.
Protege a las instituciones.
Ahorra a los gobiernos preguntas para las que no hay respuestas cómodas.
Las ambiciones atómicas de Francia
Después de la Segunda Guerra Mundial Francia estaba empeñada en recuperar la posición que había tenido entre las grandes potencias.
En un mundo bipolar dominado por Estados Unidos y la Unión Soviética la capacidad nuclear se convirtió en un símbolo de soberanía e independencia estratégica, la prueba de que, en palabras del general de Gaulle, Francia seguía siendo «maîtresse de son destin», dueña de su destino.
Por consiguiente, el programa nuclear francés, que se desarrolló bajo la autoridad del Commissariat à l’énergie atomique (CEA, Comisariado de la Energía Atómica), fue un proyecto científico y, al mismo tiempo, una declaración geopolítica.
En ese mismo momento había otro Estado que tenía un objetivo parecido.
Israel, establecido en 1948, estaba en un entorno regional que sus dirigentes consideraban hostil para su existencia.
Para los estrategas israelíes la seguridad a largo plazo exigía más que la superioridad militar convencional. Exigía disuasión.
Las trayectorias de estos dos Estados iba a ir convergiendo gradualmente.
Del intercambio científico a la cooperación estratégica
Los contactos entre científicos nucleares franceses e israelíes datan de finales de la década de 1940.
Instituciones nucleares francesas, sobre todo en la sede del CEA que había en comuna francesa de Saclay, acogieron a investigadores israelíes.
Los intercambios científicos se intensificaron a principios de la década de 1950. En aquel momento esta cooperación se presentaba como meramente académica. Pero la ciencia nuclear nunca es puramente académica.
El conocimiento, los materiales y la pericia desarrollados en programas civiles conllevan un potencial militar difícil de contener una vez que se comparte.
La colaboración científica se convirtió gradualmente en una asociación política y después en una cooperación estratégica, guiada en ambos lados por un sentimiento compartido de estar excluido del orden anglo-estadonidense, que había dejado a Francia y a Israel en una situación vulnerable sin verdaderas garantías en momentos críticos.
1956: el momento crucial de Suez
El momento decisivo llegó en 1956. Cuando el presidente egipcio Gamal Abdel Nasser nacionalizó el Canal de Suez, Francia, Gran Bretaña e Israel coordinaron en secreto una respuesta militar.
Detrás de la crisis diplomática y la planificación militar estaba tomando forma una relación estratégica más profunda entre París y Tel Aviv.
En unas reuniones discretas, las principales de las cuales tuvieron lugar en la comuna francesa de Vérmars en septiembre de 1956, se llegó a unos acuerdos que iban mucho más allá de los objetivos inmediatos de la campaña de Suez. Las principales figuras en la parte francesa eran el ministro de Defensa Maurice Bourges-Maunoury y su director de gabinete Abel Thomas. El principal negociador de la parte israelí era un joven director general del Ministerio de Defensa llamado Shimon Peres.
Uno de esos acuerdos fue la decisión de proporcionar a Israel un reactor nuclear y la tecnología necesaria. Esta decisión iba a llevar a la construcción del complejo nuclear de Dimona en el desierto del Negev. Ingenieros franceses ayudaron a diseñar el reactor. Empresas francesas suministraron el equipamiento esencial. Científicos del CEA supervisaron los primeros pasos del programa.
Desde entonces los archivos desclasificados y el trabajo de los historiadores (sobre todo las meticulosas investigaciones de Avner Cohen) han confirmado el papel fundamental que tuvo Francia en el desarrollo de la capacidad nuclear de Israel. La trayectoria nuclear de Israel podría haber sido muy diferente sin esta cooperación
Otro desierto
Pero la historia nuclear de Francia no se escribió solo en los laboratorios o en el desierto del Negev. Se escribió también en otro desierto, el del Sáhara argelino.
Francia llevó a cabo su primera prueba nuclear el 13 de febrero de 1960 en [el municipio argelino de] Reggane. Según fuentes francesas desclasificadas, se calcula que la explosión, cuyo nombre en clave era «Gerboise Bleue» [Jerbo Azul], liberó una potencia de unos 70 kilotones, aproximadamente el equivalente a cuatro veces la potencia destructiva de la bomba que se había lanzado sobre Hiroshima.
Esta prueba supuso para Francia la entrada en el exclusivo club de potencias nucleares. Para las personas que habitaban en el Sáhara supuso el inicio de un legado radioactivo que iba a perdurar durante generaciones .
Las autoridades francesas habían insistido entonces en que el lugar en el que se realizó la prueba estaba situado en una zona deshabitada del desierto. Las investigaciones históricas dicen otra cosa.
Según el trabajo del historiador Bruno Barrillot, en las regiones expuestas a la lluvia radioactiva de las pruebas en Reggane vivían unas 20.000 personas.
No se organizó una evacuación sistemática.
No se informó a la población local.
El silencio no fue un descuido. Fue una decisión.
Continuidad colonial
Debemos mirar al pasado para entender esta realidad.
Diferentes partes del Sáhara argelino ya habían servido de escenario de los experimentos militares coloniales mucho antes de las pruebas nucleares, unos espacios en los que el Imperio podía actuar sin las limitaciones que imponía la opinión pública de la metrópoli o la legislación europea.
Uno de los episodios más traumáticos sucedió en diciembre de 1852 durante el ataque francés a la ciudad de Laghouat. En la memoria colectiva argelina este acto se conoce como «Am el-Khalia», el año de la aniquilación.
Esta ciudad, que había resistido a la expansión colonial francesa, fue sitiada y duramente bombardeada. Los relatos contemporáneos describen enormes masacres, la destrucción sistemática de la ciudad vieja y la dispersión forzada de las personas supervivientes. Las calles quedaron abandonadas a merced del viento del desierto .
Más de un siglo después esa misma tierra se iba a convertir en escenario de otro experimento.
La tecnología había cambiado: la lógica, no.
El Sáhara nuclear
Entre 1960 y 1966 Francia llevó a cabo diecisiete pruebas nucleares en el Sáhara argelino, cuatro pruebas atmosféricas en Reggane y treinta pruebas subterráneas en In Ekker, situado en el macizo de Hoggar. Varias de estas pruebas provocaron una grave contaminación.
El accidente más dramático ocurrió el 1 de mayo de 1962, durante la prueba subterránea de Béryl en In Ekker. La explosión no se limitó a ese lugar. Escapó una nube radioactiva de la montaña, que afectó al personal militar, a científicos y trabajadores civiles. A continuación se ordenó a los soldados entrar en la zona contaminada, un hecho que iba a permanecer oculto durante décadas en los archivos clasificados.
Estos acontecimientos permanecieron encubiertos durante años por los secretos oficiales.
Los historiadores han podido reconstruir la magnitud de la contaminación solo gracias a la desclasificación parcial de los archivos militares y científicos (un proceso que está lejos de haber terminado).
Las personas que habitan en las zonas afectadas siguen informando, todavía hoy, de unos índices anormales de cáncer y de enfermedades provocadas por la radiación.
En teoría hay procedimientos de indemnización; en la práctica siguen siendo complicados, opacos y muy inaccesibles para aquellas poblaciones que más lo necesitan
El silencio ha cambiado de forma, pero su naturaleza no ha cambiado.
La paradoja del orden nuclear
El programa nuclear de Israel siguió avanzando mientras tanto.
Para mediados de la década de 1960, el complejo de Dimona contaba con la infraestructura necesaria para producir plutonio apto para [fabricar] armas.
Un acuerdo tácito entre el presidente Nixon y la primera ministra israelí Golda Meir consolidó en 1969 una doctrina que continúa vigente a día de hoy: la ambigüedad nuclear. Israel no iba a confirmar ni a negar la existencia de armas nucleares. Oficialmente, el arsenal no existe. Estratégicamente, ningún observador serio ha dudado nunca de que exista.
El régimen internacional de no proliferación nuclear se basa en un principio que se considera universal: impedir la proliferación de armas nucleares. Pero este sistema nació en un mundo que ya estaba estructurado en base a profundas asimetrías. Algunos Estados poseen armas nucleares y gozan de pleno reconocimiento internacional. Otros están sometidos a inspecciones, sanciones y en algunos casos, a amenazas militares.
Israel nunca ha ratificado el Tratado de No Proliferación Nuclear. Nuca ha puesto sus instalaciones a disposición de las verificaciones del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA, por sus siglas en inglés).
Y el Estado que contribuyó más directamente a los primeros pasos de Israel en el ámbito nuclear, Francia, es hoy miembro permanente del Consejo de Seguridad de la ONU, un guardián institucional del régimen de no proliferación y una de las voces más activas de la presión a favor de la contención nuclear en otras zonas del mundo.
Los precedentes históricos de Francia no invalidan sus actuales posiciones, pero las sitúa en un contexto que el discurso oficial prefiere no examinar.
¿Cómo puede un Estado exigir de manera creíble contención nuclear a otros mientras declina rendir cuentas de su propio papel en conformar el orden nuclear que ahora afirma defender?
Esta pregunta no desaparece por el hecho de no formularla.
Afrontar la historia
Sesenta y cinco años después de las primeras pruebas nucleares en Sáhara, sus consecuencias siguen siendo visibles, en los cuerpos de las personas que habitan estas tierras y en el terreno que legan a sus descendientes.
Reconocer esta historia no requiere juzgar el pasado con criterios del presente. Requiere algo más modesto y más exigente: aceptar que las grandes potencias han creado sistemáticamente su fuerza estratégica en espacios muy alejados de sus propias poblaciones y entre pueblos que pagan el coste sin compartir las decisiones.
El Sáhara argelino se eligió como terreno de pruebas precisamente porque era territorio colonial, un espacio en el que no se aplicaban las reglas normales de asunción de responsabilidad, en el que se podía exponer a su población sin consecuencia alguna y se podía contaminar sus tierras son ofrecer indemnizaciones.
Lo que se exige que se reconozca es esta lógica y no meramente sus consecuencias técnicas.
Lo que esconde el desierto
Las historias de Dimona, Reggane y del Sáhara ponen de manifiesto una contradicción estructural en el mismo centro del orden nuclear.
El sistema creado para impedir la proliferación nuclear fue creado en parte por las mismas potencias que habían contribuido a difundir la capacidad nuclear y se construyó en parte en el territorio contaminado de radiación de unas poblaciones que no tuvieron voz alguna en ese proceso.
Reconocer esta realidad no amenaza la estabilidad internacional; al contrario, es la condición previa para restaurar la credibilidad de un orden internacional que afirma operar según normas universales, pero que siempre las ha aplicado de forma selectiva.
La historia nuclear no se escribió unicamente en Washington o Moscú. Se escribió en el Sáhara, bajo el cielo de Reggane, en el contaminado macizo de In Ekker y en el silencio de aquellas personas a las que nunca se preguntó si consentían en convertirse en los cimientos del poder estratégico de otra civilización.
Esa verdad no se difumina con el tiempo, solo se vuelve más difícil de ignorar.
Laala Bechetoula es un analista argelino especializado en la geopolítica de Asia Occidental, política exterior occidental y la cuestión palestina.
Texto original: https://countercurrents.org/2026/03/atomic-silence-how-france-built-israels-nuclear-capability-and-tested-bombs-in-colonial-algeria/
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar al autor, a la traductora y Rebelión como fuente de la traducción.


