Taleb Brahim llegó a los campamentos de Tinduf con solo cinco años, cuando su familia tuvo que huir de El Aaiún. Lleva décadas investigando formas de autocultivo que proporcionen soberanía alimentaria y verduras frescas a los saharauis que llevan medio siglo resistiendo en condiciones extremas.
«Cuando hace 20 años comencé a experimentar con las primeras plantaciones, la inmensa mayoría de la gente pensaba que estaba loco», dice Taleb Brahim mientras acaricia una mata hierbabuena y se lleva la mano a la nariz. No podía culparlos. Él también lo pensó en algún momento.
«No sabría decir cuántas veces he fracasado, pero lo importante son las veces que he acertado, y cada una de esas veces me ha permitido seguir investigando y llegar hasta aquí», asegura.
Y aquí está, en un rincón del campamento de refugiados saharauis de Esmara, en el desierto argelino de Tinduf, sentado sobre un pequeño círculo de bloques de cemento sobre los que crecen plantas sin más sustrato que la arena del desierto. La enredadera ya empieza a escalar por los alambres desnudos de una cúpula que en pocos meses estará cubierta de hojas verdes.

Dentro, los cultivos crecerán protegidos del sol inclemente de la hamada argelina, a la sombra de un microclima regulado por la humedad de un pequeño pozo donde nadan varias tilapias. Los excrementos de estos peces serán los únicos nutrientes que alimenten a las plantas que, a su vez, limpiarán de nitratos la misma agua que mantendrá vivos a los peces y a las plantas.
Taleb ha construido un ecosistema en miniatura en el patio de su casa con el que intenta abastecer de verduras y hortalizas frescas a su familia con un mínimo consumo de agua, quizás el bien más escaso y necesario para sobrevivir en el desierto. Ya ha ayudado a otras cinco familias a construir su propia «cúpula verde» su último y esperanzador proyecto de autoproducción y autoconsumo.
«Todo con la mínima tecnología y con materiales de muy bajo coste. Es un sistema de acuaponía sencillo y adaptado a este entorno desértico. No lo hemos importado, lo hemos inventado aquí, en los campamentos de refugiados saharauis, en mitad del desierto. Y si todo sigue funcionando, no solo será una solución para la soberanía alimentaria de mi pueblo, sino para muchas regiones del mundo a las que el calentamiento global está convirtiendo en áridas, como España, por ejemplo», expone con orgullo.
Taleb sonríe al recordar que él quería ser médico, pero las oportunidades de formación eran «muy limitadas» para alguien que llegó con solo cinco años a estos campamentos. Huyó con su familia de la ciudad de El Aaiún tras la ocupación militar marroquí de los territorios saharauis que el Estado español abandonó a su suerte en 1975.
«La única beca de estudios que pude conseguir fue para ingeniería agrónoma en Siria. Después pude estudiar permacultura en Turquía y regresé a los campamentos para aplicar estos conocimientos y mejorar la vida de mi pueblo», relata.
Ahora es director nacional de Agricultura del Ministerio Saharaui de Desarrollo Económico, un puesto importante en el Gobierno de un país sin tierra en el que sobreviven desde hace 50 años más de 170.000 refugiados. Dependen totalmente de una ayuda humanitaria menguante que ha elevado la tasa de destrucción aguda hasta el 13,6% en 2025, la más alta desde 2010.
Objetivos
Su principal reto, explica, no es solo conseguir que la hierba crezca sin tierra y sin agua, sino «logar un cambio de mentalidad entre la población refugiada. Hacerles ver que pueden ganar independencia, que pueden aportar a su comunidad y romper con la idea de que son personas totalmente dependientes. Que cultivar su propia comida es en sí mismo una forma de resistencia. Y hacerles entender esto es mucho más difícil que cultivar. Porque los saharauis éramos nómadas, sabíamos pastorear animales, pero nadie aquí se creía capaz de cultivar plantas», explica.
A esto se añade la resistencia telúrica de los exiliados a echar raíces, metafórica y literalmente. «Al principio todos se negaban a plantar nada porque crecen raíces. Significa que se están atando a una tierra en la que no quieren estar, a la que han sido expulsados. Pero llevamos aquí medio siglo, ya es hora de pensar en ideas y adquirir conocimientos que podamos llevarnos con nosotros cuando regresemos a nuestro país», confía Taleb.
Y poco a poco, predicando con el ejemplo, está logrando cambios. Las cúpulas verdes han sido el siguiente paso de una serie de proyectos que Taleb ha ido desarrollando con apoyo de diversas ONG y el Programa Mundial de Alimentos de la ONU. Unos metros más allá, el ingeniero abre la puerta de su huerto familiar, un invernadero con tres largas filas elevadas en las que crecen lechugas, tomates, guindillas y pimientos.
«Aquí utilizo la hidroponía con un sistema de riego automático y fertilizantes naturales que producen los animales domésticos: gallinas, cabras y camellos. No solo hay que protegerlo del sol, también de la arena que mueve el viento», ilustra.
«En estos 20 años de trabajo ya hemos conseguido que unas 1.200 familias construyan un huerto como este en su casa. No solo les proporcionan alimentos frescos, saludables y ecológicos, sino que les empodera y les permite aprender nuevas formas de subsistencia. Es otra forma de sembrar esperanza en medio de condiciones extremas de dificultad», argumenta.
Como ejemplo de resiliencia de su pueblo, Taleb recuerda que en 2016 comenzó a trabajar en un sistema hidropónico de producción de forraje para el ganado. Lo llamó cultivando en el desierto, y en una feria de innovación en Múnich en 2017, obtuvo el primer premio del jurado. Gracias al apoyo obtenido, cientos de familias saharauis comenzaron a cultivar bandejas de cebada que crecían sobre arena en unos contenedores a cubierto del calor y sin necesidad de fertilizantes. En menos de una semana, el forraje estaba listo para alimentar a los animales, que pronto aumentaron su producción de leche y disminuyeron su mortalidad al nacer.
Beneficioso para otros contextos
«Ahora este sistema beneficia a cientos de familias en los campamentos, pero también se está utilizando en más de 20 países como solución a crisis alimentarias por sequías o condiciones de aridez», asegura. «Es decir, que nuestra resistencia es también beneficiosa para todo el mundo. Las ideas que desarrollamos aquí para ganar soberanía alimentaria pueden ser una solución más para mitigar los efectos negativos del cambio climático y pueden preparar a las comunidades de todo el mundo para enfrentar los crecientes desafíos que surgen en el planeta», sentencia el ingeniero.
Si todo va bien, en un par de años espera que el experimento de las cúpulas verdes se vaya extendiendo por las jaimas de los campamentos, que en este medio siglo han cambiado las cuerdas y las telas por el cemento y los ladrillos. Ya piensa en introducir algunas colmenas para mejorar la polinización de las huertas, cree que su sistema de cultivo de forraje puede aplicarse en cada casa de los campamentos para que cada familia puede mantener a sus propias cabras, su gallinero o su camello que le proporcione leche, carne y huevos.
«A pesar de todo este tiempo, seguimos estando tan solo en un primer paso, pero un paso importante para aprender a sobrevivir en el hostil entorno de un campo de refugiados donde solo hay arena y piedras, no llueve casi nunca y la temperatura supera los 50 grados gran parte del año. Si hemos resistido aquí medio siglo, con un poco de ayuda y un cambio de mentalidad podemos conseguir lo que parecía del todo imposible: ser casi autosuficientes con todos los elementos en contra y lanzar el mensaje claro de que vamos a seguir luchando para regresar a nuestra tierra», concluye Taleb mientras su mujer recoge los tomates y la lechuga para la ensalada de la comida.


