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El comunismo según Trump

Fuentes: Rebelión

Hay, seguramente, algo profundamente norteamericano en convertir una fiesta de cumpleaños en una declaración de guerra ideológica. Mientras otros países celebran aniversarios con conciertos, fuegos artificiales y discursos sobre la unidad, Estados Unidos parece incapaz de resistirse a la tentación de buscar un adversario. Y si el adversario sirve además para explicar cualquier incertidumbre del presente, mejor todavía.

En las celebraciones del 250.º aniversario de Estados Unidos, Donald Trump ha vuelto a recurrir a uno de los grandes clásicos del repertorio político estadounidense, al comunismo. En su intervención, ha reivindicado la identidad americana frente a esa ideología, ha apelado al patriotismo y ha presentado la historia nacional como una victoria permanente de la “libertad” sobre el comunismo. No es un mensaje nuevo y lo interesante en esta ocasión no es el contenido, sino el momento.

El comunismo continúa siendo un argumento extraordinariamente útil. Es un enemigo barato, no exige demasiadas explicaciones y despierta reflejos culturales profundamente arraigados, a sangre y fuego -recordemos la limpieza de McCarthy-, en la sociedad norteamericana.

Además, resulta mucho más sencillo declarar una cruzada contra una palabra que enfrentarse a un hecho mucho más incómodo, al ascenso imparable de China.

Y ahí reside el verdadero interés del discurso.

Porque Pekín no está ganando terreno únicamente por fabricar más barato o por dominar cadenas de suministro estratégicas. Está logrando construir, lo que es algo mucho más ambicioso, un relato alternativo sobre el orden internacional.

Durante décadas, Washington ha vendido al mundo una fórmula de dominación unipolar a base de democracia neoliberal, libre mercado y liderazgo estadounidense, en un paquete inseparable. El llamado «fin de la historia», la convicción de que el modelo occidental acabaría imponiéndose por pura superioridad económica y moral.

Y China ha enterrado ese mundo en el cajón de la historia.

China no propone exportar una revolución comunista al estilo soviético. Ni pretende convencer al planeta de que todos deben copiar exactamente su sistema político. Su mensaje, bastante más sencillo y práctico, es que cada país del Sur Global puede desarrollarse como considere conveniente, pero necesitan dotarse de una autonomía política frente a Estados Unidos que les permita no tener que aceptar lecciones de Occidente ni condicionamientos políticos, que hasta ahora solo han traído quiebras neoliberales, retraso y dependencia económica, cuando no intervenciones militares. Es un relato menos ideológico y, precisamente por eso, mucho más demoledor.

Cuando Pekín financia infraestructuras en África, América Latina o Asia, no vincula los préstamos con condiciones políticas. Cuando ofrece inversiones tecnológicas, no exige reformas institucionales. Su propuesta consiste en algo mucho más cercano para numerosos gobiernos, se trata de limitarse a la relación económica, de obtener un beneficio mutuo y de que contribuya al desarrollo. China no se dedica a replicar los préstamos occidentales para consumo, consumo que casi siempre es de productos importados del país prestamista.

Occidente viene interpretando esta realidad como una amenaza económica. Pero empieza a darse cuenta de que el progreso chino es mucho más que económico. China está rompiendo el monopolio occidental sobre la legitimidad internacional.

Mientras Pekín se proyecta como un país pacífico, previsible y orientado al futuro, el discurso estadounidense está instalado en una reedición permanente de la Guerra Fría. Se vuelve a utilizar la palabra comunismo para llevar a los adeptos a la imagen ganadora de la Guerra Fría, pero este comunismo de hoy comercia con Wall Street, cotiza en las bolsas internacionales y produce la mayor parte de los bienes tecnológicos que consume Occidente. Los supremacistas estadounidenses denuncian el peligro del comunismo desde teléfonos fabricados en China. Empresas estadounidenses baten récords bursátiles gracias a cadenas de producción establecidas precisamente en territorio chino. Los fondos de inversión que financian las campañas patrióticas mantienen posiciones relevantes en empresas vinculadas al gigante asiático.

Decir que el principal rival de Estados Unidos, el que le ha apartado del podium económico, es una economía profundamente integrada en la economía global, obliga a reconocer que China está ganando la globalización; una globalización que había sido diseñada para mayor gloria del Imperio.

Así que resulta mucho más cómodo recuperar un viejo y conocido enemigo; el comunismo funciona como un comodín narrativo. Simplifica el escenario de retroceso norteamericano en el dominio internacional y transforma la competencia tecnológica, comercial y diplomática de China en una batalla moral entre el bien y el mal.

Pero en buena parte del Sur Global, China no aparece como la encarnación del mal. Aparece como el país que construye puertos, carreteras, centrales eléctricas y redes digitales.

Para desgracia de Trump, identificar la política exterior china en el Sur Global con el comunismo lo que genera es el efecto contrario al que persigue Washington. Porque si cada puerto construido, cada ferrocarril financiado, cada central eléctrica inaugurada o cada préstamo concedido por Pekín se presenta como una victoria del comunismo, el mensaje que reciben muchos países de África, Asia o América Latina no es que el comunismo sea el mal, sino que funciona. Curiosamente Trump atribuye al comunismo carreteras, hospitales, infraestructuras y crecimiento económico allí donde durante décadas Occidente llegó, cuando llegó, con programas de ajuste, recetas neoliberales y cláusulas abusivas.

Asociar el comunismo con eficacia, inversión y desarrollo no parece precisamente la estrategia más inteligente si el objetivo era desacreditarlo.

Pedro Barragán es economista y asesor de la Fundación Cátedra China. Autor del libro Por qué China está ganando.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.