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América Latina y el «nuevo hemisferio occidental»

Fuentes: Rebelión

Los documentos Estrategia de Seguridad Nacional (noviembre, 2025, https://t.ly/QNMF9) y Estrategia de Defensa Nacional (enero 2026, https://t.ly/-Hqw_) proyectan recuperar la hegemonía de los Estados Unidos y formulan un “Corolario Trump” que reinterpreta la Doctrina Monroe como “América para los norteamericanos”. China es concebida como un desafío “central” y Rusia uno “manejable”. Pero los países latinoamericanos dejan de ser soberanos, tienen que alinearse con los intereses de EE.UU. y alejarse de esas dos potencias, bajo la amenaza de medidas que van desde lo económico a lo militar. ¿Puede la historia ayudarnos a comprender este impredecible drama del tiempo contemporáneo?

Antes de la Revolución de 1917 Rusia era una monarquía absoluta bajo la dinastía Romanov encabezada por el Zar Nicolás II. En América los intereses coloniales rusos fueron marginales, aunque mantuvo una franja hacia el Pacífico que colindó con la California española (Fort Ross, vendido en 1841) y también Alaska (vendida a Estados Unidos en 1867). Al iniciarse los procesos independentistas en América Latina, la emperatriz Catalina la Grande apoyó a Francisco de Miranda; pero después, Rusia se unió a la Santa Alianza (1815) para defender el orden monárquico en Europa y sus colonias. Los países independientes defendieron la libertad alcanzada, respaldada por la Doctrina Monroe (1823), que buscaba contener los intentos de restauración colonial europea en América (aunque no evitó algunas incursiones) y garantizar los intereses de EE.UU. en el continente.

China, por su parte, tiene una historia imperial milenaria hasta la instauración de la República (dominada por el Kuomintang) en 1912. Durante la época colonial latinoamericana solo hubo intereses comerciales por intermedio de la ruta del Galeón de Manila (Nao de China) que conectó Filipinas con el puerto de Acapulco en México: seda, porcelana, marfiles y especias a cambio de la plata proveniente sobre todo de Potosí (Bolivia) y Zacatecas (México), que se estima alcanzó entre un tercio y el 40% de toda la plata americana. Al mismo tiempo llegaron pobladores chinos que establecieron algunos comercios locales y actividades artesanales, como ocurrió en México y Perú.

Producidas las independencias latinoamericanas, las relaciones diplomáticas con Rusia fueron lentas y el imperio de Brasil fue el primero en establecerlas (1828). Aunque creció el comercio, resultó muy limitado en comparación con la enorme dependencia económica que América Latina consolidó con el Reino Unido. En cambio, con China, durante el siglo XIX creció el fenómeno de la migración forzada de trabajadores llamados “Coolies”, que fueron empleados en condiciones de servidumbre extrema, sobre todo en Cuba (azúcar) y Perú (guano). Esto explica la participación de “chinos” en el ejército independentista de Cuba (1898), así como en la Guerra del Pacífico (1879-1884), en la cual, al juntarse a los soldados chilenos, los chinos buscaban su libertad frente a los explotadores patronos peruanos. A fines del siglo XIX e inicios del XX, se generalizó un comportamiento antichino, debido a los bajos salarios que los trabajadores chinos aceptaban, el éxito comercial de algunos o el temor por las costumbres “raras”: juegos, vicios y consumo del opio, atribuido a todos. En México la legislación antichinos fue severa e incluso hubo expulsiones y represiones masivas. En otros países se prohibió el ingreso de chinos, como en Costa Rica, Panamá y Ecuador.

La lejana y casi ausente Rusia tomó relevancia por la Revolución de 1917 y el desarrollo que alcanzó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En toda Latinoamérica se expandió la influencia del marxismo-leninismo y durante las dos primeras décadas del siglo XX se fundaron partidos socialistas y comunistas. La admiración cultural, la influencia ideológica y hasta el temor de las clases dominantes ante el “comunismo”, predominaron sobre las relaciones económicas. En forma paralela y en plena expansión imperialista, los EE.UU. reformularon la Doctrina Monroe con el “Corolario Roosevelt” (1904), que sirvió para justificar las continuas intervenciones e injerencias particularmente en Centroamérica y el Caribe. La Guerra Fría, cultivada a partir de la segunda mitad del siglo XX, sirvió para frenar al “comunismo” ruso, pero, además, al de la República Popular China (RPCh), nacida de la Revolución de 1949. Ninguno de estos dos países “comunistas” estuvo atrás de la Revolución Cubana de 1959, donde el camino antimperialista y autónomo, bajo las condiciones creadas por el bloqueo de los EE.UU., obligaron al gobierno cubano a estrechar las relaciones económicas y militares con la URSS. La Guerra Fría trasladada a Latinoamérica condujo a brutales dictaduras y gobiernos promovidos por los intereses geopolíticos de EE.UU. Eso explica las acciones ejecutadas para liquidar la vía pacífica al socialismo planteada por Salvador Allende (1970-1973) en Chile o el apoyo a los “Contras” en Nicaragua tras el triunfo del sandinismo (1979).

Sin embargo, desde 1933 los EE.UU. mantuvieron relaciones diplomáticas con la URSS y fueron aliados durante la II Guerra Mundial (1939-1945); pero luego, hasta 1991, esas relaciones fueron tensas y al borde de estallar con la “crisis de los misiles” en Cuba (1962). Si bien buena parte de los países rompieron relaciones con la URSS, varios continuaron manteniéndolas: Argentina, México, Uruguay y Cuba. A su vez, hasta 1979 los EE.UU. no reconocieron a la RPCh y solo entonces lo hicieron, aprovechando del conflicto ideológico Chino-Soviético y calculando un acercamiento antisoviético. Gracias al reconocimiento a la RPCh por la ONU (1971) también se generalizaron las relaciones latinoamericanas; y desde las reformas de Deng Xiaoping (1978) China comenzó a ver en América Latina una región de provecho económico mutuo.

Nadie imaginó que la Perestroika (1985) provocara el derrumbe de la URSS (1992) y del “comunismo” en Europa del Este. Se impuso un orden mundial basado en la globalización capitalista y la hegemonía unipolar de los EE.UU. Paradójicamente, aprovechando las ideas neoliberales que postulaban la “libertad de mercados” y la “libre competencia”, se levantó un nuevo mundo, que sirvió para que gobiernos y empresarios latinoamericanos estrecharan lazos económicos con Rusia y particularmente con China durante las dos décadas finales del siglo XX. Además, el ingreso de China a la Organización Mundial del Comercio (OMC, 2001) marcó el “boom” de las relaciones económicas, de manera que al avanzar el siglo XXI el gigante asiático pasó a dominar el comercio con Sudamérica, convirtiéndose en el principal o segundo “socio” de Brasil, Chile, Perú, Uruguay, Argentina, Venezuela, Bolivia, Ecuador. Hoy, China mantiene inversiones en infraestructuras, apoya el desarrollo y desde 2013 lanzó la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI) o Nueva Ruta de la Seda, un ambicioso proyecto de infraestructuras y comercio para conectar Asia, Europa, África y América Latina. Con todo ello, China desplazó a los EE.UU. en la región y el mundo pasó a una era de multipolaridad con evidente crisis de la otrora hegemonía unipolar de los EE.UU.

Estos caminos históricos, que bien pueden visualizarse como procesos que duran siglos y décadas, trata de ser frenado en el presente por la Estrategia de Seguridad Nacional de los EE.UU. Sin rodeos diplomáticos, el nuevo Corolario Trump es una amenaza para América Latina. Implica un neocolonialismo en el “Nuevo Hemisferio Occidental” (incluso se creó un “Comando del Hemisferio Occidental”), donde se apartan las potencias “rivales” y se imponen los intereses superiores de EE.UU., potencia que puede aprovechar los recursos de cualquier país. Se trata, entonces, de detener el nacimiento de un Mundo Nuevo gestado en el largo proceso de cambios del capitalismo. Están en riesgo las soberanías y las independencias logradas hace doscientos años. Y solo pueden garantizarlas la unión de los países latinoamericanos, un sueño que sigue vigente desde la época de Simón Bolívar.

Blog del autor: Historia y Presente
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