(Este manifiesto ha sido firmado por 2.750 personas de distintos campos científicos de 44 Estados).
(Este manifiesto ha sido firmado por 2.750 personas de distintos campos científicos de 44 Estados).
Diego Armus es historiador de la enfermedad y en esta entrevista reflexiona sobre el COVID-19, la incertidumbre y lo complejo que es gestionar una pandemia en contextos de pobreza y desigualdad social, característicos de América Latina. En esta región, donde las ciudades capitales están rodeadas por enormes círculos de pobreza, las estrategias sanitarias de las autoridades no pueden ser las mismas que se aplican en Europa, pues no somos “países de clase media” destaca. Sobre la aparición de una vacuna y la idea de que pronto vamos a dar vuelta la página del COVID-19, Armus es cauto. La historia muestra que algunas epidemias “se apagan” independientemente de la acción humana y otras se quedan.
Los resultados del último estudio han supuesto un jarro de agua fría sobre las esperanzas depositadas en los principales antivirales para tratar la COVID-19
Samuel Langhorne Clemens (1835-1910) es más conocido por su seudónimo Mark Twain. El famoso escritor norteamericano fue lo que ahora llamaríamos un escéptico.
Reforzadas bajo las redes sociales como nuevo boca a boca y amparadas bajo una malentendida “libertad de expresión”, las pseudoterapias calan hasta límites que parecerían rozar lo absurdo en personas cuya situación emocional de debilidad les hace susceptibles y víctimas de su contexto
Durante el año 2020 ha habido un aumento notable de empresas y proyectos dedicados al desarrollo de la tecnología de reconocimiento facial. Sin embargo, a pesar de los logros que celebran los CEO de las compañías en los medios de comunicación, nos encontramos ante una tecnología incipiente que está muy lejos de llegar a ser el panóptico digital que imaginamos.
Si alguna vez se ha preguntado por qué no hay más indignación por los peligros de los pesticidas y herbicidas, incluso cuando la conciencia ambiental parece estar aumentando, la respuesta es simple: fabricantes como Monsanto tienen departamentos enteros dedicados a desacreditar a los periodistas que exponen sus formas corruptas y pagan a Google para que censure determinados resultados de búsqueda.