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China es el pueblo chino, no su PIB

Fuentes: Rebelión

«Los antiguos acostumbraban a hablar poco por miedo a que sus actos no fueran coherentes con sus palabras», viene a decir una máxima china. Los nuevos tiempos parecen apuntar en otra dirección. Se habla mucho y la realidad acostumbra a desmentir las palabras. China lleva una década inmersa en un discurso muy generoso con el […]


«Los antiguos acostumbraban a hablar poco por miedo a que sus actos no fueran coherentes con sus palabras», viene a decir una máxima china. Los nuevos tiempos parecen apuntar en otra dirección. Se habla mucho y la realidad acostumbra a desmentir las palabras.

China lleva una década inmersa en un discurso muy generoso con el reconocimiento de la necesidad, se diría que imperiosa, de corregir las desigualdades sociales, pero estas no hacen más que agravarse. Un artículo reciente en Renmin Ribao apuntaba los «misterios» que rodean la elaboración del coeficiente Gini en China. Quizás por ello, el anuncio del coeficiente Gini de Beijing se aplazó sine die. En el artículo citado, su autor, Li Xiang, daba cuenta de una horquilla que oscila entre el 0,474 oficial (2012) y el 0,61 de la Universidad de Finanzas de Chengdu (2010). La conclusión es que resulta difícil aventurar un valor exacto y reconocido, aunque sí parece claro que, sea cual sea el índice, China es uno de los países más desiguales del mundo y, por lo tanto, también más injustos. En paralelo, mientras las fuentes oficiales dejan entrever cierta ligera mejoría, las académicas apuntan a un agravamiento.

A esta situación llegamos después de una década convirtiendo al ser humano en el «epicentro del desarrollo», de reivindicación de la justicia social como dimensión indispensable del «desarrollo científico», etcétera, etcétera. Dichas aseveraciones marcaron un punto y atrás formal con el tiempo de Jiang Zemin, fiel reflejo de la obsesión con los dígitos del crecimiento, con el aumento del PIB por bandera y el menosprecio de los efectos nocivos de la reforma como peana. Pero dichos datos revelan también el mayor fracaso del mandato de Hu Jintao. Pareciera que las estancias en las universidades, consultoras y agencias especializadas en marketing de Occidente estuvieran dando frutos maravillosos en el proceder semántico de líderes, autoridades y portavoces, convirtiendo el discurso político en otro producto de consumo carente de autenticidad.

De poco vale que China sea más rica cada día si la inmensa mayoría de su pueblo sigue siendo pobre. De nada valdrá que China se convierta en la primera potencia económica del planeta si la injusticia más abyecta emerge como expresión de su «milagro», equiparado a un desarrollo inhumano a la vista de la posición que ocupa en el índice del PNUD (101). No se preocupen tanto por el «poder blando». No hay mejor marca ante el mundo que el compromiso verdadero con la justicia y la igualdad.

El objetivo de la modernización se está quedando en la recuperación de la grandeza del pasado pero también con las miserias de entonces. Sin el bienestar de la población, esa grandeza no será más que un bien privado al alcance de unos pocos. Y para colmo, estos solo piensan en abandonar su «gran» país. El Global Times explicaba recientemente que el 74% de los chinos que disponen de una fortuna de 100 millones de yuanes o han emigrado o se disponen a hacerlo.

Las nuevas elites políticas chinas, en la práctica, solo parecen prestar oídos al saldo de las grandes magnitudes económicas y a las reformas de mercado obsesionándose con mantener un crecimiento que, en la práctica (otra vez), amenaza con desatender el factor social, todo lo más contemplado como un imperativo para generar ese incremento del consumo que empuje al alza un nuevo tirón del PIB. Pero atender el factor social es mucho más que todo eso. Y si no se ataja este problema, auténtico talón de Aquiles junto a la corrupción, no habrá segunda oportunidad En 2012 se registraron conflictos sociales en el 43% de los poblados chinos. Y habrá más.

Cabe reconocer que no es una empresa fácil, más en un país de las dimensiones de China, pero también que cuando las autoridades se empeñan obtienen resultados palpables en muchos dominios. Ha habido avances, cierto, pero totalmente insuficientes a la vista de los datos. Un informe de la OIT sobre el estado de las remuneraciones en el mundo, publicado en diciembre pasado, señala que a pesar de haberse triplicado los salarios en China en los últimos diez años, su parte en el PNB continúa a la baja. Dicha tendencia se ha venido acelerando desde 2003 y hoy no alcanzaría el 40 por ciento.

La abrumadora maquinaria burocrática china puede tener grandes inconvenientes pero igualmente dispone de la contundencia necesaria para transformar de forma mucho más operativa el signo de un segmento estructural de esta importancia si existe una voluntad política auténticamente comprometida con los derechos e intereses de las capas sociales menos favorecidas por el auge económico del país, es decir, la inmensa mayoría de la sociedad china.

Xi Jinping ha viajado a Shenzhen, el símbolo de la apertura, para prometer más reformas y más decididas. También se desplazó a Luotowan, una aldea pobre a 300 km de Beijing, en Hebei, donde sus habitantes sobreviven con rentas que no superan los 100 euros anuales. Nadie puede alegar ignorancia. Una vez más se apelará a la sociedad como coartada para lograr su complicidad y apoyo. Pero difícilmente bastará con decir lo que la gente quiere oír. El tiempo de las palabras huecas se agota.

Xulio Ríos es director del Observatorio de la Política China y autor de «China pide paso. De Hu Jintao a Xi Jinping» (Icaria, 2012).

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.