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Consideraciones sobre el libro de Kishore Mahbubani

¿China ganó?

Fuentes: A terra é redonda

Kishore Mahbubani da una respuesta positiva a la pregunta que plantea en el título de su libro, «¿Ganó China? El desafío chino a la supremacía estadounidense».

Escrito en 2019, publicado en inglés al año siguiente bajo la administración de Donald Trump, fue presentado en portugués recién en 2021, ya bajo el gobierno demócrata de Joe Biden. Los éxitos de los últimos dos años, algunas predicciones no confesadas de los acontecimientos y la respuesta apresurada del autor a la pregunta que hace no restan valor a su interpretación de la confrontación entre Estados Unidos y China.

 Kishore Mahbubani, de 74 años, singapurense de ascendencia india, analiza los éxitos en cuestión desde una posición privilegiada: fue durante muchos años embajador de su país ante la ONU, decano, profesor universitario y es un reconocido ensayista y conferencista.

¿Ganó China? con 269 páginas de texto y el apéndice “El mito de la excepcionalidad americana”, de Stephen M. Walt, es un libro fácil y agradable de leer, sin simplificaciones de contenido, quizás destinado principalmente al público estadounidense. Se valora su lectura por la mirada oriental sobre el candente enfrentamiento, sin animosidad hacia Estados Unidos, aunque la obra muestra una clara simpatía hacia China. Incluso cuando realiza evaluaciones a menudo devastadoras, el autor se toma su tiempo para aconsejar las necesarias reorientaciones de rumbo, para que los Estados Unidos superen el callejón sin salida y la tendencia a la decadencia en la que se encuentran.

Todo se resuelve con una buena discusión.

Kishore Mahbubani acopió sus más de treinta años como diplomático de carrera, representando a la ciudad-estado de Singapur, rico e importante paraíso fiscal internacional, en el estratégico estrecho del mismo nombre. Entiende los conflictos mundiales como solucionables a través de negociaciones, emprendidas racionalmente por sus líderes. No hay escollo insalvable para el arreglo pacífico, la convivencia y el acuerdo, aunque sea tenso, entre las dos grandes naciones enfrentadas, mientras Estados Unidos se desliza hacia la inevitable segunda posición que se propone asumir dentro de unos años. Él ve el fin del segundo “Siglo Americano” como escrito en los astros.

Para K. Mahbubani, no existe una lucha a muerte ineludible entre las grandes naciones imperialistas por la supremacía, que caracterizó los siglos XIX y XX y se proyecta hacia el presente siglo. Simplemente plantea que la “guerra” entre EE.UU. y China es “impensable”, ya que llevaría a la destrucción de ambas naciones. En otras palabras, sería antirracional. No se da cuenta de los múltiples matices que puede tomar este choque, en forma de confrontaciones indirectas, como sucedió en Corea, Vietnam, Afganistán, entre la URSS y EE.UU., y que ahora puede estallar en Ucrania, en Taiwán, en el Mar de China Meridional, sobre todo. Conflictos que siempre pueden extenderse, tomando dimensiones difíciles de predecir.

China ciertamente ganará, como cree el autor, si los EE.UU. y sus aliados imperialistas no la derrotan, en la lucha entre hoces y machetes, en la que se han visto envueltas con énfasis en los últimos cinco años. Y tan fuerte es la tendencia a la confrontación que su predicción de que Rusia se acercaría a EE.UU. y Europa es completamente desmentida. Apenas tres años después de redactada la obra, ese país se muestra cada vez más solidario con China, unidos contra su enemigo común ya irreductible.

Harina del mismo costal 

La interpretación del exdiplomático parte del entendimiento de EE.UU. y China como naciones sin contradicciones esenciales, ya que ambos participan de manera destacada en el reparto internacional de la producción capitalista. No habría una oposición visceral, como en los tiempos de antagonismo esencial entre EE.UU., capitalista, y la URSS, socialista. Para K. Mahbubani, son las decisiones racionales, tomadas por las élites gobernantes, las que hacen avanzar a las naciones. Por lo tanto, para poner fin a los desacuerdos actuales, bastaría que los líderes chinos y estadounidenses superen los prejuicios y malentendidos culturales, contribuyendo así al bienestar de sus naciones, habitantes y a la felicidad general de los pueblos. Para él, las masas populares no hacen avanzar la historia y prácticamente no forman parte de ella.

Por lo tanto, sería fundamental comprender los orígenes de los malentendidos entre China y Estados Unidos para proponer las soluciones pertinentes. K. Mahbubani recuerda que China, temida cuando era comunista y revolucionaria, pasó a ser bien recibida por las naciones (capitalistas) de la región y del mundo, tras la visita de Nixon en 1972, impulsada por Mao Zedong, y la conversión oficial al capitalismo, en 1978, alentada por Deng Xiaoping. Metamorfosis patrocinada por los EE. UU., que entonces superaban al antiguo “Imperio del Medio”, a mucha distancia, en todos los dominios: diplomático, financiero, económico, militar, social, tecnológico, etc. Mahbubani señala y detalla “Los Mayores Errores Estratégicos de China” (capítulo 2) y los de “EUA” (capítulo 3) que llevaron a romper los platos de una pareja que había vivido un feliz romance.

Los grandes errores de China serían fundamentalmente dos: el alejamiento chino de los empresarios estadounidenses con inversiones en China, principalmente por las exigencias de transferencia de tecnología, que el autor reconoce como un derecho de toda nación que abre sus fronteras a empresas extranjeras. Y la arrogancia de los dirigentes y empresarios chinos, tras la crisis de 2008-9, nacida de la fragilidad de EEUU en esa coyuntura. La solución propuesta es simple: abrir más el país a las inversiones occidentales y hacer concesiones a los empresarios, especialmente estadounidenses, establecidos en China. O sea ¡China debe dejar de ser tan golosa!

Poco hueso para mucho perro grande

K. Mahbubani identifica las quejas contra China, no solo de empresarios estadounidenses, y el momento en que surgieron. Sin embargo, no comprende las razones profundas del cambio de humor de los empresarios, administradores y líderes políticos chinos. No sigue la transición china, de nación exportadora de productos de bajo valor agregado y mercado consumidor de bienes tecnológicos globalizados, a productora y exportadora de productos-servicios de alto valor agregado y, lo nuevo, de capitales. Un inevitable cambio de humor, ya que China y sus intereses pasaron del coto de caza reservado del capital global e imperialista, a cazadora implacable en las reservas venosas de los antiguos señores. Ahora, había dos perros grandes peleándose en la perrera por el hueso suculento, o sea, el mercado mundial.

La radiografía de EE.UU. es un punto culminante para ¿Ganó China? El desafío chino a la supremacía estadounidense. Sin tapujos, el exembajador aborda la decadencia industrial del país, el retroceso de más de diez años en las condiciones de existencia de sus clases trabajadoras, medias y marginadas. Describe a una nación que gasta más de los impuestos que recauda, importa más de lo que exporta, vive de la hegemonía mundial del dólar, moneda de refugio y de intercambios internacionales. Y recuerda que el reinado del dólar podría terminar, más aún bajo la acción arbitraria de Estados Unidos. Se refiere a la arrogancia internacional yanqui agresiva, imponiendo sanciones y prohibiciones extraterritoriales, a diestra y siniestra.

Las recomendaciones que hace para que Estados Unidos vuelva al buen camino son ingenuas. Sobre todo, que gasten menos en armas, disminuyan las bases militares en el exterior, no entrar más a guerras, que define como azarosas y motivadas por la decadencia yanqui. Lo que les permitiría gastar más en tecnología, en investigación, en educación, en infraestructura, en los medios de vida de los segmentos empobrecidos. De esta forma, al menos reduciría la decadencia conocida en múltiples y decisivos dominios, especialmente en relación a China.

 K. Mahbubani no entiende que el belicismo incesante es una condición necesaria para mantener su propia hegemonía financiera, que sustenta fuertemente a una nación que él clasifica en proceso de bancarrota. No ve que incluso los gastos militares aleatorios y las guerras sin fin, expresan las necesidades de los ciclos de acumulación y reproducción del gran capital en crisis permanente, que determinan las acciones políticas nacionales, generalmente en un sentido antinacional.

Maravilla china

En el Capítulo 4, el autor lanza elogios injustificados, merecidos e inmerecidos, a la economía capitalista china. Se extiende a un propósito de no imperialismo innato en el pueblo chino, formado principalmente por campesinos — ¡sin embargo, fueron los campesinos del Lacio la fuerza expansiva de la República y del Imperio Romano! 

Encuentra, Mahbubani, en el pasado milenario de la China imperial la explicación del actual Estado-nación chino, que describe correctamente como la construcción del Partido Comunista Chino (PCCh), culminado en 1949, tras ganar la Guerra Civil. Borra las diferencias cualitativas entre el pasado lejano y el presente chino, procedimiento habitual en tantos otros autores. Algo así como explicar la Italia a partir del Imperio Romano.

K. Mahbubani se embarulla al intentar explicar el dominio chino sobre el Tíbet, Xinjiang y la fijación actual del PCCh con la reconquista de Taiwán. Plantea que el pacifismo estaría en el ADN chino, a diferencia del estadounidense que es totalmente belicista. La primera afirmación es discutible, ya que la nación china moderna se construyó a través de la lucha contra los “señores de la guerra”, los japoneses y la burguesía china apoyada por el imperialismo estadounidense. Victorias comandadas por el PCCh, que poco después de llegar al poder se lanzó a la cruenta guerra de Corea. La segunda afirmación es totalmente acertada, porque Estados Unidos nació y se desarrolló peleando, invadiendo, destruyendo todo lo que estaba cerca y lejos.

En el Capítulo 5, K. Mahbubani aborda la necesidad de que los Estados Unidos corrija el rumbo, mitigando así su decadencia inexorable. Sin embargo, a pesar de no expresarlo, cree que es muy difícil que una gran nación se reinvente. Ve grandes cualidades en los Estados Unidos y en su sociedad y economía abiertas y libres; la capacidad de acoger y emplear a los mejores cerebros del mundo; las magníficas e imbatibles universidades estadounidenses; sus poderosos y libres medios de comunicación. Especifica que China carece de muchos de estos poderosos instrumentos de progreso.

Señala que los Estados Unidos tienen, de lejos, “la mayor industria de pensamiento estratégico del mundo”. Que, a su juicio, paradójicamente, les han servido de poco. Es de lamentar que, respecto a China –y también a Rusia, Irán, Cuba, Corea del Norte, diríamos–, este “pensamiento colectivo” solo reproduzca y potencie, sin disidencia alguna, las visiones maniqueas propias de EE.UU. sobre esas naciones, sociedades, culturas, etc. Son unánimemente presentados como reinos del mal, a combatir, para volver al reino de la verdad y de la salvación americana, aunque necesiten ser totalmente destruidos, como en el caso paradigmático de Libia. En la infinidad de centros de análisis, think tanks, etc., nadie levantaría una palabra audible proponiendo la aplicación productiva de los inmensos fondos públicos invertidos en armas, barcos, bases militares esparcidas por el mundo y en guerras que arruinan a la nación. Recursos militares que define como terriblemente mal usados pues están sujetos a las más variadas presiones de la industria armamentista. La misma ceguera selectiva sufriría la gran prensa americana, a la que define como libre y magnífica.

Subiendo por el ascensor, bajando por las escaleras

En los capítulos 6 y 7, aborda la cuestión de la falta de democracia al estilo occidental en China, el gran ariete ideológico de la ofensiva de EE.UU. y sus asociados contra el “Imperio Celestial” en el pasado. Realiza una interesante comparación entre los regímenes políticos chino y estadounidense, siempre desde el punto de vista de un inquebrantable intelectual pro-capitalista, un ex funcionario destacado en Singapur, una ciudad-estado construida literalmente por las finanzas mundiales y gobernada por instituciones democráticas, con sabor autoritario.

Para K. Mahbubani, “cada uno con lo suyo”. La población china siempre ha amado el orden y aborrecido el desorden, privilegiando la comunidad sobre el individualismo. Y el Partido Comunista Chino, en las últimas décadas, le habría dado todo eso y sobre todo progresión ascendente, con un coste social al que no se refiere. Hoy, China tendría la clase media más grande del mundo y sería la verdadera “tierra de oportunidades”, a diferencia de los Estados Unidos, donde, cada vez más, rico o pobre se nace y se muere.

El orden político chino sería dinámico y no sufriría esclerosis. La población estadounidense desconocería que el régimen actual y los gobernantes chinos disfrutan de un amplio apoyo popular. El autor recuerda que, apoyado en el confucianismo, se forjó en el pasado la idea del derecho divino de los emperadores a gobernar, hasta que “perdieran el mandato del cielo”, cuando no cumplieran con las expectativas de sus súbditos. Y acertadamente señala que, si el PCCh no garantiza el avance social medio de la inmensa población china, perderá su “mandato” y su reino será inevitablemente cuestionado. Lo que ocurrió, es bueno recordarlo, en la URSS.

Es valiosa la lectura que presenta del PCCh y su metamorfosis, realizada siempre dentro de los límites de la visión del mundo del autor, donde la lucha social no existe. Define correctamente al PCCh como un partido capitalista nacionalista, construido para él a través de la transformación silenciosa de la “burocracia comunista anquilosada en una máquina capitalista altamente adaptativa”. Actualmente, reclutaría “solo a los mejores graduados del país”. Ignora la dura lucha de clases que siguió a la conquista del poder en China en 1949. Y ni siquiera se refiere a la fantasmagoría de un Partido que mantiene bajo siete llaves la virginidad comunista durante cien años, mientras empuja día tras día, año tras año, el concubinato sin fin del del capitalismo chino.

No puede ser salvado quien no quiere ser salvado

Mahbubani muestra el orden político y social estadounidense como pudriéndose en sus entrañas, lo que sugiere una incapacidad para regenerarse. A diferencia de China, que avanzó como una locomotora en las últimas décadas, haciendo progresar las condiciones de vida promedio de la población, Estados Unidos ha visto cómo los ultra ricos se enriquecían y las clases medias, trabajadoras y marginadas se desplomaban. ¡Un estudio de la Reserva Federal estimó que el 40% de los estadounidenses flaquearían ante un gasto de emergencia de solo 400 dólares!

Explica este empobrecimiento general como producto de un fenómeno superestructural de sesgo cultural y derivado de profundas determinaciones económicas. Sería por el asalto y control de la política yanqui por parte del gran capital, transformando el régimen político norteamericano en una consolidada “plutocracia” – gobierno del país por los ricos. Y, en una brillante exposición, registra que la población que siente degradar sus condiciones de vida, sigue confiando ciegamente en el gobierno de los millonarios. Esto porque los entiende como producto de una sociedad abierta y libre que con el éxito económico premia el esfuerzo individual, enriquecimiento que estaría al alcance de sus manos. Lo que, para el autor, ha sido, durante décadas, una simple mitología sin apoyo en la realidad objetiva.

Define como principal soporte de la cultura estadounidense la “presunción de virtud” de la población estadounidense, que considera a los Estados Unidos como un “imperio de la libertad”, una “ciudad resplandeciente en una colina”, la “última esperanza de la Tierra”, la “líder del mundo libre”, la “nación indispensable”. Y, por tanto, un pueblo y un país eternamente condenados a la victoria y al éxito, aun cuando todo indica que se deslizan por la pendiente. Concepciones nacidas, para el exembajador, de la pérdida de contenido de las instituciones y tradiciones establecidas por los “Padres Fundadores de Estados Unidos”, que olvidan que fueron, en su mayoría, ricos y duros esclavistas.

La visión de la excelencia intrínseca de una civilización y sus ciudadanos y el deber de civilizar a los bárbaros, incluso con los argumentos de la violencia, es un fenómeno superestructural propio de todas las sociedades dominantes e imperialistas, no sólo de Estados Unidos. Así fue en la Grecia, en la Roma Imperial, en la España y en el Portugal de los descubrimientos; en Inglaterra, Francia, Japón, imperialistas de los tiempos contemporáneos, etc.

Democracia envenenada

Mahbubani deja claro que la campaña de conversión democrática de las instituciones chinas, por los misioneros estadounidenses -y sus asociados menores- constituye solo una parte de la estrategia para la desorganización y dominio de la gran nación oriental. Una realidad -para él- ampliamente comprendida por los líderes e intelectuales chinos que, por el contrario, no tienen ninguna intención de convertir al mundo, interesados, ahora, solo en tragárselo económicamente, diríamos.

Al concluir su trabajo informativo, K. Mahbubani retoma la propuesta de que el conflicto entre Estados Unidos y China es “inevitable y evitable”. Para él, los estrategas, políticos, administradores, intelectuales estadounidenses clarividentes deben corregir la agresividad bélica yanqui y organizar, de la forma más indolora posible, la llegada del momento en que su “país poderoso se convierta en el número dos del mundo”. En otras palabras, augura que el Señor cederá educadamente el mejor lugar en la mesa, los negocios más lucrativos, que el águila soberbia entregará literalmente la parte del león de la comida ya escasa al Dragón hambriento.

Nadie deja su lugar sin luchar. Los grandes capitales en confrontación utilizan todas las armas que tienen para mantener o alcanzar la supremacía perseguida. Los imperialismos alemán y japonés enfrentaron un conflicto general que no pudieron ganar, arrojando a sus naciones y al mundo al terror de la Segunda Guerra Mundial, tratando de quebrar la dominación mundial de las naciones y capitales hegemónicas. Más allá de las utopías pacifistas, sólo la extinción del capital y la reorganización social y racional de la sociedad por el mundo del trabajo garantizarán el destino de la humanidad, hoy cada vez más amenazada.

Mário Maestri es historiador. Autor, entre otros libros, de O despertar do dragão: nascimento e consolidação do imperialismo chinês.1949-2021.

Fuente: https://aterraeredonda.com.br 15 de febrero 2022

Traducido para Sin Permiso por Carlos Abel Suárez