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Desentrañando la ocupación afgana

Fuentes: Socialistworker.org

(*) Traducido del inglés para Rebelión por Sinfo Fernández

Se suponía que la guerra y ocupación estadounidense de Afganistán iban a llevar estabilidad y democracia a ese país. En cambio, Afganistán sigue siendo un país al borde del desastre, un desastre claramente exacerbado por la presencia de EEUU.

Más de diez años después de que EEUU emprendiera la guerra, a pesar de la presencia de alrededor de 2.000 grupos internacionales de ayuda humanitaria, al menos 3.500 millones de dólares en fondos dedicados a la misma y 58.000 millones de dólares en ayuda al desarrollo, la situación humanitaria en Afganistán sigue siendo pésima.

El invierno pasado, uno de los más inclementes de los últimos tiempos, agravó el sufrimiento de quienes viven en los campamentos de refugiados, alrededor de 35.000 personas solo en la capital Kabul, y muchos más por todo el país. Los campamentos, que según el New York Times, son designados eufemísticamente como «asentamientos informales», constituyen un tema «políticamente sensible». Según el Times: «El gobierno afgano insiste en que los desplazados deberían volver a sus hogares, pero ellos dicen que aún es demasiado peligroso para hacerlo».

La tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años en esos campamentos es de 144 de 1.000, según Julie Bara, de Solidarités International. El Times dice que esta tasa es «extraordinariamente alta incluso para Afganistán, que tiene ya la tercera tasa de mortalidad infantil más alta del mundo».

Como Mohammad Yousef, director general de Aschiana, un grupo afgano de ayuda que proporciona educación y otros servicios en trece de los campos, dijo al Times: «No hay una estrategia claramente definida para ayudar a esa gente. No tienen acceso a nada, ni a sanidad, educación, alimentos, saneamiento o agua. Ni siquiera tienen la más mínima posibilidad de sobrevivir».

Un cuadro tal de la situación humanitaria debería hacer pensar a cualquiera que aún pueda creer que EEUU es una fuerza positiva para Afganistán.

Pero no son solo las atroces condiciones de los campamentos de refugiados. Se mire por donde se mire, la guerra y la ocupación estadounidense han supuesto un funesto fracaso, fracaso a la hora de liberar a las mujeres, fracaso en la mejora de las condiciones de vida de los afganos de a pie, fracaso en llevar la democracia, fracaso en acabar con el asesinato de civiles, fracaso a la hora de derrocar de forma permanente a los talibanes, fracaso al entrenar a unas fuerzas armadas nacionales.

Por supuesto que eso se debe a que la ocupación de EEUU nunca tuvo como objetivos la liberación o la democracia. Se trataba tan solo de afianzarse en la región, sin que importaran las consecuencias para el pueblo afgano. Ahora, cuando la ocupación estadounidense trata de desligarse, son los afganos de a pie quienes están sufriendo las consecuencia mientras EEUU busca en vano un «Plan B» que no existe.

Tomemos, por ejemplo, los DERECHOS DE LA MUJER. Aunque la guerra de 2001 fue acompañada de una implacable propaganda tanto por parte de demócratas como de republicanos, cacareando todos que EEUU tenía que emprender la guerra para «salvar» a las mujeres afganas del fundamentalismo represor, los informes actuales nos sugieren que bien poca cosa ha cambiado.

Según el Guardian, la mitad de las mujeres que se encuentran en prisión -unas 400- están allí por delitos «morales», incluyendo haber escapado de hogares donde las sometían a malos tratos. Otras han sido encarceladas por el «delito» de tener relaciones sexuales fuera del matrimonio, después de haber sido violadas u obligadas a prostituirse.

Un informe de OXFAM presentado en el otoño pasado averiguó que el 87% de las mujeres afganas informaban de haber sufrido abusos físicos, psicológicos y sexuales o matrimonios forzosos.

El títere de EEUU, el Presidente Hamid Karzai, cuyo gobierno es tristemente célebre por su corrupción y carencia de legitimidad fuera de Kabul, apoyó hace poco un decreto del consejo de los ulemas, un grupo de dirigentes religiosos auspiciado por el gobierno, que insiste en que las mujeres valen menos que los hombres, que deberían estar sometidas a ellos, que no deberían mezclarse con los hombres en el colegio ni en los lugares de trabajo y que siempre deberían desplazarse con un vigilante masculino.

Karzai apoyó el decreto como parte de un plan para atraerse a las fuerzas conservadoras y a los talibanes, con quien su gobierno está actualmente negociando mientras se acerca la fecha de la planeada retirada de unos 30.000 soldados estadounidenses en septiembre. Esto haría que la cifra de fuerzas de EEUU en Afganistán se redujera aproximadamente de 90.000 a 60.000, una medida necesaria para la administración Obama antes de las elecciones de noviembre.

Sea lo que sea lo que pueda ocurrir, está claro que incluso la vacía retórica sobre los derechos de la mujer es algo ya zanjado. «Hay una relación en lo que está sucediendo por todo el país entre las conversaciones de paz y las restricciones que quieren poner a los derechos de la mujer», dijo al Guardian Fawzia Koofi, parlamentaria afgana, añadiendo que el decreto supone «luz verde a la talibanización».

Karzai -junto con EEUU- está ahora desesperado por llegar a cualquier acuerdo con los talibanes y otras fuerzas, porque a su aislado y débil gobierno le va a resultar muy difícil retener el poder una vez que la presencia estadounidense se reduzca.

Tampoco EEUU ha logrado entrenar un ejército afgano estable, al menos no hay mucha confianza en que sus soldados se mantengan leales a los intereses estadounidenses o a Karzai y al gobierno central. La administración Obama está contando con la percepción de que su «incremento» anterior de tropas trajo seguridad y estabilidad interna a grandes zonas del país, aunque eso no sea en absoluto así.

En realidad, EEUU y sus socios de la OTAN en la ocupación afgana no confían en los soldados que reclutan y entrenan.

En muchos lugares fuera de Kabul, los talibanes y otros señores de la guerra tienen el control total de las milicias locales. Por ejemplo, se estima que en la provincia de Ghor, en el oeste, más de 150 grupos armados ilegalmente se enfrentan por el poder en el área contra unos 200 soldados de la OTAN. Según un informe del mes pasado:

«El gobernador Abdullah Hiwad declaró recientemente a los medios que el presidente Hamid Karzai se había comprometido a desplegar una milicia de más de mil miembros por la provincia. Dijo que el presidente había prometido completar el proceso este año solar. Sin embargo, los miembros y funcionarios del consejo provincial creen que las milicias causan malestar social y fomentan la inseguridad en vez de aliviar la vida de las personas.

EN EL CULMEN de toda esta inestabilidad local encontramos la extendida indignación causada por las repetidas humillaciones y masacres perpetradas por las tropas estadounidenses.

Los últimos meses han sido testigos de protestas masivas en Afganistán a causa de las fotos en las que se mostraba a marines estadounidenses orinando sobre los cadáveres de «insurgentes», la quema de Coranes en una base militar de EEUU en febrero y, el mes pasado, la masacre de 17 civiles indefensos a manos del sargento Robert Bales.

Las atrocidades cometidas por Bales no provocaron las inmediatas e indignadas protestas vividas durante la quema del Corán, pero han afianzado un sentimiento aún más profundo de rechazo hacia las fuerzas estadounidenses y de la OTAN por parte de los afganos normales.

Los comandantes estadounidenses son muy conscientes de que sus propias tropas son un barril de pólvora a punto de estallar. Según el periodista Robert Fisk, justo tres semanas antes de que Bales perpetrara su masacre -tras la muerte de seis soldados de la OTAN, dos de ellos estadounidenses, tras las protestas contra la quema del Corán-, el alto comandante del ejército de EEUU en Afganistán, el general John Allen, dio una charla a sus hombres diciendo: «Ahora no es momento para vengar esas muertes».

Según Fisk, Allen dijo a los soldados que deberían «resistir cualquier impulso que pudieran sentir de vengarse» después de que un soldado afgano matara a los dos estadounidenses. «Habrá momentos como este, cuando vuestras emociones estén gobernadas por la rabia y el deseo de devolver el golpe», continuó Allen. «Ahora no es momento para la venganza, ahora es hora de mirar profundamente en vuestras almas, recordar vuestra misión, recordar vuestra disciplina, recordar quiénes sois».

Como Fisk escribió:

«Esa fue una petición extraordinaria por venir de un comandante estadounidense en Afganistán. El alto general tuvo que decir a su presunto ejército profesional de elite bien disciplinado que no se «vengaran» en los afganos a los que se supone que tienen que ayudar/proteger/nutrir/entrenar, etc. Tuvo que decir a sus soldados que no cometieran asesinatos.

Sé que los generales decían ese tipo de cosas en Vietnam. Pero, ¿en Afganistán? ¿Cómo se ha llegado a eso? Me temo que ha sido a causa del miedo. Porque -a pesar de lo mucho que me desagradan los generales- he tenido que reunirme con bastantes de ellos y, en general, tienen bastante buena idea de lo que está sucediendo en sus filas. Y sospecho que a Allen le habían ya advertido sus oficiales jóvenes de que sus soldados estaban furiosos por los asesinatos que siguieron a la quema de Coranes y podían emprender una espiral de venganza.»

Una de las cosas que han hecho que la masacre de Bales resulte especialmente atroz fue que EEUU había dicho específicamente a los civiles de la zona, que anteriormente habían huido de los combates, que volvieran a sus aldeas, que era «seguro volver» y que ya no había amenaza por parte de los talibanes.

Tras la masacre, el ejército estadounidense estaba tan preocupado por la ira que podría desbordarse que, en cuestión de días, pagó a las familias de las víctimas 50.000 dólares por cada civil asesinado, en contraste con unos pocos cientos o miles de dólares que han venido pagando durante la guerra.

Pero esos pagos no van a devolverle la vida a los muertos ni van a conseguir que desparezca el resentimiento que aviva la oposición ante la guerra de EEUU y la OTAN.

Como un funcionario anónimo afgano dijo a ABC News: «Los aldeanos no son animales a los que puedas comprar. Sí, es mucho dinero. Pero sus niños no van a volver a la vida».

Añadido a ese resentimiento está el hecho de que EEUU sacó rápidamente a Bales del país tras su orgía asesina, impidiendo que las autoridades o los tribunales afganos tuvieran algún papel en la investigación de los crímenes o buscaran justicia para las familias de las víctimas.

Esos hechos se produjeron tras la quema de Coranes de febrero, que desató días de protestas masivas por todo el país.

Durante las protestas, soldados afganos -no insurgentes- mataron a seis soldados de la ocupación. A dos los encontraron con disparos en la parte posterior de la cabeza en el interior de la sede del Ministerio del Interior en Kabul. Al menos esos dos asesinatos fueron cometidos ciertamente por una persona o personas entrenadas por EEUU como parte de las fuerzas de seguridad afganas y, por lo tanto, tenían acceso a los soldados y a la base de EEUU.

A finales de marzo, tras la masacre de Bales, se supo que las fuerzas afganas habían disparado y matado a tres soldados de la OTAN. Los informes sugieren que la persona que llevó a cabo el ataque había permanecido durante cuatro años con el ejército afgano, otra evidencia de que los soldados entrenados por EEUU están atacando a los ocupantes.

También a finales de marzo, el ministerio de defensa afgano se vio forzado a cerrar sus puertas tras descubrir diez «chalecos de suicidas-bomba». Arrestaron a más de una docena de soldados afganos bajo la sospecha de un complot para atacar el ministerio y hacer volar los autobuses que llevan a diario a los empleados del gobierno. Como señaló el New York Times: «La brecha en la seguridad se produjo en una de las zonas más fortificadas de Kabul, a menos de una milla del palacio presidencial y de los cuarteles de la coalición dirigida por EEUU».

Estos son solo unos cuantos de los recientes ataques en los que se sospecha que las fuerzas afganas han intentado volver sus armas contra los ocupantes de EEUU y la OTAN.

Según Associated Press, se estima que desde 2007 las fuerzas de seguridad afgana han matado alrededor de 80 militares en servicio de la OTAN. Más del 75% de esos ataques han tenido lugar en los últimos dos años y se produjeron justo en enfrente, o incluso dentro, de las bases militares. Casi uno de cada cinco soldados de la OTAN asesinados hasta ahora en Afganistán ha muerto a causa de los disparos de soldados y policías afganos, o de combatientes disfrazados con sus uniformes.

Para los dirigentes estadounidenses, esos ataques son especialmente preocupantes porque contradicen la idea de que pronto habrá un ejército leal afgano preparado para asumir la seguridad del país.

EEUU gasta en la actualidad alrededor de 9.000 millones de dólares al año en financiar y entrenar al ejército afgano. Como dijo recientemente Carl Bildt, el ministro de exteriores sueco, si EEUU deja de financiar al ejército afgano tras su planeada retirada de tropas de combate en 2012, «tendremos entonces 100.000 personas entrenadas y armadas convertidas en desempleados».

TODO ESTO complica el calendario de retirada de la administración Obama. Aunque Karzai continúa siendo en gran medida una figura decorativa, EEUU sigue contando con su administración para mediar en un acuerdo con los talibanes que prepare el camino para la reducción de tropas de septiembre y, en último término, para la planeada retirada de todas las tropas de combate en 2014.

Tras la masacre de Bales, los talibanes se retiraron de las conversaciones dejando al gobierno de Karzai y a EEUU tratando de ingeniárselas para conseguir que vuelvan a la mesa de negociaciones.

Dentro de EEUU, estas recientes atrocidades y tragedias han tenido un claro impacto en la actitud de la gente hacia la guerra. Según una encuesta de opinión realizada por el New York Times y CBS News tras la masacre de Bales, en los últimos cuatro meses, la oposición estadounidense a continuar la guerra en Afganistán ha subido del 53% al 69% entre la población. Alrededor del 60% de los republicanos y el 68% de los demócratas están ahora de acuerdo en que la guerra va muy mal.

El secretario de defensa Leon Panetta rechazó de inmediato la encuesta afirmando: «No vamos a combatir las guerras en función de las encuestas. Si así lo hacemos, tendremos serios problemas».

Pero la administración Obama tiene ya «serios problemas» en todo lo referente al atolladero en Afganistán. No dispone de otra estrategia excepto la esperanza de llegar a un acuerdo con los talibanes, conservar las seis bases militares estadounidenses en el país, mantener a Karzai como figura simbólica en Kabul y continuar con su guerra de aviones teledirigidos.

Como explicó recientemente Sonali Kolhatkar, de la Misión de Mujeres Afganas, en una entrevista con Real News Network:

«Todo aquello a lo que los afganos, los afganos de a pie, se han visto sometidos durante los últimos diez años les ha sobrevenido desde tres frentes diferentes. Por un lado, tienen la ocupación de EEUU y la OTAN, que está perpetrando esos atroces ataques nocturnos y asesinando a civiles, como muestra la situación que acabamos de vivir. Por otro, tenemos a los talibanes, que ahora son más fuertes a causa de la presencia estadounidense porque tienen una gran excusa para permanecer en Afganistán. Y, finalmente, tenemos el gobierno central títere de Kabul que EEUU apoya, plagado de señores de la guerra, muy corruptos y criminales.

Después de diez años, es hora ya de que los afganos normales puedan decidir su propio destino sin la interferencia de EEUU y la OTAN. Mientras el ejército estadounidense permanezca en nuestro país, Afganistán no podrá ser libre,»

(*) Nicole Colson es una periodista del Socialist Worker.

Fuente: http://socialistworker.org/2012/04/10/the-unraveling-occupation