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El eterno retorno hacia la nada de los migrantes afganos

Fuentes: IPS

«Claro que estoy asustado pero, ¿qué otra cosa puedo hacer?», dice Ahmed en un pequeño hotel en los confines de Afganistán. Le han dicho que espere ahí. Se dirige a Irán, pero no sabe ni cómo ni cuándo cruzará la frontera. Ahmed tiene 40 años pero aparenta 15 más. Dice que no encuentra forma de […]

«Claro que estoy asustado pero, ¿qué otra cosa puedo hacer?», dice Ahmed en un pequeño hotel en los confines de Afganistán. Le han dicho que espere ahí. Se dirige a Irán, pero no sabe ni cómo ni cuándo cruzará la frontera.

Ahmed tiene 40 años pero aparenta 15 más. Dice que no encuentra forma de alimentar a sus siete hijos en su Bamiyan natal, a 130 kilómetros al noroeste de Kabul. Ser analfabeto tampoco le ayuda a encontrar trabajo.

«Nos morimos de hambre, literalmente», espeta el campesino sentado sobre la alfombra en la que descansará hasta que los contrabandistas vengan a buscarlo. No tardarán mucho.

«Nunca pasan más de dos días aquí», explica a IPS el propietario del hospedaje, Hassan, quien prefiere no dar su nombre completo.

«Los meten en la caja trasera de una camioneta pick up y se los llevan hasta Pakistán. Luego tienen que caminar a través del desierto durante un día hasta llegar a Irán. Muchos se quedan por el camino», añade el hostelero.

Habla con conocimiento de causa, no en vano es él quien media entre sus huéspedes y los contrabandistas.

Ahmed no es más que otro cliente, en un hotel más de entre la miríada de establecimientos similares concentrados alrededor de la céntrica plaza de Naqsha (mapa, en dari), en Zaranj, a 800 kilómetros al suroeste de Kabul.

La ciudad es la capital de la remota provincia de Nimroz, la única de Afganistán con fronteras con Irán y Pakistán.

La plaza del Naqsha -llamada así por un mapa gigante de Afganistán que cuelga sobre un pedestal de forma fálica- es la última parada antes de un viaje que, en el mejor de los casos, será recordado como una pesadilla.

Cada día, miles de afganos ponen sus vidas en manos de mafias que les ofrecen cruzar la frontera y dejar atrás un país que sigue sumido en el caos 13 años después de la invasión en 2001.

Según el informe sobre Tendencias Globales 2013, del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), Afganistán es el país del mundo con más solicitantes de asilo, seguido de Siria, Somalia y Sudán.

Punto «cero»

La plaza apenas dista dos kilómetros hasta el paso oficial de frontera con Irán. Naturalmente, no es la ruta de ida para Ahmed, pero bien podría ser la de vuelta. Justo al lado del puente sobre el río Helmand, la «tierra de nadie» entre ambos países, se encuentra el punto «cero», el lugar en el que se registra a todos los afganos que retornan deportados o por propia voluntad de la otra orilla.

Cuando todavía no han dado las cinco de la tarde, la cifra ronda ya los 500.

«Hoy hemos registrado a 259 deportados y otros 211 que han vuelto por voluntad propia», detalla a IPS el jefe de equipo del Directorio para Refugiados y Retornados en el punto «cero», Mirwais Arab.

«De entre todos ellos solo podemos atender las necesidades más inmediatas de 65; básicamente darles comida y cobijo la primera noche y una aportación económica para que puedan volver a casa», se lamentó.

Dadas las limitaciones del cupo, la mayoría se limita a seguir su camino de vuelta una vez registrados sus nombres. Caminan en fila, exhaustos y cabizbajos. Y no es un goteo ocasional, sino un flujo constante de hombres que arrastran una profunda sensación de derrota.

Muchos de ellos son muy jóvenes, como los hermanos Jalil, de 21 y 22 años. Confirman a IPS que la ida, «hace seis días», fue por Pakistán y a través de una travesía por el desierto, y que tuvieron que pagar la mitad de su dinero a un grupo de talibanes. La vuelta no fue mucho mejor:

«Íbamos a Teherán pero nos cogieron en Iranshar (a 1.500 kilómetros al sureste de la capital iraní). La policía nos golpeó con porras y cables por todo el cuerpo, antes de meternos en un autobús y devolvernos a la frontera», relata Abdul, el mayor de los dos, desde el arcén de la carretera y justo a la entrada sur de Zaranj.

El caso de los Arifi es todavía más dramático. Tras llegar hasta Zaranj desde Kunduz, en el extremo norte de Afganistán, cruzaron la frontera de forma ilegal, y por las vías habituales. Eran cinco pero solo cuatro han vuelto. Lo cuenta Ziaud.

«Cuando nos encontraron, nos metieron a mi hermano Mohammed y a mí en un vehículo y a mis padres en otro, pero todavía no sabemos nada de nuestro hermano menor», explica este migrante adolescente que ha perdido a su hermano de siete años.

«Mi padre va a intentar volver hoy mismo para buscarlo», añade, aún en visible estado de shock.

Najibullah Haideri, responsable en funciones de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Nimroz, detalla a IPS que Irán deporta cada mes una media de 600 hombres y unas 200 familias.

Por su parte, Ahmadullah Noorzai, responsable de la oficina de Acnur en Zaranj, explica que las deportaciones se vienen produciendo desde hace seis años.

En un informe de 2013, Human Rights Watch (HRW) denunció abusos supuestamente ejercidos sobre los inmigrantes. Entre ellos, la organización citó que los afganos son a menudo encarcelados bajo acusaciones de hurto o tráfico de drogas, tras negárseles el derecho a un abogado.

Según HRW, cientos de ellos habrían sido ejecutados en los últimos años sin que las autoridades en Kabul hayan recibido notificación alguna de ello.

«Obtener un visado a Irán cuesta 85.000 afganis (unos 1.930 dólares)», asegura el encargado de otro pequeño hotel en Zaranj que prefiere mantener el anonimato.

«Los precios para hacerlo de forma ilegal empiezan en torno a los 25.000 afganis (unos 553 dólares), pero siempre según destino», explica.

El hostelero añade que «los más caros son Teherán, Mashad y Esfahan (las ciudades iraníes más grandes donde la oferta de empleo es mayor). Se paga únicamente cuando se llega al destino elegido por lo que los emigrantes lo vuelven a intentar hasta conseguirlo, o hasta que los matan».

Justo detrás suyo, Hamidullah, de 43 años, y su hijo Sameem, de 17, esperan su turno para acceder a una vida mejor.

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