El 20 de enero de 2026, en el Foro Económico Mundial en Davos, Suiza, el primer ministro canadiense Mark Carney declaró la muerte del llamado orden internacional basado en reglas. En un discurso aclamado por muchos, Carney instó a los países a dejar de subordinarse a regímenes que buscan la hegemonía, a dejar de esperar un regreso al pasado y, en cambio, a construir nuevas coaliciones para sobrevivir a lo que está por venir.
Pero en el discurso del primer ministro faltó una reflexión honesta sobre la contribución de Canadá y otras «potencias medias» a la destrucción del derecho internacional, la violación de los derechos humanos y la desigualdad global. Estos gobiernos han cometido un error fatal y ahora se están dando cuenta. Envalentonaron a Estados Unidos para llegar a donde está hoy, apoyándolo y facilitándolo las cosas durante tanto tiempo porque convenía a sus intereses. Muchas «potencias medias» también colonizaron otros países, extrajeron riqueza, recursos y mano de obra del Sur Global, y derrocaron a líderes elegidos democráticamente en esos países en favor de aquellos dispuestos a servir al núcleo imperial.
Ahora estas mismas «potencias medias» están descubriendo lo que puede significar estar al otro lado de esta ecuación. Encontrarse bajo la amenaza de que la integración económica sea utilizada como arma contra ellos, de que se les impongan aranceles, de que sus gobiernos sean derrocados y sus países invadidos y ocupados.
Reconocer sus propios crímenes y privilegios es esencial si los gobiernos de estos países quieren construir coaliciones significativas y duraderas que realmente protejan a las personas y al planeta, y no solo estén al servicio de sus propios intereses a corto plazo. Si las «potencias medias» no quieren pasar por lo mismo que han hecho a otros, estos países deben tomarse en serio la construcción de alternativas bajo el liderazgo del Sur Global y las poblaciones que han sido perjudicadas por sus acciones pasadas.
Reconocer la realidad como un «acto radical»
Lo fundamental del discurso de Carney: destacar la farsa del orden basado en reglas, es un buen punto de partida. «Sabíamos que la historia del orden internacional basado en reglas era parcialmente falsa», dijo. «Que los más fuertes se eximían a sí mismos cuando les convenía. Que las normas comerciales se aplicaban de forma asimétrica. Y sabíamos que el derecho internacional se aplicaba con mayor o menor rigor en función de la identidad del acusado o la víctima.»
Dijo que esta ficción era útil (aunque omitiendo para quién, era útil para países imperialistas como Canadá), pero que ya no funciona. En lugar de fingir que el orden basado en reglas funciona tal y como se publicita, Carney instó a los estados a «llamarlo por su nombre: un sistema que intensifica la rivalidad entre las grandes potencias, en el que los más poderosos persiguen sus intereses usando la integración económica como arma de coacción.»
Proclamando que el mundo está enfrentando una ruptura, señaló que las «grandes potencias» están utilizando la integración económica como arma y herramienta de subordinación. En lenguaje de los banqueros, instó a los países a «diversificar» sus alianzas, hacer «inversiones colectivas en resiliencia» y adoptar el «realismo basado en valores». Anunció que Canadá buscará «diferentes coaliciones para distintos temas basadas en valores e intereses comunes.» Instó específicamente a los llamados países de poder medio a unirse, señalando que «si no estamos en la mesa, estamos en el menú.» Lo más importante es que estos estados deben actuar de forma coherente, «aplicando los mismos estándares a aliados y rivales.»
Por muy importantes que sean este reconocimiento de culpa y los llamamientos a la construcción de coaliciones, lo que subyace en esta jerga es una campaña para que los países redoblen esfuerzos en favor del capitalismo, la extracción de recursos, el libre comercio, la inteligencia artificial y el militarismo. Se trata de un llamamiento a fortalecer el neoliberalismo bajo el pretexto de contrarrestar el fascismo, pese a que estas decisiones han llevado al orden internacional imperialista al que Carney afirma oponerse.
Militarismo incrustado
Empecemos por el militarismo. Carney afirmó en Davos que duplicará el gasto militar de Canadá para finales de la década. El año pasado, anunció un presupuesto militar de 81.800 millones de dólares canadienses (59.100 millones de dólares estadounidenses) para los próximos cinco años. Aunque aconseja a los países de Davos que no «construyan fortalezas», parece que su Gobierno está invirtiendo precisamente en eso. Por supuesto, duplicar el presupuesto militar no puede considerarse suficiente para disuadir una invasión estadounidense; el ejército canadiense ha simulado recientemente una respuesta a un supuesto ataque estadounidense a Canadá, concluyendo que las fuerzas estadounidenses superarían a los «activos estratégicos» con «velocidad relámpago». El ejército canadiense afirmó que tendría que poner su confianza en la guerra no convencional inspirada en los muyahidines de Afganistán, así como en la lucha guerrillera de civiles armados. Se da por hecho que la lucha duraría décadas.
Lo que Carney tampoco mencionó en Davos es el hecho de que el ejército y los servicios de inteligencia canadienses están profundamente entrelazados con los de Estados Unidos. Hay tropas estadounidenses estacionadas en Canadá en bases del Mando de Defensa Aeroespacial de América del Norte (NORAD, por sus siglas en inglés). Canadá forma parte de la alianza Five Eyes [Cinco ojos], una coalición de intercambio de inteligencia compuesta por Australia, Canadá, Nueva Zelanda, Reino Unido y Estados Unidos. Y, por supuesto, está la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), hacia la que el régimen de Trump se ha mostrado abiertamente hostil, pero que en el pasado ha cumplido con creces las órdenes de Estados Unidos en lo que respecta a bombardear otros países, albergar armas nucleares estadounidenses, participar en ejercicios bélicos, aumentar las tensiones con Rusia y gastar cada vez más dinero público en armas y guerras (todos los miembros, excepto España, acordaron recientemente invertir el 5% de su producto interior bruto en militarismo).
Al igual que Canadá, el resto de la OTAN ha sido completamente militarizado por Estados Unidos. Estados Unidos tiene tropas estacionadas en al menos 38 bases militares en toda Europa. Cuenta con unas 100 armas nucleares desplegadas en cinco de ellas. Esto hace que la postura europea de no querer ceder territorio europeo a Estados Unidos resulte un tanto irónica, puesto que grandes extensiones de territorio europeo ya pertenecen a Estados Unidos.
Canadá y los miembros europeos de la OTAN también están profundamente implicados en empresas armamentísticas estadounidenses. Canadá alberga plantas de fabricación para Boeing, General Dynamics, Lockheed Martin y otras. El ejército canadiense ha comprado miles de millones de dólares en armas a Estados Unidos y sigue haciéndolo en la actualidad. Canadá es un socio clave en el programa estadounidense de aviones de combate F-35, uno de los tipos de armas para los que Canadá ha estado suministrando a Israel piezas y componentes para su genocidio de palestinos. Lo mismo ocurre con muchos miembros europeos de la OTAN y otras «potencias medias».
La complicidad y los crímenes de Canadá
Todo este enredo nos lleva a la importancia de reconocer el papel que cada uno ha desempeñado en la situación actual. Si Carney se toma en serio la construcción de nuevas alianzas basadas en la confianza y la igualdad, debería reconocer que Canadá, bajo su liderazgo y el de administraciones anteriores, no fue un observador pasivo en la ficción del orden basado en reglas. Canadá no se ha limitado simplemente a «colgar un cartel en la ventana», como sugirió en su discurso. Canadá ha participado activamente en la violación del derecho internacional para obtener beneficios económicos, aplicando las normas de forma asimétrica para privilegiarse a sí mismo y a sus aliados.
Por ejemplo, el Gobierno canadiense ayudó a Estados Unidos a invadir y ocupar Afganistán; fingió no apoyar la invasión de Irak, aunque en realidad sí la apoyó y colaboró con ella; ayudó a lanzar un golpe de Estado en Haití; y ha ayudado a derrocar gobiernos y desestabilizar sociedades en América Latina en lugares donde sus empresas poseen minas.
La destrucción del derecho internacional no provino solo de la invasión rusa de Ucrania, la invasión estadounidense de Venezuela o las amenazas sobre Groenlandia. Canadá ha sido un socio pleno y activo en negarse a cumplir con las reglas que ayudó a establecer. Basta mencionar su continuo suministro de armas a Israel. Canadá ha sido un socio constante de Israel en su genocidio de palestinos, en la violación de la Convención sobre el Genocidio, las Convenciones de Ginebra, el Tratado sobre el Comercio de Armas y más.
El Gobierno canadiense también ha reprimido violentamente cualquier oposición a su participación en el genocidio. La policía desalojó campamentos estudiantiles en universidades, detuvo a activistas por criticar a Israel en internet, criminalizó acciones y marchas de solidaridad, realizó redadas nocturnas sin previo aviso en los domicilios de activistas acusados de daños materiales a instituciones cómplices y redadas antes del amanecer contra otras personas que supuestamente organizaron bloqueos a fábricas de armas.
En Davos, Carney habló con grandilocuencia de Canadá como «una sociedad pluralista que funciona», donde su «plaza pública es ruidosa, diversa y libre.» En realidad, la plaza pública se está volviendo más pequeña y criminalizada. No solo los activistas contra el genocidio están amenazados. El Gobierno canadiense ha enviado en repetidas ocasiones a su fuerza policial más militarizada, la Real Policía Montada de Canadá (RCMP, por sus siglas en inglés), a tierras ancestrales indígenas para arrestar violentamente a organizadores y activistas de las Primeras Naciones por proteger la tierra, el agua y los bosques de la extracción de combustibles fósiles. La RCMP, cuyo precursor se formó para cometer genocidio en los primeros días de la expansión del Estado colonizador, ahora es desplegada por el Gobierno federal para proteger los intereses de las empresas de combustibles fósiles.
Esto hace que las fanfarronadas de Carney sobre los recursos energéticos y minerales críticos de Canadá sean especialmente preocupantes. Canadá ya extrae petróleo de las arenas bituminosas de Alberta, la forma más sucia de extracción petrolífera del mundo, y Carney concedió recientemente permiso al primer ministro de extrema derecha de Alberta para construir un nuevo oleoducto en lo que los activistas han calificado como la «venta del siglo» y una «sorprendente traición a los compromisos federales sobre el cambio climático y los derechos indígenas.» Canadá también extrae gas y carbón de Columbia Británica, uranio de Saskatchewan y mucho más. Las exultantes alabanzas de Carney a la inteligencia artificial, devastadora del medio ambiente, y al estatus de Canadá como «superpotencia energética» y poseedor de «vastas reservas de minerales críticos» es una advertencia sombría sobre el futuro que Carney anticipa a los canadienses y al planeta. Más extracción y minería, más uso de energía, más violaciones de derechos humanos.
Las empresas canadienses tienen un historial horroroso de violación de los derechos humanos en los sitios mineros de todo el mundo. Y Mining Watch Canada [organización de vigilancia minera de Canadá] advierte que «la manera en que avanza la transición energética, que requiere un uso intensivo de metales, es fundamentalmente incompatible con el respeto de los derechos humanos a nivel mundial.» Señala que «la avalancha de minerales críticos está invadiendo rápidamente entornos sensibles, imponiéndose en territorios indígenas sin el consentimiento de sus poblaciones, poniendo aún en mayor peligro la vida de los defensores de los derechos humanos y del medio ambiente, y violando los derechos básicos a la salud, al aire y agua limpios, y a la seguridad y protección de las comunidades locales.»
Si Carney cuenta con más minería para salvar la economía canadiense, eso inevitablemente conducirá a más violaciones de derechos humanos, incluso en relación con la libertad de expresión. Además de la violenta represión de la organización de las Primeras Naciones, el Gobierno canadiense también ha deportado a personas no ciudadanos por su activismo climático. En ese sentido, Canadá está en medio de una campaña de represión de la inmigración. Ha estado deportando a más de 400 personas a la semana, en su mayoría gente que busca estatus de refugiado y asilo. El Gobierno afirma que tiene la intención de deportar a más personas en 2026, aunque cueste millones de dólares hacerlo. En esto queda la sociedad pluralista canadiense.
Construyendo un nuevo orden mundial
Todo esto significa que las «soluciones» que Carney plantea al imperialismo agresivo de Estados Unidos seguirán perjudicando a las personas, seguirán destruyendo la ecología y agravando la crisis climática, seguirán manteniendo una jerarquía rígida en las relaciones internacionales que privilegia a unos a expensas de otros, y seguirán violando los derechos humanos de los activistas, los pueblos indígenas, los migrantes, y muchos otros. Esto no es plantarle cara a un matón; esto es convertirse uno mismo en matón.
Carney tiene razón al decir que el mundo necesita coaliciones globales para evitar que el régimen de Trump aplaste a todos los que decida que no le gustan o que quiere controlar. Carney también tiene razón cuando afirma que los países necesitan «diversificar» a sus aliados. Pero debemos ir mucho más allá de lo que llega su imaginación capitalista y extractivista.
Por un lado, Carney imagina que Estados Unidos y otras llamadas grandes potencias actuarán por cuenta propia. Pero este no es el plan, según la misma Estrategia de Seguridad Nacional de Trump. Su régimen está interesado en aliarse con otros estados autoritarios para controlar «esferas de influencia» y gobernar el mundo juntos. Sus socios preferidos en el crimen son los capitalistas mafiosos y los megalómanos despóticos que temen a las mujeres y a las personas queer, y creen que el mundo está en deuda con ellos. Afirma que estos socios ni siquiera tienen que ser todos blancos, lo cual es especialmente increíble si te das cuenta de que parte de la razón por la que está criticando a sus aliados europeos es que sus países ya no son para él lo suficientemente blancos. Sus nuevos amigos solo tienen que tener suficiente dinero y ser lo bastante represivos como para seguirle su propio juego.
Estas alianzas formadas entre los de peor calaña ya están en marcha, y cualquiera que quiera plantarles cara debe tenerlo muy en cuenta. Porque también hay que cambiar el cálculo que Carney parece estar haciendo de que las «potencias medias» solo necesitan mantenerse unidas o formar alianzas con otros estados fascistas económicamente poderosos, como China o la India. En realidad, las «potencias medias» deben superarse a sí mismas, reconocer sus contribuciones a la destrucción de las reglas, normas y leyes internacionales, y construir coaliciones con aquellos a quienes han perjudicado en el pasado. No se trata de relaciones coloniales ni de acuerdos condescendientes o extractivistas, sino de verdaderas alianzas.
Los tiempos ya no están para la dominación occidental. Las «potencias medias» necesitan aprender de los países que han sufrido la opresión de Estados agresores. Necesitan averiguar cómo formar relaciones económicas y de seguridad equitativas y recíprocas que no dependan de la extracción, el imperialismo, el militarismo y la violencia. Relaciones que prioricen el bienestar de todas las personas, no solo de las que se encuentren en el núcleo imperial, y que aseguren la supervivencia y la salud del planeta.
Si Carney está dispuesto a admitir que el orden basado en reglas era una farsa, no debe volver a reproducirlo con otros Estados occidentales, sino que su obligación es construir una verdadera solidaridad con el resto del mundo. Debe desvincular a Canadá de Estados Unidos no solo económicamente, sino también militarmente. Y debe defender el derecho internacional que, según él mismo ha reconocido, ha sido solo parcialmente defendido por las «potencias medias».
Cambio de lenguaje
También debe dejar de referirse a los países como «grandes potencias» y «potencias medias». Todos debemos hacerlo. Estos términos otorgan a ciertos gobiernos un estatus que no merecen. Estados Unidos, Rusia, Arabia Saudí y otros con los que el régimen Trump quiere formar una alianza de autócratas no son grandes potencias. Son estados fuertemente militarizados que buscan dominar el mundo mediante la violencia. Son matones.
Canadá, los países europeos y otros estados coloniales que reclaman estatus occidental independientemente de su geografía, como Australia y Nueva Zelanda, no son potencias medias. Son países que saquearon y expoliaron el Sur Global para construir y mantener sus economías a costa de la gran mayoría de las personas y del planeta. No están en el medio; están en la cima, y solo ahora están experimentando todo el peso de lo que significa estar subordinados a una jerarquía impuesta por aquellos que son todavía más violentos.
La igualdad significa deshacerse de los conceptos de «grande» y «medio» y de la idea de «poderes» en general, y hacer que sea posible hablar claro diciendo las cosas tal y como son. El poder no debería referirse a la fuerza económica o militar, sino a lo que las personas pueden hacer juntas, de forma solidaria, para un mutuo mejoramiento. Este cambio radical no debe poner al mundo de rodillas ante las botas de los matones violentos, sino que tiene que estar al servicio de la construcción de algo que realmente nos ayude a todos a sobrevivir y prosperar.
Ray Acheson (they/them) es director de Reaching Critical Will, el programa de desarme de la Liga Internacional de Mujeres por la Paz y la Libertad (WILPF). Proporcionan análisis y defensa en las Naciones Unidas y otros foros internacionales sobre temas de desarme y desmilitarización. Ray formó parte del grupo directivo de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares (ICAN), que ganó el Premio Nobel de la Paz en 2017 por su labor en la prohibición de las armas nucleares, y también participa en la organización de campañas contra las armas autónomas, el comercio de armas, la guerra y el militarismo, el sistema carcelario y otras causas. Es autor de Banning the Bomb (Prohibir la bomba), Smashing the Patriarchy (Destruir el patriarcado) (Rowman & Littlefield, 2021) y Abolishing State Violence: A World Beyond Bombs, Borders, and Cages (Abolir la violencia estatal: Un mundo más allá de bombas, fronteras y celdas) (Haymarket Books, 2022).
Fuente: https://www.counterpunch.org/2026/01/23/carneys-hot-air-at-davos-as-cover-for-western-barbarism/


