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¿Reafirmación hegemónica o reparto de áreas de influencia?

Fuentes: Rebelión

La brutal agresividad imperial del régimen de Donald Trump se ha condimentado con el hipotético propósito de establecer -y supuestamente reconocer- zonas de influencia exclusiva junto a otros actores como Rusia o China, únicos competidores sustanciales que a nivel global manifiestan una firme voluntad de ejercer su plena soberanía.

El texto oficial de la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS, siglas en inglés) estadounidense publicada en diciembre último, no usa literalmente la expresión “zonas de influencia”, si bien sí incorpora elementos que muchos analistas interpretan como un cambio hacia un orden mundial más segmentado por grandes potencias. De hecho, llama a revivir la Doctrina Monroe y afirma que EE UU debe asegurar que el Hemisferio Occidental permanezca libre de incursiones hostiles o influencia estratégica adversaria, bajo un “Corolario Trump”.

El enfoque sobre el hemisferio occidental se traduce en una conceptualización del mundo donde distintas potencias tienen espacios de influencia predominantes, aunque no se formule como un mapa formal de “zonas de influencia”. En análisis de seguridad se interpreta que estamos pasando de un orden multilateral liderado por EE UU y sus aliados a un mundo en el que EEUU aceptaría, de facto, una división del poder global con China y Rusia, aunque bajo una lógica de equilibrio y “realismo flexible”.

Más allá del documento, reportes y filtraciones de versiones más largas o internas de la NSS indican explícitamente ideas que suenan a zonas de influencia. Según informes sobre una versión más extensa (no pública) del documento, habría referencias a un concepto llamado “C5”, donde EEUU, China, Rusia, India y Japón jugarían roles de poder para “dirigir” el orden global, lo cual implicaría una división funcional del mundo entre grandes potencias. En análisis estratégicos se describe que la NSS ve el orden mundial como dividido en distintas zonas: la esfera principal de EEUU en el hemisferio occidental, otra rusa en Eurasia, otra china en Asia, etc.

Esto reforzaría la idea de que aunque la versión pública no sea explícita sobre “zonas de influencia” como doctrina, los marcos conceptuales detrás del documento sí se moverían en esa dirección.

No hay evidencia tampoco de una declaración oficial de Trump, a pesar de cuanto pontifica, usando literalmente el término “zonas de influencia” como política formal. En discursos y acciones recientes (como las alocuciones sobre la seguridad en América Latina o la intervención armada en Venezuela), Trump ha defendido de forma práctica conceptos parecidos a un reparto de influencia entre potencias, impulsando de facto y legitimando la idea de que cada gran potencia tenga áreas de preeminencia estratégica, especialmente en el caso de Rusia, quizá no tanto en relación a China. Cabe recordar que esta última es la segunda potencia económica del mundo, mientras Rusia se sitúa más allá de las diez primeras en el ranking.

Reafirmación hegemónica

Pero la política exterior de Trump apunta más a un desesperado intento de reafirmar la hegemonía estadounidense -primero, regional- que a aceptar formalmente zonas de influencia rivales como doctrina. EEUU quiere mantener a toda costa su liderazgo, no formalizar un reparto global. El documento de la SSN reconoce la influencia de potencias como China o Rusia como una realidad estratégica a afrontar, no como una asunción de zonas de influencia compartidas. Aun así, la práctica geopolítica global no se desentiende de la tendencia hacia una realidad, en pugna, más multipolar, y las acciones de EEUU pueden derivar en la consolidación de facto de influencias rivales en ciertas áreas, aunque esa no sea la intención declarada. Esto se aplicaría muy específicamente a Rusia y con un objetivo evidente: hacer concesiones que faciliten el debilitamiento de su asociación con China, que es el gran enemigo a batir.

La SSN no abandona la idea de que EEUU tiene un papel hegemónico que desea conservar, aunque no la exprese como dominación global tradicional. En vez de ello, propone un enfoque de “realismo flexible” donde se busca la seguridad nacional a través de la fuerza militar, el poder económico y la disuasión, sin esforzarse por imponer valores liberales globales como antes. Lo que busca es mantener su hegemonía, especialmente regional, en cuestión sobre todo por el avance chino en “su” zona inmediata, más que aceptar un reparto global de zonas de influencia. La hegemonía aquí se entiende como liderazgo competitivo y control estratégico frente a rivales, no cooperativo o compartido.

Las decisiones de política exterior recientes bajo el régimen de Trump muestran no solo un intento de reafirmar el dominio regional y limitar la influencia china y rusa sino el rechazo de estructuras multilaterales tradicionales y énfasis en acuerdos bilaterales o asociaciones selectivas. En la política hacia el Indo-Pacífico y hacia China incluye barreras económicas, cooperación con aliados tradicionales y esfuerzos por reorganizar relaciones económicas, más que pactar “esferas de influencia” formalmente.

Todo ello señala una visión de hegemonía competitiva, donde EEUU trata de conservar su papel central y privilegiado en la política mundial, aunque asume que otros actores también ejercerán una influencia regional limitada que debe tomar en cuenta.

A Putin podría interesarle

Para el presidente ruso V. Putin, a la vista de una UE deshilachada que baja la oreja ante las intimidaciones de Trump, con una derecha mayoritaria en sus instituciones incapaz de operar una autonomía estratégica efectiva, una zona de influencia reconocida no es un anacronismo, sino una solución estructural: reduce costes de seguridad, restaura estatus, disciplina el entorno y reescribe favorablemente las reglas del juego. En la práctica, el reconocimiento explícito de una zona de influencia es también una cuestión de identidad estatal y supervivencia.

Para el Kremlin, una zona de influencia en el espacio postsoviético funcionaría como cordón sanitario frente a la OTAN y a la UE. Mientras existan. El reconocimiento externo legitimaría la idea de que ciertos Estados no pueden integrarse en alianzas hostiles, reduciendo vulnerabilidades militares y estratégicas. La seguridad, como tantas veces se ha reiterado, no podría establecerse por unos a costa de otros, sino compartiéndola.

El colapso de la URSS fue vivido por Moscú como una pérdida de rango internacional. Una zona de influencia reconocida equivaldría a un certificado de gran potencia, situando a Rusia en relativo pie de igualdad con EEUU o China en la gestión del orden internacional.

Ese reconocimiento facilitaría presiones estructurales (energía, seguridad, economía, élites) sobre los Estados vecinos, limitando su autonomía estratégica. Adicionalmente, una zona de influencia aceptada internacionalmente deslegitimaría la intervención política, mediática o financiera occidental en esos países y reduciría el riesgo de inestabilidad.

Finalmente, supondría la regularización o normalización de hechos consumados. Crimea, Abjasia, Osetia del Sur, Transnistria o Donbás encajarían mejor en un esquema de esferas reconocidas que en uno basado en soberanía plena. Y le brindaría a Putin un activo que en hipotéticas negociaciones más amplias (seguridad europea, sanciones, armamento, arquitectura estratégica) le aportaría más capacidad de transacción.

China: una colisión clara

En términos normativos y discursivos, existe una colisión clara entre el reconocimiento explícito de zonas de influencia y la narrativa china de la comunidad de futuro compartido para la humanidad. Este concepto se presenta como universalista, antijerárquico y contrario a la lógica de bloques, esferas exclusivas o repartos del mundo. Lo mismo ocurre con sus grandes iniciativas globales (Desarrollo, Seguridad, Civilización y Gobernanza), que se formulan como bienes públicos abiertos, no como instrumentos de delimitación geopolítica rígida.

China no utiliza el lenguaje de “zona de influencia”, y si bien opera con ámbitos de interés prioritario y no negociable (el ejemplo más evidente es su entorno inmediato, desde Taiwán y el mar de China Meridional a Hong Kong, Xinjiang o Tíbet, recursos comunes en la crítica occidental), estos diferendos están claramente relacionados con una demanda de soberanía absoluta, no injerencia externa y sensibilidad histórica, alejada de pretensiones territoriales similares a las desplegadas por EEUU o Rusia.

China rechaza los modelos clásicos de esferas de influencia ni los reconoce como principio general del orden internacional. La deferencia exigida en determinados espacios -una nómina limitada- guarda relación con su problemática territorial histórica. Reconocer explícitamente zonas de influencia chocaría con el relato chino y erosionaría ese capital normativo global que tanto contrasta con la agresividad de Washington.

En el ámbito de la gobernanza global, la contradicción con la noción de zona de influencia se produce en varios planos -regulador, institucional y político- y no es menor: afecta al corazón de la pretensión china de presentarse como reformadora del orden internacional y no como su fragmentadora, apelando al reconocimiento de un nuevo estatus de los países en desarrollo. La contradicción no es solo retórica: una gobernanza global coherente exige reglas comunes, mientras que una zona de influencia consagra excepciones basadas en poder.

La gobernanza global, tal como la formula China, se basa en principios de inclusividad, participación igualitaria y multilateralismo. Una zona de influencia, en cambio, introduce lógicas de exclusión: unos actores tienen más derecho que otros a decidir sobre determinados espacios. Esto rompe el ideal de reglas comunes y sustituye la cooperación global por jerarquías regionales.

China insiste en que los asuntos internacionales deben gestionarse mediante mecanismos multilaterales, especialmente la ONU. Pero una zona de influencia implica capacidad de veto informal sobre las decisiones de otros Estados, lo que desplaza la autoridad desde las instituciones globales hacia el poder material del actor dominante.

El discurso chino defiende una soberanía fuerte e indivisible. Sin embargo, las zonas de influencia producen una soberanía asimétrica: los Estados dentro de ellas conservan independencia formal, pero su margen real de decisión queda limitado. Esto contradice la idea de una gobernanza basada en Estados jurídicamente iguales.

Las iniciativas chinas (desarrollo, seguridad, civilización, gobernanza) se presentan como bienes públicos globales. Si se superponen a una zona de influencia, pasan a percibirse como instrumentos de estructuración de dependencias, debilitando su legitimidad universal.

China afirma querer reformar un orden internacional injusto. Las zonas de influencia remiten a una lógica clásica de equilibrio de poder y reparto espacial, propia del orden que dice querer superar. En vez de innovación normativa, surge una continuidad con las prácticas de las grandes potencias tradicionales. Aceptarlo como una expresión más de pragmatismo, quizá temporal, desvirtuaría al completo su mensaje exterior.

Pero además, muchas señales reafirmarían la negación efectiva del reconocimiento de una zona de influencia de China a la par que confirmarían la pretensión de una reafirmación hegemónica global que tendría por premisa la reducción del poder y capacidades de Beijing. Que China consienta cierto proceder estadounidense con la esperanza de que sus intereses más directos no se vean afectados representa una quimera.

EE.UU. muestra a diario su disposición a ir mas allá de los límites convencionales. De una parte, manteniendo intacta y ajustando a cada paso las diferentes guerras comercial o tecnológica que mantienen con China. De otra, afectando a las primeras líneas rojas, caso de Taiwán particularmente, con las ventas de armas (el último anuncio fue por valor de 11.000 millones de dólares de una sola tajada), alentando la aprobación de un presupuesto especial de adquisiciones de defensa por valor de 40.000 millones de dólares, ejerciendo una fuerte presión política sobre una oposición mayoritaria en Taipéi que ha bloqueado su aprobación hasta siete veces. EEUU apuesta firmemente por la carta de Taiwán para contener a China y mientras así sea cualquier “zona de influencia” es totalmente efímera.

Pero también sigue consolidando la alineación del todo el frente del Indo-Pacífico con Japón, Corea del Sur, Filipinas, Australia y Nueva Zelanda, que, a diferentes ritmos y con intensidades variables, tiene a China en el punto de mira. Por último, en otras áreas, la coerción anti China está al orden del día: lo vivimos en la UE, lo apreciamos en América Latina y el Caribe, o también en África donde se multiplican las presiones (a modo de ejemplo, sobre Kenia para que no proceda a suscribir un acuerdo comercial con China). EEUU sigue tratando de condicionar la orientación estratégica de todos estos países.

Más reafirmación hegemónica que áreas de influencia

Muchos observadores y comentaristas (no el texto oficial) interpretan que la rivalidad entre grandes potencias (EEUU, China, Rusia) está llevando a una fragmentación geopolítica, algo parecido a un nuevo reparto por zonas de influencia.

La política exterior de Trump y sus acciones -que se centran en contrarrestar a China y contener a Rusia en ciertas áreas pero atrayéndola a su redil- quizá legitimen indirectamente la idea de zonas de influencia pero la pretensión principal es la reafirmación hegemónica global mediante una política de acoso y derribo de su competidor más integral.

Por otra parte, esa hipotética pretensión se asemeja a una forma de meter a todos en el mismo saco; sin embargo, los comportamientos y ambiciones difieren significativamente. En el caso de China, no representaría ni un avance ni un mal menor, implicaría un replanteamiento absoluto de su política exterior.

Las zonas de influencia responden a una lógica de poder incompatible con que la soberanía siga siendo una frontera significativa en la política internacional. Es inadmisible que se pueda vulnerar arbitrariamente por argumentos de necesidad, seguridad o excepcionalismo. Haga quien lo haga.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.