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Las huellas del colonialismo

Un Reiterdenkmal para soldados alemanes

Fuentes: Mundo obrero

Las huellas del imperialismo se encuentran por doquier, en todos los continentes habitados de la tierra, aunque el poder y los medios de comunicación del capitalismo real escondan sus horrores y solo muestren los crímenes de otros. Y muchas veces, demasiadas, la memoria mendaz del colonialismo honra a los asesinos, sin recordar a las víctimas.

Lothar von Trotha fue el comandante de las tropas coloniales alemanas en el África oriental, enviado después al África sudoccidental alemana o Deutsch-Südwestafrika por el káiser Guillermo II, aquel siniestro personaje que llevó a Alemania a la gran guerra y murió en su exilio danés durante la Segunda Guerra Mundial. El comandante prusiano tenía una misión: aplastar la revuelta de los herero, que habitaban las tierras fértiles namibias y se resistían a la expropiación de sus campos y su ganado por los alemanes. Cuando llegó en 1904 al África sudoccidental, el objetivo de Lothar von Trotha y del colonialismo alemán era terminante: expropiarían las tierras indígenas, y si no aceptaban las condiciones de Berlín los herero serían exterminados.

Trotha ordenó a sus tropas que atacasen los poblados herero en el norte de la colonia, que envenenasen los pozos de agua, que disparasen a matar a cualquier hombre, un niño o una mujer. Las tropas alemanas empujaron a decenas de miles de personas hacia el desierto, sin agua, condenándolos a morir en las ardientes y resecas tierras del Kalahari. Los oficiales alemanes sabían que allí les esperaba la muerte, y Lothar von Trotha no tuvo piedad: había sido preciso ordenando utilizar el terror. Cualquier herero avistado por las tropas alemanas, aunque fuera desarmado, fue asesinado. Fue un genocidio. Decenas de miles de personas murieron a balazos o víctimas del hambre y la sed.

Cuando unos meses después culminó la carnicería, los soldados alemanes habían asesinado al ochenta por ciento de los herero. La ferocidad de Lothar von Trotha no se detuvo después de esa terrible matanza: inició otra campaña para exterminar a los nama, ordenando que miles de ellos fueran pasados por las armas. Satisfecho, el general Trotha, que había permanecido en la actual Namibia poco más de un año, regresó a Berlín en 1905, donde fue recibido como un héroe, ascendido y felicitado por el káiser. Todavía vivió quince años más, a tiempo de ver, en 1920, otras matanzas en Alemania, protagonizadas por el ejército derrotado en la gran guerra, dedicado entonces a aplastar la revolución espartaquista.

Las tropas coloniales recogían cráneos para enviarlos a Berlín, donde fueron estudiados, clasificados por los científicos en las rigurosas universidades alemanas. Tenían también un objetivo: demostrar la superioridad de la raza aria sobre aquellos “pueblos salvajes” de África. Un siglo después de la matanza, el notable artista sudafricano William Kentridge (blanco, descendiente de alemanes, hijo de una familia de simpatías comunistas, que colaboró con el Congreso Nacional Africano y con el Partido Comunista) se interesó por el destino de los herero. Kentridge viajó a Namibia, habló con descendientes de los pocos miles de hereros que pudieron salvarse del exterminio, rodó escenas para utilizarlas en una caja negra, y presentó en 2005 la Black box/Chambre Noire, en el Deutsche Guggenheim de Berlín. Kentridge quería también mostrar los lazos que unen el colonialismo europeo con el fascismo.

Kentridge tuvo también una sorpresa: vio que, en Windhoek, se levanta un monumento ecuestre, el Reiterdenkmal, construido por el colonialismo germano, que no está dedicado a las víctimas sino a honrar la memoria de los soldados alemanes, veintitrés, que murieron durante la campaña de exterminio de los herero. En 1909, el general Ludwig von Estorff, comandante de la Schutztruppe, el ejército colonial alemán, había encargado al escultor Adolf Kürle el diseño de un monumento: el Reiterdenkmal, que fue trasladado en barco hasta la costa de la Deutsch-Südwestafrika y después en tren hasta Windhoek. El pedestal del jinete llevaba una placa: “En honor a los valientes guerreros alemanes que perdieron la vida por el emperador y el imperio para salvar y preservar este país durante los levantamientos herero y hotentote de 1903 a 1907 y durante la expedición al Kalahari en 1908. En honor a la memoria de los alemanes que fueron víctimas de los nativos en el levantamiento.

Aquella Deutsch-Südwestafrika lleva hoy el nombre de Namibia. Las decenas de miles de personas asesinadas por los soldados de Trotha no merecieron ningún recuerdo.

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