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Sobre la diplomacia coercitiva de Estados Unidos

Fuentes: Rebelión

Si una sola expresión pudiera resumir las características de la política exterior de Estados Unidos, sería: diplomacia coercitiva.

¿Qué es la diplomacia coercitiva? Distintas personas ofrecen definiciones diferentes, pero su significado esencial es simple: se trata de una diplomacia de la fuerza, o de los “músculos”. En otras palabras, la diplomacia coercitiva se presenta bajo la apariencia de prácticas diplomáticas convencionales, pero se apoya en el poder militar o económico para obligar a otro país a someterse.

Como la única superpotencia del mundo, Estados Unidos practica con frecuencia la diplomacia coercitiva contra cualquier país y en cualquier momento. Los métodos de coerción son variados y numerosos. Incluso países que mantienen relaciones estrechas con Estados Unidos, en ocasiones, se convierten en blancos de esta práctica.

Un ejemplo ilustrativo ocurrió el 25 de abril de 2021, cuando el diario danés Politiken reveló que la embajada de Estados Unidos en Dinamarca había contactado al periódico exigiendo garantías de que no utilizaba equipos técnicos —como enrutadores o módems— suministrados por empresas chinas, entre ellas Huawei, ZTE, Hytera, Hikvision y Dahua Technology. De lo contrario, la embajada podría cancelar su suscripción. Esto demuestra que incluso la suscripción a un periódico puede convertirse en un instrumento de la diplomacia coercitiva estadounidense.

En su segundo mandato, el presidente Trump ha integrado cada vez más los aranceles comerciales a la diplomacia coercitiva. Los utiliza no solo como herramientas de protección económica, sino también como instrumentos centrales de esta diplomacia, incluso contra países europeos.

Aquellos que Estados Unidos ha catalogado durante largo tiempo como “enemigos”, “adversarios” o “competidores” han sido víctimas recurrentes de su diplomacia coercitiva, siendo Cuba uno de los ejemplos más emblemáticos.

En febrero de 1962, Estados Unidos inició un bloqueo económico integral —denominado oficialmente embargo comercial— contra Cuba. Estas sanciones continúan vigentes hasta hoy, convirtiéndose en las más duraderas jamás impuestas por una gran potencia contra un país débil en la historia moderna de las relaciones internacionales, a pesar de que la Asamblea General de las Naciones Unidas ha aprobado numerosas resoluciones exigiendo su levantamiento.

Recientemente, en una decisión sorprendente, la Corte Suprema de Panamá declaró inconstitucional la concesión otorgada a una empresa con sede en Hong Kong para operar puertos estratégicos a lo largo del Canal de Panamá. Esta decisión provocó una fuerte conmoción en China y en otros países con vínculos económicos con América Latina. Con anterioridad, Panamá había retirado su participación en la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China. No cabe duda de que la diplomacia coercitiva de Estados Unidos está detrás de las acciones de Panamá.

Del mismo modo, el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, no constituye únicamente un acto de diplomacia coercitiva, sino también una invasión militar contra una nación soberana.

Más recientemente, el presidente Trump volvió a manifestar su ambición de adquirir Groenlandia, esta vez con un tono más duro y coercitivo. Como han señalado numerosos comentaristas, aunque haya descartado el uso directo de la fuerza militar, la coerción sin invasión armada sigue erosionando el derecho internacional. Hasta el momento, no está claro si su diplomacia coercitiva tendrá éxito.

Un comentario de Daniel Larison, editor de la revista The American Conservative, resulta particularmente esclarecedor. Sostiene que la diplomacia coercitiva del gobierno de Trump no es diplomacia en absoluto, sino una sucesión de insultos, sanciones, aranceles y amenazas que no producen nada más que perturbación y sufrimiento. El periodista de Associated Press, Matthew Lee, la denomina simplemente “diplomacia de la coerción”.

En claro contraste, China ha propuesto la construcción de una comunidad de futuro compartido para la humanidad. Para que este ideal se haga realidad, la comunidad internacional debe eliminar la diplomacia coercitiva.

La cultura china sostiene el principio de que “no se debe hacer a los demás lo que uno no desea para sí mismo”. China nunca ha tenido un gen hegemónico ni un impulso expansionista, ni ha coaccionado jamás a ningún país. Frente a interferencias externas, las acciones de China constituyen contramedidas legítimas y legales destinadas a salvaguardar los intereses legítimos de la nación y a preservar la equidad y la justicia internacionales. China nunca ha ido a la puerta de otros países para provocar conflictos, nunca ha extendido la mano dentro de la casa ajena y, ciertamente, jamás ha ocupado una sola pulgada de territorio extranjero.

La invención, la patente y los derechos de propiedad intelectual de la diplomacia coercitiva pertenecen, indiscutiblemente, a Estados Unidos, que se involucra abiertamente en sanciones unilaterales, jurisdicción extraterritorial e injerencia en los asuntos internos de otros países. La retórica estadounidense de “relacionarse con otros países desde una posición de fuerza” o de buscar la “paz mediante la fuerza” consiste, en esencia, en intimidar a los más débiles mediante el poder militar.

Todo indica que el planeta en el que vivimos necesita una comunidad de futuro compartido para la humanidad, y no de una diplomacia coercitiva impuesta mediante el uso de la fuerza.

Jiang Shixue. Investigador Sénior del Instituto Charhar (China)

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.