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El dilema europeo ante la crisis

El estrecho de Ormuz como encrucijada

Fuentes: Rebelión

Una guerra que cambió las reglas del juego

No se trata de un escenario hipotético, ni de un ejercicio de prospectiva geopolítica o una simulación entre estrategas. Es lo que ocurre ahora mismo, en abril de 2026, mientras usted lee estas líneas. Asisto a la crisis existencial de un imperio en su fase más senil, cuyo gran dilema, en este instante, es ganar un tiempo precioso que, a medida que transcurre, se convierte en su principal enemigo. Es la carrera desesperada de un anciano —el imperio estadounidense— aferrado a su permanencia, buscando un soplo más de existencia, pero, paradójicamente, cada respiro no hace más que agravar la raíz de su mal: envejecer.

Al leer esto, cualquier lector ecuánime podría pensar que se trata de un análisis determinista. Sin embargo, a pesar de mi clara posición crítica frente a la política hegemónica mundial, haré un esfuerzo por ser lo más equilibrado posible, entendiendo por ello que intentaré sustentar cada una de mis argumentaciones en los hechos.

Los hechos: una guerra anunciada y sus consecuencias imprevistas

El 28 de febrero de 2026, Estados Unidos e Israel lanzaron una ofensiva militar contra Irán. La guerra, que ya se ha extendido por más de cinco semanas, tenía como objetivo declarado eliminar la capacidad nuclear iraní y desmantelar el poder militar de la República Islámica, aunque en algún momento se llegó a hablar de un cambio de régimen o de devolver a Irán a la edad de piedra. Sin embargo, como suele ocurrir en la historia, los resultados sobre el terreno han sido hasta ahora muy distintos a los esperados, lo que tal vez explica lo cambiante de los objetivos declarados por el gobierno estadounidense durante esta guerra. Lejos de debilitar a Irán —a pesar de las enormes pérdidas materiales y humanas—, el conflicto le ha entregado un arma que ningún programa nuclear podría haberle proporcionado: el control efectivo del estrecho de Ormuz, la arteria por donde transita el 20 % del petróleo mundial.

El alto al fuego frágil y las contradicciones inmediatas

Después de varias semanas de conflicto, la amenaza del presidente Trump de “volar todo por los aires” si no se reabría el estrecho de Ormuz llevó a su administración a plantear un ultimátum en el que se contemplaba escalar la batalla por el control de la principal arteria marítima de Asia occidental a niveles brutales sin precedentes. Así, tras contener el aliento ante la inminencia de ese ultimátum —que amenazaba con iniciar una campaña que desaparecería la civilización iraní, todo ello tendiente a la reapertura del estrecho—, el miércoles 8 de abril de 2026, aproximadamente a las 3:30 a.m. (hora local de Irán), se inició un frágil alto al fuego en la región del golfo Pérsico. Este incluía el comienzo de unas difíciles negociaciones en Islamabad, el cese de todas las acciones armadas en la región —incluyendo el frente libanés— y la reapertura del estrecho de Ormuz bajo supervisión iraní, tomando como punto de partida los conocidos «10 puntos» planteados por la República Islámica.

Sin embargo, desde las primeras horas de haber entrado en vigencia el alto al fuego, este ha sido violado reiteradamente por el Estado de Israel al mantener, e incluso profundizar, la escalada bélica contra Hezbolá en el Líbano. Por otro lado, la postura del gobierno de Estados Unidos ha sido cambiante a medida que se han desarrollado los acontecimientos. Desde la Casa Blanca, los voceros norteamericanos han afirmado que el frente libanés nunca formó parte de la negociación que condujo a esta frágil tregua, que los llamados «10 puntos» no han sido aceptados como hoja de ruta para las conversaciones en Pakistán, y que todo se trató de una «fake news» difundida por The New York Times y otros medios estadounidenses.

A las pocas horas de hacerse visibles estas inconsistencias, el gobierno paquistaní emitió un pronunciamiento que contradijo abiertamente a la administración Trump, al afirmar que el tema libanés siempre estuvo sobre la mesa. Esta actitud, tanto del gobierno israelí como del estadounidense, evidencia claramente la falta de voluntad política para una negociación seria que pueda conducir a resultados racionales. Lamentablemente, los resultados de las primeras negociaciones realizadas en Pakistán dan cuenta de esta realidad. Basta con escuchar detenidamente las declaraciones del señor J. D. Vance, vicepresidente de los Estados Unidos, al finalizar las negociaciones del día para tomar conciencia de lo planteado.

Toda esta situación ha generado una serie de comentarios a todos los niveles, y en particular en los medios de comunicación de línea contrahegemónica y crítica, así como en algunos medios equilibrados. Desde estos espacios se han manejado diversas conjeturas, que van desde la senilidad del mandatario norteamericano hasta el supuesto de que estaría siendo rehén de los sectores del Estado profundo vinculados a Israel. También se ha llegado a sostener que el señor Netanyahu, aprovechando esta realidad, viola el alto el fuego porque, en este momento, no puede detener la guerra: si lo hiciera, los tribunales israelíes darían continuidad al juicio legal que tiene pendiente, en donde seguramente terminaría siendo condenado. Y así, pare usted de contar.

Muchas de estas precisiones podrían ser ciertas en alguna medida, pero tal vez existan causas estructurales que he tratado de precisar en algunos de mis trabajos y que, desde mi modesta opinión, permiten entender con mayor claridad y en su justa dimensión todo el escenario planteado.

Un alto al fuego que solo busca ganar tiempo

Vamos a iniciar revisando la dimensión más inmediata que justifica, para Estados Unidos, la implementación de un alto al fuego en términos de ganar tiempo. Quiero referirme a los norteamericanos por ser estos, junto con Israel, quienes iniciaron la guerra.

En principio, como es de esperar, los estrategas estadounidenses —sus llamados «tanques pensantes»— deberían haber estudiado y aprendido de su propia historia relativamente reciente. A finales de los años veinte del siglo pasado, durante el llamado Crack del 29, un elemento que hizo incontrolable la crisis y, por consiguiente, más devastadoras sus consecuencias fue el efecto cascada desencadenado por la desconfianza inicial del momento. Si recordamos, esta llevó a una primera venta de acciones financieras que fue escalando hasta que la propia dinámica transformó la desconfianza en pánico, generando una situación que sacudió la economía mundial. Dicho efecto, originado en la economía real —sea productiva o financiera—, se desborda cuando, en el plano psicológico, las emociones superan a la razón y los mercados terminan sucumbiendo.

Haciendo algunos paralelismos históricos, la situación actual es mucho más aguda y con características bastante distintas —como he descrito en otros artículos publicados en internet—, pero revisar los acontecimientos de 1929 nos da solo una idea de lo explosivo que podría llegar a ser un comportamiento motivado por el pánico en un escenario donde una crisis estructural está en puertas. Por eso, en la actual confrontación en Asia occidental, los estrategas estadounidenses deben cuidar un elemento clave que evite que todo esto se salga de control: oxigenar constantemente los mercados con mensajes que generen cierta confianza y eviten, de manera controlada, un efecto cascada que haga estallar la economía global. He aquí la dimensión más inmediata que explica el alto al fuego actual.

Por otro lado, ahondando más en las consecuencias estructurales surgidas de la actual confrontación, debemos tomar en cuenta que, después de más de cuarenta días del cierre del estrecho de Ormuz y ante la imposibilidad evidente de reabrirlo mediante una acción rápida —hollywoodense— o mediante la intimidación de una acción brutal que devuelva a Irán a la edad de piedra (opción totalmente inviable, al menos por ahora), el paso del tiempo amenaza con comenzar a mostrar sus efectos en los próximos días sobre las economías de Asia y Europa. De no encontrar alternativas viables en el cortísimo plazo, estas tendrán que racionar su energía. Aquí radica el peligro a considerar a mediano plazo: una desaceleración económica de estos actores globales traería el fantasma de la recesión a los países que, mediante la tenencia de bonos de deuda pública estadounidense, mantienen un equilibrio fiscal artificial en el Estado norteamericano. Dicho equilibrio evita que se produzca un déficit que obligue a la Reserva Federal a «imprimir» más dólares y, con ello, a presionar a la baja su valor, afectando así todo el mercado financiero global.

Lo anterior constituye otra de las causas que conllevan a Estados Unidos a la necesidad urgente de una corta tregua que permita la reorganización de una estrategia para enfrentar esta difícil situación de manera efectiva, si en definitiva la única opción posible para sus intereses es la opción militar. Este es el segundo motivo por el cual se ha acordado este frágil alto al fuego. El escenario de la guerra ha llevado al dilema de tratar de ganar tiempo, un tiempo que corre ya en contra de los estadounidenses.

La ausencia de una estrategia viable

Ahora bien, comencemos precisando algunas cuestiones fundamentales. Después de muchos días de intenso fuego aéreo, al punto de agotarse en buena medida el stock de municiones de las fuerzas armadas norteamericanas, según lo reportado por muchos medios de comunicación, sin surtir ninguno los efectos esperados —entre ellos la reapertura del estrecho de Ormuz—, la práctica nos demuestra que, en apariencia, la única opción convencional posible para Estados Unidos es una acción en el terreno que evidentemente se prolongaría en el tiempo.

Sin embargo, es de hacer notar que un imperio con una deuda pública impagable no estaría en condiciones de enfrentar una guerra larga que consumiría inevitablemente una gran cantidad de dólares, lo que aumentaría exponencialmente el déficit fiscal del Estado norteamericano, acentuando profundamente sus problemas económicos. Si a esto se suma la posibilidad de una crisis energética vinculada a esta escalada que amenazaría con una desaceleración económica de los aliados de la OTAN y de toda Asia —lo que dificultaría enormemente el financiamiento que en las últimas décadas ha permitido equilibrar los déficits del Estado norteamericano—, quedaría claro que la opción de una acción terrestre para reabrir el estrecho sería inviable para Estados Unidos.

Evidentemente, quienes toman las decisiones en Washington jamás contemplaron una guerra larga, pero el desarrollo de los acontecimientos parece imponerla, y los norteamericanos no pueden enfrentarla con éxito. He aquí el gran dilema que requiere un golpe de timón en la conducción de la guerra.

Es por esto que me atrevo a afirmar que la administración Trump necesita un breve tiempo, que ya conspira en su contra, para recomponer una estrategia que permita encarar un escenario excesivamente complejo, dado que se han quedado sin opciones viables en el marco de la confrontación militar y, peor aún, en el marco de la negociación, como más adelante explicaré.

Del control territorial al metacontrol del caos, y el regreso fallido al control estratégico

Revisando la trayectoria geopolítica y financiera de Estados Unidos desde finales del siglo XX hasta la actualidad, se revela un patrón recurrente: toda la estrategia estadounidense históricamente orientada a asegurar los recursos y posiciones de poder en Asia Occidental ha terminado por traducirse en un aumento insostenible de la deuda pública, sin el logro de los objetivos militares y económicos esperados.

Durante la época pre-Bush, hacia el año 2000, Estados Unidos presentaba una situación fiscal “saludable”: la deuda pública rondaba los 5,7 billones de dólares y, lo más significativo, existía un superávit presupuestario. Sin embargo, los atentados del 11 de septiembre de 2001 y las subsiguientes guerras de Afganistán (2001) e Irak (2003) revirtieron por completo esa situación. Al final del mandato de George W. Bush, la deuda pública se había duplicado, alcanzando los 10,7 billones de dólares, y el superávit presupuestario heredado de la era Clinton se había esfumado.

Con la llegada de Barack Obama, se intentó un cambio de enfoque. El teórico argentino Jorge Beinstein denominó acertadamente esta nueva fase como “las ilusiones del metacontrol del caos”. La idea era simple en apariencia: en lugar de intentar controlar directamente territorios hostiles —algo que ya había fracasado—, se trataría de administrar el caos mediante ejércitos proxy, operaciones encubiertas y una intervención más difusa. Libia, Siria y el mantenimiento del Estado Islámico en Irak fueron ejemplos de esta estrategia. Pero tampoco eso funcionó. La deuda continuó creciendo: en 2010 ya alcanzaba los 14,5 billones de dólares. Hoy, en 2026, esa deuda ya ronda los 39 billones de dólares. (1)

La nueva doctrina Trump y sus límites

Ante este fracaso histórico, emerge la actual estrategia de Donald Trump. El tema central ya no pasa por controlar ni gestionar el caos directamente, sino por externalizar los costos de la defensa imperial. La nueva doctrina exige que los aliados —especialmente la OTAN y los socios asiáticos y árabes— asuman la carga de las operaciones militares, particularmente aquellas que deban prolongarse en el tiempo, mientras que Estados Unidos limita su participación a intervenciones cortas y puntuales.

Sin embargo, de la aspiración a los hechos hay una distancia considerable, y los acontecimientos han demostrado hasta ahora una importante resistencia de gran parte de los Estados europeos y asiáticos a plegarse a la nueva doctrina Trump. Entre ellos, puedo hacer mención especial al Reino de España: independientemente de mis diferencias ideológicas con el señor Pedro Sánchez, en honor a la verdad, ha mantenido una posición muy digna.

En principio, la guerra contra Irán fue planteada para desarmar al régimen de los ayatolás y garantizar una vía libre que permitiera a Israel convertirse en el gendarme de las fuentes petroleras de la región. Lamentablemente para la administración norteamericana, la realidad siempre termina imponiéndose, y los objetivos iniciales parecen sucumbir ante la férrea resistencia iraní.

Es de resaltar que la ilusión de poder tomar el control de un territorio en pocos días mediante acciones brutales que causen gran daño o actos ilegales de decapitación de liderazgos ha sido, en honor a la verdad, un gran fracaso. Ni siquiera en Gaza ha funcionado, y mucho menos en el conjunto de la región.

La encrucijada europea: ¿guerra o colapso financiero?

Llegado a este punto, creo conveniente centrarme en los países europeos, fundamentalmente en aquellos que integran la OTAN, dado que, por los vientos que soplan, el replanteamiento que aspira la administración Trump del escenario de la guerra contra Irán pudiera pasar por la incorporación desesperada de estos en el conflicto. Si observamos con atención, el presidente Trump, una vez anunciado el alto al fuego, sostuvo inmediatamente una reunión con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, y elevó la exigencia sobre la necesidad de que los países de la OTAN presenten planes concretos de acción para llevar a cabo la batalla de Ormuz. La virulencia con la que posteriormente se refirió a la OTAN y la amenaza de abandonar este tratado en un tiempo inmediato dan muestra del nivel al que ha llegado la presión sobre sus socios europeos.

Para comprender la situación en la que Europa se encuentra hoy, es necesario remontarse a la arquitectura misma del orden económico de la posguerra. Durante décadas, los bancos centrales europeos, los fondos de pensiones y las aseguradoras del Viejo Continente acumularon una cantidad ingente de activos denominados en dólares. Nadie cuestionaba que esa acumulación —que hoy ronda en activos totales deEE. UU. en manos europeas los 12,6 billones de dólares (2) — pudiera ser algún día un problema.

Pero existe una verdad incómoda: esos 12,6 billones de dólares que Europa atesora en bonos del Tesoro y activos financieros son, en la práctica, impagables por Estados Unidos. No en el sentido de una quiebra formal, sino porque no existe posibilidad de que el gobierno norteamericano devuelva ese dinero en términos de bienes y servicios reales. El mecanismo ha sido siempre el mismo: emitir nueva deuda para pagar la vieja.

Ahora bien, la función última de esas reservas en dólares es permitir la compra de energía. El petrodólar no es un accidente del sistema económico mundial: es, en este momento histórico, el propósito fundamental del orden global. Los dólares valen lo que valen fundamentalmente porque con ellos se compra petróleo.

Si llegara a consolidarse la posición de Irán sobre el estrecho de Ormuz —por donde transita el 20 % del petróleo mundial— y si esta exigiera que todo ese petróleo se vendiera exclusivamente en yuanes (posibilidad concreta que ya ha sido puesta sobre la mesa por Teherán), ello colocaría a los estados mayores económicos de Europa en una situación de urgencia. Si el petróleo de Ormuz terminara vendiéndose en yuanes, los europeos verían cómo sus 12,6 billones de dólares acumulados perderían valor estructuralmente.

Entonces, dada la complejidad de la situación para los Estados europeos, cualquier escenario que conlleve una debacle explosiva de la economía norteamericana —como el planteado en la situación actual— y con ello el consiguiente desplome del dólar, representaría la pérdida, de un plumazo, de una parte sustancial de sus reservas, arrastrando a Europa a una crisis sin precedentes. Estaríamos, entonces, ante un cóctel espantoso que podría hacer que la economía europea en su conjunto entrara en una recesión muy peligrosa.

Por otro lado, en el extremo opuesto, entrar en una guerra impopular, con pocas perspectivas de ser ganada y con alta probabilidad de prolongarse, llevaría a un aumento desmedido del gasto, tanto financiero como material. La escasa posibilidad de retorno de esa inversión sometería a la economía europea a una presión que podría derivar igualmente en una peligrosa recesión en el mediano plazo, así como en una crisis de los Estados europeos, combinada con protestas sociales que pondrían en peligro su estabilidad. Europa ya tiene experiencia en ello con las dos guerras mundiales que vivió, guardando las distancias históricas y las condiciones totalmente distintas de la actualidad.

Es así como la vieja Europa se encuentra, tal vez, en la situación más compleja de su historia moderna. Si se quedara expectante ante los acontecimientos mientras el imperio norteamericano colapsa bruscamente, sería arrastrada con él hacia una situación catastrófica; y si se incorpora a una guerra muy difícil de ganar, las consecuencias podrían ser aún peores.

Es en este sentido que la apuesta para Europa es muy alta y, tal vez, el riesgo pudiera ser el único escenario posible para un liderazgo europeo acorralado.

Las dificultades profundas y estructurales para alcanzar un acuerdo negociado

La vía negociada siempre será la mejor opción para los pueblos del mundo, tanto para los directamente involucrados en el conflicto de Asia Occidental como para quienes, sin participar, no están exentos de sus consecuencias. Sin embargo, lamentablemente, no siempre resulta ser la mejor opción para las élites empeñadas en mantener la hegemonía mundial.

Para comprender por qué, es necesario ir a la esencia de lo que ocurre. Ello nos lleva a revisar un proceso histórico que ha confluido en una crisis estructural del imperio norteamericano. Como señalé en mi artículo “¿Sombras de un Nuevo Reparto? El Mapa de Martyanov y la Despolarización Forzada de Estados Unidos” y en otros trabajos, quienes dirigen esa nación enfrentan una situación compleja: estamos ante una pérdida sostenida de la tasa de ganancia —es decir, de la rentabilidad del capitalismo mundial—, un fenómeno que no es nuevo y que lleva más de cincuenta años desarrollándose.

A lo largo de distintas etapas, las élites norteamericanas han ensayado alternativas —deslocalización industrial hacia China, sistema del petrodólar, entre otras— para evitar esa pérdida. Pero con el tiempo, esas estrategias se han vuelto insuficientes y las opciones viables se han ido cerrando. Esto es lo que denomino, apoyándome en ciertas tesis que comparto, la senilidad del imperio (y del sistema capitalista que le sirve de metabolismo). Un ejemplo claro es la dinámica financiera norteamericana: esta se ha mantenido gracias a la financiación que el mundo otorga a esta economía, pero producto de la insaciabilidad del metabolismo capitalista, con el tiempo esa financiación se ha vuelto insuficiente. Los llamados socios de Estados Unidos tienen cada vez más dificultades para mantener ese nivel sin poner en riesgo sus propias economías.

Muchos piensan que las acciones de Donald Trump responden a su senilidad personal o a la ineficiencia de su equipo. Sin negar que estos factores puedan existir, la raíz fundamental de esas acciones —que parecen desesperadas— se encuentra en esta crisis estructural. No es un problema tan sencillo como sustituir a un presidente mediante un impeachment. Es una situación mucho más profunda: estructural, no circunstancial.

Esta crisis conduce a un replanteamiento necesario y forzado. El orden unipolar bajo hegemonía norteamericana es insostenible y la despolarización del imperio es un hecho que no depende de lo que las élites o el pueblo estadounidense deseen. Es el resultado de una dinámica histórica que ha llevado a este callejón sin salida. El problema que se plantea la administración Trump es cómo lograr que esa despolarización ocurra de manera controlada, sin que Estados Unidos deje de ser un imperio de alcance global. Parece contradictorio, pero si se analizan los documentos relacionados con la seguridad nacional publicados en los últimos meses y las líneas discursivas de los funcionarios estadounidenses previos a la guerra, se observa la intención de que el Estado norteamericano no siga gastando recursos económicos en el enorme despliegue militar mundial mantenido desde la posguerra, y que esos costos sean asumidos ahora por los aliados. La idea planteada es mantener la supremacía tecnológica y la letalidad militar, pero no la expansión territorial. El escenario ideal contempla unas fuerzas armadas que ocupen menos espacio, dejando en manos de otros ejércitos la custodia de las áreas de influencia estratégicas, siempre que dependan de la tecnología estadounidense para tal fin, reservando la intervención norteamericana solo puntualmente para “poner orden”. En pocas palabras: transitar la despolarización sin perder la hegemonía, apoyándose en el tamaño del mercado norteamericano y en un poder militar concentrado (intenso, no extenso).

Llegado a este punto, se transparenta la raíz de la actual crisis. Es en el marco de este intento de aplicar la nueva tesis estratégica del imperio cuando se inicia la guerra en Irán.

Además, existe otro elemento que pareciera tabú para muchos y que se considera altamente especulativo, pero que producto de mi muy modesta investigación puedo afirmar: el imperio norteamericano tiene una particularidad que expliqué en mi artículo “El Imperio del Consumo: La Crisis de Legitimidad de Estados Unidos y el Fantasma de la Guerra Civil”. A diferencia de otros imperios (como el británico a finales del siglo XIX y principios del XX), Estados Unidos no puede darse el lujo de un repliegue silencioso. Su supervivencia como Estado-nación pasa por mantener su condición imperial, lo que complica aún más el escenario.

Si revisamos lo expuesto, advertimos que la dificultad de cualquier negociación reside en que Estados Unidos no pierda el control de la despolarización ya en marcha. La despolarización es prácticamente inevitable, pero no puede ser descontrolada ni implicar la pérdida de la condición imperial. Ese es el núcleo del problema.

Las exigencias actuales de Irán —indemnizaciones de guerra, soberanía sobre el estrecho de Ormuz, desmantelamiento de las bases norteamericanas en Asia Occidental, entre otras— son de carácter irrenunciable para los iraníes, pero representan para Estados Unidos una derrota militar evidente y, por ende, una puesta en duda de su letalidad y supremacía tecnológica. Estos últimos son los elementos con los que Estados Unidos cuenta para garantizar, en última instancia, el tránsito controlado de la despolarización. He aquí, en concreto, el grave problema que se debía resolver en las primeras y difíciles negociaciones de Pakistán: las exigencias iraníes son inaceptables para Estados Unidos porque implicarían perder el control de un proceso histórico indetenible, lo que podría llevar incluso al colapso del Estado norteamericano.

Finalmente, siempre pueden existir fórmulas y siempre será posible encontrar maneras. Pero lo que he querido señalar son las enormes dificultades estructurales que enfrenta cualquier negociación con respecto a la guerra actual en Asia Occidental. De allí que, desgraciadamente, y basándonos en los resultados de la reciente ronda de negociaciones en Islamabad, pareciera que la opción militar terminará siendo la vía que las élites gobernantes optarán para definir el dilema en el que nos encontramos.

Mientras tanto, el mundo sigue por senderos muy peligrosos, incluso con riesgos aún mayores que los transitados durante la crisis de los misiles de 1962 en Cuba. En aquel entonces todavía se tenía mucho margen de maniobra y solo bastaba con que las élites dejaran a un lado la soberbia para dar paso a la racionalidad. Sin embargo, la situación actual es radicalmente distinta: lo que está en juego es la propia supervivencia del imperio norteamericano y, lo más terrible y diferente de todo, es que el mundo pareciera no tener conciencia de este peligro.

Por otro lado, mientras el mundo arde a fuego lento, les corresponde a los pueblos dar un paso adelante, sobre todo en Estados Unidos, Europa e Israel, y desde el interior de sus países tratar de detener esta locura.

Soplan vientos difíciles para Europa.

Referencias:

(1)  https://www.treasurydirect.gov/data-center/debt-to-the-penny/  Es la base de datos oficial del gobierno estadounidense. Aquí puedes buscar la deuda por fechas exactas.

(2)   https://www.cryptopolitan.com/es/europe-holds-12-6t-in-us-assets/

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.