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Cómo Irán pudo doblegar el enorme poder aéreo de EE.UU.

Fuentes: Rebelión

Un informe del centro de análisis militar War on the Rocks revela cómo Irán ha neutralizado la superioridad aérea estadounidense en el conflicto de «Guerra del Golfo». Ante la imposibilidad de enfrentar directamente cazas F-35 y tecnología de quinta generación, Teherán desarrolló una estrategia de «disparar al sistema, no al avión»: en lugar de perseguir aeronaves multimillonarias, ataca con drones de bajo costo los puntos vulnerables que las mantienen operativas —aviones cisterna, radares AWACS, pistas de aterrizaje y depósitos de combustible en bases de Baréin, Catar, Arabia Saudí y Kuwait.

El resultado es una parálisis logística que ha confinado la flota estadounidense a sus hangares, pese a no haber sufrido derribos directos. Un dron de $20,000 interrumpe una red de apoyo valorada en miles de millones, invirtiendo la lógica convencional de la guerra aérea. Este estancamiento militar obliga a Washington a negociar desde la debilidad en las conversaciones de paz de Islamabad, donde la «flexibilidad» estadounidense esconde la imposibilidad de sostener una escalada que su propia maquinaria de guerra no puede costear.

Construir un caza invisible que no puede operar sin una red logística visible es el tipo de contradicción que solo el capitalismo tardío podía producir. El F-35 no es un avión: es un derivado financiero con alas, un vehículo de transferencia de riqueza pública a Lockheed Martin que, como todo producto especulativo, oculta su fragilidad estructural bajo capas de complejidad técnica.

Irán no ha derribado un solo F-35. Ha hecho algo peor: ha demostrado que no necesita hacerlo.

Mientras los cazas multimillonarios permanecen en los hangares de Qatar —demasiado lejos para operar sin repostar, demasiado expuestos si intentan acercarse— los drones Shahed-136, ensamblados con componentes de consumo masivo y GPS civil, están reconfigurando el mapa del poder aéreo a golpe de $20,000 por unidad.

Esta no es asimetría. Es parricidio económico: el hijo bastardo de la globalización comercial devorando al padre militar-industrial.

Tres puñaladas al sistema nervioso del imperio

Primera: la sed. Los KC-135, esos elefantes blancos del cielo que convierten el combustible en extensión territorial, están siendo cazados por enjambres de drones que no aparecen en los presupuestos de defensa. Sin cisternas, los F-35 son esculturas de titanio. La autonomía de combate de un caza de quinta generación se reduce a la distancia que puede volar con el depósito que trae de fábrica. La proyección de poder se ha convertido en problema de autonomía de combustible.

Segunda: la ceguera. Los AWACS, esas plataformas de mando que convierten la superioridad numérica en coordinación táctica, están siendo neutralizados por kamikazes que no requieren piloto, no generan bajas que noticiar, no producen funeral de estado. Sin ojos en el cielo, la flota estadounidense vuela ciega, dispersa, vulnerable a la emboscada. La red C4ISR se descompone ante el ataque de saturación que no distingue blancos.

Tercera: el bloqueo de la reproducción. Las pistas de Ali Al Salem, las torres de comunicación, los terminales satelitales: infraestructura que costó décadas de inversión y diplomacia de coerción, neutralizada por munición que no requiere precisión porque su objetivo es el área, no el punto. El capital fijo militar se deprecia ante el gasto corriente del adversario.

La matemática que el Pentágono no puede resolver

El costo de un día de operaciones de un escuadrón de F-35 —mantenimiento, combustible, tripulaciones, soporte logístico— supera el presupuesto anual de la fuerza de drones iraní. Esta no es comparación de efectividad militar. Es evidencia de colapso de modelo de acumulación.

El capitalismo de guerra estadounidense produjo una máquina cuyos costos de operación exceden la capacidad de su adversario más débil para generar blancos rentables. Es como construir un cañón para cazar mosquitos que, además, se oxida si no dispara proyectiles de oro.

La «negación aérea» iraní no busca controlar el espacio. Busca hacerlo inoperable para quien depende de él. Es la estrategia del proletariado logístico: no poseer los medios de producción aérea, sino paralizarlos mediante el desgaste diferencial.

Islamabad: el imperio negocia con las alas cortadas

Las conversaciones que comenzaron en la capital pakistaní no son diplomacia de posiciones de fuerza. Son terapia de emergencia para un paciente que sangra por los costos fijos.

Washington no puede amenazar con escalada aérea porque no puede sostenerla. No puede prometer protección a sus aliados porque no puede proteger sus propias bases. La «flexibilidad» que traerá a la mesa es el eufemismo diplomático para capitulación estructural disfrazada de realpolitik.

El alto el fuego de dos semanas no es pausa táctica. Es reconocimiento de agotamiento logístico. La pregunta no es si se convertirá en paz duradera, sino qué precio pagará la población civil iraní para que el imperio pueda retirarse sin admitir derrota.

Lo que viene después

Esta guerra no está en los manuales porque no es guerra de estados. Es guerra de formas de valor: la acumulación especulativa, compleja, centralizada, contra la circulación distribuida, simple, desechable.

Quien gane en Oriente Medio establecerá el modelo para el próximo ciclo de conflictos. Y los datos, hasta ahora, favorecen a quien puede producir destrucción en la escala del consumo masivo, no del lujo militar.

El F-35, en su hangar climatizado de Qatar, es ya un fósil. No tecnológico: político-económico. La pregunta es cuánto tiempo tardarán los contribuyentes estadounidenses en descubrir que financiaron, durante décadas, su propia vulnerabilidad estratégica.

Mientras tanto, en los talleres de ensamblaje de drones, se está escribiendo el manual de la próxima insurrección global: no compitas con el imperio en su terreno. Ataca el costo de mantenerlo en pie.

La guerra contemporánea ha dejado de ser un enfrentamiento entre ejércitos para convertirse en un campo de experimentación del capitalismo en crisis. Ya no se trata únicamente de conquistar territorios, sino de imponer —o resistir— una arquitectura global de poder. Lo que hoy emerge, desde las periferias del sistema, no es una simple táctica militar: es una impugnación directa al orden imperial.

El caso de Irán frente a la maquinaria aérea de Estados Unidos e Israel no debe leerse como una anomalía regional, sino como una señal de época. Ante la dificultad de igualar la acumulación tecnológica del centro imperial, la respuesta no ha sido competir, sino sabotear. No atacar el arma, sino el sistema que la sostiene. No destruir el avión, sino condenarlo a la inutilidad.

Aquí se revela la verdad incómoda del imperialismo contemporáneo: su poder no reside únicamente en la fuerza militar, sino en la estabilidad de redes globales —logísticas, financieras, tecnológicas— que conectan el centro con sus periferias. El F-35, símbolo del dominio occidental, no es solo un avión: es la expresión condensada de una economía política global que extrae recursos, concentra conocimiento y proyecta poder desde el centro hacia los márgenes.

Pero esa misma red que permite la dominación contiene su propia fragilidad. Las periferias, históricamente subordinadas, han aprendido no a replicar el modelo del centro, sino a explotarlo. A encontrar sus puntos de ruptura. A convertir la dependencia en vulnerabilidad.

Esta dinámica no es nueva. En Vietnam, el imperialismo estadounidense desplegó toda su potencia industrial sobre un territorio periférico. Sin embargo, la guerra no se decidió por la superioridad de fuego, sino por la incapacidad del sistema imperial de sostener el costo político, económico y social de la ocupación. La periferia no venció en términos convencionales: desgastó al centro hasta obligarlo a retirarse.

En Irak, la invasión de 2003 mostró la misma lógica. La caída de Bagdad fue rápida; la ocupación, imposible. La insurgencia convirtió cada calle en un nodo de resistencia, cada artefacto improvisado en una ecuación económica adversa para el ocupante. El centro imperial podía destruir, pero no estabilizar. Y sin estabilidad, el dominio se vuelve insostenible.

Afganistán profundizó esta crisis. Durante veinte años, la mayor coalición militar de la historia intentó imponer un orden desde el exterior. Fracasó no por falta de poder, sino por exceso de dependencia de un sistema incapaz de adaptarse a una guerra sin centro, sin líneas claras, sin final definido. La retirada no fue solo militar: fue geopolítica. Una señal del agotamiento del proyecto imperial en su forma clásica.

Lo que hoy se despliega con drones baratos y ataques a infraestructuras es la actualización tecnológica de esa historia larga de resistencias periféricas. La asimetría ya no es solo militar: es estructural. Un dron que cuesta miles de dólares puede inutilizar sistemas valorados en miles de millones. Es la inversión radical de la lógica capitalista global: el valor concentrado en el centro se vuelve vulnerable frente a la dispersión de capacidades en la periferia.

Desde Yemen hasta Ucrania, desde el Cáucaso hasta el Golfo, la misma tendencia se hace visible: la erosión del monopolio de la violencia por parte del centro. Los hutíes golpean infraestructuras críticas del sistema energético global. En Ucrania, la guerra revela los límites de la proyección de poder en un entorno saturado de tecnologías accesibles. En Nagorno-Karabaj, la guerra de drones desmantela doctrinas militares heredadas del siglo XX.

No se trata de episodios aislados. Es la manifestación de una crisis más profunda: la crisis del orden global construido tras la Guerra Fría. Un orden basado en la hegemonía estadounidense, en la centralidad del dólar, en la capacidad de intervenir militarmente sin costos existenciales. Ese orden se resquebraja cuando las periferias adquieren la capacidad de infligir daño sistémico.

El complejo militar-industrial, columna vertebral de ese orden, entra así en contradicción consigo mismo. Produce sistemas cada vez más avanzados, pero también cada vez más dependientes, más costosos, más frágiles ante estrategias de desgaste. La acumulación tecnológica ya no garantiza control; produce nuevas formas de vulnerabilidad.

Esto es lo que verdaderamente está en juego: no una guerra regional, sino una disputa sobre la viabilidad del propio sistema imperial. Porque cuando la retaguardia deja de ser segura, cuando las bases avanzadas se convierten en objetivos, cuando cada nodo puede ser atacado, el centro pierde su capacidad de proyectar estabilidad.

En este escenario, la guerra se redefine como una lucha entre centro y periferia en términos de sostenibilidad. El centro necesita continuidad, flujo, control. La periferia solo necesita interrumpir, fragmentar, desgastar. No necesita ganar; necesita impedir que el otro gane.

Como señaló Lenin al analizar el imperialismo, este representa la fase superior del capitalismo, caracterizada por la concentración del capital y la expansión global de sus redes. Hoy, esa misma expansión global crea las condiciones para su impugnación. La red que integra el mundo bajo una lógica de dominación es también la que permite su desestabilización.

La estrategia iraní, en este sentido, no es solo militar: es geopolítica. No busca derrotar frontalmente al centro, sino demostrar que su dominio ya no es incuestionable. Que puede ser limitado, encarecido, erosionado. Que el equilibrio de poder ya no se decide únicamente en términos de superioridad tecnológica, sino en la capacidad de resistir y desgastar.

La hegemonía, entonces, entra en una fase crítica. No colapsa de inmediato, pero pierde coherencia. Se fragmenta. Se ve obligada a negociar donde antes imponía. A retroceder donde antes avanzaba.

Desde Vietnam hasta Irak, desde Kabul hasta Teherán, la historia reciente puede leerse como una acumulación de fracturas en el orden imperial. Cada conflicto no lo destruye, pero lo debilita. Cada periferia que resiste no lo derriba, pero lo obliga a replegarse.

La guerra del siglo XXI no anuncia el fin inmediato del imperialismo, pero sí su transformación en algo más inestable, más reactivo, más vulnerable. Un sistema que aún posee un poder inmenso, pero que ya no puede ejercerlo sin pagar costos crecientes.

Y en ese terreno, la pregunta ya no es quién domina el mundo, sino cuánto tiempo puede sostenerse ese dominio antes de que sus propias contradicciones lo desborden.

La respuesta, como siempre, no vendrá del centro, sino de las fisuras que se abren en sus márgenes.

Mientras tanto, en los talleres de ensamblaje de drones, se está escribiendo el manual de la próxima insurrección global: no compitas con el imperio en su terreno. Ataca el costo de mantenerlo en pie.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.